15 enero 2014

Temor a la fantasía. Bruno Bettelheim




Temor a la fantasía

Bruno Bettelheim


¿Por qué muchos padres de clase media, inteligentes, modernos y  preocupados por el buen desarrollo de sus hijos, restan valor a los cuentos de hadas y privan a los niños de lo que estas historias les podrían ofrecer? Incluso nuestros antepasados victorianos, a pesar del énfasis que ponían en la disciplina moral y en una manera recatada de vivir, no sólo permitían sino que estimulaban a sus hijos a que disfrutaran de la fantasía y la excitación de los cuentos de hadas. Resultaría muy sencillo atribuir la prohibición de los cuentos a un racionalismo ignorante y estrecho de miras, pero este no es, evidentemente, el caso que estamos tratando.


Algunas personas propugnan que los cuentos no proporcionan imágenes «reales» de la vida tal como es y que, por lo tanto, son perjudiciales. Pero los que dicen esto no piensan que la «verdad» de la vida de los niños puede ser distinta de la de los adultos. No son conscientes de que los cuentos no intentan describir el mundo externo y la «realidad», ni reconocen que ningún niño normal cree que estos relatos describen el mundo de manera realista. Algunos padres temen «mentir» a sus hijos cuando les relatan los acontecimientos fantásticos que sacan de los cuentos de hadas. Esta preocupación aumenta cuando el niño pregunta, «¿es verdad?».


Muchos cuentos de hadas ofrecen una respuesta incluso antes de que se pueda plantear la cuestión, es decir, al principio de la historia. Por ejemplo, «Alí Baba y los cuarenta ladrones» empieza del modo siguiente: «Antaño, en otros tiempos y confines...». La historia de los Hermanos Grimm «El rey rana, o Enrique el fiel» comienza con estas palabras: «En tiempos remotos, cuando bastaba desear una cosa para que se cumpliera...». Con ello queda suficientemente claro que las historias suceden a un nivel muy diferente de la «realidad» cotidiana. Algunos relatos dan comienzo de una manera más realista: «Érase una vez un hombre y una mujer que durante mucho tiempo habían deseado en vano tener un hijo». Pero el niño que está familiarizado con los cuentos siempre hace que los tiempos lejanos signifiquen lo mismo en su mente que «en el país de la fantasía...». Esto constituye un ejemplo claro de cómo el contar siempre una misma historia y no otras resta el valor que los cuentos de hadas tienen para los niños y provoca problemas que se solucionarían con el conocimiento de un mayor número de relatos.


La «verdad» de los cuentos de hadas es la verdad de nuestra imaginación, no de la causalidad normal. Al preguntarse a sí mismo, «¿es verdad», Tolkien observa que «no debe responderse sin reflexionar mucho sobre el particular» y añade que para el niño es mucho más importante la pregunta, «"¿era malo? ¿era bueno?". Es decir, [el niño] se preocupa mucho más por tener claro cuál es el lado bueno y cuál el lado malo de las cosas». Antes de que el niño pueda llegar a captar la realidad, es necesario que disponga de un marco de referencia para valorarla. Cuando pregunta si una historia es verdad, quiere saber si esta narración constituye una contribución importante para su comprensión y si tiene algo significativo que decirle con respecto a sus mayores preocupaciones. Citaré a Tolkien una vez más: «Muy a menudo, lo que los niños quieren decir cuando preguntan: "¿Es verdad?" [es] "me gusta esto, pero ¿podría suceder lo mismo ahora? ¿Estoy a salvo en mi cama?". Y todo lo que quieren oír es una respuesta como ésta: "Actualmente, no existen dragones en Inglaterra"». «Los cuentos de hadas —continúa— no se refieren a la posibilidad de que algo ocurra sino al deseo de que así sea.» Y esto es lo que el niño ve con más claridad» puesto que para él no hay nada más «verdadero» que lo que desea. Al hablar de su infancia, Tolkien recuerda: «No deseaba en absoluto tener los sueños ni las aventuras de Alicia y, cuando me las contaban, simplemente me divertía. Tampoco tenía ningunas ganas de buscar tesoros escondidos o de luchar contra piratas, por lo que La isla del tesoro me dejó bastante indiferente. En cambio, el país de Merlín y Arturo resultó más interesante que las dos historias anteriores, y la mejor de todas fue el cuento anónimo "North of Sigurd of the Voelsungs", y el príncipe de los dragones. Estas tierras eran atractivas en grado sumo. Yo nunca había imaginado que el dragón fuera de la misma especie que el caballo. El dragón llevaba grabada la marca registrada Del país de las hadas, y procediera de donde procediera, sería siempre de Otro Mundo... Me gustaban los dragones con toda mi alma, aunque, por supuesto, no quería encontrármelos en las cercanías de mi casa poniendo en peligro mi mundo relativamente seguro».

Para responder a la pregunta de si el cuento de hadas dice la verdad, nuestra respuesta debería dirigirse no a la verdad en términos reales, sino a lo que preocupa al niño en ese momento, tanto si se trata del miedo a ser hechizado como de los sentimientos de rivalidad edípica. Por lo demás, casi siempre basta la explicación de que estas narraciones no tienen lugar aquí y ahora sino en un país muy lejano del nunca-jamás. Un progenitor que, desde su propia experiencia infantil, esté convencido del valor de los cuentos de hadas no tendrá dificultad alguna en contestar a las preguntas de su hijo; en cambio, un adulto que piense que estas historias no son más que un montón de mentiras hará mejor en no contarlas, porque no sabrá hacerlo de manera que sirvan de enriquecimiento para la vida del niño. Algunos padres temen que sus hijos sean seducidos por las fantasías de los cuentos de hadas; que, gracias a ellos, acaben por creer en la magia. Pero todos los niños creen en la magia y sólo dejan de hacerlo cuando crecen (con la excepción de los que han encontrado demasiadas decepciones en la realidad como para confiar en ella). He conocido niños perturbados que jamás habían oído un solo cuento y que, sin embargo, dotaban a una hélice o a un motor eléctrico de un poder mágico y destructivo semejante al que cualquier historia confiere a su personaje más poderoso y nefasto.


La Madrastra. En la fantasía edípica de una chica, la madre
se disocia en una buena y otra cruel. La fidelidad que guarda
 hacia la buena disminuye la culpa frente a lo que
desea que le ocurra a la cruel Madrastra.


Otros padres temen que la mente de un niño se vea desbordada hasta tal punto por la fantasía de los cuentos de hadas que luego se niegue a enfrentarse a la realidad. Sin embargo, lo que ocurre es, precisamente, lo contrario. A pesar de toda nuestra complejidad —somos conflictivos, ambivalentes y estamos llenos de contradicciones—, la personalidad humana es indivisible. Una experiencia, sea del tipo que sea, afecta siempre a todos los aspectos de la personalidad al mismo tiempo. Y la personalidad total necesita el apoyo de una fantasía rica, combinada con una conciencia sólida y una comprensión clara de la realidad, para ser capaz de llevar a cabo las tareas que le exige la vida cotidiana. El desarrollo de la personalidad tomará un camino equivocado siempre que uno de sus componentes —ello, yo o super-yo; consciente o inconsciente— domine a cualquiera de los demás y despoje a la personalidad total de sus propios recursos. El hecho de que algunas personas se alejen del mundo y pasen la mayor parte de su tiempo absortas en sus imaginaciones ha dado origen a la idea errónea de que una fantasía desbordante interfiere en nuestras relaciones satisfactorias con la realidad. En cambio, se puede afirmar que sucede todo lo contrario: los que viven totalmente inmersos en las fantasías se ven acosados por preocupaciones que pululan eternamente alrededor de algunos tópicos limitados y estereotipados. 


Lejos de disfrutar de una vida llena de fantasía, estas personas están prisioneras, no pueden escapar a sus ensoñaciones angustiosas que intentan satisfacer sus deseos. Por el contrario, una fantasía que pueda flotar libremente, que contenga mil formas imaginarias que también se encuentren en la realidad, será una inagotable fuente de material de trabajo para el yo. El niño tiene a su disposición esta vida rica en fantasía gracias a los cuentos de hadas que le ayudan a evitar que su imaginación se quede fijada dentro de los límites estrechos de unas ensoñaciones angustiosas que intentan satisfacer deseos y que pululan alrededor de las preocupaciones de siempre. Freud afirmó que el pensamiento es una exploración de posibilidades que evita todos los peligros inherentes a la experimentación real. El pensamiento requiere un derroche mínimo de energía, de manera que todavía nos queda una cantidad suficiente para actuar después de tomar una decisión y de especular sobre las posibilidades de éxito y la mejor manera de conseguirlo. Esto es lo que hacemos los adultos; por ejemplo, el científico «juega con ideas» antes de empezar a explorarlas de manera más sistemática Pero los pensamientos del niño no funcionan de un modo tan ordenado como los del adulto, ya que sus fantasías son, al propio tiempo, sus pensamientos. Cuando intenta comprenderse a sí mismo y a los demás o expresar cuáles pueden ser las consecuencias específicas de una acción determinada, el niño lo adorna todo con sus fantasías. Es su forma de «jugar con ideas». El hecho de ofrecer un pensamiento racional a un niño, para que se convierta en el instrumento principal para expresar sus sentimientos y comprender el mundo, sólo conseguiría confundirlo y coartarlo.


Esto es válido aun en el caso de que los niños pidan información real sobre hechos concretos. Piaget explica que una niña que aún no había cumplido los cuatro años le preguntó sobre las alas de los elefantes. Él le respondió que los elefantes no volaban, pero ella insistió: «Sí, sí que vuelan. Yo los he visto». Él dio el asunto por terminado afirmando que la niña debía estar bromeando. Este ejemplo muestra los límites de las fantasías infantiles. Evidentemente, esta niña estaba luchando con algún problema y las explicaciones reales no eran de ninguna ayuda porque no se referían a ese conflicto en concreto. 


Si Piaget hubiera continuado con la conversación intentando averiguar por qué necesitaba volar un elefante, de qué peligro debía huir, es posible que hubieran surgido los problemas que abordaba la niña, puesto que Piaget hubiera mostrado, entonces, la voluntad de aceptar el método que ella empleaba para explorarlos. Pero Piaget estaba tratando de comprender cómo funcionaba la mente de la niña basándose en su marco racional de referencia, mientras que ella intentaba entender el mundo a partir de su comprensión: mediante una elaboración fantástica de la realidad tal como ella la veía. Esta es una de las grandes desventajas de la «psicología infantil»: sus descubrimientos son acertados y tienen una importancia indudable pero no benefician al niño. Las investigaciones psicológicas ayudan al adulto a comprender al niño desde el propio punto de vista del primero. Sin embargo, esta comprensión de las maquinaciones de la mente infantil incrementa a menudo la distancia entre adulto y niño; ambos parecen observar el mismo fenómeno desde perspectivas tan dispares que cada uno percibe una cosa completamente distinta. Si el adulto insiste en que su manera de ver las cosas es correcta —y lo es, efectivamente, según sus conocimientos—, el niño experimenta una sensación desesperada de que es absurdo intentar llegar a una comprensión mutua. Como sabe quién tiene el poder en sus manos, el niño, para evitar problemas, acaba por decir que está de acuerdo con el adulto y se ve obligado a continuar por sí solo. Los cuentos de hadas fueron duramente criticados cuando los nuevos descubrimientos del psicoanálisis y de la psicología infantil pusieron al descubierto la violencia, la angustia, la destrucción e incluso el sadismo inherentes a la imaginación infantil. Un niño, por ejemplo, puede querer a sus padres con unos sentimientos increíblemente intensos y, al mismo tiempo, puede incluso odiarlos. Siendo conscientes de esto, hubiera resultado muy fácil reconocer que los cuentos de hadas se dirigen a la vida mental interna del niño. Sin embargo, los escépticos proclamaron que estas historias originan, o por lo menos provocan en parte, estos sentimientos desconcertantes. 


Los que criticaron los cuentos populares de hadas llegaron a la conclusión de que, si había monstruos en los cuentos que contaban a los niños, éstos tenían que ser muy bondadosos, pero se olvidaron del monstruo que el niño conoce mejor y que más le preocupa: el monstruo que teme ser él mismo y que, a veces, le persigue. Al no hablarle de este monstruo que se encuentra en el interior del niño, escondido en su inconsciente, los adultos evitan que el niño le dé forma mediante las imágenes de los cuentos de hadas que conoce. Despojado de tales fantasías, el pequeño no consigue conocer bien este monstruo y no sabe qué puede hacer para dominarlo. En consecuencia, el niño experimenta sin remedio las peores angustias; lo cual es mucho peor que si le hubiesen contado cuentos de hadas con los que dar forma a estas angustias y, de este modo, poder vencerlas. Si nuestro temor a ser devorados se encarna de manera tangible en una bruja, podremos librarnos de ella quemándola en el horno. Pero nada de esto se les ocurrió a los que privaron a los niños de los cuentos de hadas. 



El gigante. Cuando el padre bloquea los deseos del chico en
 el período edípico, éste proyecta sus frustraciones y ansiedades
 en esta figura, que no es ni buena ni mala. 


La imagen de los adultos y de la vida en general que se espera que los niños acepten como la única correcta es una imagen extrañamente limitada, ya que abarca un solo punto de vista. Al reprimir la imaginación del niño, se pensaba eliminar los gigantes y ogros de los cuentos —es decir, los monstruos de las tinieblas que residen en el inconsciente—, para que no siguieran interfiriendo en el desarrollo de la mente racional infantil. ¡Se esperaba que el yo racional reinara eficazmente ya desde la infancia! Pero esto no puede conseguirse mediante la conquista de las fuerzas ocultas del ello por parte del yo, sino evitando que el niño preste atención al inconsciente y que escuche las historias que se dirijan a él. En resumen, se suponía que el niño reprimiría las fantasías desagradables y sólo tendría las placenteras. 


No obstante, estas teorías represoras del ello no funcionan. Utilizaré un ejemplo algo exagerado para ilustrar lo que puede pasar cuando se fuerza a un niño a reprimir el contenido de su inconsciente. Tras un largo tiempo de trabajos terapéuticos, un chico, que se había quedado mudo de repente al final del período de latencia, explica así el origen de su mutismo: «Mi madre me lavaba la boca con jabón para hacer desaparecer las malas palabras que yo empleaba y que, por cierto, eran muchas, lo admito. Pero ella no sabía que al eliminar estas malas palabras hacía lo propio con las buenas». Mediante la terapia surgieron de nuevo las primeras y, con ellas, el resto del lenguaje del muchacho. Había otras muchas cosas que no habían funcionado  correctamente en su infancia y el hecho de lavarle la boca con jabón no era la causa principal de su mutismo, aunque, sin duda, había contribuido también a que se produjera.


El inconsciente es la fuente de materias primas y la base sobre la que el yo construye el edificio de nuestra personalidad. Dentro de este símil, nuestras fantasías son los recursos naturales que proporcionan y dan forma a estas materias primas, haciéndolas útiles para las tareas de construcción que el yo debe llevar a cabo. Si nos vemos privados de esta fuente natural, nuestra vida se queda a mitad de camino; si no disponemos de fantasías que nos den esperanzas, tampoco tendremos la fuerza necesaria para enfrentarnos a las adversidades. La infancia es el período de nuestra vida en el que más deben alimentarse estas fantasías. Nosotros damos impulso a las fantasías de nuestros niños, les permitimos que dibujen lo que quieran o que inventen historias. Pero si carecen de la fantasía heredada, es decir, de los cuentos populares, no podrán por sí solos inventar historias que les ayuden a vencer los problemas que se les presentan. Todos los relatos que ellos puedan crear serán únicamente expresiones de sus propios deseos y ansiedades.


Si cuenta sólo con sus recursos, un niño no podrá imaginar más que elaboraciones del lugar en que se encuentra realmente, puesto que no sabe hacia dónde necesita ir ni cómo llegar hasta allí. Esta es, por cierto, una de las principales contribuciones del cuento de hadas: comienza exactamente allí dónde el niño se encuentra desde el punto de vista emocional, le muestra el camino a seguir y le indica cómo hacerlo. Esto se consigue por medio de un material fantástico que el niño puede imaginar como mejor le parezca, y de una serie de imágenes, con las que el niño puede comprender con facilidad todo lo que necesita. Las racionalizaciones para continuar prohibiendo los cuentos de hadas a pesar de los descubrimientos del psicoanálisis acerca del inconsciente, especialmente del de los niños, tomaron formas muy diversas. Cuando ya no se pudo negar por más tiempo que el niño se ve perturbado por conflictos profundos, ansiedades y deseos violentos, y arrastrado por toda clase de procesos irracionales, se llegó a la conclusión de que, puesto que el niño vivía en un temor constante, era necesario mantener apartado de él todo lo que pudiera asustarle. Es posible que una historia en concreto provoque una cierta ansiedad en algunos niños, pero, una vez que se han familiarizado con distintos cuentos de hadas, los aspectos terroríficos parecen desaparecer para dar paso a los reconfortantes. El malestar que provoca la ansiedad se convierte, entonces, en el gran placer de la ansiedad a la que uno se enfrenta y domina con éxito. 

Los padres que pretenden negar que sus hijos tienen intenciones asesinas y que quieren hacer añicos las cosas, e incluso las personas, están convencidos de que tales pensamientos deberían ser evitados (como si esto fuera posible). Si se le niega el acceso a los cuentos, que le comunican implícitamente que otros tienen también las mismas fantasías, el niño acaba por tener la sensación de que es el único que imagina tales cosas. Consecuencia de ello es que el pequeño teme sus propias fantasías. Por otra parte, el saber que otros comparten nuestros pensamientos nos hace sentir que formamos parte de la humanidad y aleja el temor de que las ideas destructivas nos hacen diferentes a los demás. Constituye una extraña contradicción el hecho de que los padres cultos prohibieran los cuentos a sus hijos precisamente en el momento en que el psicoanálisis les hablaba de que la mente del niño, lejos de ser absolutamente inocente, está llena de  imágenes ansiosas, coléricas y destructivas. También vale la pena apuntar que este tipo de padres que tanto se preocupan por no aumentar los temores de sus hijos olvida, al mismo tiempo, la gran cantidad de mensajes reconfortantes que se pueden encontrar en los cuentos de hadas.


La respuesta al enigma reside en el hecho de que el psicoanálisis puso también de manifiesto los sentimientos ambivalentes que el niño experimenta respecto a sus padres. Éstos se intranquilizan intensamente cuando saben que la mente de su hijo no está llena únicamente de amor verdadero sino también de odio hacia ellos. Puesto que los padres desean fervientemente que los hijos los quieran, temen exponerlos al peligro de los cuentos de hadas, que podrían hacerles pensar que sus progenitores son crueles o malvados. Los padres desean creer que si un niño los ve como madrastras, brujas o gigantes, esto no tiene nada que ver con ellos o con la manera en que se le presentan, sino que es sólo el resultado de los cuentos de hadas que ha oído. Estos padres tienen la esperanza y la falsa ilusión de que si los niños no conocen estos personajes ni leen estas historias no les verán a ellos como tales. Sin embargo, lo que sucede es, precisamente, todo lo contrario: al niño le gusta oír cuentos de hadas, no porque las imágenes que encuentra en ellos den forma a lo que sucede en su interior, sino porque —a pesar de los pensamientos coléricos y ansiosos de su mente a los que el cuento de hadas da forma y contenido específico— estas historias tienen siempre un final feliz que el niño no podría imaginar por sí solo.




















Tomado de:
BETTELHEIM, Bruno (1994): Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas. Barcelona, Ed. Hurope, pp. 104-108.