11 agosto 2013

Vanilla Sky (Crowe,USA,2001) Fabricio Borja






Estamos hechos de la misma madera que nuestros sueños

Fabricio Ernesto Borja





¿Ser joven es creerse inmortal? De golpe descubro que no, como descubro que mi vida no es maravillosa. Nos acechan agresiones de todo tipo, físicas, verbales, confabuladas, enmascaradas, simbólicas. Las agresiones cotidianas no tienen fin y esto revela nuestra incapacidad de llevar una vida conforme a nuestros deseos. Nuestra vigilia abunda en momentos terribles, son tantos los motivos de tristeza y desesperación. Ante tal incapacidad me pregunto si no sería mejor refugiarse en un sueño eterno.


La historia de Vanilla Sky cuenta un pasaje en la vida de David Aimes, millonario presidente y principal accionista de un consorcio editorial, quien lleva una vida de lujos, poder económico y mujeres, es decir, tiene todo aquello que cualquiera desearía tener y además puede, si quiere, conseguirlo todo. En su cumpleaños conoce por casualidad a Sofía y comienza así un romance que toca en él una fibra muy íntima. David cree haber encontrado una mujer a quien poder amar de verdad. Pero sucede el accidente con el auto de Julianna Gianni, que sacude la trivialidad y modifica para siempre su vida: todo lo que fue hasta allí se termina y todo lo que es, tal vez la revelación de su verdadera monstruosidad, comienza. El mundo gobernado por los patrones de la apariencia y la codicia se quiebra con la desfiguración de su rostro y ante este nuevo estado de cosas está dispuesto a todo para poder evadir la angustia, el dolor y el sufrimiento de ya no ser. Cuerpo inaceptable que desea hacer desaparecer en una operación mental que entrega todo el poder al subconsciente.


El orden y la mezcla de secuencias no son caóticos, ya que responden a una vida psíquica compleja, en las que abundan deseos y juegos alucinatorios. Se intenta en cada desplazamiento abarcarlo todo, el reencuentro, el cortejo, las ridiculeces habladas, la complicidad, el sexo, la imagen que creemos que el otro tiene de uno. Imaginé mil veces a mi chica acudiendo a mí mientras me hallo tirado en la calle, o bien, recibiéndola en cualquier parque, nuestro parque, y soñé con ello (lo preparé) con besos tan intensos como los reales. A cada hombre le está dado, con el sueño, una pequeña eternidad personal que le permite ver su pasado y su porvenir de un solo vistazo. Los sueños guardan una interpretación y en la vigilia podemos narrarlos, darle un orden secuencial como una película. Como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero nuestro sueño ha sido múltiple y simultáneo a la vez. Alguna vez soñé el reencuentro con una mujer amada del pasado, un accidente o la muerte de un ser querido, soñé la compañía de mi chica en momentos de distancia, soñé que repetía una escena de película. Sueños que al volver a imaginarlos son como imágenes de un recuerdo verdaderamente vivido: en la memoria, sueño y acontecimiento real se confunden, y algunos sueños, como la memoria, condicionan las acciones futuras en la vigilia, así también cada registro consciente o no durante la vigilia puede aparecer en sueños. Todo se hace de modo inconsciente y todo tiene una vividez que no suele tener en la realidad. Mis sueños son muy vívidos: tantos me han generado felicidad o tantos otros me ha producido terror, hasta tormento; están ahí, a poca distancia, desestabilizando cualquier tipo de lógica, revelando y ocultando nuestra monstruosidad.







David guarda en sus sueños referencias cinematográficas como la del póster de Jules et Jim (1961), una película francesa en la cual la escena cumbre incluye a una actriz junto con su novio tirándose en un coche por un puente. Su plano real repitió estas escenas, porque allí están las maravillosas marcas de la individualidad, el mundo de los objetos amados y compartidos. No podemos demostrar lo que somos si no transmitimos nuestra memoria de lo que nos conmovió alguna vez y ahora nos hace únicos. Deseamos, todo el tiempo, ser amados en nuestra unicidad más secreta.


Es notable que en Vanilla Sky, el rol del espectador sufre un desplazamiento por lo que resulta más difícil conectarse y adoptar una posición activa. Ésta es una película producida fundamentalmente para los que no vieron la versión original (Abre los ojos, 1997) de Alejandro Amenábar. El director Cameron Crowe se enfrenta a una historia que toma distancia de las películas comerciales: sus esfuerzos se dirigen a desembrollar el mendaz libreto de Mateo Gil y Amenábar, en otros espacios, con otra música y otros ángulos de cámara. El guión original se filma esta vez con mano filme, auxiliado por los mejores efectos técnicos disponibles que se muestran en beneficio de la historia y no como vulgares adornos. Con un gusto musical extraordinario, Crowe realiza una portentosa selección musical para Vanilla sky. Contando con grandes músicos como Thom Yorke, ubica la canción Everything in its right place, en la apertura del film; en tan sólo un par de versos, da cuenta de los dos motores que marcan la vida presente y futura del protagonista ( Everything in its right place / There are two colours in my head). La banda de sonido acompaña a la mayoría de las escenas del filme. Si bien la elección de temas es excelente, estos parecen cumplir con la función de apaciguar el oscuro espesor dramático en cada secuencia de la historia.


El tratamiento del sueño y de la pesadilla desafía la percepción del espectador, parece confundir secuencias entre recuerdos o flash backs, fantasías, terrores, alusiones a la iconografía norteamericana (Crowe dijo que existen 428 referencias a la cultura pop en la película), y envuelve el doble rostro a David (bello-monstruoso) en una conjunción donde uno no existe sin el terror o la satisfacción por el otro. Una cara propia, al ser aceptada es también la aceptación de un orden social, lo que nuestro rostro representa, y de un orden biológico, el inexorable paso del tiempo, el frágil y continuo tránsito hacia la muerte. Sin su cara él se siente poco menos que nada. El rostro monstruoso y transgresor de David debe cubrirse con una máscara que él mismo considera ahora su rostro. La usa porque teme al verdadero, lo imagina atroz., es en sí mismo una pesadilla producida por su miedo y el nuestro a perdernos en la incertidumbre de nuestra imagen social. Se le teme a las máscaras; durante la infancia se tiene la idea de que si alguien usa una máscara es porque esconde algo horrible. La pesadilla como la máscara, guardan en sí la sensación de horror.


En su sueño, David inventa de un modo tan rápido que confunde su pensamiento con lo que está inventando. Sueña con Sofía y la verdad es que está inventado cada mirada, cada gesto, cada palabra, cada instante con ella. Pero no se da cuenta, la toma como ajena. Le pregunta algo y no sabe qué contestar, le da respuestas que lo sorprenden, respuestas que son absurdas pero para el sueño son exactos. Todo esta preparado por él, hasta la forma de ser amado. En su sueño David es todo, es Sofía, es Julianna, es el psicólogo, es el amigo de su padre, es lo bello y lo monstruoso al mismo tiempo, la libertad y la opresión, es su deseo de vida y plenitud y su deseo de muerte. Toda esta dualidad simultánea corresponde al horror de la pesadilla. Su caída desde lo alto del rascacielos revela a la subjetividad triunfante sobre la dominación represiva, la salida de ese mundo de cielo vainilla, zona de sombras, laberinto de sueños. La caída es para David, un llamado a sobrellevar el infierno de la vigilia y no el infierno de la pesadilla, y gracias a ello nada menos que a existir.

.