11 febrero 2017

Diario de duelo de Roland Barthes





Susana Cella


Llevar un diario personal es tener por interlocutor a uno mismo, escribirse la intimidad que no puede ser dicha a otros, hacerse las preguntas que pueden quedar registradas para sí. Alguien como Roland Barthes, que hizo de los signos, del lenguaje y de la tradición intelectual su atmósfera cotidiana, comienza a escribir un día, precisamente el 26 de octubre de 1977 –cuando, a los sesenta y dos años, continuando sus brillantes aportes, acababa de publicar uno de sus más famosos y quizás entrañables libros, Fragmentos de un discurso amoroso– lo que denominó Diario de duelo. El día anterior había muerto su madre, con la que siempre había vivido y de la que, aun con su intervención en el campo cultural, nunca se había separado, sólo, consigna Barthes, ella “se transparentaba” para que él pudiese escribir. En las anotaciones fechadas que llegan hasta el 15 de septiembre de 1979, Barthes escribe el dolor devastador y el amor inconmensurable indisolublemente ligados, la pura nitidez de lo que no tiene retorno.
El Diario –por sus propias características de género, pero también por las circunstancias de su enunciación–, a diferencia de los Fragmentos... deja hablar al yo amante, pero no mediado por otros discursos sino solo, en la pura intemperie, en la irreductible soledad. El tono melancólico que se desprende de la renuencia a aceptar cualquier posible aplacamiento del malestar podría poner en entredicho la idea del duelo como elaboración de una pérdida, para en cambio aferrarse a la zozobra, así se pregunta: “¿De qué quieren que me cure? ¿Para encontrar qué estado, qué vida?” porque esa ausencia que da “la certidumbre de lo Definitivo” lleva a poner en entredicho los caminos del sentido y los parámetros que podían cohesionar u organizar lo heterogéneo y múltiple.
La certeza de lo definitivo liga la muerte de su madre con la propia, subrayando una simbiosis imposible entre ambos, pero de todos modos incidente, ahí, en sus actos y podría decirse, de entre sus actos, no sólo la insistencia en permanecer en la casa compartida, de transcribir palabras, gestos o silencios de la ausente. La melancolía es entonces en el Diario una suerte de emanación del “punto que ha alcanzado la pérdida”, pero no se traduce en abandono de lo que seguía siendo el mundo de Roland Barthes. La sucesión de fechas no sólo marca las notas del Diario, es también el orden del calendario que no dejó de funcionar para la continuidad de sus seminarios en el College de France, para los viajes (si bien completamente trastrocados por la angustia y al mismo tiempo el deseo de volver a la casa que preservaba siquiera el halo de la ausencia), para los encuentros con otros (que parecen incomodarle en tanto reafirma la soledad como espacio de libertad para dejar fluir lo que fuera que se presentara en torno del hecho definitivo). De modo que el Diario no es el relato de una suerte de superación o sublimación de la pérdida, ni una inmóvil confesión, sencillamente porque es la forma en que alguien como Barthes puede dar cuenta de esta experiencia, mediante la reflexión –un pensar y un replegarse sobre sí– y la lectura-escritura. No es extraño entonces que en la Biblioteca Nacional transcriba una cita de Proust, precisamente en relación con el mismo hecho irreductible: “Está usted inerte, espere que la fuerza incomprensible que lo ha roto lo levante un poco, digo un poco pues siempre guardará usted algo de roto. Dígase usted esto pues es una dulzura saber que no se amará nunca menos, que uno no se consolará jamás, que se acordará cada vez más”.

Roland y Henriette


El duelo entonces, sin elegir faulknerianamente entre la nada y la pena, adquiere modulaciones diversas; es lo irreversible, pero puede ser también dolorosa disponibilidad, espera de un sentido. Los ritmos del duelo, visto por Barthes como una intensidad continua, sin embargo presentan leves pero significativas oscilaciones, como si sumido en él siempre, pudiera encauzarlo de algún modo en la escritura. En la entrada del 29 de noviembre de 1977 hace referencia a uno de sus últimos seminarios: Lo neutro. El proyecto inicial de hablar de la diferencia que separa el querer-asir del querer-vivir, se ha visto influido por “el deseo de Neutro en mi vida presente” (o sea, después de la muerte de la madre), que introduce una inflexión: “Ese querer-vivir ya decantado de la vitalidad”. Lo que había llegado como una experiencia inédita y fundamental, incide en sus teorizaciones reafirmando los enlaces entre lo vivido y lo pensado.

Escrito entre abril y junio de 1979, el brillante ensayo La cámara lúcida, lleva también la marca de esa muerte. ¿Qué desvela a Barthes ante la fotografía? El hecho de que esa imagen ha fijado algo que ha tenido lugar, una referencia certificada por ella misma, pero que ya no está ni estará ¿Y qué es eso que llama punctum en la imagen –y que diferencia, de cualquier posible studium, digamos semiótico– si no un centro de gravitación que atrae y punza, como los detalles que surgen en el Diario? El libro incluye una serie de fotos, a las que Barthes aplica sus análisis, con una llamativa ausencia: no se reproduce aquella en la que está la madre de niña donde él descubre su “aire”, su singularidad, en una imagen que no desea compartir porque esa percepción sólo puede ser suya, semejante al Diario que bien puede definirse como la escritura de lo intransferible.
Barthes quiso pervivir a su madre en su propia escritura, quizás un modo de “habitar la aflicción”, y logró en gran medida esa dulzura del amor de la que hablaba Proust, pero asimismo lo definitivamente roto impuso su límite. El proyecto de la Vita Nuova, inspirado en Dante referido al duelo del ser amado, donde la madre iba a ocupar un lugar esencial, fracasa. Quizá porque fuera algo semejante a lo que en su lectura de El señor Waldemar de Poe, Barthes había definido como el enunciado imposible: “Estoy muerto”.



Tomado de:
Cella, Susana (2010): "Todo sobre mi madre". En Suplemento Radar Libros, diario Página 12, Bs. As. 24 de enero de 2010.


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