09 agosto 2026

La mentira del feminismo. Juan R. González Álvarez

 




La mentira del feminismo 


Juan R. González Álvarez




El lenguaje inclusivo.


Algunas de las mentiras más toscas del feminismo actual están directamente relacionadas con la naturaleza del lenguaje. De hecho el lenguaje inclusivo también refleja las hipocresías y contradicciones que lo caracterizan. Los ideólogos y activistas de este movimiento promueven el uso de un neolenguaje que diluya los géneros de las palabras. La idea básica es que el uso de un término de género masculino como «médicos» para referirse al colectivo de personas con titulación en medicina, independientemente de si son hembras o varones, les parece ofensivo, así que proponen referirse a este colectivo como «médicos y médicas».


Aparte de confundir el género de las palabras con el sexo de las personas, su propuesta genera una innecesaria verbosidad en el lenguaje, como podemos comprobar en el artículo 41 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela: 


«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad, podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal o Fiscala General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y aquellos contemplados en la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional. Para ejercer los cargos de diputado o diputada a la Asamblea Nacional, Ministro o Ministra, Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley».


Encontraremos una verbosidad similar en el resto de artículos, con interminable menciones a «hijos o hijas», «padres o madres», «extranjeros o extranjeras», «ciudadanos y ciudadanas», «funcionarios y funcionarias», «abogado o abogada», «juez o jueza», etcétera. La lectura de la Constitución entera podría considerarse una suerte de evolución de aquellas torturas mentales que los republicanos utilizaba en las checas de la Guerra Civil Española para conducir a los reos al delirio. Este intento de neutralizar los géneros utilizando la combinación de masculino y femenino ha llevado a que ciertas diputadas y ministras españolas inventen palabras absurdas como «miembras», «frailas», «jóvenas», o «portavozas» para construir expresiones hilarantes tales como «jóvenes y jóvenas», «miembros y miembras», «portavoces y portavozas» o «Yo he sido cocinera antes que fraila» .


Esta confusión entre género y sexo conlleva dilemas técnicos acerca de cuando usar un término u otro. Por ejemplo, ¿deberíamos usar el término «miembros» para referirnos a los brazos de una persona y «miembras» para referirnos a las piernas, aun cuando las extremidades del cuerpo no tienen sexo? El lenguaje inclusivo no solo introduce dificultades de índole académica, sino que ya ha generado problemas prácticos que no existían antes. Así ha sucedido con una empresa que decidió no pagar a sus trabajadoras porque el convenio laboral que habían firmado decía «trabajadores» , en vez de «trabajadores y trabajadoras» .


La insistencia moderna en afirmar que el masculino genérico invisibiliza a la mujer ha traído esta lamentable consecuencia económica para todas las trabajadoras de dicha empresa. Algunas feministas modernas van un paso más allá y fomentan la eliminación de los géneros mediante palabras supuestamente neutras que ellas han inventado. La genial idea consiste en reemplazar las «as» y las «os» con «es»; en vez del clásico «nosotros» o «nosotros y nosotras» ellas dicen «nosotres». Aparte de que no se nos consultó al resto de la población si queríamos usar otras vocales para formar los supuestos neutros, ¿«nosotris»? ¿«nosotrus»? la idea de usar la vocal «e» se antoja absurda en sí misma, puesto que muchas palabras de género masculino ya la incluyen como sucede con padre s, fraile s, o juece s; lo cual obligaría a estas terroristas del lenguaje a recurrir a los verbosos «padres y madres» , «jueces y juezas», y al hilarante «frailes y frailas» en tales casos.


Pero la medalla de oro en las olimpiadas de lo absurdo se la llevan los miembros del partido Unidas Podemos por idear la palabra «matria». El término para describir la tierra natal o adoptiva a la que un individuo se siente ligado ya tiene género femenino, «la patria», y de hecho en todas las lenguas que conozco la tierra es femenina; pero a estos medallistas de lo absurdo les pareció que esta palabra derivada del Latín antiguo «patrius», a su vez derivada del «patres» significando «los antepasados», no era lo suficientemente femenina, por lo cual decidieron reemplazarla por ese sinsentido neomarxista de «la matria».


Sobre todo esto han opinado académicas, escritoras y mujeres destacadas del mundo de la cultura. Académicas como Soledad Puértolas o Carme Riera, escritoras como Carmen Posadas y Julia Navarro, la exdirectora de la Biblioteca Nacional, Milagros del Corral, han sido muy críticas y lo han tildado de «despropósito», de «iniciativas grotescas» y de «hacer el ridículo». Milagros del Corral incluso ha recomendado a la diputada Irene Montero que vuelva «a Primaria para aprender al  menos a hablar y a escribir correctamente». Lo que realmente nos interesa del lenguaje inclusivo es que refleja claramente que el feminismo actual no busca la igualdad y por eso he dedicado el primer capítulo a este tema. Empecemos por analizar el propio término «feminismo», cuya etimología proviene del latín femina que significa «mujer» o «hembra». Nunca he escuchado a los feministas denunciar que los términos «feminismo» y «feminista» no tienen una connotación neutra y que, por tanto, deberían ser eliminados del vocabulario.


Alguien podría argumentar que al realizar una excepción con ese par de términos se enfatiza la lucha de las mujeres por la igualdad, pero es un argumento tramposo que no soporta un análisis más detallado de la verdadera naturaleza del lenguaje inclusivo. Consideremos el término «policía» , el cual se usa para denotar a todo el colectivo sean mujeres o hombres. No conozco a ningún policía varón que se sienta ofendido por este término, pero lo más importante es que nunca he escuchado a una ministra o diputada feminista referirse a este colectivo como «policíos y policías» , ni tampoco como «policíes». ¿Por qué inventar «fraila» y «miembra» pero no inventar «policío»? ¿Por qué han inventado «nosotres» y «todes» pero se han olvidado de inventar «policíes» ?
 

Las mismas periodistas, diputadas, ministras e ideólogas que ingenian ridículas expresiones como «miembros y miembras», «jóvenes y jóvenas», o «portavoces y portavozas» no han desarrollado expresiones similares tales como «policíos y policías», «taxistos y taxistas» o «dentistos y dentistas», jamás lo han hecho. Las mismas que inventan términos como «altas cargas.» para referirse a mujeres que ocupan altos cargos ministeriales o «soldada» para una mujer soldado, nunca han propuesto «pianistos» para referirse a los hombres que tocan el piano ni « economisto » para un economista varón.


«Policíos», «taxistos», «dentistos», «pianistos» o «economistos» son tan solo algunos ejemplos que reflejan la hipocresía subyacente al lenguaje inclusivo. Podríamos añadir docenas de términos similares que las feministas modernas jamás han propuesto ni tampoco usado: 


• «electricistos»., «centinelos», y «recepcionistos».
• «masajistos», «internautos», «tenistos», y «atletos» .  
• «logopedos», «violonchelistos», y «trompetistos» .
• «astronautos», «poetos», «demócratos», y «artistos»
• «pediatros», «guardios de seguridad», y «publicistos».
• «golfistos», «turistos», «arreglistos» , y «funambulistos».
• «proyectistos», «contratistos», y «paisajistos».
• «cineastos», «loteros» , «taxidermistos» , y «trompetistos» .
• «maquinistos», «oculistos», y «anestesistos»,


y un largo etcétera, junto con sus vertientes con la «e», igualmente absurdas. Sigo esperando que alguien, algún día, empiece a utilizar un «imbéciles e imbécilas» para referirse a toda la estupidez, con «e», que azota a las sociedades modernas. Y mucho me temo que más de uno padecerá severas jaquecas cuando descubra que el término «inclusivo» es masculino.


No es éste un simple pasatiempo de letras y palabras, ni unos juegos olímpicos donde se compite para alcanzar el mayor nivel de estupidez. El lenguaje inclusivo refleja que el feminismo actual no busca la igualdad. Por un lado pretenden convencernos de que el uso tradicional de palabras como «médicos» «jóvenes», y «portavoces» para referirse a los colectivos es inadecuado porque supuestamente oprime e invisibiliza a la mujer; por otro lado ignoran el uso de términos como «poetas», «dentistas» , y «policías» para referirse también a los varones; estos términos deben ignorarse porque desmantelan completamente el discurso victimista sobre el lenguaje tradicional. Recordemos, como mencionamos en la Introducción, que el feminismo actual recurre a viejos trucos marxistas como la colectivización y victimización; así pues el lenguaje inclusivo no  puede producir nuevos términos como «internautos», «pediatros», y «turistos» porque este movimiento necesita poder seguir pretendiendo que todas las mujeres son víctimas del lenguaje y que todos los hombres tienen privilegios.


Y mientras podemos reírnos de los «palabros» absurdos inventados al cobijo de esta tercera o cuarta ola, lo cierto es que el feminismo actual ya ha generado una discriminación hembrista en la sociedad puesto que los hombres ya no tienen los mismos derechos que las mujeres, como comprobaremos en los siguientes capítulos. 



La ley de violencia de género.


La Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género o LIVG (también conocida como VioGen) es una de las leyes más inútiles e injustas en España. Es una ley inútil porque no ha solucionado, ni siquiera reducido, el problema de la violencia hacia las mujeres y es injusta porque discrimina según el sexo de las personas involucradas.


Se trata de una ley preparada en las cocinas del feminismo actual y aprobada en el año 2004 a pesar de los múltiples informes negativos, previos a su aprobación, realizados por el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo de Estado y la Fiscalía General del Estado. Cuando contabilizamos las muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas hasta justo antes de aprobarse la LIVG y calculamos el promedio, obtenemos una cifra de cincuenta y ocho muertes cada año. Si calculamos el promedio después de aprobarse esta ley obtenemos un valor de cincuenta y nueve mujeres muertas anualmente (cómputo realizado desde el año 2005 al 2018).


En lo que llevamos de año ya han sido asesinadas por sus parejas o exparejas más mujeres que en todo el año anterior, según el balance de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, actualizado a 22 de octubre. Otros crímenes están en investigación. Todo parece indicar que este año finalizará con un número de mujeres asesinadas similar al promedio estadístico.


La conclusión es que seguimos igual después de los catorce años que esta ley lleva en vigor, pero en cierto modo era de esperar; al feminismo actual no le interesa en absoluto acabar con este problema porque, si se solucionase mañana, ¿de qué iban a vivir todas esas activistas subvencionadas de tertulia televisiva? ¿Cómo se sostendría toda la burocracia que se ha generado alrededor de los chiringuitos de género con miles de millones de euros en inversiones y subvenciones?


No tengo la solución mágica al problema de la violencia sobre las mujeres, pero coincido con la asociación feminista Clara Campoamor en que un endurecimiento de las penas de cárcel serviría para reducir significativamente el número de casos. Curiosamente es el feminismo actual el que más se moviliza contra la aplicación de prisión permanente revisable tanto a violadores como a asesinos, permitiéndoles estar en libertad sin las garantías suficientes que certifiquen que están rehabilitados, y poniendo en riesgo a niñas, niños y mujeres. La jurista feminista Laia Serra arremete contra la prisión permanente revisable, describiéndola como «populismo punitivo» que deshumaniza al delincuente e «impide cualquier empatía con el mismo». La impostura alcanza tal nivel que feministas como Cristina Almeida argumentan que «las mujeres no necesitan venganza sino protección». ¿Qué mejor protección que mantener a un depredador sexual encerrado?.


La LIVG discrimina porque solo se concentra en un tipo de violencia e ignora los demás casos. Lo establece bien claro esta ley en su preámbulo, es una legislación dirigida a esa violencia que debido a «la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad, aun sin convivencia» . Ningún otro tipo de violencia está contemplada en la LIVG; ni la violencia de mujeres sobre hombres, ni de hombres sobre hombres, ni de mujeres sobre mujeres; tampoco se contempla la violencia ejercida sobre niños o ancianos.


Existen vídeos de demostración donde un hombre maltratado por su novia llama al teléfono de violencia de género, el 016, para solicitar información, y otros donde es una mujer la que llama para solicitar ayuda para un hermano que está siendo maltratado por la cuñada y, en ambos casos, lasoperadoras amablemente les explican que no pueden atenderles en el 016 puesto que las víctimas son varones. Así pues las operadoras del teléfono de violencia de género derivan a las víctimas a un número más general, una línea 900 que atiende solo de lunes a viernes de nueve de la mañana a dos de la tarde.


Lo mismo le sucedió a esa mujer lesbiana (esta vez no era una demostración sino un caso real) que después de cuatro años de sufrir maltratos llamó al 016 para denunciar las agresiones de su pareja y le respondieron desde el otro extremo del teléfono de «ayuda» con un escueto «no podemos ayudarle porque solo tratamos casos de violencia machista. Llame a la Policía Nacional» . Sus problemas no acabaron ahí. Recién divorciada y con un hijo pide ahora medidas de protección para ella y su pequeño, pero no reciben la condición de víctimas de género porque el maltrato se ha producido dentro de una relación homosexual. ¿Qué clase de movimiento feminista es aquel que ignora incluso a una parte del colectivo femenino?


La excusa que ofrecen para no considerar todos los casos de violencia dentro de la LIVG es que el número de casos donde un hombre ejerce violencia sobre una mujer supera con creces al número de casos en los cuales una mujer maltrata a un hombre, un hombre maltrata a un hombre, o una mujer maltrata a otra mujer. Si consideramos víctimas adultas, estoy de acuerdo con la estadística; no tanto cuando consideramos otras víctimas porque los datos indican que la mayoría de maltratos y asesinatos de niños no son cometidos por varones: tres de cada cuatro menores son asesinados por mujeres.


Así que deberíamos preguntarnos, ¿por qué existe una ley especial que considera los asesinatos de mujeres adultas pero ignora los asesinatos de menores? ¿Por qué casi todas los semanas los medios de comunicación se hacen eco de algún nuevo caso de violencia machista pero eluden completamente la inmensa mayoría de casos de violencia hembrista?


La respuesta a todas estas cuestiones es evidente: el feminismo actual no puede admitir que las mujeres también pueden ser asesinas y maltratadoras. Toda esta ideología de género se basa en la falsa premisa, en esa mentira repetida mil veces, de que solamente la mujer puede ser víctima mientras el hombre siempre es el agresor. Recordemos lo que dijimos en la Introducción acerca de cómo el feminismo actual es una suerte de neomarxismo donde las mujeres son la clase oprimida, donde son los nuevos proletarios. La posibilidad de que una mujer pueda agredir o asesinar a hombres adultos, a ancianos o a niños, o incluso a otras mujeres, se rechaza dogmáticamente. En 2008, el juez José Hoya, dictó sentencia condenatoria por violencia de género a una mujer que había maltratado a su esposa. La sentencia fue aplaudida por múltiples asociaciones de homosexuales, pero duramente criticada por colectivos feministas. 


Hasta tal punto llegó la presión social e institucional feminista que la Audiencia de Cantabria obligó a rectificar al juez con el argumento de que los malos tratos de una mujer a otra no podían ser calificados como « violencia de género » a la hora de dictar condena, aunque la víctima fuese su esposa o pareja, porque el Código Penal reserva esa modalidad exclusivamente para la violencia ejercida por un hombre sobre una mujer. Tristemente observamos el trato marginal que están recibiendo las mujeres lesbianas que sufren violencia por parte de sus compañeras o ex compañeras sentimentales. Estas víctimas se quedan sin los derechos y ayudas que reciben las víctimas de violencia de género. ¿No es cierto que los golpes le duelen igual a una mujer homosexual que a una mujer heterosexual? ¿Acaso no sufren psicológicamente lo mismo? Y todavía las ideólogas y activistas detrás del feminismo actual pretenden estar luchando por la igualdad.


Descubrimos en el segundo capítulo que un 92,3 % de los fallecimientos en el trabajo tenían como víctima a un varón. ¿Se imaginan lo que sucedería si existiese un teléfono de urgencias sanitarias que solamente atendiese los accidentes laborales de hombres por el mero hecho de ser éste el caso mayoritario? Podemos comenzar imaginando la siguiente conversación: 


—061, buenos días, ¿cual es su urgencia?
—¡Mi compañera acaba de caerse de un andamio! ¡No se mueve! ¡Necesitamos una ambulancia!
—Perdone, ¿la persona que se ha caído es una mujer?
—Si.
—En este teléfono solo atendemos los accidentes de trabajadores varones. Tendrá usted que llamar a otro número, gracias.


De la misma forma que sería absurdo que el teléfono de emergencias médicas, el 061, ignorase los accidentes laborales de trabajadoras, alegando que representan una minoría del total de accidentes laborales; es inadmisible que el teléfono de violencia de género, el 016, solo atienda casos donde el agresor es un hombre y la víctima una mujer. Una ley de violencia debería considerar todos los casos posibles y líneas de emergencias como el 016 deberían ayudar a todas las víctimas; a todas. La discriminación de víctimas por sexo no es la única injusticia que introduce la LIVG. Esta ley también limita la presunción de inocencia del acusado y reduce las garantías de su defensa. Para cualquier delito, la presunción de inocencia se puede resumir en que uno es inocente mientras no se demuestre lo contrario. Sin esta presunción básica, las cárceles estarían llenas de inocentes, puesto que no sería necesaria prueba alguna para condenar, una denuncia falsa sería suficiente para convertirse en presidiario.


El aparato mediático que sustenta la ideología de género se empeña en negar esta violación de la presunción de inocencia, pero simplemente tenemos que revisar el Real Decreto Ley 9/2018, del 3 de agosto, que modifica la ley contra la violencia de género del 2004 para convencernos de cómo la inocencia de los acusados se ha eliminado. Como advierte Ana Clara Belío Pascual, presidenta de la Sección de Familia del Colegio de Abogados de Madrid, la modificación realizada el año pasado establece explícitamente que ciertas competencias que anteriormente eran exclusivas de la autoridad judicial, ahora son realizadas por los servicios sociales. En palabras llanas, un administrativo de un ayuntamiento puede privarte de libertad si acredita «una situación de violencia», saltándose todo el procedimiento judicial y sus correspondientes garantías procesales, incluyendo la presencia de un abogado que defienda tus intereses.


También podemos consultar los documentos oficiales de la Secretaría de Estado de Interior que contienen el Protocolo de Actuación y Coordinación de FCSE y Abogados Ante la Violencia de Género y verificar, por nosotros mismos, que no podemos encontrar una sola instancia de la palabra « presunto » , dando por hecho la culpabilidad de todos los hombres denunciados, hasta el punto de denominarlos «delincuentes » sin necesidad de sentencia firme condenatoria. Por supuesto a la denunciante siempre se la define como « víctima » y nunca como presunta víctima en los mismos documentos.


Esta limitación de la presunción de inocencia y de las garantías de defensa también pueden resultar determinantes en procesos judiciales paralelos; así pues, una denuncia por violencia de género puede ser utilizada, sin necesidad de condena, para excluir a los varones de la custodia compartida de sus hijos durante una demanda de divorcio. Ya son multitud los casos de hombres afectados por tales injusticias. Una mujer, por cualquier causa (celos, custodia, económicos, etcétera) acusa a su pareja masculina por agresión o por violencia psicológica y el hombre es detenido sin necesidad de prueba alguna, ingresando en un calabozo. Si la detención se produce un viernes, permanecerá allí encerrado hasta el lunes cuando pase a disposición judicial. Mientras tanto, la mujer puede incluso haber cambiado la cerradura del domicilio familiar.


Existen sucesos documentados donde los vecinos y vecinas de un hombre denunciado por violencia de género han salido en su defensa al momento de producirse la detención; estos mismos vecinos han comunicado a la policía que las acusaciones son falsas y que la maltratadora es ella. Son testigos presenciales de cómo esa mujer maltrata a su pareja, ¡pero no sirve de nada! El hombre es esposado y conducido a dependencias policiales.


La indefensión de los varones no acaba en la etapa de arresto, sino que continúa durante toda la actuación procesal, como nos recuerda la abogada Yobana Carril, ahora especializada en violencia de género: «Cuando una mujer denuncia a un hombre por violencia de género no necesita tener pruebas, ni siquiera indicios, solo con que no se contradiga en su declaración policial y en su declaración judicial es suficiente para que un hombre resulte condenado». La situación de desamparo generada por esta injusta ley es bien conocida en los despachos de abogados, siendo ya famosa la expresión «o me das ‘X’ o te denuncio por violencia de género» .


Por si esto no fuese suficiente, declaraciones irresponsables y anticonstitucionales como las realizadas por la socialista Carmen Calvo no hacen sino acentuar el problema: «Proteger la libertad sexual de las mujeres implica aceptar la verdad de lo que dicen Las mujeres tienen que ser creídas sí o sí, como en cualquier otro tipo de delito. Las víctimas deben contar con la solidaridad del Estado». ¿Las mujeres tienen que ser creídas sí o sí y los hombres no? ¿Dónde queda la presunción de inocencia?¿Y la obligación procesal de aportar pruebas cuando acusas a alguien? ¿Qué le sucedió al derecho a la defensa ante denuncias falsas? En efecto, descubriremos en el próximo capítulo que el número de denuncias falsas por violencia de género es tan elevado que el gobierno tiene que maquillar las estadísticas para ocultar la magnitud del problema.


Terminamos este capítulo recordando que la LIVG no solo ha eliminado derechos fundamentales de la mitad de la población, sino que discrimina a las mujeres lesbianas que sufren maltrato al excluirlas de la ley, de igual modo que se excluye a los hombres maltratados. «Igualdad» lo llaman desde el feminismo actual, pero la LIVG no es sino una ley construida sobre mentiras, y con las reveladas en este capítulo ya llevamos catorce.


Las pruebas de acceso.

 

El feminismo actual defiende un sistema de privilegios y bonificaciones para que las mujeres puedan acceder a determinados puestos de trabajo tales como bomberos, policías, guardia civil o ejército.


Comprobaremos cómo el feminismo actual no busca la igualdad entre hombres y mujeres cuando solicita cambios en las pruebas de acceso a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Nos encontraremos, pues, con otra colección de mentiras. En algunos procesos de selección las mujeres reciben, simplemente por el mero hecho de ser mujer, hasta un 20 % extra en la puntuación global. Esto significa que un hombre necesita rendir un 20 % más en las pruebas para poder competir en igualdad de condiciones con sus compañeras.

 

El pretexto de las ideólogas y activistas neofeministas para justificar ese trato desigual en favor de las candidatas es que existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres y, por tanto, ciertas pruebas físicas resultarían inaccesibles para muchas candidatas. Hagamos una pausa para reflexionar sobre esa excusa, ¿no es éste el mismo feminismo radical que ha estado negando la existencia de diferencias biológicas significativas y su papel clave en los roles sexuales o de género?

 

Efectivamente, puesto que han estado defendiendo en las últimas décadas que: «Las diferencias entre hombres y mujeres han sido construidas socialmente por la moral patriarcal y no se basan en aspectos biológicos». Lo cual es una mentira construida sobre un negacionismo fanático de la biología del cuerpo humano. Hombres y mujeres, en general, tenemos habilidades diferentes; así lo han querido la naturaleza y la evolución. Lo interesante aquí es que después de muchos años negando la ciencia de la vida, de repente, el feminismo actual reconoce la existencia de algunas diferencias biológicas y utiliza estas diferencias para solicitar privilegios en las pruebas de acceso a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Esto no es sino una muestra más de la extraordinaria hipocresía que subyace a este movimiento.

 

Desde la ideología de género se argumenta que los hombres generalmente consiguen mejores registros que las mujeres en disciplinas deportivas, y que esta diferencia empírica debería tenerse en cuenta a la hora de idear las pruebas físicas de acceso a ciertos colectivos como policías, bomberos o guardias civiles. Es lo que sucede con las pruebas para acceder a una plaza de bombero, donde a las féminas se les exige desde un 11 % hasta un 71 % menos

 

• Los hombres deben correr 200 metros en menos de 30 segundos y las mujeres en menos de 35 segundos.

• Los hombres deben correr 1.500 metros como mínimo en 5 minutos y 31 segundos, a las mujeres se les da un minuto más de margen.

• En salto de longitud con los pies juntos, los hombres deben alcanzar al menos 90 centímetros y las mujeres 75 centímetros.

• Los hombres deben subir a brazo 5 metros por una cuerda en, al menos, 14,1 segundos y las mujeres en 24,1 segundos.

• Los hombres deben levantar tres veces consecutivas desde el suelo por encima de su cabeza 44 kilogramos y las mujeres 30 kilogramos.

• Nadando 50 metros en estilo libre, los hombres deben hacer un tiempo mínimo de 47,1segundos y las mujeres de 52,1 segundos.

• Atravesar corriendo un tablón de 5 metros de longitud y 12 centímetros de ancho, colocado a un metro de altura y saltar. A los hombres se les pide saltar al menos 2,25 metros y a las mujeres 1,75 metros.

 

No solo es insultante para las propias mujeres que la sociedad sea más condescendiente con el sexo femenino, como si las mujeres necesitasen bonificaciones para superar retos, sino que es irresponsable que se permita acceder a una plaza de bombero a mujeres que no han sido capaces de superar las mismas pruebas que un hombre, ya que esto significa que no pueden realizar las mismas tareas.

 

Desde el feminismo actual se defienden alegando que estos son «trabajos en equipo» y, por tanto, un bombero más fuerte o más rápido podría llevar a cabo esas tareas. Hay dos argumentos contra esa excusa. El primero es ¿qué sucedería en el caso en el que la bombera se encuentre aislada y no pueda recibir ayuda de un compañero varón más capacitado físicamente? No es tan difícil imaginar una situación así: en medio de un incendio se produce un colapso parcial de una estructura y dos de tus compañeros quedan heridos y atrapados bajo unas vigas y cascotes, con el acceso cortado a donde os encontráis los tres debido al derrumbe. ¿Acaso durante un incendio, cuando el fuego vea que el bombero es mujer, bajará su intensidad para adaptarse a los dogmas del feminismo actual? Ironías aparte, el propio colectivo de bomberos, es decir las personas que se están jugando la vida en el desarrollo de su trabajo, han criticado duramente esta ideología absurda y aseguran que «si una mujer tiene que hacer el mismo trabajo que un hombre» es importante que las cualidades físicas sean parecidas, sobre todo para evitar «problemas de seguridad». Los bomberos profesionales no son los únicos que han detectado los problemas de seguridad que genera el modelo feminista de cuotas. Estoy seguro que todos mis lectores estarán de acuerdo conmigo en que si nuestras vidas corriesen peligro atrapados en un incendio, preferiríamos que acudiese a socorrernos el profesional más rápido y fuerte disponible y no uno que consiguió el puesto gracias a bonificaciones ideológicas.

 

Efectivamente, ¿por qué no hacer que hombres y mujeres tengan que superar las mismas pruebas? Que compitan todos los aspirantes en igualdad de oportunidades y que solo los mejores de cada promoción accedan a los puestos, independientemente de su sexo. Es de sentido común, los incendios no hacen distinción por raza, sexo o creencias religiosas. El segundo argumento contra la excusa feminista sería el siguiente: ¿por qué las mismas feministas no aplican su pretexto del trabajo en equipo a los varones también? Un varón que no hubiese superado las pruebas exigidas para acceder a una plaza de bombero podría, según sus discursos, solicitar ayuda de algún compañero o compañera físicamente más capacitado que él. ¿Alguna vez hemos escuchado desde el feminismo actual solicitar que puedan acceder a puestos de bombero todos los hombres que no hayan superado las pruebas exigidas a los varones? Yo nunca lo he escuchado.

 

Obviamente el sistema feminista de pruebas de acceso está discriminando al varón. Es muy fácil comprobarlo. Considera dos aspirantes a bombero, una mujer y un hombre, ambos con similar inteligencia, altura y fuerza. Los dos realizan marcas similares en las pruebas físicas, pero la mujer pasa la criba mientras el hombre se queda fuera porque le exigen un rendimiento entre un 11 % y un 71 % superior que a ella. ¿Acaso no es injusto? ¿Qué sucedió con el discurso de igualdad?

 

De hecho, la discriminación es doble, porque esas mujeres que han accedido a la plaza de bombero pasando unas pruebas más fáciles, sin embargo, van a cobrar exactamente el mismo sueldo que sus compañeros varones. ¿No van a poder desempeñar las mismas tareas físicas porque no rinden igual que sus compañeros (si lo hiciesen podrían pasar las mismas pruebas que ellos) pero van a cobrar el mismo sueldo? Discriminación para acceder al cuerpo y discriminación una vez dentro.

 

Analicémoslo todo desde la perspectiva opuesta: supongamos que para acceder a una plaza de bombero las mujeres aspirantes tuviesen que superar pruebas más difíciles que los hombres. ¿No lo consideraríamos discriminación? ¿No estarían los colectivos feministas manifestándose diariamente por la falta de igualdad? ¿No se denunciaría esta injusticia en los medios de comunicación?

 

Encontramos los mismos tipos de discriminación hembrista en las pruebas de acceso a los cuerpos de guardia civil o policía nacional. Así la altura mínima exigida a las mujeres que opten a ser policía es de 1,60 metros, mientras a los hombres se les exige 1,65 metros; o mientras al hombre se le exigen dominadas en las pruebas físicas, a las mujeres se les exige suspensión en barra. Tan solo nos queda esperar que a partir de ahora los ladrones sean solidarios y también se amolden a la ideología de género, reduciendo su velocidad a la hora de huir cuando les persiga una mujer policía.

 

Por si toda esta discriminación de marcas, puntuaciones y alturas no fuese suficiente, nuestros políticos están considerando nuevas formas de exclusión. La entonces activista y ahora alcaldesa Ada Colau acaba de anunciar que modificará las pruebas de acceso al cuerpo de bomberos en Barcelona para que, en caso de un empate entre un hombre y una mujer, la plaza se adjudique a la mujer automáticamente. Esto es lo que feministas como Colau entienden por «igualdad » .
















Tomado de:

GONZÁLEZ ÁLVAREZ, Juan (2019): Veinte mentiras del feminismo actual. E-book, publicación independiente.



08 agosto 2026

El atril luminoso. Ángel Gabilondo

 



El atril luminoso


Ángel Gabilondo


Hacernos compañía.


No siempre es fácil relacionarse. Ni siquiera con uno mismo. La lectura es un modo privilegiado de hacerlo. Por eso no es infrecuente que hallemos alivio a nuestra soledad con un libro en las manos. No porque con él dejemos de estar solos, es que nos encontramos, con independencia de cómo estemos. Y, en efecto, no es infrecuente que en este supuesto modo de huir demos con nosotros mismos. Nos fugamos pero no solamente de cómo estamos, sino de quiénes somos, y esto suele ser menos llevadero. 


Huida o fuga, lo que sí es cierto es que el libro nos saca de nuestros adentros para aproximarnos a nuestra interioridad, e incluso intimidad, que acostumbra a ser más literal y que, en ese sentido, no pocas veces se nos ofrece al pie de la letra. Es hermoso ver a alguien que lee para varios, o a dos que leen juntos, tal vez el mismo libro o libros diferentes. Es misterioso y atractivo lo que enlaza a quienes han leído o leen una misma obra, el libro que nos vincula a quienes durante quizá siglos han pasado por las mismas páginas siendo para cada quien distintas. En definitiva, el vínculo de escuchar juntos es tanto como el de tener que ver con alguien. Mientras compartamos libros habrá comunidad, algo común que nos abrace o que abracemos, y será posible la comunicación. 


Nos regalamos libros también para procurarnos ciertas complicidades. Y no es infrecuente que deseemos compartir el placer de algunas lecturas con otros a quienes apreciamos. Porque, en definitiva, el aislamiento que nos procura leer no es necesariamente el de un ensimismamiento. Al leer nos brota lo vivido con una nueva realidad, la de la memoria, y en ella irrumpen tantos con quienes componerla y narrarla. Todo se puebla del juego, que es también el de la vida, entre las personas y los personajes, que recreamos y a nuestro modo amamos. O quizá no, pero que en todo caso no siempre nos resultan indiferentes. Los afectos, las emociones y los sentimientos tejen la escritura como texto y pueden producirnos excitación, convulsión, sin que valga consolarnos con la consideración de que se trata «solo de un libro».


Los libros nos entrelazan incluso con quienes quizá no llegaremos a compartir sino lo que esos textos nos ofrecen. Basta mirarlos para que se ponga en acción toda una cohorte de lectores que en definitiva forman parte del texto mismo. Tomarlos entre las manos es saberse ya miembro activo, partícipe de algo que se viene diciendo. Sentirse así convocado, llamado, implica una suerte de pertenencia que no es necesario saborear en cada ocasión, como tampoco es imprescindible recordarlo a cada momento. Somos lectores entre lectores, lecturas con lecturas, porque, quizás en última instancia, en cada uno de nosotros anida una necesidad, la de afecto, la de compañía. Y no es simplemente una carencia sentimental. Se trata de una cuestión vertebral del pensar, que no se reduce a una acumulación de ideas o a la posesión de determinados conocimientos.


Por eso, incluso llegar a estar solo, a sentirse solo, implica toda una tarea, una relación. No es un mero estado de ánimo inmediato, aunque en ocasiones lo reducimos a eso. Y acceder a esa soledad, no precisamente infecunda, exige todo un proceso, un procedimiento. Y no faltan textos que producen ese fruto, el de aproximarnos tanto a nosotros mismos que seamos capaces de establecer relaciones inauditas con alguien a quien no siempre tratamos bien: aquel en quien consistimos, quienes somos. Es extraordinario que un libro pueda llegar a ser la distancia más corta de uno consigo mismo. Tanto que, en cierto modo, quien no esté dispuesto a que esto le suceda debería saber el riesgo que comporta leer, el de encontrarse. Desde luego, con los otros y, si se persiste, consigo.


Ahora bien, ni esto sucede siempre en grado extremo ni sería aconsejable que así ocurriera, pero no deja de pasar en cada lectura, por una sencilla razón, porque la palabra siempre dice, y hace lo que dice. Y ningún libro, ni siquiera el menos desafortunado, nos deja en el mismo lugar que antes de su lectura, ni en el mismísimo momento. Todo es ya otro. Y, más o menos, hemos estado con alguien. Tal vez con nosotros mismos.


Leer de memoria 


Hablamos de aprender de memoria, pero no es frecuente oír decir que hemos leído de memoria. Más bien parecería que eso es otra cosa que, o no es leer, o no es de memoria. Sin embargo, para leer no basta con recordar. También en cierto modo es imprescindible olvidar. Y este juego del recuerdo y del olvido sostiene la memoria. Suele decirse que si fijamos la vista sosteniéndola en una palabra, no podemos propiamente leer un texto. El exceso de fijación, como el exceso de luz o de oscuridad, impide ver. Por eso no es fácil aprender a leer bien, ya que si quedamos prendados por lo visto, no avanzamos en la línea, si olvidamos lo que acabamos de ver no enlazamos ni anticipamos lo que viene, si miramos lo que tenemos más inmediatamente delante sin recordar lo recientemente visto, no lo comprendemos, pero si nos detenemos sin proseguir preludiando lo que ya nos espera, no seremos capaces de leer literalmente una frase. Solo olvidando en cierto modo lo ya visto, fijándonos de alguna manera en lo que está enfrente y avistando lo que llega, podemos leer. Es imprescindible olvidar, sin hacerlo del todo y recordar sin recordarlo todo para que la lectura se nos haga presente.


Saber elegir lo que cabe olvidar y recordar no significa que siempre lo consigamos, pero en algún sentido es necesario que pervivan en el modo de lo olvidado y de lo recordado, para que la memoria sea viva y, por tanto, pueda revivirse y rememorarse. La lectura es, en efecto, una rememoración, que no consiste en el simple recuerdo de algo ya sucedido. La rememoración abre posibilidades, es una mimesis que no imita lo ya dicho, sino que  reactiva su decir hasta el punto de potenciar que se diga lo que nunca se dijo. De ahí que cada lector sea una nueva lectura, no necesariamente del todo otra, pero sí la que brota de su propia experiencia y coyuntura personal, de su tiempo, de su vida. Y eso es más que un mero contexto. Y de ahí, asimismo, que uno pueda tener lecturas diferentes en similar medida en que su vida es una pluralidad de formas, de modos, de circunstancias. Por eso cabe decir que, en definitiva, la memoria es la gran escritora y la gran lectora.


La memoria no es un depósito ni un recipiente en el que se acumulan hechos y sucesos, que podemos ir paulatinamente desgranando o utilizando como recurso. Ella es ya siempre un relato en el que consta no solo el pasado, sino que incorpora el porvenir. Hace sus elecciones y selecciones para elaborar un relato soportable que una y otra vez puede reescribirse. Tenemos memoria de numerosos textos y libros antes de leerlos. Es más, en ocasiones es lo que nos anima a acercarnos o no a ellos. Y no se trata solo de alguna información previa. Es algo otro. El libro ya ha sido leído con anterioridad, siquiera por el autor, su primer lector, y leer es ya reinscribirse en lo que se viene diciendo y rediciendo por una comunidad de lectores y de lecturas. La lectura es, por tanto, una conmemoración, una memoria conformada conjuntamente y compartida.


Si Nietzsche nos señala que es preciso aprender los textos de memoria, incluso llega a indicar que es preciso rumiarlos, es porque subraya la necesidad de proceder como lo hace la Filología, que es el arte de leer despacio. Deletrear es algo diferente a limitarse a pasar letra por letra, se trata de leer al ritmo de su pronunciación, hacer que las palabras atraviesen la boca. Alguien clásico nos transmitió que al decir «carro» las ruedas pasan por nuestra boca. Y por nuestro corazón. Es indispensable leer con toda esa corporeidad y proceder a una efectiva incorporación. Aquello que los franceses nos recuerdan al decir que aprender de memoria es aprender par coeur y que nos hace ver que la memoria es también un acuerdo, un pacto. Esta reunión y reconciliación otorga a la lectura una raíz y una dimensión determinantes para configurar una comunidad, la de la memoria. También la de quienes están de otro modo, o no están ya, o están por venir.


En este leer de memoria hay un afecto y un respeto a lo que nos es transmitido y una responsabilidad para otorgarlo y ofrecerlo. La lectura es también una donación, no una forma de posesión que anula y aniquila todo conocimiento. La memoria es entrega, y leer exige compartir y comunicar siquiera desde la experiencia de la soledad convivida.

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 Imagen de Pulp fiction  (Tarantino 1994)


El  gusto por las palabras. 


La mejor manera de llegar a hablar bien es leer. Así piensa Cicerón y es evidente que se trata de un camino extraordinario para lograrlo. No nos detenemos en considerar qué puede llegar a significar «decir adecuadamente», pero está claro que no se reduce a expresarse con corrección, algo en todo caso necesario. No faltan quienes le restan importancia a ser cuidadoso con las palabras, desde la errónea percepción de que lo único que interesa es que nos entiendan. También merecería atención qué puede llegar a significar eso, pero en todo caso las palabras no son meros instrumentos, ni el lenguaje un simple medio de transmisión de noticias. Necesitamos cultivar las palabras y gozar dichosamente con ellas. No es cuestión de usarlas, sin más, para procurarnos satisfacción, se trata de saborearlas, que es un modo singular de saberlas. Sapere nos lo dice con claridad. Es cosa también de paladar y de sentido del olfato. Las palabras no solo se ven y se oyen. Lo más decisivo es llegar a ser alcanzado, tocado por ellas. También es posible y necesario acariciar con ellas. Con razón repetimos que las palabras hacen, las palabras aman, las palabras matan. 


En definitiva, eso es Lógos, un decir que hace lo que dice, un decir que hace ser. Y desde luego légein es leer y elegir, como subrayamos. La consideración de un texto tiene diversos niveles y puede atenderse desde diversas perspectivas, pero es decisivo no ignorar su belleza. Está claro que no se reduce a su aspecto. Y, como en todo, y como con todo, también hemos de aprender a apreciarla y a valorarla desinteresadamente, sin rendirnos a criterios de utilidad. El trato que la lectura comporta va familiarizándonos con un modo de apreciar cada palabra, de distinguir y de preferir, de sorprendernos, de detenernos, hasta llegar a pronunciar sonidos y sílabas entonadas musicalmente con ese oído interior que resulta tan literal. Esta comunión de sonidos y sentidos, que alcanza su esplendor en el decir poético, y no exclusivamente en la poesía, nos permite no tener que salir del texto para encontrar la referencia placentera, como si las palabras no fueran reales. La realidad y la verdad de las palabras potencian nuestra satisfacción. Hasta el punto de que cuando vamos cultivando el gusto por ellas, este nos procura un modo de acceso, un procedimiento privilegiado, para encontrarnos con su materialidad, donde el espíritu de la letra se disfruta, en efecto, literalmente.


Por eso es tan importante dar con las palabras adecuadas, construir bien las frases, ordenar bien el discurso y por ello la Retórica no se reduce a la elocución, a la léxis, sino que resulta determinante la construcción de lo que se dice y la argumentación. La belleza es también la de los motivos, la de las buenas razones. Eso nos mueve y moviliza. El gusto no es una simple autosatisfacción que se agota en el efecto inmediato que la palabra nos ha procurado. Nos convoca a un modo de proceder que se comunica con nuestro comportamiento. Leer con esta perspectiva nos hace cuidadosos y detallistas, rigurosos y amigos de los buenos argumentos. En efecto, este gusto es cuidado, de uno mismo y de los otros, y en gran medida nos llama a leer y a dar importancia a lo que en cada caso decimos o se nos dice. Incluso hasta la seducción de sentirnos cautivados. Pero lo que nos importa es ser persuadidos, llegar a estar persuadidos por el juego en el que se dice la palabra, un juego bien serio que en esta ocasión denominamos lectura.


Algunos confunden la atención a la palabra, a lo que hace, a su modo de aparecer, de brillar y de ocultarse, con un artificio de simulación. Es más, les resulta exigente sostenerse en la intensidad que ciertos textos requieren. Y llaman juegos de palabras a lo que no es sino el juego de la palabra, el juego en el que la palabra consiste, en el que ella misma se lo juega todo. Ahora, en nuestra acción de leer. Quien ha hecho la experiencia de leer en el modo en el que la propia escritura se produce, en los titubeos de la elección y la preferencia, sabe gozar de cada adjetivo, de cada verbo, de cada frase. Pero, más aún, de cada letra, de cada sílaba, de cada sonido.


Este gusto cultivado tiene asimismo su precio. Disfruta más pero sufre también su exceso con lo que le resulta desagradable. En muchas ocasiones, oírse a sí mismo y no ser capaz de decir justa y ajustadamente. Sin embargo, nuestra propia limitación no ha de ser una coartada para no apreciar el resplandor de ciertas palabras que brillan en un texto que parece abrirse a su paso. Hay en la buena lectura un magnífico exceso de atención, de consideración, que hemos de llamar contemplación, que más que un ver, es algo otro. Ciertamente comporta admiración, pero en definitiva es una agudeza de la sensibilidad, de los sentimientos y de los afectos, que permite ver lo nunca visto, lo que hace ver, decir lo nunca dicho, lo que hace decir, y encontrar en las palabras el gusto y el placer de la palabra que destella en la lectura.


Léeme un rato. 


A veces necesitamos que alguien nos lea un texto, una carta, un libro, otras, deseamos leérselo nosotros. Hay algo extraordinario en esta mediación, en esta relación que establece un vínculo que pone en evidencia lo que es el acto de leer. Leer a través de un modo singular de escucha, leer de oído, también con el oído interno, oyendo a otro, es, en última instancia, partir de otra manera de ver.


Y de una irrupción muy particular de los afectos, en la que los sonidos se perfilan como letras nuevas por una voz. Este juego de la voz tan determinante cuando alguien lee o nos lee, cuando leemos a alguien, es un juego entre la voz y la palabra. La voz se inscribe en el ritmo, en la entonación, en las pausas… y nos convoca a una sensibilidad. Quien lee también se da al hacerlo. Y al oír el texto, le oímos a él, a ella. Nos dice lo que dice, pero asimismo quien nos lee dice mucho de sí. Tal vez no falten quienes consideren que lo ideal es que el lector desaparezca. Pero quién sea en este caso el verdadero lector merece nuestra atención. Leer un libro que nos lee otro es una buena muestra de lo que ocurre en más ocasiones de lo que parece. Nuestras primeras lecturas bien pudieron ser hechas por otros, para nosotros. 


Parecería excesivo que llamemos «lecturas nuestras» a las que en rigor han efectuado otros. Han sido, sin embargo, tan por nosotros, tan para nosotros que, en verdad, ocurren en nosotros y con nosotros. Luego, aunque estrictamente las hayamos leído en otra ocasión, más bien resulta que las releemos. Nuestras primeras lecturas ante otros, junto a quienes aprendían con nosotros, nos hicieron comprender que leer es mucho más que entender a nuestro modo. Incluso, en tal caso, habría de ofrecerse algo que fuera para los demás y, en buena medida, universal. Sin embargo, cada cual tuvo que hacer su lectura. Era la misma y no produjo igual resultado. En última instancia, la acción de leer no fue, una vez más, un simple acto. Luego, en no pocas ocasiones, hemos asistido a lecturas en público, y siempre se ha producido esta realidad de una singularización de lo común.


Hay, sin embargo, un modo de lectura a alguien, para alguien, que por su alcance personal, afectivo, ofrece incluso más que lo leído. También ocurre con los primeros textos, aquellos en los que, ojalá en la infancia, la emoción, el sentimiento, la pasión, la incertidumbre o la aventura, que tanto los incluye, nos alcanzaron de modo decisivo con cordialidad. Pero viene a ser muy especial cuando determinada imposibilidad, algún impedimento, nos alejan del placer de leer, y la mirada, la voz, el gesto, todo el cuerpo y toda la vida de otro se ofrecen para darnos de leer, como se ofrece sustento, alimento, cobijo, siquiera para la capacidad de soñar, de imaginar, de luchar. Leer a alguien es siempre una acción decisiva. No resulta inocuo cuando efectivamente se produce una lectura. Leer al lado del lecho, respirar junto a alguien armoniosamente palabras elegidas, compuestas, puede procurar aliento y, a su modo, vida .


No siempre es un requisito para leer un texto a otro el que haya algún impedimento para que él o ella pueda hacerlo. Es, más bien, un modo distinto de leer. La fijación que la escritura es, cuando se ofrece como texto, pide, en correspondencia, fijación, pero esta vez otra. Las letras silabean y muestran sus sonidos, sonidos que no pertenecen a un mundo diferente de ellas. Es también suyo. Y aquel sueño de Platón, el de lograr que los sonidos expresen la esencia de las cosas, se hace de un modo especial, verdad. Oír leer es otra forma de lectura. Y comprender lo que otro nos lee obedece a esta sintonía, la primera y fundamental, la de sonidos compartidos. No solo sonidos. Quizá también necesidades. No solo necesidades. Tal vez asimismo afectos. Y en gran parte se trata de eso. En efecto, la mayor sintonía de los afectos es la sintonía del pensamiento.


Cuando pensamientos se encuentran, se tocan explícitamente, lo que sucede en la acción de leer. No pocas veces necesitamos ideas. Y ellas no fluyen sin más de una mera actividad mental o de una externalización de algún supuesto interior. La mediación de los otros, la confrontación con lo que hacen o dicen, confirma que diálogo significa que el lógos, la palabra que hace de verdad, se dice a través (diá) de lo que decimos. Por eso, al leer encontramos y nos encontramos, creamos otra realidad. Cuando alguien lee a otro, lee con él. Y el alivio es mutuo y lo escrito se teje, y el texto, ahora el texto, hace su labor, su acción, que llamamos lectura.


Al lado, cerca, sentimos el aliento de la palabra que llega convocando, desafiando, acompañando. Y las historias, los relatos, las narraciones, los poemas, las reflexiones nos desplazan de la mala fijación, la de una claudicación o resignación. Y quizá la mano de quien nos acerca un texto es una mano que se nos ofrece, que remeda la mano de quien escribió y nos lo reescribe con su voz. Si no sabemos qué decir, si nos hemos quedado sin palabras porque suenan disecadas, carentes de fuerza de vida, la palabra nos viene y nos llega del otro. Él mismo nos adviene. Y es lo que más necesitamos. Así, al leernos, alguien se nos ofrece en su tiempo de vida y lo hace para una nueva posibilidad. Agradecidos, y no por ello menos perdidos, carentes en ocasiones de vista y de fuerzas para acceder al texto requerido, o de ánimo, la imagen del lector, de la lectora, cuidando el decir para que lo escrito tenga voz, reposado cerca y leyendo afectuosamente es, en sí misma, un ejemplo de lo que buscamos. Por eso, aunque no resulte claro quiénes somos, cómo estamos, o mejor, precisamente por ello, léeme un rato.


Deseo de escribir. 


Una de las consecuencias de leer consiste en que si uno se descuida acaba escribiendo. No es solo que conviene que algo esté escrito para poder ser leído, a pesar de nuestra insistencia en que escribir es leer un texto no escrito, es que si uno no ha leído es menos probable que se ponga a escribir. A veces escribir se desprende de leer. Roland Barthes, ocupado en estas variaciones, señala que «una pura lectura, una lectura que no llama a otra escritura es para mí algo incomprensible… solo me interesan, pero entonces violentamente, las obras que me han dado ganas de escribir… quiero completarlas y suplantarlas, y en este movimiento de amor y de realidad se forma un deseo de escribir». Ya se sabe, empieza uno dándose a la lectura y entre los efectos más inmediatos podrá producirse una fijación, la de elaborar textos. Hay, en todo caso, más personas que saben leer que quienes saben escribir, pero una íntima relación liga esos saberes en un único saber, el del lógos, que tanto afecta a lo uno como a lo otro.


Es cierto que los buenos libros no solo generan la necesidad de continuar o de leer otros, sino que provocan el deseo de escribir. Tal vez ello obedezca al hecho de que escribir es una forma de incidir en la escucha en que consiste leer, hasta el extremo de producir nuevos textos. Lo que ahora nos importa es este tipo de lectura tan eficaz, de efectos tan desconcertantes, que provoca el deseo de emulación, incluso de creación, que consiste en hacer que el decir venga mientras va adelante. Pero seguir es también acompañar, observar atentamente, ir en busca de algo o de alguien. Desde luego, con cierto retardo, a destiempo, un ir después o detrás. En este sentido, la escritura sigue a la lectura, pero gracias a ella prosigue. Incluso aunque físicamente no lo plasmemos, leemos en cierto modo escribiendo. En definitiva, no podríamos hacerlo bien de no ser así. 


La lectura libera posibilidades del texto que no siempre están explícitamente expuestas, lo que no significa que no se den, que no se ofrezcan. Esta liberación no se limita a traer a la luz algo previamente existente, sino que lo hace brotar y surgir, lo alumbra. Lo hace aparecer no solo ante la vista sino ante sí mismo, porque escribir no es simplemente presentar lo ya pensado con antelación. En el gesto mismo de seguir emerge. La lectura tiene raíz escritural. A veces leemos con algo que nos permite escribir entre nuestras manos. Subrayamos, hacemos anotaciones, tomamos apuntes y no pocas veces se produce una radical imbricación entre lo leído y lo escrito, que se ofrece como glosa, paráfrasis, acotación o apertura del texto. Tanto que ya no es tan fácil distinguir, en el acto de leer y en nosotros mismos, qué es fruto de lo uno o de lo otro. Una mano pasa las páginas mientras la otra escribe a partir de ellas.


Aprendimos al dictado a escuchar el decir de las palabras. Tomamos nota de lo oído y nos esforzamos en reproducir por la mediación de la oralidad lo que va de escritura a escritura. Antes, quizás en no pocas ocasiones, copiamos, reprodujimos, letras, sílabas, palabras, frases. Y siempre con la mediación de la lectura, hecha por nosotros mismos o por alguien otro. Y se encontraba digno de consideración el hacerlo correcta y pulcramente. E incluso se valoraba el hacerlo con distinción, con estilo, con elegancia, para merecer que se alabara la buena letra, la bonita letra. No era indiferente. Y quizá no lo es. Se muestra así que se aprecia, que se valora, que se cuida, que se ofrece al placer de la comprensión, de la aceptación, de la lectura de los demás.


Leer es escribir en el alma. Entendamos con Platón que ella es la que nos permite conocer y nos procura la vida buena, la que nos alimenta la actividad vital y consideremos por tanto que así nos referimos a cuanto nos sostiene y dinamiza. Baste recordar, como ya señalamos, que la escritura en el alma florece en quien es capaz de memoria. Cada vez que nos entregamos a la lectura nos inscribimos en lo que se viene diciendo y las letras y las sílabas perfilan sonidos que preludian sentidos. Así la corporalidad vela, vigila y cuida de estos sonidos y de estos sentidos.


Aprender a leer bien no es menos complejo que aprender a escribir bien. Es tarea de toda una vida, en tanto en cada lectura siempre iniciamos un nuevo modo de leer. Las grandes obras no solo nos ofrecen otra escritura, nos reclaman una manera distinta, específica, singular de lectura que implica a todo cuanto leamos. Ya no podremos hacerlo nunca como hasta ahora. Leer bien nos enseña a leer mejor. Y si esto sucede sentimos una atracción, quizás un deseo, el de escribir.













Tomado de:

GABILONDO, Ángel (2012): Darse a la lectura. Madrid, RIBA. .