22 marzo 2014

Violencia divina. Slavoj Zizek




Violencia divina

Slavoj Zizek


El dominio de la violencia divina es de la soberanía, el dominio en el que matar no es expresión de una patología personal, ni un crimen ni un sacrificio sagrado. no es tampoco algo estético ni ético ni religioso (un sacrificio a los dioses oscuros). Los aniquilados por la violencia divina son plena y absolutamente culpables, y no se les sacrifica, puesto que no lo merecen ni tampoco que algún dios les acoja, sino que son aniquilados sin sacrificio alguno. ¿De qué son culpables? De llevar una mera vida (natural) La violencia divina purifica al culpable no de la culpabilidad, sino de la ley, porque la ley se limita a los vivientes: no puede llegar más allá de la vida para tocar lo que excede la vida, que es más que la mera vida. La violencia divina es una expresión de pura pulsión, de no muerte, de exceso de vida, que golpea a la "vida desnuda" regulada por la ley. 


Es la violencia mítica la que demanda sacrificio y mantiene el poder sobre la vida desnuda, mientras que la violencia divina es no sacrificial y expiatoria. por tanto, habría que afirmar sin miedo que existe un paralelismo formal entre la aniquilación del Estado de los Homini Saccer (por ejemplo, el asesinato nazi de los judíos) y el terror revolucionario, donde también se puede matar sin cometer un crimen o un sacrificio. La diferencia reside en que el asesinato nazi queda como un medio del poder del Estado.


La oposición entre violencia mítica y violencia divina reside en los medios y el carácter propio de cada cual, esto es, la violencia mítica es un medio para establecer el dominio de la ley (del orden social legal), mientras que la violencia divina no sirve a ningún medio, ni siquiera al castigo de los culpables para así restablecer el equilibrio de la justicia. Es tan solo el signo de la injusticia del mundo, de ese mundo que éticamente "carece de vínculos". Esto, sin embargo, no implica que la justicia divina tenga un significado, sino que más bien es un significado sin significado, y la tentación que debemos resistir es la que Job resistió con éxito, la tentación de proporcionarle algún "sentido profundo". Todo ello implica que, para expresarlo en términos de Bodiou, la violencia mítica pertenece al orden del ser, mientras que la violencia divina pertenece al orden del acontecimiento: no hay criterios "objetivos" que nos permitan identificar un acto como propio de la violencia divina . Un acto que para un observador externo es sólo un estallido de violencia , puede ser divino para los implicados en él. 


La violencia divina es precisamente no una intervención directa de un Dios omnipotente para castigar a la humanidad por sus excesos, sino una especie de previsión o anticipo del Juicio Final: la distinción definitiva entre violencia divina y los impotentes y violentos passages à l' acte de nosotros los humanos es que, lejos de expresar la omnipotencia de Dios, la violencia divina es un signo de la propia impotencia de Dios (el gran otro). Todo lo que cambia entre la violencia divina y un ciego passage a l' acte es el lugar de la impotencia.


La destrucción de Sodoma y Gomorra de John Martin


La violencia divina no es el origen reprimido ilegal del orden legal. El terror revolucionario jacobino no es el "origen oscuro" del orden burgués, en el sentido de la violencia heroico-criminal fundadora del Estado y que ensalza Heidegger. La violencia divina debe distinguirse de la soberanía estatal en tanto excepción que funda la ley, pero también de la violencia pura como expresión anáquica. En la Revolución francesa fue, significativamente, Danton y no Robespierre el que proporcionó la fórmula más concisa del cambio imperceptible de la "dictadura del proletariado" a la violencia estatal, o bien, de la violencia divina a la mítica. "Seamos tan terribles que la gente no tenga que serlo" Para el jacobino Danton, el terror del Estado revolucionario era una especie de acción preventiva cuyo auténtico objetivo no era vengarse de los enemigos, sino prevenir la violencia "divina" del pueblo mismo. En otras palabras, hagamos lo que el pueblo nos pide para que no hagan ellos mismos.


La violencia divina debería concebirse como divina en el sentido preciso de la expresión latina vox populi, vox dei: no en el sentido perverso de "actuamos como meros instrumentos de la voluntad del pueblo", sino como la asunción heroica de la soledad que conlleva la decisión soberana. Se trata de una decisión (matar, arriesgar o perder la propia vida) tomada en total soledad, sin la cobertura del gran otro. Si es extramoral, no es "inmoral", no da al agente licencia para matar con una especie de inocencia angélica. Cuando los que se hallan fuera del campo social estructurado golpean "a ciegas", exigiendo y promulgando la justicia/venganza inmediata, esto es violencia divina. 


La violencia divina pertenece al orden del acontecer. No hay criterios "objetivos" que nos permitan identificar un acto de violencia como divino. No hay un gran otro que garantice su naturaleza divina. El riesgo de interpretarlo y asumirlo como divino es lo propio del sujeto: la violencia divina es un trabajo del amor del sujeto, porque el amor sin crueldad es impotente; la crueldad sin amor está ciega, no es más que una pasión breve que pierde su verdadero filo. La paradoja subyacente es que lo que hace al amor algo angélico, lo que lo eleva por encima de la sentimentalidad meramente inestable y patética, es la crueldad misma, su vínculo con la violencia.











Tomado de:
ZIZEK, Slavoj (2009): Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Bs. As. Paidós, pp. 234-241.