07 julio 2015

El palacio del Olimpo. Robert Graves




El palacio del Olimpo

Robert Graves


Los doce dioses y diosas más importantes de la antigua Grecia, llamados dioses del Olimpo, pertenecían a la misma grande y pendenciera familia. Menospreciaban a los anticuados dioses menores sobre los que gobernaban, pero aún  menospreciaban más a los mortales. Los dioses del Olimpo vivían todos juntos en un enorme palacio erigido entre las nubes, en la cima del monte Olimpo, la cumbre más alta de Grecia. Grandes muros, demasiado empinados para poder ser escalados, protegían el palacio. Los albañiles de los dioses del Olimpo, cíclopes gigantes con un solo ojo, los habían construido imitando los palacios reales de la Tierra.


En el ala meridional, detrás de la sala del consejo, y mirando hacia las famosas ciudades griegas de Atenas, Tebas, Esparta, Corinto, Argos y Micenas, estaban los aposentos privados del rey Zeus, el dios padre, y de la reina Hera, la diosa madre. El ala septentrional del palacio, que miraba a través del valle de Tempe hasta los montes agrestes de Macedonia, albergaba la cocina, la sala de banquetes, la armería, los talleres y las habitaciones de los siervos. En el centro, se abría un patio cuadrado al aire libre, con un claustro, y habitaciones privadas a cada lado, que pertenecían a los otros cinco dioses y las otras cinco diosas del Olimpo. Más allá de la cocina y de las habitaciones de los siervos, se encontraban las cabañas de los dioses menores, los cobertizos para los carros, los establos para los caballos, las casetas para los perros y una especie de zoo, donde los dioses del Olimpo guardaban sus animales sagrados. Entre éstos, había un oso, un león, un pavo real, un águila, tigres, ciervos, una vaca, una grulla, serpientes, un jabalí, toros blancos, un gato salvaje, ratones, cisnes, garzas, una lechuza, una tortuga y un estanque lleno de peces. 


En la sala del consejo, los dioses del Olimpo se reunían de vez en cuando para tratar asuntos relacionados con los mortales, como por ejemplo a qué ejército de la Tierra se le debería permitir ganar una guerra o si se debería castigar a tal rey o a tal reina que se hubieran comportado con soberbia y de forma reprobable. Pero casi siempre estaban demasiado metidos en sus propias disputas y pleitos como para ocuparse de asuntos relativos a los mortales. 


El rey Zeus tenía un enorme trono negro de mármol pulido de Egipto, decorado con oro. Siete escalones llevaban hasta él, cada uno esmaltado con uno de los siete colores del arco iris. En lo alto, una túnica azul brillante proclamaba que todo el cielo le pertenecía sólo a él; y sobre el reposabrazos derecho de su trono había un águila áurea con ojos de rubí, que blandía entre sus garras unas varas dentadas de estaño, lo que significaba que Zeus podía matar a cualquier enemigo que quisiera enviándole un rayo. Un manto púrpura de piel de carnero cubría el frío asiento; Zeus lo usaba para provocar lluvias mágicamente en épocas de sequía. Era un dios fuerte, valiente, necio, ruidoso, violento y presumido, que siempre estaba alerta por si su familia intentaba liberarse de él. Tiempo atrás, él se había librado de su cruel, holgazán y caníbal padre, Cronos, rey de los titanes y de las titánides. Los dioses del Olimpo no podían morir, pero Zeus, con la ayuda de dos de sus hermanos mayores, Hades y Poseidón, había desterrado a Cronos a una isla lejana en el Atlántico, probablemente a las Azores o quizá a la isla Torrey, en la costa de Irlanda. Zeus, Hades y Poseidón se sortearon las tres partes del reino de Cronos. Zeus ganó el cielo, Poseidón el mar y Hades el mundo subterráneo; la Tierra sería compartida. Uno de los símbolos de Zeus era el águila; otro, el pájaro carpintero.


Cronos consiguió escapar de la isla en una pequeña barca y, cambiando su nombre por el de Saturno, se estableció tranquilamente entre los italianos y se portó muy bien. En realidad, el reinado de Saturno fue conocido como la Edad de Oro, hasta que Zeus descubrió la fuga de Cronos y lo desterró de nuevo. Por aquel entonces, los mortales de Italia vivían sin trabajar y sin problemas, comiendo sólo bellotas, frutas del bosque, miel y nueces, y bebiendo únicamente leche y agua. Nunca participaban en guerras, y pasaban los días bailando y cantando.


La reina Hera tenía un trono de marfil, al que se llegaba subiendo tres escalones. Cuclillos de oro y hojas de sauce decoraban el respaldo, y una luna llena colgaba sobre él. Hera se sentaba sobre una piel de vaca, que a veces utilizaba para provocar lluvias mágicamente, si Zeus no podía ser molestado para detener una sequía. Le disgustaba ser la esposa de Zeus, porque él se casaba a menudo con mujeres mortales y decía, con una sonrisa burlona, que esos matrimonios no contaban porque esas esposas pronto envejecerían y morirían, y que Hera seguiría siendo siempre su reina, perpetuamente joven y hermosa. 


La primera vez que Zeus le pidió a Hera que se casaran, ella lo rechazó, y continuó rehusándolo cada año durante trescientos. Pero un día de primavera, Zeus se disfrazó de desdichado cuclillo perdido en una tormenta y llamó a la ventana de Hera. Ella, que no descubrió el disfraz, dejó entrar al cuclillo, secó sus húmedas plumas y susurró: «Pobre pajarito, te quiero». De repente, Zeus recobró su auténtica forma y dijo: «¡Ahora, tienes que casarte conmigo!». Después de aquello, por muy mal que se portara Zeus, Hera se sentía obligada a dar buen ejemplo a dioses, diosas y mortales, como madre del cielo. Su símbolo era una vaca, el más maternal de todos los animales, pero para no ser considerada aburrida y tranquila como este bóvido, Hera también se atribuía el pavo real y el león. 


Estos dos tronos presidían la sala de consejos, al fondo de la cual una puerta daba a campo abierto. A ambos laterales de la sala, se encontraban otros diez tronos: para cinco diosas en el lado de Hera y para cinco dioses en el de Zeus. Poseidón, dios de los mares y los ríos, tenía el segundo trono más grande. Esta divinidad se sentaba sobre piel de foca y su trono, uno cuyos reposabrazos estaba esculpido con formas de criaturas marinas y decorado con coral, oro y madreperla, era de mármol verde y gris con listones blancos. Zeus, por haberle ayudado a desterrar a Cronos y a los titanes, había casado a Poseidón con Anfitrite, la anterior diosa del mar, y le había permitido quedarse con todos sus títulos. Aunque odiaba ser menos importante que su hermano menor y siempre fruncía el ceño, Poseidón temía el rayo de Zeus. Su única arma era un tridente, con el que podía abrir el mar y hundir los barcos, por eso Zeus nunca viajaba en embarcaciones. Cuando Poseidón se sentía aún más enojado de lo habitual, se marchaba en su carro a un palacio bajo las olas, cerca de la isla de Eubea, y allí esperaba que su ira se aplacase. Como símbolo, Poseidón eligió un caballo, un animal que él aseguraba haber creado: las grandes olas se llaman todavía «caballos blancos» debido a esto.


Frente a Poseidón se sentaba su hermana Deméter, diosa de las frutas, las hierbas y los cereales. Su trono era de brillante malaquita con espigas de cebada de oro y pequeños cerdos dorados. Deméter casi nunca sonreía, excepto cuando su hija Perséfone —infelizmente casada con el odioso Hades, dios de la muerte— la visitaba una vez al año. Deméter había sido bastante alocada de joven y nadie recordaba el nombre del padre de Perséfone: probablemente era un dios del campo con el que la diosa se había casado por una broma de borrachos, durante una fiesta de la cosecha. El símbolo de Deméter era una amapola, que crece roja como la sangre entre la cebada.


Al lado de Poseidón, se sentaba Hefesto, hijo de Zeus y Hera. Como era el dios de los orfebres, los joyeros, los herreros, los albañiles y los carpinteros, él mismo había construido los tronos e hizo del suyo una obra maestra, con todos los metales y piedras preciosas que pudo encontrar. El asiento podía girar, los reposabrazos podían moverse arriba y abajo, y todo el trono podía rodar automáticamente cuando él lo deseara, igual que las mesas doradas con tres patas de su taller. Hefesto quedó cojo nada más nacer, cuando Zeus rugió a Hera «¡Un mocoso debilucho como éste no es digno de mí!» y lo lanzó lejos, por encima de los muros del Olimpo. Al caer, Hefesto se rompió una pierna, con tan mala fortuna que tuvo que ayudarse eternamente de una muleta de oro. Tenía una casa de campo en Lemnos, la isla donde había ido a parar. Su símbolo era una codorniz, un pájaro que en primavera baila a la pata coja. 


Zeus y Hera


Frente a Hefesto se sentaba Atenea, la diosa de la sabiduría que había enseñado a Hefesto a manejar las herramientas y que sabía más que nadie sobre cerámica, tejeduría y cualquier oficio artesanal. Su trono de plata tenía una labor de cestería en oro, en el respaldo y a ambos lados, y una corona de violetas hecha de lapislázulis azules, encima. Los reposabrazos terminaban en sonrientes cabezas de gorgonas. Atenea, aunque era muy lista, desconocía el nombre de sus padres. Poseidón decía que era hija suya, de un matrimonio con una diosa africana llamada Libia.  Pero lo único cierto era que, de niña, Atenea fue encontrada, vestida con una piel de cabra, deambulando a orillas de un lago libio. Sin embargo, Atenea, antes de admitir ser hija de Poseidón, a quien consideraba muy estúpido, permitía que Zeus la creyera descendiente suya. Zeus afirmaba que un día, cuando padecía un horrible dolor de cabeza y aullaba como un millar de lobos cazando en jauría, Hefesto había acudido a él con un hacha y, amablemente, le había partido el cráneo, lugar del que surgió la diosa, vestida con una armadura completa. Atenea era también la diosa de las batallas, aunque nunca iba a la guerra si no la obligaban, ya que era demasiado sensata para participar en peleas. En cualquier caso, si llegaba a luchar, siempre ganaba. Esta divinidad escogió a la sabia lechuza como símbolo y tenía una casa en Atenas. 


Al lado de Atenea se sentaba Afrodita, diosa del amor y la belleza. Tampoco nadie sabía quiénes eran sus padres. El viento del Sur dijo que la había visto una vez en el mar sobre una concha cerca de la isla de Citera y que la había conducido amablemente a tierra. Podía ser hija de Anfitrite y de un dios menor llamado Tritón, que soplaba fuertes corrientes de aire a través de una caracola, pero también podía ser descendiente del viejo Cronos. Anfitrite se negaba a decir una sola palabra sobre el asunto. El trono de Afrodita era de plata con incrustaciones de berilos y aguamarinas: el respaldo tenía forma de concha, el asiento era de plumas de cisne y, bajo sus pies, había una estera de oro bordada con abejas doradas, manzanas y gorriones. Afrodita tenía un ceñidor mágico que llevaba siempre que quería hacer que alguien la amara con locura. Para evitar que Afrodita se portara mal, Zeus decidió que le convenía un marido trabajador y decente y, naturalmente, escogió a su hijo Hefesto. Éste exclamó: «¡Ahora, soy el dios más feliz!». Pero ella consideró una desgracia ser la esposa de un herrero, con la cara llena de hollín, las manos callosas y además cojo, e insistió en tener una habitación para ella sola. El símbolo de Afrodita era una paloma y visitaba Pafos, en Chipre, una vez al año, para nadar en el mar, lo que le traía buena suerte. Frente a Afrodita se sentaba Ares, el alto, guapo, presumido y cruel hermano de Hefesto, a quien le gustaba luchar por luchar. Ares y Afrodita estaban continuamente cogidos de la mano y cuchicheando en los rincones, lo que ponía celoso a Hefesto. Si alguna vez éste se quejaba de ello en el consejo, Zeus se reía de él y le decía: «Tonto, ¿por qué le diste a tu esposa ese ceñidor mágico?  ¿Puedes culpar a tu hermano si se enamoró de Afrodita cuando lo llevaba puesto?». El trono de Ares, recio y feo, era de bronce, tenía unas calaveras en relieve ¡y estaba tapizado con piel humana! Ares era maleducado, inculto y tenía el peor de los gustos; pero Afrodita lo veía magnífico. Sus símbolos eran un jabalí y una lanza manchada de sangre. Tenía una casa de campo entre los espesos bosques de Tracia.


Al lado de Ares se sentaba Apolo, dios de la música, de la poesía, de la medicina, del tiro con arco y de los hombres jóvenes solteros. Era hijo de Zeus y Leto, una diosa menor con la que Zeus se casó para molestar a Hera. Apolo se rebeló contra su padre una o dos ocasiones, pero sufrió un duro castigo cada vez y aprendió a comportarse con más sensatez. Su trono áureo, extremadamente pulido, tenía grabadas unas inscripciones mágicas, un respaldo en forma de lira y una piel de pitón en el asiento. Encima del mismo, había colgado un sol de oro con veintiún rayos como flechas, porque Apolo decía que gobernaba el Sol. El símbolo de Apolo era un ratón; al parecer, los ratones conocían los secretos de la Tierra y se los contaban a él. (Prefería los ratones blancos a los grises; a la mayoría de los niños aún les sucede). Apolo poseía una casa espléndida en Delfos, en la cima del monte Parnaso, construida alrededor del famoso oráculo que le robó a la Madre Tierra, la abuela de Zeus. 


Frente a Apolo se sentaba su hermana gemela Artemisa, diosa de la caza y de las chicas solteras, de quien Apolo había aprendido la medicina y el tiro con arco. Su trono era de plata pura, con un asiento forrado de piel de lobo y un respaldo con la forma de dos ramas de palmera con perfiles de luna nueva, una a cada lado de una vasija. Apolo se casó varias veces con esposas mortales en distintas épocas. Una vez, acosó incluso a una chica llamada Dafne, pero ésta imploró ayuda a la Madre Tierra y fue convertida en un laurel, antes de que Apolo pudiera atraparla y besarla. Artemisa, sin embargo, odiaba la idea del matrimonio, aunque cuidaba amablemente a las madres, cuando daban a luz a sus bebés. Artemisa prefería cazar, pescar y nadar a la luz de la luna, en lagos de montaña. Si un mortal la veía desnuda, ella lo convertía en ciervo y lo cazaba. Como símbolo, esta diosa escogió una osa, el más peligroso de todos los animales salvajes de Grecia.


El último de la fila de los dioses era Hermes, hijo de Zeus y de una diosa menor llamada Maya, la cual dio nombre al mes de mayo. Hermes, dios de los comerciantes, los banqueros, los ladrones, los adivinos y los heraldos, nació en Arcadia. Su trono estaba esculpido en un único y sólido bloque de roca gris; los reposabrazos tenían forma de arietes y el asiento estaba tapizado con piel de cabra. En el respaldo había esculpida una esvástica que representaba una máquina para encender fuego inventada por él: la barrena de fuego. Hasta entonces, las amas de casa tenían que coger una brasa del vecino. Hermes también inventó el alfabeto; y uno de sus símbolos era una grulla, ya que estos animales vuelan en forma de V, la primera letra que escribió. Otro de los atributos de Hermes era una rama de avellano pelada, que llevaba como mensajero de los dioses del Olimpo que era. De esa rama colgaban unos cordones blancos que la gente tomaba a menudo por serpientes.


La última de la fila de las diosas era la hermana mayor de Zeus, Hestia, diosa del hogar: se sentaba en un sencillo trono de madera lisa, sobre un simple cojín de lana virgen. Hestia, la más amable y pacífica de todos los dioses del Olimpo, odiaba las continuas peleas familiares y nunca se preocupó por elegir un símbolo. Se encargaba de cuidar el fuego de la chimenea de carbón que había en el centro de la sala de consejos. Esto suma seis dioses y seis diosas. Pero un día Zeus anunció que Dionisos, hijo suyo y de una mujer mortal llamada Semele, había inventado el vino y que, por tanto, se le debía conceder un sitio en el consejo. Trece dioses olímpicos hubiese sido un número desafortunado, así que Hestia le ofreció su lugar, sólo para mantener la paz. Quedaban pues siete dioses y cinco diosas. Era una situación injusta, ya que cuando se trataba de cuestiones sobre mujeres, los dioses superaban en votos a las diosas. El trono de Dionisos era de madera de abeto dorada, decorado con racimos de uva esculpidos en amatista (una piedra de color violeta), serpientes esculpidas en serpentina (una piedra multicolor), jade (una piedra verde oscuro) y cornalina (una piedra de color rosa). Este dios eligió un tigre como símbolo, ya que una vez había visitado la India, al frente de un ejército de soldados ebrios, y se trajo unos tigres como recuerdo. En cuanto a los otros dioses y diosas que vivían en el Olimpo, está Heracles, el portero, quien dormía en la caseta de la entrada, y Anfitrite, la esposa de Poseidón, de la cual ya hemos hablado. 


También estaba la madre de Dionisos, Semele, a quien Zeus convirtió en diosa a petición de su hijo; la odiosa hermana de Ares, Eris, diosa de las peleas; Iris, mensajera de Hera, que corría a lo largo del arco que lleva su nombre; la diosa Némesis, que llevaba una lista de todos los mortales orgullosos y merecedores del castigo de los dioses del Olimpo; el malvado niño Eros, dios del amor, hijo de Afrodita, que se divertía lanzando flechas a la gente para hacerlos enamorarse ridículamente; Hebe, diosa de la juventud, que se casó con Heracles; Ganimedes, el joven y guapo copero de Zeus; las nueve musas que cantaban en el salón comedor, y la anciana madre de Zeus, Rea, a quien su hijo trataba de forma mezquina, a pesar de que ella, una vez le salvó la vida con un truco, cuando Cronos quería comérselo. 


En una sala, detrás de la cocina, se sentaban las tres parcas, llamadas Cloto, Láquesis y Átropos. Eran las diosas más ancianas que existían, tan viejas que nadie recordaba su origen. Las parcas decidían cuánto tiempo debía vivir cada mortal: trenzaban un hilo de lino hasta que midiera tantos milímetros y centímetros como meses y años y, luego, lo cortaban con unas tijeras. También sabían cuál sería el destino de todos los dioses del Olimpo, pero casi nunca lo revelaban. Incluso Zeus las temía por este motivo. Los dioses del Olimpo saciaban su sed con néctar, una bebida dulce hecha con miel fermentada, y comían ambrosía, una mezcla cruda de miel, agua, aceite de oliva, queso y cebada, según se decía, aunque existen dudas al respecto. Algunos afirman que el verdadero alimento de los dioses del Olimpo eran ciertas setas moteadas que aparecían siempre que el rayo de Zeus caía sobre la Tierra y que eran éstas el motivo de su inmortalidad. La ternera y el cordero asados también eran alimentos favoritos de los dioses del Olimpo así que los mortales sólo se comían estas carnes tras ofrecérselas en sacrificio.  




















Tomado de:
GRAVES, Robert (1965): Dioses y héroes de la antigua Grecia. Barcelona, Lumen, pp. 9-13

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