08 diciembre 2014

Libertad y seguridad, una relación amor-odio. Zigmunt Bauman




Libertad y seguridad, una relación amor-odio 


Zigmunt Bauman


La mayor parte del tiempo sufrimos, y todo el tiempo nos acosa el temor al posible sufrimiento ocasionado por las permanentes amenazas que sobrevuelan nuestro bienestar. Hay tres causas de las que tememos que descienda el sufrimiento: «la supremacía de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo» (así como las de otros seres humanos) y —de manera más precisa, dado que creemos mucho más en la posibilidad de reformar y mejorar las relaciones humanas que en la de sojuzgar a la naturaleza y poner fin a las flaquezas del cuerpo humano— «la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos» entre los seres humanos «en la familia, el Estado y la sociedad». Puesto que el sufrimiento o el horror al sufrimiento son una compañía permanente en la vida, a nadie debe asombrar que el «proceso de la civilización» —la prolongada y tal vez interminable marcha hacia un modo de estar-en-el-mundo que sea más hospitalario y menos peligroso— se enfoque en localizar y obturar esas tres fuentes de la infelicidad humana. La guerra declarada al malestar humano en todas sus variedades se libra en los tres frentes.Mientras que en los primeros dos ya se han logrado numerosas victorias, que desarmaron y dejaron fuera de combate a cada vez más fuerzas enemigas, es en la tercera línea de batalla donde el destino de la guerra está empatado y el fin de las hostilidades resulta improbable. Para librar a los seres humanos de sus temores, la sociedad debe imponer restricciones a sus miembros, pero los hombres y las mujeres necesitan rebelarse contra esas restricciones para seguir avanzando en pos de la felicidad. No es posible regular la tercera fuente de sufrimiento humano hasta hacerla desaparecer. La interfaz entre la búsqueda de la felicidad individual y las condiciones inusurpables de la vida en común seguirá siendo por siempre un escenario de conflicto. Los impulsos instintivos de los seres humanos chocan indefectiblemente contra las exigencias de la civilización empeñada en combatir y vencer las causas del sufrimiento humano.


Es por eso que la civilización es una transacción, insiste Freud: para obtener algo de ella, los seres humanos tienen que renunciar a otra cosa. Tanto los bienes que se ganan como los que se entregan a cambio son sumamente valorados y deseados con fervor; de ahí que cada sucesiva fórmula de intercambio no sea más que un arreglo pasajero, el producto de una transacción que nunca es plenamente satisfactoria para ninguna de las partes de este antagonismo que arde sin llama a perpetuidad. La discordia amainaría si fuera posible atender al mismo tiempo los deseos individuales y las demandas sociales. Pero esto no ocurrirá. A fin de lograr una vida satisfactoria —o soportable, vivible, para ser más exactos—, son tan imprescindibles las libertades de actuar según los propios impulsos, urgencias, inclinaciones y deseos como las restricciones impuestas en aras de la seguridad, ya que una seguridad sin libertad equivaldría a esclavitud, mientras que una libertad sin seguridad desataría el caos, la desorientación y una perpetua incertidumbre que redundaría en impotencia para actuar resueltamente. Pero ambas son y permanecerán por siempre irreconciliables.


A partir de estas premisas, Freud llegó a la conclusión de que las aflicciones y los malestares psicológicos provienen en su mayoría de la renuncia a una considerable porción de libertad a cambio de un incremento en la seguridad. Esta libertad trunca es la víctima principal del «proceso civilizatorio», así como el mayor descontento, el más extendido, endémico a la vida civilizada. He ahí el veredicto que pronunció Freud, recordemos, en 1929. Me pregunto si esa conclusión habría salido ilesa en el caso de que Freud la emitiera hoy, más de ochenta años después… y lo dudo. Si bien se habrían mantenido las premisas (tanto las exigencias de la vida civilizada como el equipamiento instintivo de los seres humanos legado por la evolución de la especie permanecen fijos durante largo tiempo y se presumen inmunes a los caprichos de la historia), es casi indudable que se habría revertido el veredicto… Sí, claro, Freud habría repetido que la civilización implica una transacción: ganamos algo a costa de perder otra cosa. Pero todo indica que habría situado el origen de los malestares psicológicos, así como de los descontentos que estos engendran, en el extremo opuesto del espectro de valores.Habría llegado a la conclusión de que el descontento humano con el estado de las cosas deriva principalmente de haber renunciado a demasiada seguridad a cambio de una expansión inaudita de la libertad. Freud escribía en alemán, y el significado del concepto que usó, Sicherheit, requiere de tres palabras, a falta de una, para traducir su pleno sentido: certeza, seguridad y protección.


La gran porción de Sicherheit que hemos cedido contiene la certeza respecto de lo que pudiera deparar el futuro y de los eventuales efectos de nuestras acciones; la seguridad de nuestras tareas vitales y nuestros lugares socialmente asignados, así como la protección frente al ataque a nuestro cuerpo y nuestras posesiones, que son su extensión. Pero la renuncia a la Sicherheit redunda en Unsicherheit, una condición que no se somete tan fácilmente a la disección y el escrutinio anatómico: sus tres partes constitutivas promueven el mismo sufrimiento, la misma angustia y el mismo temor, de modo que resulta difícil señalar con exactitud cuáles son las causas genuinas del malestar experimentado. La ansiedad es fácilmente imputable a una causa equivocada, circunstancia que los políticos actuales en busca de apoyo electoral podrán aprovechar muy a menudo en beneficio propio, aun cuando no necesariamente ello redunde en beneficio de los votantes.De más está decir que los políticos prefieren adscribir el sufrimiento de sus votantes a causas que ellos puedan combatir ante los ojos del público (como cuando proponen endurecer las políticas de inmigración y asilo, o bien la deportación de extraños indeseables), antes que admitir la causa genuina de la incertidumbre, que no tienen la capacidad o la voluntad de combatir, ni la esperanza realista de vencer (como la inestabilidad del empleo, la flexibilidad de los mercados laborales, la amenaza del despido, la perspectiva de ajustar el presupuesto familiar, el nivel inmanejable del endeudamiento, la recurrente inquietud  por el sustento para la vejez o la fragilidad general de las asociaciones y los lazos interhumanos).


Vivir en condiciones de incertidumbre prolongada o en apariencia incurable augura dos sensaciones similarmente humillantes: la de ignorancia (no saber lo que deparará el futuro) y la de impotencia (ser incapaz de influir en su rumbo). Y no cabe duda de que ambas son humillantes: en nuestra sociedad sumamente individualizada, donde se presume (contrafácticamente, por así decir) de que cada individuo carga con la plena responsabilidad de su destino en la vida, estas sensaciones dan a entender la incompetencia del afectado para abordar las tareas que otras personas, a todas luces más exitosas, parecen llevar a cabo gracias a su mayor destreza y empeño. La incompetencia sugiere inferioridad: y ser inferior ante la mirada de los demás es un doloroso golpe asestado a la autoestima, la dignidad personal y el valor de la autoafirmación. La depresión es hoy la dolencia psicológica más común. Asedia al creciente número de personas que en estos tiempos fueron incluidas en la categoría colectiva de «precariado», palabra acuñada a partir del concepto de «precariedad» en su denotación de incertidumbre existencial. 


Hace cien años, la historia humana solía representarse como un relato sobre el progreso de la libertad. Ello implicaba, en gran medida a la manera de otros relatos populares semejantes, que la historia se orienta de forma sistemática en la misma e inalterada dirección. Los recientes cambios del humor público sugieren otra cosa. El «progreso histórico» hace pensar más en un péndulo que en una línea recta. En los tiempos de Freud y sus escritos, la cuita más común era el déficit de libertad; sus contemporáneos estaban dispuestos a renunciar a una porción considerable de su seguridad a cambio de que se eliminaran las restricciones impuestas a sus libertades. Y finalmente lo lograron. Ahora, sin embargo, se multiplican los indicios de que cada vez más gente cedería de buen grado parte de su libertad a cambio de emanciparse del aterrador espectro de la inseguridad existencial… ¿Estamos en presencia de un retorno del péndulo? Y si en efecto es así, ¿cuáles podrían ser las consecuencias?









Tomado de:
BAUMAN, Zygmunt y DESSAL, Gustavo (2014): El retorno del péndulo: sobre psicoanálisis y el futuro del mundo. Bs. As. FCE, pp. 17-22.

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