23 noviembre 2015

Pierre Bourdieu: Campo intelectual y proyecto creador.



Pierre Bourdieu: Campo intelectual
 y proyecto creador

Una síntesis


La relación que un creador sostiene con su obra y por ello, la obra misa, se encuentran afectadas por el sistema de las relaciones sociales en las cuales se realiza la creación y por la posición del creador en la estructura del campo intelectual. Éste último constituye un sistema de líneas de fuerza, esto es, los agentes o sistemas de agentes que forman parte de él se oponen y se agregan confiriéndole su estructura específica en un momento dado del tiempo. Cada uno de ellos está determinado por su pertenencia a este campo y al campo cultural, entendido como sistema de relaciones entre los temas y problemas y por ello, un tipo de inconsciente cultural. 

A medida que los campos de la actividad humana se diferenciaban, un orden propiamente intelectual, dominado por un tipo particular de legitimidad, se definía por oposición al poder económico, al poder político y al poder religioso. Luego de la Edad Media y el Renacimiento, la vida intelectual se organizó progresivamente en un campo intelectual a medida que los creadores se liberaron, económica y socialmente y también a medida que aparecieron instancias específicas de selección y de consagración propiamente intelectuales. La dependencia de los escritores respecto a la aristocracia y sus cánones estéticos se mantuvo mucha más tiempo en el campo de la literatura que en otros campos, porque quien quería publicar sus obras tenía que asegurarse el patrocinio de un gran señor. A medida que se multiplican y diferencian las instancias de consagración intelectual y artística, sobre todo en el siglo XVII, la aristocracia se mezcla con la intellgentsia burguesa adoptando sus modelos de pensamiento y sus concepciones artísticas y morales, y también las instancias de consagración y difusión cultural, tales como las casa editoras, los teatros, las asociaciones culturales y científicas, a medida, asimismo, que el público se extiende y diversifica. El Campo intelectual se integra como sistema cada vez más complejo y más independiente de las influencias externas, como campo de relaciones dominadas por una lógica específica, la de la competencia por la legitimidad cultural. Sólo entonces, en el s. XVIII, el editor viene a sustituir al mecenas. 

La influencia de los directores de teatro es mayor aún puesto que pueden orientar con sus elecciones el gusto de la época. Todo lleva a pensar que la integración de un campo intelectual dotado de una autonomía relativa es la condición de la aparición del intelectual autónomo que no conoce ni quiere conocer más restricciones que las exigencias constitutivas de su proyecto creador. A medida que el campo intelectual gana autonomía, el artista afirma cada vez con mayor fuerza su pretensión a ella, proclamando su indiferencia respecto al público. Sin duda, con el s. XIX y el movimiento romántico comienza el movimiento de liberación de la intención creadora (arte por el arte), nueva definición revolucionaria de la vocación del intelectual y de su función en la sociedad. 

El cambio radical en materia de ideas sobre el arte, y el artista y su lugar en la sociedad coincide en Inglaterra con la revolución industrial y presenta 5 características fundamentales: 

1) La relación entre el escritor y sus lectores sufre una transformación profunda 
2) Actitud diferente respecto al “público” 
3) La producción artística comienza a considerarse como un tipo de producción especializada sujeta a las mismas condiciones que la producción en general 
4) La teoría de la realidad “superior del arte” como sede de una verdadera imaginación 
5) Representación de escritor como creador independiente, como genio autónomo 

Cabe preguntarse si hay que considerar la revolución estética que se afirma en la teoría de la realidad superior del arte y del genio autónomo como una simple ideología compensatoria suscitada por la amenaza que la sociedad industrial y la industrialización de la sociedad intelectual hacen pesar sobre la autonomía de la creación artística. La existencia de un mercado literario y artístico hace posible la formación de un conjunto de profesiones intelectuales, es decir, la integración de un verdadero campo intelectual como sistema de las relaciones que se establecen entre los agentes del sistema de producción intelectual (aparición de un nuevo público que pertenece a una nueva clase social; de un conjunto de escritores pertenecientes a la misma clase y de instituciones y formas artísticas creadas por esta clase). La especificidad de este sistema de producción, vinculado a la especificidad de su producto, realidad de doble faz, mercancía y significación cuyo valor estético sigue siendo irreductible al valor económico, aun cuando la sanción económica viene a redoblar la consagración intelectual, entraña la especificidad de las relaciones que ahí se establecen, la competencia por la legitimidad cultural, cuyo árbitro, el público, nunca se identifica completamente con la competencia por el éxito en el mercado. Es significativo que la irrupción de métodos y técnicas prestados por el orden económico y vinculados a la comercialización de la obra de arte, como la publicidad comercial, coincida no sólo con la glorificación del artista, sino también con la declarada intención de reconocer solamente a ese lector ideal que es un alter ego, es decir, otro intelectual, capaz de seguir, en su creación o comprensión de las obras, la misma vocación propiamente intelectual que defina al intelectual autónomo, sin reconocer más legitimidad que la intelectual.


Campo de poder, campo intelectual (2002),
de P. Bourdieu

Aparecen los signos de una nueva solidaridad entre el artista y el crítico o el periodista. Inspirada por la convicción de que el público está condenado a la incomprensión o al menos a una comprensión diferida, esta “nueva crítica” se coloca incondicionalmente al servicio del artista y con ello evidentemente, saca al público del juego. 

El campo intelectual, como sistema autónomo o que pretende autonomía, es el producto de un proceso histórico de autonomización y de diferenciación interna, lógica específica de las relaciones que se establecen en el seno de este sistema y lo integran como tal. Este sistema no puede disociarse de las condiciones históricas y sociales que hacen posible la existencia de un campo intelectual, y una vez conocidas estas condiciones, puede captar “en acto” la totalidad concreta de las relaciones que integran el campo intelectual como sistema. 

El autor escribe para un público. Existen pocos actores sociales que dependan tanto como los artistas, y más generalmente los intelectuales, de la imagen que los demás tienen de ellos y de lo que los demás son. Así ocurre con la cualidad de escritor, cualidad inseparable de cierta demanda social, con la cual éste debe contar para lograr un renombre, es decir, la representación que la sociedad se hace del valor y de la verdad de su obra. Por medio de esta representación social, la sociedad interviene en el centro mismo del proyecto creador, invistiendo al artista de sus exigencias y sus rechazos. El artista debe enfrentar la definición social de su obra y debe reconocer en su proyecto creador, la verdad del mismo que la acogida social le remite, porque el reconocimiento de esta verdad está encerrado en un proyecto que es siempre proyecto de ser reconocido. El proyecto creador es el sitio donde se entremezclan, y a veces entran en contradicción, la necesidad intrínseca de la obra que necesita proseguirse, mejorarse, terminarse, y las restricciones sociales que orientan la obra desde afuera. En los “autores de éxito” puede suponerse que las restricciones sociales son más importantes, es su proyecto intelectual, que la necesidad intrínseca de la obra, que éstas fueron creadas por y para su público y que son casi totalmente reductibles a las condiciones económicas y sociales de su fabricación se subordinan a las restricciones que les impone la definición social de una obra consagrada por el éxito. Inversamente, las obras escapan tanto más completamente a estos métodos cuanto sus autores, rehusando ajustarse a las expectativas de los lectores reales, imponen las exigencias que la necesidad de la obra les impone, sin hacer concesión alguna a la representación que los lectores se hacen o harán de la obra. 

La relación que el creador mantiene con su creación es siempre ambigua y a veces contradictoria, en la medida en que la obra intelectual, como objeto simbólico destinado a comunicarse, obtiene no solamente su valor, sino también su significación y su verdad de los que la reciben tanto como del que la produce; aunque ocurra que la restricción social se manifieste a veces bajo la forma directa y brutal de las presiones financieras o la obligación jurídica, opera por lo general de modo más sutil. Hay que preguntarse si aún el autor más indiferente a las seducciones del éxito y menos dispuesto a hacer concesiones a las exigencias del público, no debe tomar en cuenta la verdad social de su obra que le remiten el público, los críticos y los analistas y redefinir de acuerdo con ella su proyecto creador. Hay pocas obras que no contengan indicaciones sobre las representaciones que el autor se hace de su empresa. El discurso del crítico sobre la obra se presenta al creador mismo no tanto como un juicio crítico dirigido al valor de la obra sino como una objetivación tal del proyecto creador. Por su naturaleza y por su pretensión misma, la objetivación que realiza la crítica está predispuesta a desempeñar un papel específico en la definición y la evolución del proyecto creado. 

El autor se define sólo en y a través de todo el sistema de relaciones sociales que el creador sostiene con el conjunto de agentes que constituyen el campo intelectual en un momento dado del tiempo (otros artistas, críticos, intermediarios entre el artista y el público, tales como los editores, los comerciantes o los periodistas). Los manuscritos que recibe el editor resultan afectados por diversas determinaciones: muy a menudo llevan la marca del intermediario (situado en el campo intelectual como director de colección, lector, crítico, etc.) a través del cual llegan al editor; son además el resultado de una especie de preselección que los autores mismos practicaron por referencia a la idea que se hacen del editor, de la tendencia literaria que éste representa y que haya podido orientar su proyecto creador. La representación que el editor tiene en cuanto a su vocación específica de editor de vanguardia, forma parte de la imagen que el público, los críticos y los creadores se hacen de su función en la división del trabajo intelectual. Esta imagen se confirma por la selección de autores en oposición a otros editores. La representación que el editor se hace de su propia práctica se integra y se confirma por la referencia que tiene de las representaciones y de las posturas diferentes a la suya y de la representación social de su propia postura. La situación de la crítica no es muy distinta: las obras ya seleccionadas que recibe llevan una marca adicional, la del editor. 

Existir, en este sistema de relaciones simbólicas que integran el campo intelectual, es ser conocido y reconocido en marcas de distinción (una manera, un estilo, una especialidad, etc.). El editor, actuando como comerciante (que también lo es) puede utilizar técnicamente la representación pública de sus publicaciones para lanzar una obra a través del discurso que sostiene con el crítico, seleccionado en función de su influencia y de las afinidades que pueda tener con la obra. 




Así, el sentido público de la obra, como juicio objetivamente instituido sobre el valor y la verdad de la obra, es necesariamente colectivo, y realizado a través de una infinidad de relaciones sociales específicas (autor, editor, crítica, etc.). En cada una de estas relaciones, cada uno de los agentes empeña no solamente la representación socialmente constituida que tiene del otro término de la relación, sino también la representación de la representación que el otro término de la relación tiene de él. La relación que el creador mantiene con su obra está siempre mediatizada por la relación que mantiene con el sentido público de su obra. Así, el juicio estético más singular y más personal se refiere a una significación común: la relación con una obra, incluso la propia, es siempre una relación con una obra juzgada, cuya verdad y valor últimos nunca son sino el conjunto de los juicios potenciales sobre la obra que el conjunto de los miembros del universo intelectual podrá o podría formular al referirse, en todos los casos, a la representación social de la obra como integración de juicios singulares sobre la obra. En virtud de que el sentido singular debe siempre definirse en relación al sentido común, contribuye necesariamente a definir lo que será una nueva realización de este sentido común. 

Si bien cada una de las partes del campo intelectual depende de todas las demás, no dependen todas, en mismo grado, de todas las demás. Existen diferencias de peso funcional que contribuyen de manera muy desigual a dar al campo intelectual su estructura específica. Existe casi siempre, en toda sociedad, una pluralidad de potencias que en virtud de su poder político o económico están en condiciones de imponer sus normas culturales a una fracción más o menos amplia del campo intelectual y que reivindican una legitimidad cultural. Todo acto cultural encierra la afirmación implícita del derecho de expresarse legítimamente, y por ello compromete la posición del sujeto en el campo intelectual y el tipo de legitimidad que se atribuye. El creador mantiene con su creaión una relación completamente diferente, cuya marca lleva necesariamente la obra, según ocupe una posición marginal u oficial. La estructura del campo intelectual mantiene una relación de interdependencia con una de las estructuras fundamentales del campo cultural, la de las obras culturales, jerarquizadas según su grado de legitimidad. Los diferentes sistemas de expresión se organizan objetivamente según una jerarquía independiente de las opiniones individuales que define la legitimidad cultural y sus grados. Legitimidad no es legalidad. La existencia de lo que se llama legitimidad cultural consiste en que todo individuo es y se sabe colocado en el campo de aplicación de un sistema de reglas que permiten calificar y jerarquizar su comportamiento bajo la relación de la cultura. A diferencia de una práctica legítima, una práctica en vías de legitimación plantea a los que se entregan a ella la cuestión de su propia legitimidad.

La forma de la relación y de participación que cada sujeto mantiene con el campo de las obras culturales y, en particular, el contenido de su intención artística o intelectual y la forma de su proyecto creador, dependen estrechamente de su posición en el campo intelectual. Cada intelectual está condicionado a orientar su actividad hacia tal o cual región del campo cultural que forma parte del legado de las generaciones pasadas, parte recreada, reinterpretada y transformada por los contemporáneos. Las relaciones que cada intelectual puede mantener con cada uno de los demás miembros de la sociedad intelectual, están mediatizadas por la estructura del campo intelectual y por su posición en relación a las autoridades culturales, cuyos poderes organizan el campo intelectual: los actos o los juicios culturales encierran siempre una referencia a la ortodoxia. 

La escuela se halla investida de una función completamente análoga a la de la iglesia: sistema de enseñanza, en tanto institución diseñada para conservar, transmitir e inculcar la cultura canónica de una sociedad. Debe muchos de sus caracteres de estructura y funcionamiento al hecho de que debe cumplir estas funciones específicas. La oposición y complementariedad entre los creadores y los profesores constituye la estructura fundamental del campo intelectual. Los conservadores de la cultura, responsables de la prédica cultura y la organización del aprendizaje, se oponen a los creadores de cultura, capaces de imponer su autoridad en materia creativa o científica. Cada intelectual inserta en sus relaciones con los demás intelectuales una pretensión de consagración cultural –o legitimidad- que depende de la posición que ocupa en el campo intelectual y en particular en relación con la universidad, detentadora de los signos infalibles de la consagración. El intelectual está situado histórica y socialmente. Sus elecciones intelectuales o artísticas más conscientes están siempre orientadas por su cultura y su gusto, interiorizaciones de la cultura de una sociedad, de una época y de una clase. La cultura que incorpora en sus creaciones constituye la condición de posibilidad de la integración concreta de una intención artística de la obra. Los préstamos y las limitaciones inconscientes son sin duda la manifestación más evidente del inconsciente cultural de una época, de ese sentido común que hace posible los sentidos específicos en los cuales se expresa. La relación que el intelectual sostiene con la escuela y con su pasado escolar, tiene un peso determinante en el sistema de sus elecciones intelectuales más inconscientes. Deben a la escuela un conjunto de lugares comunes que no son solamente un discurso y un lenguaje comunes, sino también campos de encuentro y de entendimiento, problemas comunes y formas comunes de abordar esos problemas. Un pensador participa de su sociedad y de su época por el inconsciente cultural que debe a sus aprendizajes intelectuales y a la formación escolar. Esta conexión es una auténtica relación de causa/efecto que opera por la difusión de un hábito mental. Fuerza formadora de hábitos, la escuela proporciona a quienes han estado sometidos a su influencia no tanto esquemas de pensamiento específicos y particularizados, sino esta disposición general, generadora de esquemas específicos, susceptibles de aplicarse en campos diferentes del pensamiento y de la acción, que se puede denominar habitus cultivado. En una sociedad en que la transmisión cultural está monopolizada por la escuela, las afinidades subterráneas que unen las obras de cultura (y al mismo tiempo, las conductas y los pensamientos) tienen su principio en la institución escolar, capaz de producir individuos dotados de un sistema de esquemas inconsciente que constituye su cultura. Por la lógica misma de su funcionamiento, la escuela modifica el contenido y el espíritu de la cultura que transmite y tiene como función expresa transformar la herencia colectiva en inconsciente individual y común 


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