15 septiembre 2015

Martínez Estrada y el eterno retorno de la pampa



Martínez Estrada 
y el eterno retorno de la pampa

Herminia Solari



.La lectura de algunos pasajes de Martínez Estrada puede resultar de una abrumadora actualidad. Sin pretender hacer extrapolaciones rápidas, fáciles o forzadas, lo dicho en 1933, en algunos capítulos de Radiografía de la pampa, o en 1940, en otros de La cabeza de Goliat, podría verse como una crónica periodística contemporánea. Sin embargo, los paralelos hechos en estos términos son poco significativos, ya que poniéndonos a buscar coincidencias podemos encontrarlas entre opuestos. Lo que me resulta interesante es que podrían ser vistos como la corroboración del planteo, por parte de Martínez Estrada en Radiografía de la pampa, de una temporalidad propia americana. Creo que, en asociación con las determinantes telúricas que señala el autor, es posible ver cómo, para él, la realidad de la pampa está atravesada también por un tiempo que la condena a la repetición.


El tratamiento mismo que Martínez Estrada hace de los temas nos coloca ante pinturas en las que sin solución de continuidad temporal y sin diferenciación, una cuestión es ubicada en distintas épocas. Así, pasa de hablar del abuso de las mujeres indígenas y su manipulación sexual por parte de los conquistadores, al “mercado de placer” en que se convirtió Sudamérica en el siglo XIX sin mediación alguna, o pasa con una “diferencia de grado” de la posesión latifundaria a la propiedad del terreno para la casa propia, por poner solo dos ejemplos. Es que Martínez Estrada, como Sarmiento, busca desentrañar un fondo oculto de la realidad americana. Para él, lo que sucede no puede ser explicado en una cadena causal o por leyes científicas. Desde esta perspectiva, volver al pasado no es hacer “historia” sino encontrar claves de desocultamiento, y el tiempo no es el de los fenómenos que se siguen unos a otros sino el que devela el suceso. Martínez Estrada nos lleva por el camino de la reflexión filosófica y no por el del conocimiento científico pero, a diferencia de los griegos que veían en el asombro su origen, es la experiencia del desajuste la que aquí despierta el filosofar. Tal vez, el dejarse envolver por estas consideraciones, es lo que convierte a la lectura en una suerte de carga insoportable.


La pampa, para Martínez Estrada, tiene el signo del equívoco, creyendo conquistarla, es la que conquista: el hombre pampeano cree “dominar un sector de la realidad [...] y está convertido en un instrumento de esa realidad que no tiene salida al mundo”. La visión de generosidad que otros ven en la “madre tierra” es desplazada en la pintura de Martínez Estrada por la geografía atrapante y devoradora que transforma en soledad y barbarie todo lo que en ella suceda. Esta tierra desolada, que se convirtió en valor para los conquistadores a falta de encontrar aquella fantástica en que las riquezas brotaran a cada paso, fue sin embargo la negación de la vida. La codicia, la soledad, el miedo, el individualismo, el desencanto, la violencia, como resumen la barbarie, son hijos naturales de esta geografía. De ella no se escapa. Los españoles creyeron que traían civilización y fueron absorbidos por el medio, los que lucharon por organizar el país, aquellos “generales y aquellos estadistas no querían la barbarie, pero eran productos genuinos de la barbarie, y trabajaban, sin querer, para ella; eran bárbaros porque esos ideales de independencia y de unidad nacional, de disciplina, de orden, no pasaban de ser aspiraciones abstractas, sin base en la tradición ni en la vida histórica argentinas”. Las ciudades son pseudo-enclaves civilizatorios; los pueblos de la pampa muestran claramente cómo ella penetra sus calles, entra en las casas, avanza sobre los cementerios. El peso que Martínez Estrada le atribuye a la tierra se lo quita a otros condicionantes de la realidad social: “Al magnificar el papel de la Naturaleza sobre el hombre histórico, Martínez Estrada no señala con claridad las relaciones de la política y la economía en países semidependientes como el nuestro”


La pampa, una geografía atrapante y devoradora que
transforma en soledad y barbarie todo lo que en ella suceda

A la vez, este dominio de la naturaleza en América ante la contraposición naturaleza/espíritu, acercaría a la visión hegeliana del Nuevo continente en  la que la historia propia queda excluida de su territorio; América es el país del porvenir donde puede suponerse que, en el futuro, se traslade “el peso de la historia universal” Hasta hoy se puede hablar solo de naturaleza en América porque lo que ha sucedido “es tan solo el eco del viejo mundo y la expresión de una vida extraña”. Para Hegel, América queda reducida desde la perspectiva histórica a un futuro del que no se puede hablar pues ella se ocupa de lo que fue y de lo que es. Pero es aquí donde me parece que Martínez Estrada da un paso que lo diferencia de Hegel. Si bien coincide con él en la ahistoricidad americana, de este continente ni siquiera puede suponerse, con Hegel, que es el lugar del porvenir puesto que está atado a una condena; por un lado el fatalismo telúrico restringe la novedad: atados a la naturaleza, repetimos su mandato; por otro, los hombres en América impedimos la construcción del porvenir.


No sólo la pampa marca límites irrebasables que aíslan a los territorios primero y luego a los países americanos entre sí, sino que la discontinuidad es también temporal. Esta temporalidad propia americana aparece abordada de distintas maneras. Una perspectiva es la que podríamos llamar telurista pura. América en su aislamiento geográfico vivió su vida americana, detenida en su antigüedad, antigüedad a la que se sumó la de los conquistadores: el de España, en los finales del siglo XV, era un pueblo “esclerosado, pétreo, rupestre [...] ‘americano’” Desde esta perspectiva, el tiempo en América aparece como un producto autóctono ligado directamente a la extensión y caracterizado por falta de sucesión y la reiteración permanente: aquí el tiempo de los hombres está estancado en la barbarie y es ella la que vuelve a aparecer repetitivamente bajo distintas formas. Martínez Estrada desarrolla el modo en que actúa la inmensidad de la pampa aislando los acontecimientos: la naturaleza absorbe los hechos desligándolos de un sentido general. Así, en “la llanura el hombre que marcha es un punto quieto. El suceso se enquista y se congela sin recibir ni transmitir vida, como esos parajes solitarios, en cuyo interior se produjo [...] Las fuerzas que entraron en juego no tenían significado total y el hecho no sobrepuja su mérito intrínseco”. De este modo, para el autor es imposible la historia; esta solo se da cuando se hace y trabaja coordinadamente en concordancia con el desenvolvimiento general del hombre. En América hay etnología o restos fósiles en los que se patentiza el triunfo de la fuerza telúrica; como diría Juan Brando, los cambios históricos, de haberlos, solo los produciría un movimiento geológico: la “inhistoricidad del paisaje, la enorme superioridad de la naturaleza sobre el habitante y de las fuerzas ambientes sobre la voluntad, hacen flotar el hecho con la particularidad de un gesto sin responsabilidad, sin genealogía y sin prole. Técnicamente en estas regiones no hubo nadie ni ocurrió nada”  


Desde otra perspectiva, que podríamos llamar antropológica, Martínez Estrada pone el peso en la acción de los hombres para negar la historicidad. La conquista impuso un hiato, un corte, e hizo del “nuevo continente” el lugar del futuro: “América tenía civilizaciones, pero no tenía pasado, era un mundo sin pasado y hasta entonces sin porvenir”. Para el conquistador, como luego para los inmigrantes, América es el lugar de las posibilidades futuras. Pero, a la vez, desde distintos ángulos, en la visión de Martínez Estrada, este futuro parece anularse. Por un lado, la voracidad desencantada de la conquista y la incomprensión entre el aborigen y el español hizo que “desde el primer instante la conquista [tomara] senderos equivocados”. Lo que se percibía con la dimensión del futuro, terminó siendo un movimiento de retrogradación: “Cada día de navegación, las carabelas desandaron [sic] cien años” Es que toda América era prehistórica y España en el siglo XV, como se dijo, tampoco era un pueblo que, al modo de los restantes europeos, despuntara “las formas insólitas de la Edad Moderna”. Así, el hombre pampeano queda sumergido en la negación del pasado, lo que lo inhabilita a la construcción del porvenir: “Nuestro futuro está compuesto por la fuga desde el pasado [...] no es un futuro que surge necesariamente de este hoy, sino construido de un modo irracional sobre la nada [...] Vivimos en la víspera de grandes acontecimientos, el umbral del mañana; y este mañana es el azar, el tumulto de un sueño tras una jornada de desierto. Este soñador es anómalo [...] Vive un sueño sin sentido; las cosas que hace tienen la inconsistencia de los fantasmas [...] Nadie es el artesano sino el destructor de su némesis” 


Radiografía de la pampa (1933).
Negado el pasado, imposibilitado el futuro
 solo tenemos la repetición de la realidad
que es barbarie


Por otro lado, la imposibilidad de futuro surge del tipo de expectativas que trae la conquista: el hombre pampeano busca la satisfacción material. Pero, en “el ansia de ascender y progresar indefinida y ciegamente, hay una gran miseria oculta”. Para Martínez Estrada el camino orientado por la fiebre de la posesión “no tiene sentido humano, porque no conduce al bien colectivo”). Los logros materiales son solo un espejismo que en última instancia producen vacío; hacen de quien consume su existencia en la búsqueda de ellos, un suicida. En tanto “el fin de nuestros esfuerzos es la riqueza y no la vida misma”, quedamos despojados de un futuro humanizado: “El que viene a ganar dinero, sin pasado encima y sin porvenir dentro, se propone muy poco y puede triunfar. Lo que no puede es llenar un destino con dinero”. El ansia de posesión de la tierra (que más recientemente tuvo su paralelo en el sueño de la casa propia) es producto del fracaso de la ilusión de encontrar grandes riquezas fáciles e inmediatas, y se corresponde con la tercera posición de renuncia inconsciente a la vida: la sepultura. Así, la muerte, el fin de toda posibilidad futura, es el socio natural del interés material.

Lo que resulta entonces abrumador, es que América queda atrapada entre un pasado a-histórico que la sumerge en la barbarie, y un futuro que no puede ser. Martínez Estrada dice que el “indio no tiene pasado porque no tiene porvenir”. Paralelamente se puede decir, que tampoco hay porvenir porque se anuló el pasado. Así es imposible la sucesión y la “levadura” del crecimiento: “Todo hacer es un recomenzar, después de muchos siglos, de lo que millares de veces ya ocurrió, amasándose el mundo y el hombre sin usar levaduras”. Si bien son diversas las expresiones que acompañan este desarraigo temporal, puede mencionarse algunas que se dan en el terreno individual. Por ejemplo, cuando lo que queda es el azar sin proyecto, bajo el imperio del miedo, se explica el amor al juego y el predominio de la intuición sobre el raciocinio. El hombre pampeano es perspicaz, rápido, alerta; no obstante, por ello mismo no es profundo: “el que juega en una finta sin duda ingeniosa y vivaz, no podría transportar esos movimientos al juego de interrogar y responder al mundo”. La improvisación y la aventura son vocaciones irrefutables. Por eso también, toda relación es casual: “Cualquier conjunto es una suma de dígitos, no una cifra global”.


Lo que llevaba la esperanza del futuro se convirtió en el miedo ante lo fortuito. Y la construcción del porvenir se desplazó por la infinita repetición de lo mismo: la discontinuidad espacial es también la del tiempo: sin pasado, sin futuro, es el instante el que vuelve trayendo la barbarie enmascarada: “Lo que llamábamos barbarie no había desaparecido, sino que se había refugiado en zonas neutrales esperando su momento propicio”. A diferencia de lo que considera Teresa Alfieri en cuanto a que Martínez Estrada tendría un concepto spengleriano de la historia, y más allá del propio reconocimiento que el autor hace de su influencia en Radiografía de la pampa, considero que lo que hay en el argentino no es la idea de un desarrollo limitado de las culturas que culmina con su decadencia sino, lisa y llanamente, la negación de la historia. 


Independientemente de que se sepa sobre su formación y su obra, a partir de la lectura de Radiografía de la pampa no quedan dudas de que Martínez Estrada leyó a Nietzsche, no sólo porque lo nombra, sino porque este libro parece ser, en algunos aspectos, la versión criolla del maestro del nihilismo. Entre esos aspectos está el tema que tocamos: la temporalidad. Uno de los pilares de la filosofía nietzscheana es la noción del eterno retorno. Simplificadamente, puede decirse que frente a la idea de tiempo lineal y a la moderna de progreso, Nietzsche postula la circularidad del tiempo: sin comienzo ni fin, lo mismo se repite eternamente. Una de las interpretaciones de esta noción es la que señala que esta hipótesis es de carácter moral: su reconocimiento es el que permite al hombre decir sí al instante, a lo mismo que vuelve, por ello, ahora querido; de este modo, al decir sí a la vida, el hombre se transforma en el superhombre creador de sus propios valores. En Martínez Estrada, tal como vinimos intentando mostrar, el tiempo de la pampa se constriñe a la dimensión de una temporalidad que entendida como negación de la sucesión, se afirma como retorno de lo mismo. Negado el pasado, imposibilitado el futuro solo tenemos la repetición de la realidad que es la barbarie. Cuando Sarmiento implanta el modelo civilizatorio, no vio que “civilización y barbarie eran una misma cosa”. Así, hay un destino prefijado que envuelve al hombre americano.









Tomado de:
SOLARI, Herminia: "Martínez Estrada y el eterno retorno de la pampa". En: Revista Agora Philosophica. Revista marplatense de filosofía VII n° 13, junio de 2006, pp. 89-96.

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