19 enero 2015

Recuerdo, transferencia y verdad histórica. Fanny Blank-Cerejido




Recuerdo, transferencia y verdad histórica

Fanny Blank-Cerejido


Los recuerdos están formados por las huellas de la memoria, modeladas por los deseos, los fantasmas, sobre una conjunción inconsciente entre vivencias y cosas oídas y vistas, de acuerdo a una necesidad de volverlos inasequibles. La formación de fantasmas acontece por combinación y desfiguración análogamente a la descomposición de un cuerpo químico que se combina con otro. La primera desfiguración es la falsificación del recuerdo por fragmentación, en la cual son descuidadas precisamente las relaciones del tiempo (el corregir en el tiempo parece depender, precisamente, de la actividad del sistema conciencia) Así, un fragmento de la escena oída, mientras que el fragmento liberado entra en otra conexión. Con ello, un nexo originario se vuelve inhallable.


En caso de sufrimiento psíquico, de síntomas, éstos se deben a situaciones inmanejables, vividas como tales, causadas por traumas que vienen del exterior o hechos percibidos como traumáticos por requerimientos emocionales de ese sujeto. Son circunstancias que en último término aparecen como situaciones de desvalimiento. Si este sufrimiento se establece como enfermedad, se debe a circunstancias que no han podido ser pensadas, tramitadas, ni han entrado en asociación con otras ideas. En el análisis buscamos la escena inconsciente que da lugar al síntoma, a la neurosis; la tarea es develar, o inventar la otra escena, deconstruir los fantasmas. El trauma causante de la enfermedad no es recordado porque no existe huella memorable, o es reprimido porque la conciencia no lo puede aceptar, ya que entraría en contradicción con los preceptos morales del sujeto, con sus creencias, o sería causa de de un sufrimiento insoportable por lo que puede evocar. 


Así como afirmamos que la memoria, la historia de cada sujeto, es la trama identitaria en la que se asienta su vida, no poder olvidar nada impediría las funciones psíquicas. Recordemos a Funes el memorioso que no tenía lugar mental disponible por un exceso de memoria, y al melancólico que no puede olvidar a su objeto perdido y es inepto para proseguir su vida. 


En la historia de la clínica psicoanalítica, al comienzo se pensó que la meta para la cura era la recuperación del recuerdo traumático reprimido; hoy diríamos que lo que buscamos es la construcción de un sentido distinto para la historia y que para conseguirlo el instrumento más valioso es la transferencia que pasó a ser considerada un obstáculo a ser vista como un instrumento privilegiado; la relación transferencial pone en presente las demandas de amor de la infancia, y de la organización subjetiva del individuo, es un lazo afectivo intenso, automático y hasta cierto punto independiente de todo contexto de realidad. La demanda de análisis implica la entrada a un dimensión particular: el paciente se dirige a alguien que supone poseedor de un saber. Afuera del marco del análisis el fenómeno transferencial es constante pero a diferencia de lo que pasa en un análisis, los participantes poseen cada uno su propia transferencia a lo que responden en sus conductas y actitudes. En cambio se espera que el analista, a través de su propio análisis, esté en condiciones de conocer los modos como se ubica en sus relaciones personales con los otros, y sea capaz de intervenir sin interferir en lo que sucede en el analizante, al registrar qué figuras representa para él. Esta discriminación mantenida por el analista, que no asume el rolo que se le atribuye, permite al paciente analizar esa transferencia  y moverse del lugar en el que está ubicado.


La aparición de la transferencia en el analizante está determinada por la existencia y la actitud del analista, porque se ofrece a escuchar. La forma en la que aparece la situación transferencial depende de ambos participantes, de sus características personales e históricas; por eso no es nunca una repetición absoluta del pasado. La transferencia, el amor por el analista, es por un lado lo que permite confiar al paciente, tener deseos de hablar, intentar descubrir y comprender, pero también puede ser el lugar de las resistencias más duras. Cuanto más grande es la resistencia a recordar más se impone la compulsión a la repetición, que el analista tratará de transformar en rememoración o en una comprensión diferente del hecho biográfico.


De modo que la inicial búsqueda detectivesca del recuerdo deja lugar a su reconstrucción histórica a través del análisis de la repetición. Esta repetición se reedita en la neurosis de transferencia con la persona del analista y los demás sectores de la vida del analizante. El análisis es aquí, ahora, conmigo, pero también la repetición con los personajes o las situaciones que se presten a esa apoyatura transferencial. Es decir que el sujeto ha creado un modo de vivir, de proceder, de relacionarse que incluye conductas que le son dañinas, destructivas e inútiles, o enfermedades o claudicaciones. Lo repetitivo, rígido, aparece en todas la áreas de la vida.


Las repeticiones son las que se encuentran más allá del principio del placer, es decir que son repetidas a pesar de ser perjudiciales, de causar sufrimiento. Aparecen como productos de la pulsión de muerte, tendencia a la autoagresión, a la destructividad, que encontramos en las situaciones melancólicas, en las conductas traumáticas o en las manifestaciones de las neurosis de destino, que aparecen sobre huellas sin palabras ni historia, que no han logrado constituirse en un relato. Hoy son muy frecuentes los cuadros limítrofes o fronterizos, porque pueden oscilar entre la neurosis y la psicosis. En estas personas encontramos la mente invadida por lo negativo, el vacío, la nada, la falta de contenido y representaciones, y actúan en lugar de recordar, dramatizan una historia que tratamos de convertir en un texto intelegible. Han padecido traumas que sólo pueden ser deducidos retroactivamente, como si lo inscripto fuese de índole tan destructiva que hubiera desgarrado el tejido psíquico, dejando una cicatriz que no se puede transformar en recuerdo ni memoria, sino que permanece activa como causa de sufrimiento. En sujetos afectados por estos procesos, el analista no encuentra el recuerdo preexistente, sino que colabora para crear contenidos nuevos, algo que explique, que de forma, razón a lo sucedido. La presencia que alguien que escucha de manera inédita abre un circuito, convierte una situación solipsista en un sistema abierto y el sujeto, sostenido en un vínculo de amor, intenta salidas de universo repetitivo y estéril.


Para el analizante, la construcción es también una
 deconstrucción,  un desarmar fantasmas, que
 es también una construcción


La recuperación de la verdad material no es posible, pero el concepto de realidad histórica ofrece una tentativa de solución a este problema. Se trata de la historia forjada por el analizante, en su versión, de modo que la noción de los acontecimientos sucedidos es modelada por el efecto parcial y fragmentario de deseos y fantasías, dando origen a la propia verdad histórica. 


Para que haya realidad psíquica, pensamiento y lenguaje, el sujeto tiene que haber pasado por una experiencia de pérdida, ya que la posibilidad de simbolización aparece a raíz del alejamiento del mítico objeto primario. Rompiendo con la idea de recuperación fidedigna de la historia, la huella mnémica primera se asienta sobre esa pérdida, excluyendo un aspecto del acontecer o del objeto, que ni siquiera ha podido ser inscripto. De manera que la verdad histórica de cada sujeto se apoya en el carácter de pérdida que tiene la creación del a realidad psíquica.


En ningún campo del conocimiento podemos concebir una realidad externa cognoscible independiente de quien la investigue. Lo que se conserva y es pasible de ser investigado, son restos arqueológicos y documentos que han sufrido una selección inevitable. El dato histórico aparece atravesado por la selección y la interpretación, y es así un dato construido.


¿Cómo pensar los procesos perceptivos que darán origen a la huella psíquica? El sujeto que percibe está afectado por el fracaso de la alucinación primaria, marcado de un modo particular por la pérdida de su objeto primordial. Lo percibido de un modo aparentemente inmediato es fruto de un proceso que parte del negativo de la pérdida del objeto de la satisfacción alucinatoria. La percepción , a pesar de ser concebida como externa, proviene de un trabajo psíquico: la constitución de las representaciones se torna posible en el encuentro con los elementos simbólicos que constituyen el lenguaje que designa lo percibido. Este lenguaje está marcado por el afecto que lo inviste y las asociaciones que evoca. ¿Hasta qué punto no será legítimo considerar a la representación una construcción?


Cuando la percepción despierta afectos insoportables la desmentida conduce a su abolición y el sujeto descree de lo que ven sus ojos. De modo que debemos separar el objeto de la percepción del juicio sobre su existencia, y cuestionar la neutralidad de la percepción. Esto llevó a Bleger a afirmar que la inmaculada percepción no existe, ya que depende de lo deseado y buscado en el campo perceptivo.


Las construcciones que son hipótesis que el analista ofrece al analizante para llevar un hueco en los recuerdos de su vida, están creadas de modo análogo a las alucinaciones y los delirios: el delirio, que consideramos patológico, también es una tentativa de recordar, reconstruir, reinvestir representaciones que han sido desinvestidas al comienzo del proceso psicótico. En los delirios y alucinaciones las experiencias que tuvieron lugar en una edad temprana, que fueron vividas y después abolidas internamente porque no eran representables o porque no podían ser reelaboradas, vuelven a la mente como alucinaciones, como imágenes que corresponden a la realidad externa.


La construcción es también una deconstrucción, un desarmar fantasmas, que también es una construcción. El texto que el paciente produce no posee más verdad histórica que la construida, frente a la tentativa de construir el presente , cuya concepción depende del retorno de lo reprimido. El origen es siempre ficticio, mítico y cada vez que se trata de demostrar aparece la construcción, que suple la ausencia de un real, la pérdida de un fragmento de realidad histórica. Éstas son las historias de vida, las biografías traídas al análisis que acompañan a los sujetos y que, al modo de creencias y mitos, constituyen un sostén a pesar de que debemos ser examinadas y con frecuencia caerán con el paso del tiempo.







Tomado de:
BLANK-CEREJIDO, Fanny (2006): "La memoria en el divan". En Acta Poetica 27(2).Méx, Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, pp.46-54.

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