10 septiembre 2021

Leer un síntoma. Jacques-Alain Miller

 



Leer un síntoma


Jacques-Alain Miller


Elegí este título para ustedes a partir de dos indicaciones que he recibido de vuestra presidenta, Anne Lysy. La primera es que el Consejo de la NLS desearía que el próximo Congreso sea sobre el síntoma, la segunda que el lugar del Congreso sería Tel-Aviv, La cuestión por lo tanto era determinar qué acento, qué inflexión, qué impulso dar al tema del síntoma. Lo sopesé en función de mi curso que hago en París todas las semanas, donde me explico con Lacan y la práctica del psicoanálisis hoy, esta práctica que no es más completamente, o quizá de ningún modo, la de Freud. Y en segundo lugar he sopesado el acento a darle al tema del síntoma en función del lugar, Israel. Y por lo tanto, todo bien sopesado, he elegido el título siguiente: leer el síntoma, to  read a symptom .


Saber leer.


Aquellos que leen a Lacan sin duda han reconocido aquí un eco de sus palabras en su escrito «Radiofonía» que pueden encontrar en la recopilación de los Autres Écrits. Señala allí que el judío es aquel que sabe leer. Se tratará de interrogar ese saber leer en Israel, el saber leer en la práctica del psicoanálisis. Diré inmediatamente que el saber leer, como yo lo entiendo, completa el bien decir, que se ha vuelto un slogan entre nosotros. Voy a sostener con gusto que el bien decir en el psicoanálisis no es nada sin el saber leer, que el bien decir propio al psicoanálisis se funda sobre el saber leer. Si nos atenemos al bien decir, no alcanzamos mas que la mitad de aquello de lo que se trata. Bien decir y saber leer están del lado del analista, es propiedad del analista, pero en el curso de la experiencia se trata que bien decir y saber leer se transfieran al analizante. Que aprenda de algún modo, fuera de toda pedagogía, a bien decir y también a saber leer. El arte de bien decir, es la definición de esa disciplina tradicional que se llama retórica. Ciertamente el análisis participa de la retórica pero no se reduce a ella. Me parece que lo que hace la diferencia es el saber leer. El psicoanálisis no es solo cuestión de escucha, listening, también es cuestión de lectura, reading. En el campo del lenguaje sin duda el psicoanálisis toma su punto de partida de la función de la palabra pero la refiere a la escritura. Hay una distancia entre hablar y escribir, speaking and writing. En esta distancia opera el psicoanálisis, es esta diferencia lo que el psicoanálisis explota.


Agregaré una nota más personal a la elección que hago del título, «leer un síntoma», puesto que es el saber leer lo que Lacan me imputa a mí. Ustedes encontrarán esto en el exergo de su escrito «Televisión», en la recopilación de los Autres Ecrits, donde le planteaba un cierto número de preguntas en nombre de la televisión y puso en exergo del texto que reproduce con ciertos cambios lo que él dijo entonces: «Aquel que me interroga sabe también leerme». Por lo tanto Lacan me prendió con el saber leer, al menos con el saber leer a Lacan. Es un certificado que me otorgó en razón de las anotaciones a su discurso en el margen, muchas de las cuales hacen referencia a sus fórmulas llamadas matemas. Entonces la cuestión del saber leer tiene todas las razones para importarme.


El secreto de la ontología.


Después de esta introducción voy a evocar ahora el punto en que estoy de mi  curso de este año y que conduce precisamente a esta cuestión de lectura, y de lectura del síntoma. Estoy en estos días articulando la oposición conceptual entre el ser y la existencia. Y es una etapa en el camino donde considero distinguir y oponer el ser y lo real, being and the real


Se trata para mí de poner de relieve los límites de la ontología, de la doctrina del ser. Son los griegos quienes inventaron la ontología. Pero ellos mismos se dieron cuenta de los límites puesto que algunos desarrollaron un discurso que se refiere explícitamente a un más allá del ser, beyond being. Debemos creer que ellos sintieron la necesidad de este más allá del ser y colocaron el Uno, the one. En particular aquel que desarrolló el culto del Uno, como más allá del ser, es el llamado Plotino. Y lo extrajo siglos más tarde de una lectura de Platón, precisamente del Parménides de Platón. Entonces, lo extrajo de un cierto saber leer a Platón. Y más acá de Platón está Pitágoras, matemático pero místico matemático. Pitágoras el que divinizaba el número y especialmente el Uno y quien no hacía una  ontología sino lo que se llama en términos técnicos a partir del griego una henología,  es decir una doctrina del Uno. Mi tesis, es que el nivel del ser llama, necesita un más allá del ser. 


Los griegos que desarrollaban una ontología sintieron la necesidad de un punto de apoyo, de un fundamento inquebrantable que justamente el ser no les daba. El ser no da un fundamento inquebrantable a la experiencia, al pensamiento, precisamente porque hay una dialéctica del ser. Plantear el ser, es al mismo tiempo plantear la nada. Y plantear el ser es esto, es al mismo tiempo plantear que no es eso, por lo tanto lo es también a título de ser su contrario. El ser, en suma, carece singularmente de ser y no por accidente sino de manera esencial. La ontología desemboca siempre en una dialéctica del ser. Lacan lo sabía tan bien que precisamente define el ser del sujeto del inconsciente como una falta en ser. Explota allí los recursos dialécticos de la ontología. La traducción de la expresión francesa «falta en ser» por want to be agrega algo totalmente precioso, la noción de deseo. Want no es solo el acto, en Want está el deseo, está la voluntad y precisamente el deseo de hacer ser lo que no está. El deseo hace la mediación entre being and nothingness. Encontramos este deseo en el psicoanálisis a nivel del deseo del analista, que anima la operación analítica en tanto que ese deseo apunta a conducir el ser al inconsciente, apunta a hacer aparecer lo que está reprimido como decía Freud. Evidentemente eso que está reprimido es por excelencia un want to be, lo que está reprimido no es un ser actual, no es una palabra efectivamente dicha, lo que está reprimido es un ser virtual que está en el estado de posible, que aparecerá o no. La operación que conduce al ser el inconsciente, no es la operación del Espíritu Santo, es una operación de lenguaje, la que aplica el psicoanálisis. El lenguaje es esta función que hace ser lo que no existe. Es incluso lo que los lógicos debieron constatar, se desesperaron por el hecho que el lenguaje sea capaz de hacer ser lo que no existe y entonces trataron de normativizar su uso esperando que su lenguaje artificial solo nombraría lo que existe. Pero de hecho hay que reconocer allí, no un defecto del lenguaje, sino su potencia. El lenguaje es creador y en particular crea el ser. En suma el ser del que hablan desde siempre los filósofos, este ser no es jamás otra cosa que un ser de lenguaje, es el secreto de la ontología. Entonces, se produce un vértigo.


Un discurso que sería de lo real.


Se produce un vértigo para los filósofos mismos, que es el vértigo mismo de la dialéctica. Porque el ser es lo opuesto de la apariencia pero también el ser no es otra cosa que la apariencia, una cierta modalidad de la apariencia. Entonces es esta fragilidad intrínseca al ser la que justifica la invención de un término que reúne el ser y la apariencia, el termino semblante. El semblante es una palabra que utilizamos en el psicoanálisis y con el cual tratamos de ceñir lo que es a la vez ser y apariencia de manera indisociable. Hace tiempo traté de traducir esta palabra en inglés con la expresión make believe. En efecto si se cree en ello, no hay diferencia entre la apariencia y el ser. Es una cuestión de creencia. 


Entonces mi tesis, que es una tesis sobre la filosofía a partir de la experiencia analítica, es que los griegos, justamente porque han lidiado eminentemente con este vértigo, buscaron un más allá del ser, un más allá del semblante. Lo que nosotros llamamos lo real es ese más allá del semblante, un más allá que es problemático. ¿Existe un más allá del semblante? Lo real sería, si lo queremos, un ser pero que no sería ser de lenguaje, que estaría intocado por los equívocos del lenguaje, que sería indiferente al make believe. 


Este real, ¿dónde lo encontraban los griegos? Lo encontraban en las matemáticas y en otras partes; desde entonces en que las matemáticas continuaron como continuó la filosofía, los matemáticos se dicen siempre con gusto platónicos en el sentido que no piensan en absoluto que crean su objeto sino que para ellos deletrean un real que ya está allí. Y eso, eso permite soñar, en todo caso hacía soñar a Lacan. 


Lacan hizo una vez un seminario que se titulaba «De un discurso que no sería del semblante». Es una fórmula que permaneció misteriosa incluso una vez que el seminario fue publicado, porque el título de este seminario se presenta bajo una forma condicional y negativa a la vez. Pero bajo esta forma, evoca un discurso que sería de lo real, es eso lo que quiere decir. Lacan tuvo el pudor de no decirlo bajo esta forma que develo, lo dijo bajo una forma solamente condicional y negativa: De un discurso que sería de lo real, de un discurso que tomaría su punto de partida a partir de lo real, como las matemáticas. Era el sueño de Lacan poner el psicoanálisis al nivel de las matemáticas. Con respecto a esto hay que decir que solo en las matemáticas lo real no varía, aunque en los márgenes varía de todos modos. En la física matemática, que incorpora y que se sostiene sin embargo en las matemáticas, la noción de real es completamente resbaladiza porque es de algún modo heredera de la vieja idea de naturaleza, que con la mecánica cuántica, con las investigaciones de estar más allá del átomo podemos decir que lo real en la física se ha vuelto incierto. La física conoce polémicas entre físicos aun más vivaces que en el psicoanálisis. Lo que para uno es real, para otro no es mas que semblante. Hacen propaganda de su noción de real, porque a partir de un cierto momento hicieron entrar en la cuenta la observación. A partir de ese momento, el complejo compuesto del observador y de los instrumentos de observación interfiere y entonces lo real se vuelve relativo al sujeto, es decir deja de ser absoluto. Podemos decir que de este modo el sujeto hace pantalla a lo real. No es ese el caso en matemáticas. ¿Cómo se accede en matemáticas a lo real, porqué instrumento? Se accede por el lenguaje sin duda, pero un lenguaje que no hace pantalla a lo real, un lenguaje que es lo real. Es un lenguaje reducido a su materialidad, es un lenguaje que está reducido a su materia significante, es un lenguaje que se reduce a la letra. En la letra, contrariamente a la homofonía, no se encuentra el ser, being, in the letter is not being that you find, es the real.


Fulgor del inconsciente y deseo del analista.


Propongo interrogar el psicoanálisis a partir de estas premisas. En el psicoanálisis, ¿dónde está lo real? Es una pregunta apremiante en la medida en que un psicoanalista no puede no sentir el vértigo del ser, desde el momento en que en su práctica está invadida por las creaciones, por las criaturas de la palabra.


¿Dónde está lo real en todo esto? ¿El inconsciente es real? ¡No! De todos modos es la respuesta más fácil de dar. El inconsciente es una hipótesis, lo que resta como una perspectiva fundamental, incluso si podemos prolongarla, hacerla variar. Para Freud, recuerden, que el inconsciente es el resultado de una deducción. Es lo que Lacan traduce del modo más aproximado subrayando que el sujeto del inconsciente es un sujeto supuesto, es decir hipotético. No es entonces un real. Incluso nos planteamos la cuestión de saber si es un ser. Ustedes saben que Lacan prefiere decir que es un deseo de ser más bien que un ser. El inconsciente no tiene más ser que el sujeto mismo. Lo que Lacan escribe S tachado, es algo que no tiene ser, que solo tiene el ser de la falta y que debe advenir. Y nosotros lo sabemos bien, basta simplemente extraer las consecuencias de ello. Sabemos bien que el inconciente en el psicoanálisis está sometido a un deber ser. Está sometido a un imperativo que como analista representamos. Y es en ese sentido que Lacan dice que el estatuto del inconsciente es ético. Si el estatuto del inconsciente es ético, no es del orden de lo real, es eso lo que quiere decir. El estatuto de lo real no es ético. Lo real, en sus manifestaciones es más bien unethical, no se comporta según nuestra conveniencia. Decir que el estatuto del incosnciente es ético es precisamente decir que es relativo al deseo, y primeramente al deseo del analista que trata de inspirar al analizante a tomar el relevo de ese deseo. 


¿En qué momento en la práctica del psicoanálisis necesitamos una deducción del inconsciente? Simplemente por ejemplo cuando vemos volver en la palabra del analizante recuerdos antiguos que se habían olvidado hasta ese momento. Estamos forzados a suponer que esos recuerdos, en el intervalo, residían en alguna parte, en un cierto lugar de ser, un lugar que permanece desconocido, inaccesible al conocimiento, del que decimos precisamente que no conoce el tiempo. Y para remedar aún más el estatuto ontológico del inconsciente, tomemos lo que Lacan llama sus formaciones, que ponen de relieve precisamente el estatuto fugitivo del ser. Los sueños se borran. Son seres que no consisten, de los que a menudo solo tenemos fragmentos en el análisis. El lapsus, el acto fallido, el chiste, son seres instantáneos, que fulguran, a los que les damos en el psicoanálisis un sentido de verdad pero que se eclipsan inmediatamente.


Confrontación con los restos sintomáticos.


Entonces entre esas formaciones del inconsciente está el síntoma. Por qué ponemos el síntoma entre estas formaciones del inconsciente sino porque el síntoma freudiano también es verdad. Le damos un sentido de verdad, lo interpretamos. Pero se distingue de todas las otras formaciones del inconsciente por su permanencia. Hay otra modalidad de ser. Para que haya síntoma en el sentido freudiano, sin duda es necesario qeu haya sentido en juego Hace falta que eso pueda interpretarse. Es lo que constituye para Freud la diferencia entre el síntoma y la inhibición. La inhibición es pura y simplemente la limitación de una función. En tanto que tal una inhibición no tiene sentido de verdad. Para que haya síntoma es necesario también que el fenómeno dure. Por ejemplo, el sueño cambia de estatuto cuando se trata de un sueño repetitivo. Cuando el sueño es repetitivo implicamos un trauma. El acto fallido, cuando se repite, se vuelve sintomático, puede incluso invadir todo el comportamiento. En ese momento le damos el estatuto de síntoma. En ese sentido el síntoma es lo que nos da el psicoanálisis como lo más real. 


Es a propósito del síntoma que la cuestión de pensar la correlación de lo verdadero y lo real se vuelve candente. En este sentido, el síntoma es un Jano, tiene dos caras, una cara de verdad y una cara de real. Lo que Freud descubrió y que fue sensacional en su tiempo, es que un síntoma se interpreta como un sueño, se interpreta en función de un deseo y que es un efecto de verdad. Pero hay, como ustedes saben, un segundo tiempo de este descubrimiento, la persistencia del síntoma después de la interpretación, y Freud lo descubrió como una paradoja. Es en efecto una paradoja si el síntoma es pura y simplemente un ser de lenguaje. Cuando tenemos que vérnosla con seres de lenguaje en el análisis, los interpretamos, es decir los reducimos. Reconducimos los seres de lenguaje a la nada, los reducimos a la nada. La paradoja aquí es la del resto. Hay una x que resta más allá de la interpretación freudiana. Freud se aproximó a esto de distintas maneras. Puso en juego la reacción terapéutica negativa, la pulsión de muerte y amplió la perspectiva hasta decir que el final del análisis como tal deja siempre subsistir lo que llamaba restos sintomáticos.


Hoy nuestra práctica se ha prolongado mucho más allá del punto freudiano, mucho más allá del punto en que para Freud el análisis encontraba su fin. Justamente era un fin del que Freud decía que siempre hay un resto y por lo tanto siempre hay que recomenzar el análisis, después de un corto tiempo, al menos para el analesta. Un corto tiempo de pausa y luego recomenzamos. Era el ritmo stop and go, como se dice en francés ahora. Pero eso no es nuestra práctica. Nuestra práctica se prolonga más allá del punto en que Freud consideraba que hay finales de análisis, incluso si había que retomar el análisis, nuestra práctica va más allá del punto que Freud consideraba como fin del análisis. En nuestra práctica asistimos entonces a la confrontación del sujeto con los restos sintomáticos. Pasamos por supuesto por el momento del desciframiento de la verdad del síntoma, pero llegamos a los restos sintomáticos y allí no decimos stop. El analista no dice stop y el analizante no dice stop. El análisis en ese período, está hecho de la confrontación directa del sujeto con lo que Freud llamaba los restos sintomáticos y a los que nosotros damos otro estatuto muy diferente. Bajo el nombre de restos sintomáticos Freud chocó con lo real del síntoma, con lo que en el síntoma, es fuera de sentido.


El goce del ser hablante.


Ya en el segundo capítulo de Inhibición, síntoma y angustia. Freud caracterizaba el síntoma a partir de lo que él llamaba la satisfacción pulsional «como signo y el sustituto (Anzeichen und Ersatz) de una satisfacción pulsional que no ocurrió ». Lo explicaba en el segundo capítulo a partir de la neurosis obsesiva y de la paranoia señalando que el síntoma que se presenta primeramente como un cuerpo extraño en relación con el yo, intenta cada vez más hacer uno con el yo, es decir tiende a incorporarse al yo. Veía en el síntoma el resultado del proceso de la represión. Evidentemente son dos capítulos y el conjunto del libro que deben trabajarse para el próximo congreso. 


Quisiera señalar esto: ¿el goce en cuestión es primario? En un sentido, sí. Podemos decir que el goce es lo propio del cuerpo como tal, que es un fenómeno de cuerpo. En ese sentido, el cuerpo es lo que goza, pero reflexivamente. Un cuerpo es lo que goza de sí mismo, es lo que Freud llamaba el autoerotismo. Pero eso es verdad para todo cuerpo viviente. Podemos decir que es el estatuto del cuerpo viviente el gozar de sí mismo. Lo que distingue el cuerpo del ser hablante es que su goce sufre la incidencia de la palabra. Y precisamente un síntoma testimonia que ha habido un acontecimiento que marcó su goce en el sentido freudiano de Anzeichen y que introduce un Ersatz, un goce que no haría falta un goce que trastorna el goce que haría falta, es decir el goce de su naturaleza de cuerpo. Por lo tanto en ese sentido, no, el goce en cuestión en el síntoma no es primario. Está producido por el significante. Y es precisamente esta incidencia significante lo que hace del goce del síntoma un acontecimiento, no solo un fenómeno. El goce del síntoma testimonia que hubo un acontecimiento , un acontecimiento de cuerpo después del cual el goce natural entre comillas, que podemos imaginar como el goce natural del cuerpo vivo, se trastornó y se desvió. Este goce no es primario pero es primero en relación con el sentido que el sujeto le da, y que le da por su síntoma en tanto que interpretable.


Podemos recurrir para captarlo mejor a la oposición de la metáfora y de la metonimia. Hay una metáfora del goce del cuerpo, esta metáfora produce acontecimiento, produce este acontecimiento que Freud llama la fijación. Eso supone la acción del significante como toda metáfora, pero un significante que opera fuera de sentido. Y luego de la metáfora del goce está la metonimia del goce, es decir su dialéctica. En ese momentos se dota de significación. Freud habla de ello en Inhibición, síntoma y angustia, habla de die symbolische Bedeutung, de la significación simbólica que afecta un cierto número de objetos.


De la escucha del sentido a la lectura del fuera de sentido.


Podemos decir que eso se transmite en la teoría analítica. En la teoría analítica durante mucho tiempo se contó una pequeña historia sobre el goce, una pequeña historia donde el goce primordial debía encontrarse en la relación con la madre, donde la incidencia de la castración era por efecto del padre y donde el goce pulsional encontraba sus objetos que eran Ersatz que taponaban la castración. Es un aparato muy sólido que fue construido, que abraza los contornos de la teoría analítica. Pero de todos modos, voy a endurecer el trazo, es una superestructura mítica con la cual durante un tiempo se logró, en efecto, suprimir los síntomas interpretándolos en el marco de esta superestructura. Pero interpretando el síntoma en el marco de esta superestructura, es decir prolongando lo que yo llamaba esta metonimia del goce, se hizo inflar el síntoma también, es decir se lo alimentó con sentido. Allí se inscribe mi «leer el síntoma». 


Leer un síntoma es lo opuesto, es decir consiste en privar al síntoma de sentido. Por ello Lacan sustituye al aparato de interpretar de Freud –que Lacan mismo había formalizado, clarificado, es decir el ternario edípico– por un ternario que no produce sentido, el de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Pero al desplazar la interpretación del marco edípico hacia al marco borromeo, el funcionamiento mismo de la interpretación cambia y pasa de la escucha del sentido a la lectura del fuera de sentido.


Cuando se dice que el psicoanálisis es un asunto de escucha, hay que ponerse de acuerdo, hay que decirlo. Lo que se escucha de hecho, siempre es el sentido, y el sentido llama al sentido. Toda psicoterapia se sostiene en ese nivel. Eso desemboca siempre en definitiva en que el paciente es el que debe escuchar, escuchar al terapeuta. Se trata por el contrario de explorar lo que es el psicoanálisis y lo que puede a nivel propiamente dicho de la lectura, cuando se toma distancia de la semántica. Los remito aquí a las indicaciones preciosas que hay sobre esta lectura en el escrito de Lacan que se llama «El atolondradicho» y que pueden encontrar en los Autres Ecrits, sobre los tres puntos  de la homofonía, la gramática y la lógica.


Apuntar al clínamen del goce.


La lectura, el saber leer, consiste en mantener a distancia la palabra y el sentido que ella vehiculiza a partir de la escritura como fuera de sentido, como Anzeichen, como letra, a partir de su materialidad. Mientras que la palabra es siempre espiritual si puedo decirlo y la interpretación que se sostiene puramente a nivel de la palabra no hace mas que inflar el sentido, la disciplina de la lectura apunta a la materialidad de la escritura, es decir la letra en tanto que produce el acontecimiento de goce que determina la formación de los síntomas. El saber leer apunta a esa conmoción inicial, que es como un clínamen del goce. Clínamen es un término de la filosofía de los estoicos.


Para Freud, como el partía del sentido, eso se presentaba como un resto, pero de hecho ese resto es lo que está en los orígenes mismos del sujeto, es de algún modo el acontecimiento originario y al mismo tiempo permanente, es decir que se reitera sin cesar.


Es lo que se descubre, lo que se desnuda en la adicción, en el «un vaso más» que escuchamos hace un momento. La adicción es la raíz del síntoma que está hecho de la reiteración inextinguible del mismo Uno. Es el mismo, es decir precisamente no se adiciona. No tendremos jamás el «he bebido tres vasos por lo tanto es suficiente», se bebe siempre el mismo vaso una vez más. Esa es la raíz misma del síntoma. Es en este sentido que Lacan pudo decir que un síntoma es un etcétera. Es decir el retorno del mismo acontecimiento. Podemos hacer muchas cosas con la reiteración de lo mismo. Precisamente podemos decir que el síntoma es en este sentido como un objeto fractal, porque el objeto fractal muestra que la reiteración de lo mismo por las aplicaciones sucesivas les da las formas mas extravagantes e incluso pudo decirse que las mas complejas que el discurso matemático puede ofrecer.


La interpretación como saber leer apunta a reducir el síntoma a su fórmula inicial, es decir al encuentro material de un significante y del cuerpo, es decir al choque puro del lenguaje sobre el cuerpo. Entonces ciertamente, para tratar el síntoma hay que pasar por la dialéctica móvil del deseo, pero también es necesario desprenderse de los espejismos de la verdad que ese desciframiento les aporta y apuntar más allá a la fijeza del goce, a la opacidad de lo real. Si yo quisiera hacer hablar a este real, le imputaría lo que dice el dios de Israel en la zarza ardiente, antes de emitir los mandamientos que son el revestimiento de su real: «soy lo que soy».


Nota

La teoría del clínamen es una interesante solución propuesta por Epicuro al problema del libre albedrío prescindiendo de un dios garante de libertad. Un fractal es un objeto semigeométrico cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas. El término fue propuesto por el matemático Benoît Mandelbrot en 1975 y deriva del Latín fractus, que significa quebrado o fracturado.


Ponencia presentada en el Congreso de la NLS, que se realizó en Londres los días 2 y 3 de abril 2011. 

01 septiembre 2021

Esquema e imagen corporal. Adriana Guzmán

 


Esquema e imagen corporal


Adriana Guzmán

 

Todo cuerpo es, en principio, una estructura anatomofisiológica; sin embargo, planteada como tal, ésta sólo existe en los cadáveres puesto que en cada quien dicha estructura siempre está en movimiento lo cual tiene múltiples implicaciones pues es sinónimo de estar vivo. Así, el esquema corporal es el mapa tridimensional de la estructura anatomofisiológica en movimiento —en vida— que cada quien tiene de sí; es una vivencia propioperceptiva imposible de traducir, es el mundo de las impresiones y sensaciones tal y como se dan sin que existan significados que las traduzcan pues cuando esto sucede ya no se está en el plano del esquema corporal.

 

Este mapa tridimensional existe como unidad corporal que se verifica en la experiencia inmediata; si bien se percibe dicha unidad, es cierto que se trata de algo más que una percepción, a ello se le denomina esquema corporal. Dicho esquema está anclado directamente en la estructura anatomofisiológica pero no es sinónimo de ella: dado que esta última siempre está en movimiento, hay una constante apreciación de su funcionamiento, de tal suerte que el esquema corporal es la vivencia —visual y motriz— tridimensional de la estructura anatomofisiológica en funcionamiento; es una percepción, una sensación y una apariencia; es la representación formada por la mente del propio cuerpo, es decir, la forma en la que ésta se aparece a cada quien. El esquema corporal y sus cambios constituyen elementos esenciales en el conocimiento del cuerpo; la cartografía, ya visual, ya motriz, no es el patrón fundamental por el que hay que medir todos los cambios posturales, sino que cada cambio reconocible penetra en la consciencia ya cargado de una relación con algo que pasó antes, de manera que el producto final de todos los intentos que tienden a apreciar la posición corporal o el movimiento pasivo, llega a la consciencia como un cambio postural ya traducido y esquematizado. Para designar ese patrón, por el cual se miden todos los cambios de postura antes de penetrar en la consciencia, se propone la palabra “esquema”. Como se cambia continuamente de posición, se está siempre construyendo un esquema corporal que sufre una transformación constante. Cada nueva posición o cada nuevo movimiento se registra en ese esquema plástico, en tanto que la actividad cortical pone a ese esquema en relación con cada nuevo grupo de sensaciones suscitadas por la nueva posición. Una vez establecida esta relación, surge de ella un conocimiento de la posición.

 

Este esquema se integra porque el sujeto dispone de ciertas sensaciones: observa algunas partes de la superficie corporal, tiene impresiones táctiles, térmicas, de dolor; recibe sensaciones de los músculos o de la inervación de los mismos, las provenientes de las vísceras, etcétera. Estas sensaciones se proyectan sobre un primer esquema al que se agregan los cambios subsiguientes y mediante perpetuas alteraciones de la posición se construye, constantemente, un esquema corporal sujeto a cambios continuos. Cada nuevo movimiento queda registrado sobre el primer esquema plástico al cual se relaciona cada nuevo grupo de sensaciones provocadas por el movimiento, por virtud de la actividad en la corteza cerebral.

 

Existen dos tipos de esquemas: los posturales, que dan la sensación de la posición del cuerpo, la apreciación de la dirección del movimiento y la conservación del tono muscular y los esquemas de la superficie del cuerpo, que permiten localizar en la piel los puntos en que ésta es tocada. A estos dos tipos de esquemas se le agregan datos, de tal manera que el sujeto puede apreciar aspectos temporales de los distintos estímulos recibidos. Gracias a la existencia de estos esquemas es posible proyectar el reconocimiento de las posiciones corporales, movimiento y localización más allá de los límites del propio cuerpo, como sucede con la utilización de instrumentos y herramientas; de hecho, sin esta facultad y sin los esquemas que la crean, de nada valdría intentar el uso de herramientas. Todo cuanto participa de los movimientos conscientes del cuerpo se agrega al esquema que cada quien tiene de sí y, en lo sucesivo, forma parte de tal esquema.

 

El esquema corporal se encuentra en perpetua autoconstrucción y autodestrucción. En las fases del proceso de construcción y destrucción sobresalen dos tendencias humanas principales: una de ellas es la cristalización de unidades, aseguramiento de puntos de reposo de carácter definido y con ausencia de toda transformación; la otra apunta hacia la obtención de un flujo continuo, de una mutación permanente. Estas diferencias se reflejan en las ideas de eternidad y transitoriedad; así, lo pasajero y lo estable son distintas fases del proceso de construcción creadora.

 

Entonces, el esquema corporal es la configuración topográfica del cuerpo que cada cual posee, una estructura organizada que lo representa; esencialmente es un modelo perceptivo del cuerpo como configuración espacial que permite al individuo diseñar los contornos de su cuerpo, la distribución de sus miembros y de sus órganos y localizar los estímulos que se aplican, así como las reacciones con que el cuerpo responde. Las experiencias tempranas son particularmente importantes en la creación del esquema corporal, aunque éste nunca termina de realizarse del todo; por ejemplo, aquellas enfermedades que provocan acciones particulares sobre el cuerpo también modifican el esquema corporal.

 

El conocimiento que permite emplear diariamente el cuerpo en las actividades más triviales depende de la asociación de esquemas que se codifican indefinidamente y que, por lo tanto, son esencialmente plásticos, aunque también de naturaleza fisiológica puesto que se fundan en procesos corticales. Tendrá que agregarse que el desarrollo del esquema del cuerpo corre paralelo en gran medida al desarrollo sensorio-motriz; en apariencia hay dos factores fundamentales que desempeñan un papel especial en la creación de la imagen del cuerpo: uno es el dolor y el otro el control motor de los miembros.

 

Sin duda, en la estructura total del esquema corporal, las zonas erógenas desempeñan un papel preponderante y, por ende, tienden a una mayor carga libidinal —lo que permite establecer que hay una relación entre las partes sensorias del cuerpo y las estructuras libidinales—; pero no hay ninguna razón para suponer que en el erotismo concerniente a la superficie del cuerpo carecen de importancia las actividades musculares, por lo tanto, también todo acto de prensión, succión o tanteo tiene una enorme influencia sobre la estructura del esquema corporal.

 

Cabe agregar, por su importancia psicológica —y que a la postre se convertirán en datos antropológicos fundamentales, como en la magia—, lo que respecta a los orificios del cuerpo, puesto que mediante ellos se establece un estrecho contacto con el mundo exterior; a través de ellos se incorporan aire, alimentos, fluidos corporales; por ellos se excreta orina, semen, menstruación, materia fecal, aire. Entonces, en el esquema corporal existen ciertos puntos caracterizados que, a la vez, tienen una gran carga erótica. Se sabe ya que a través de los orificios se realizan las funciones de la vida y, una vez más, se debe señalar la relación entre las partes puramente sensorias del esquema corporal y las estructuras libidinales, que guardan tan íntima relación con los afanes.

 

Por otro lado, la forma en la que se viven las otras partes del cuerpo es, por ejemplo, en relación con su peso; en principio se siente la mayor parte del peso en los pies y esta sensación desciende en la medida en que se asciende por el cuerpo, aunque existe otro punto de carga que es el abdomen y, por último, otro que es la parte inferior de la cabeza. También hay miembros que gozan de una particular función, como son las manos que al mismo tiempo son parte del cuerpo pero pueden, a su vez, tocarlo; por ello, la motilidad de las manos adquiere particular significación y, en esa medida, aquellas partes del cuerpo que se hallan a su alcance inmediato difieren en su significación de aquellas que no lo están.

 

Cuando se come o se bebe, o al respirar, algo del mundo externo se agrega al esquema corporal, pero mientras no traspase la zona sensitiva sigue siendo externo. Una vez que el alimento traspone la zona sensitiva desaparece como objeto aunque, de una u otra manera, no se suma al esquema corporal sino que, psicológicamente hablando, es de inmediato digerido por éste. Así, es una de las manifestaciones de la parte psicológica del esquema corporal. Cuando se emite orina, ésta es remitida, hasta cierto punto, al cuerpo; lo que una vez formó parte del cuerpo, no pierde por completo esta cualidad. De aquí se desprenden algunos principios, por ejemplo de la magia, en donde una parte del cuerpo tiene la capacidad de sintetizar al ser; o bien, es una de las bases que dan pauta a patologías como ciertos tipos de anorexia y bulimia, donde existe la noción de que todo alimento permanece en el cuerpo y lo engorda. Hay aquí una extensión del esquema corporal hacia el mundo. Más complicado es el problema de la voz y el lenguaje puesto que el sonido que yo produzco no es completamente independiente de mí. La organización del esquema corporal es sumamente flexible.

 

En el hombre, pensado como sujeto, la experiencia del contacto, al menos en una parte fundamental, es proporcionada por la voz, si bien de una manera compleja y contradictoria. La voz es lo que sale del cuerpo, es —como prefiere decir Herman Parret— “ese pedazo de cuerpo que se escurre”. Pero sale para integrarse al mundo y a la vez para que el mundo quede integrado en mí. La voz —como, o con el soplo de mi respiración— es una cosa que yo entrego al mundo, del mismo modo que si estuviera entregando a ésteque- habla. Yo no puedo oír mi voz fuera de ella como lo hacen los otros a quienes la dirijo. Cuando yo me oigo hablar siento que estoy ahí donde actúa mi voz. Y sin embargo no puedo saber exactamente dónde está actuando mi voz.

 

Bien, hasta ahora se ha visto el esquema corporal como una unidad, pero hay que agregar que dicha unidad se encuentra en constante peligro de perder ciertas partes puesto que algunas de ellas, quizá todas, no se encuentran ahí de manera constante, sino que son expulsadas; como se ha dicho, existe tanto la tendencia a construir el esquema corporal, como la tendencia contraria, tal es el caso de la excreciones. El esquema corporal se mantiene estable sólo durante un breve lapso y se altera inmediatamente después. Es probable que la estabilidad de los cuadros en la vida psíquica sólo signifique una fase pasajera con la cual es posible contrastar la fase siguiente; pero no cabe duda que en la vida psíquica hay una tendencia a formar unidades, aunque también toda vez que son creadas, tenderán inmediatamente al cambio y a la destrucción. El proceso de construcción es de un bajo continuo, aun cuando tenga lugar la ruptura del esquema corporal; la destrucción es, en otras palabras, una fase parcial de la construcción, que es un planeamiento y una característica general de la vida.

 

De la imagen corporal

 

La imagen corporal es un cuadro mental o una representación imaginaria —real o ficticia, es decir, que refleja con precisión o distorsión— del esquema corporal que tiene un interior y un exterior; tanto los aspectos biológicos como los psíquicos se encuentran involucrados en la construcción de esta imagen corporal, misma que vive al cuerpo como unidad y en acción, pues es percibida y no hay percepción sin acción. Las percepciones sólo se forman sobre la base de la motilidad y sus impulsos, por lo tanto, los cambios dados en ella ejercen una influencia determinante sobre la estructura de la imagen corporal. En la imagen corporal, sumamente cambiante, se observa la relación que guardan las impresiones de los sentidos con los movimientos, la motilidad en general y la percepción que se tiene de la misma.

 

Así como el esquema corporal se encuentra anclado o, mejor dicho, es la estructura anatomofisológica en movimiento, la imagen corporal es la percepción del esquema corporal, y como tal, carece de significados precisos, de hecho es ajena a la palabra; su universo es el de la percepción que, en cuanto tal, es el mundo de las cadenas de significantes que eventualmente se enlazan con significados pero cuando esto sucede ya no se está en el plano de la imagen corporal.

 

La imagen corporal y las percepciones están basadas en los mismos procesos somáticos fundamentales, pero se debe considerar que también existen procesos intelectuales, de pensamiento, elementos de delirio relativos al cuerpo. Hay una línea que comunica la sensación, la percepción, la imaginación y el pensamiento. Los procesos de pensamiento relativos al cuerpo también se basan en la actitud total, en los afanes libidinales y en las percepciones. La labilidad de la imagen corporal hace posible que determinadas experiencias puedan ser alteradas y distorsionadas por elementos psíquicos. Este cambio puede operarse en el campo perceptivo, en el de la imaginación o en el de los procesos de pensamiento. Cada vez que se encuentre un profundo cambio en la estructura libidinal, se observará que la imagen corporal sufre modificaciones.

 

Si el esquema corporal es, en principio, el mismo para todos los individuos de la especie humana —siempre en correspondencia directa con el estrato cultural, edad, etcétera—; la imagen del cuerpo, por el contrario, es propiedad de cada uno, pues está ligada al sujeto y a su historia personal. Es específica de una libido en situación, de un tipo de relación libidinal. Así, resulta que el esquema corporal es en parte inconsciente pero también preconsciente y consciente, mientras que la imagen corporal es eminentemente inconsciente, puede devenir en parte preconsciente y sólo cuando se asocia a un lenguaje consciente es que utiliza metáforas y metonimias referenciales y puede reconocérsele.

 

La imagen corporal es la síntesis viviente de las experiencias emocionales; de ahí que se le considere como imagen —básicamente en términos de virtualidad más que de facticidad—, y en esa medida responde más a la percepción que cada quien tiene de sí y del mundo, que a la facticidad del mismo; es decir que si el esquema corporal está anclado inevitablemente en la estructura anatomofisiológica, la imagen corporal está anclada a la percepción que cada quien tiene de su estructura anatomofisiológica, a través del esquema corporal, de modo que puede o no corresponder con la misma. Es posible tener un esquema corporal determinado y una imagen corporal que no responda a las mismas características. La relación entre el esquema y la imagen corporales puede sufrir trastornos y suministrar informaciones falsas: puede hacer creer que las partes del cuerpo ocupan más espacio del que realmente ocupan (hiperesquematia); es capaz de sugerir que las partes corporales ocupan un espacio menor que su espacio real (hipoesquematia), o bien puede hacer creer que ocupan otro lugar (paraesquematia). Tal es el caso, por ejemplo, del “miembro fantasma”, es decir un miembro que ha sido amputado pero del cual se sigue sintiendo su presencia: duele, da comezón, siente frío... La amputación modifica inevitablemente el esquema corporal —pues como se ha dicho éste está anclado en la estructura anatomofisiológica, misma que ha sido amputada— por la falta de un miembro; sin embargo, la imagen corporal no se adecua a la falta; en la imagen prevalece el miembro que en el esquema ya no existe. La percepción y la respuesta motriz son los dos polos de la unidad del comportamiento, aunque también hay que considerar que la motricidad está siempre ligada de manera directa o indirecta a una experiencia emocional impuesta por una relación con otras personas.

 

Cuando se percibe o se imagina un objeto o cuando se construye la percepción de un objeto, no se actúa como un mero aparato perceptor pues siempre existe una personalidad que experimenta la percepción. Vivo mi cuerpo simultáneamente con el de otro en virtud de la emoción que éste expresa y que suscita en mí. La percepción que se tiene del cuerpo de otra persona y de las emociones que éste expresa es tan primaria como la percepción del propio cuerpo y de las emociones que él manifiesta. En el campo de la percepción sensorial el propio cuerpo no difiere del cuerpo de los demás, este aspecto relacional es a la vez indisolublemente perceptivo, dinámico y emocional, no solamente fisiológico. Lo anterior puede hacer que la imagen corporal se modifique en correspondencia con lo que se percibe de la imagen corporal y se interpreta de la postura corporal de los demás, o bien de lo que se percibe sobre la percepción de lo que el otro percibe de la imagen corporal propia y lo que se interpreta de la interpretación del otro de la postura corporal propia; de tal suerte que se configure la imagen corporal propia, ajena al esquema corporal propio.

 

Al ser los ojos una de las principales fuentes de aprehensión del mundo, tienen vital importancia en la construcción de la imagen corporal y, nuevamente, existe una gran diferencia entre las partes del cuerpo que se encuentran a la vista y las que no. Cada parte del cuerpo aparece de forma diferente a la imagen corporal —y ya se señaló que el esquema corporal se encuentra en relación con las estructuras libidinales— de tal suerte que las estructuras libidinales se reflejan en la estructura de la imagen corporal. Aquellos individuos en quienes se intensifique un deseo parcial habrán de sentir, en el centro de su imagen corporal, el punto particular del cuerpo correspondiente con ese deseo. Pero no cabe duda de que la actividad propia es insuficiente para construir la imagen del cuerpo. Los contactos con los demás, el interés de los demás por las distintas partes del propio cuerpo son de enorme importancia para el desarrollo de la imagen corporal. Cada vez que una parte dada obtenga primacía en la imagen del cuerpo, cesará la simetría y el equilibrio internos de la imagen corporal. El dolor, la disestesia, las zonas erógenas, las acciones de las manos sobre el cuerpo, las acciones de los demás sobre éste, el interés de los demás por él y el escozor provocado por las funciones del propio cuerpo son factores importantes para la estructuración definitiva de la imagen corporal.

 

Esta dependencia de la imagen corporal propia con el entorno se torna particularmente significativa al observar la correspondencia entre las construcciones culturales del cuerpo y las individuales; lo que se diga del cuerpo, lo que de él se exalte, las imágenes —por lo general idealizadas como la publicidad bien lo sabe— que se presenten, tendrán un lugar prioritario en la construcción de la imagen corporal que cada quien se haga de sí y que serán, a su vez, primordiales en la elaboración del esquema corporal de cada quien.

 

Resulta entonces que las imágenes ópticas son fundamentales en la construcción de la imagen corporal, pero ello se rige bajo un importante principio: no sólo se ve el propio cuerpo en la misma forma en la que se observan los cuerpos exteriores, sino que también se representa al cuerpo propio como se hace con el mundo exterior, y a esta representación óptica siguen las representaciones táctiles. Con este fin se crea un punto mental de observación frente a cada quien y exterior al ser; cada quien se observa también como si observara a otra persona. Así como la experiencia óptica desempeña un considerable papel en la relación con el mundo, también desempeña una función dominante en la creación de la imagen corporal. Pero la experiencia óptica es también una experiencia mediante la acción. Gracias a estas acciones y determinaciones se logra dar forma final al yo corporal; donde la imagen corporal es un cuadro mental al mismo tiempo que una percepción.

 

Los sentidos habrán de influir sobre la motilidad, y ésta habrá de incidir sobre los sentidos, si bien la motilidad también está dirigida hacia los afanes, las tendencias y los deseos y en esa medida la libido narcisística tiene por objeto la imagen del cuerpo; pero el propio cuerpo sólo puede existir como parte del mundo y, puesto que es necesario construir tanto el cuerpo como el mundo, y ya que el cuerpo no difiere, en este sentido, del mundo, debe haber una función central de la personalidad que no sea ni mundo ni cuerpo, de aquí la importancia de la imagen corporal, tan lábil, según la cual el cuerpo se expande o se contrae de acuerdo con las necesidades emocionales. Cuerpo y mundo son experiencias en mutua correlación. El cuerpo habrá de proyectarse hacia el mundo, y el mundo habrá de introyectarse en el cuerpo en un continuo intercambio. La imagen corporal no se da por sí sola: hay que desarrollarla y construirla; la libido narcisística se adhiere a las distintas partes de la imagen corporal de tal manera que en las diferentes y sucesivas etapas del desarrollo libidinal, la imagen corporal va cambiando de forma continua.

 

La imagen del cuerpo no es un fenómeno estático desde el punto de vista fisiológico, sino que adquiere, construye y recibe su estructura merced a un continuo contacto con el mundo. No es una estructura sino una estructuración en la cual tienen lugar permanentes cambios, todos los cuales guardan relación con la motilidad y con las acciones del mundo externo. La imagen corporal y el cuadro —percepciones y representaciones— del mundo conducen a cambios vegetativos y de ello se desprende que el cuerpo se halla dominado por la imagen corporal estrechamente ligada al mundo exterior y, dado que el cuerpo marca actitudes hacia el exterior, las diferentes funciones de un órgano específico y la sensación que provoca habrán de modificar las actitud hacia los objetos vinculados con el funcionamiento de ese órgano, como sucede con la sexualidad y la alimentación; de esta manera, toda enfermedad orgánica o lesión del soma altera de inmediato la imagen corporal.

 

Además, algunas partes del cuerpo pueden desvincularse de éste en cierto grado, tal es el caso de la manos y, de forma particular, de los dedos o de la mayoría de las protuberancias. Lo anterior muestra cómo la coherencia de la imagen corporal difiere en sus distintas partes donde la configuración anatómica juega un papel fundamental. Toda protuberancia pertenece menos al cuerpo, ello en correspondencia con la función libidinal, lo que puede traer consigo el temor de perder las partes del cuerpo que guardan una relación menos estrecha con el resto; es el temor de que se dañe la integridad del cuerpo, misma que se basa en las cualidades internas del esquema corporal. También puede existir un temor general en lo concerniente a la integridad total del cuerpo, es decir, el temor al desmembramiento. Hay que agregar entonces que la imagen del cuerpo —al igual que el esquema corporal— depende de los procesos anímicos; cuando se construye una imagen duradera y coherente del cuerpo se hace a partir del estado emocional que se basa en tendencias biológicas: la unidad de la imagen corporal refleja la tendencia vital de la unidad biológica. En respuesta a la necesidad emocional, las partes del cuerpo se proyectan hacia el mundo exterior. La labilidad del esquema corporal, en el aspecto perceptivo, guarda una estrecha correspondencia con los cambios en la imagen corporal por influencia de la emoción y de lo imaginativo.

 

 Es sabido que todo proceso de maduración está vinculado a la experiencia; en el caso de la imagen del cuerpo, se puede suponer que existe un factor de maduración responsable de los contornos del esquema corporal, pero la forma en que se desarrollan dichos contornos y el ritmo de su evolución dependen en gran medida de la experiencia y la actividad y no necesariamente la imagen corporal recorre el mismo camino. Se puede tener un esquema corporal maduro y una imagen corporal inmadura, ya que las tendencias más finas de la imagen del cuerpo habrán de depender más de las experiencias vitales, de la enseñanza y de las actitudes emocionales. Así, hay funciones exclusivamente determinadas por la anatomía y la fisiología, pero aun en estos casos la influencia psíquica y la de la experiencia desempeñan cierto papel, lo que modificará la imagen corporal. A la inversa, en la estructura libidinal de la imagen corporal, la experiencia desempeña un papel preponderante, pero aun así esta experiencia debe vincularse con la anatomía y la fisiología.

 

Es evidente que se poseen mecanismos que alteran la imagen corporal en un nivel orgánico sumamente profundo; pero también puede haber diferencias orgánicas en la coherencia de la estructura del cuerpo, de tal modo que vuelven más simple la disociación psicológica y orgánica de las partes del cuerpo. El mecanismo de expansión y contracción de la imagen corporal responde a un nivel orgánico profundo, pero el mismo mecanismo existe en las estructuras psicológicas.

 

El cuerpo es una construcción que tiene lugar de acuerdo con la situación total de la experiencia del sujeto donde los objetos sólo adquieren su significado dentro del conjunto específico de tales circunstancias, por mucho que haya una fuerte inclinación a pensar que lo único a considerar son las circunstancias del pensamiento. La imagen corporal no es siempre la misma cosa sino que cambia según el “uso” que se haga de ella. El pensamiento lógico de la consciencia lúcida procura construir una imagen corporal en forma tal que se adapte, por lo menos, a la mayoría de las situaciones. El desarrollo de la imagen corporal corre paralela, en cierto modo, al de las percepciones, pensamientos y relaciones objetales. La imagen corporal sin desarrollar presenta, por lo tanto, marcadas características: muestra una mayor tendencia a las transformaciones; las partes aisladas son menos coherentes entre sí, es más fácil expulsarlas e introducir otras partes en su lugar; pero aun esta imagen corporal incompleta e incoherente es utilizada de manera distinta de acuerdo con los diversos aspectos de una situación; es decir, no se vive sin imagen corporal por mucho que ésta se encuentre sumamente deteriorada.

 

La imagen corporal se ve modificada de múltiples maneras. Todo deseo y tendencia libidinal cambia de manera inmediata la estructura de la imagen del cuerpo y adquiere su verdadero significado a partir de este cambio. En toda acción no sólo se actúa como personalidad sino que se hace con todo y el cuerpo; constantemente se vive con el conocimiento —consciente, relativo, parcial, imparcial, inconsciente— del cuerpo. La imagen corporal es una de las experiencias básicas en la vida de todo individuo; es uno de los puntos capitales de la experiencia vital. Cualquier cosa que se realice —puesto que todo se lleva a cabo con el cuerpo—, busca cambiar la relación espacial del esquema corporal o bien desea alterar la imagen del cuerpo mismo. Cuando se observa algo se inician inmediatamente ciertas acciones musculares que acarrean al instante un cambio en la percepción del cuerpo. Todo afán y deseo modifica la sustancia del cuerpo, su gravedad, su masa. También se registran cambios inmediatos en la forma del cuerpo; toda acción lleva la imagen corporal de un lugar a otro y de una forma a otra.

 

Ahora bien, las experiencias ópticas que llevan a la construcción de la propia imagen corporal conducen, al mismo tiempo, a la construcción de las imágenes corporales de los demás. Lo mismo vale para las experiencias táctiles que son procesos perceptivos de gran complejidad. Toda distinción entre procesos perceptivos y emocionales es artificial. Las tendencias libidinales siempre se dirigen hacia la imagen corporal de otro ser y, por tanto, son necesariamente fenómenos sociales; siempre se hallan dirigidas hacia imágenes corporales situadas en el mundo exterior. Existe además un deseo de adquirir conocimiento a través del tacto, empezando por querer conocer la superficie del cuerpo, la piel, el cutis y también hay curiosidad por las partes internas de nuestro cuerpo y del de los demás; aunque esta curiosidad se basa principalmente en la visión, no obedece exclusivamente a tendencias ópticas puesto que las tendencias táctiles también desempeñan un papel de mayor o menor importancia según la situación. Existe, pues, una profunda comunicación entre la propia imagen corporal y la de los demás; en la construcción de la imagen corporal hay siempre un continuo tanteo para descubrir qué puede incorporarse al cuerpo, pero un cuerpo es siempre el cuerpo de una personalidad y toda personalidad tiene sentimientos, emociones, tendencias, motivos y pensamientos.

 



 









Tomado de:

GUZMÁN, Adriana (2016): Revelación del cuerpo. La elocuencia del gesto. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, pp. 82-100.