30 octubre 2013

La profecía de los sueños. Pablo Maurette




La profecía de los sueños

Pablo Maurette


La antigüedad tardía, ese nebuloso paréntesis entre el nacimiento de Cristo y el inicio de la Edad Media, abundó en intelectuales fascinados por la magia y la adivinación, así como en místicos de variadas afiliaciones, paganos desesperadamente revisionistas, cristianos perdidamente helenizados, oradores desencantados y filósofos ritualistas. Tampoco faltaron hombres ilustrados que consideraron de capital importancia la interpretación de los sueños, aunque hiciese ya mucho tiempo que los griegos se ocupaban de esto. Allá en los albores de la civilización helénica, en el canto XIX de la Odisea, Penélope relataba a un forastero andrajoso un extraño sueño que había tenido en el que un águila descendía del cielo y mataba veinte gansos que estaban a su cuidado. El forastero, en realidad su marido Odiseo disfrazado, le decía que el sueño significaba que el legítimo rey de taca —es decir, él mismo— volvería y mataría a los pretendientes que pululaban por palacio con la intención de desposar a la sufrida reina. Penélope concluía inspirada: "Hay dos puertas por las que los sueños proceden, una de cuerno y la otra de marfil. Los sueños que salen por la de marfil son fatuos, pero los que proceden de la de cuerno significan algo para quienes los sueñan". Esta distinción entre sueños falsos y sueños verdaderos distingue sueños banales y sueños proféticos, y atraviesa toda la antigüedad.


El gran manual de interpretación de sueños, Oneirokritiká (La interpretación de los sueños), compuesto por Artemidoro en el siglo II, retoma esta distinción y funda sobre ella su propia teoría de los sueños. Artemidoro distingue al comienzo de su obra el sueño (oneiros) del ensueño (enupnion). El sueño es aquel que sale de la puerta de cuerno, aquel que es portador de una verdad. De hecho, dice Artemidoro haciendo malabares etimológicos que recuerdan a Platón o Heidegger, la palabra oneiros se compone de on, "ser", y eiro, "decir": el sueño dice lo que es, dice el ser. Ensueño o enupnion, por el contrario, proviene de otro término griego para decir "sueño" que es upnos, un vocablo que se asocia con la somnolencia, el letargo, un estado de modorra inconsciente al que Artemidoro relaciona con la puerta de marfil por la que atraviesan los sueños infantiles, inconducentes y baladíes.


Pero, ¿qué ser dice el sueño? "El sueño es un movimiento del alma que significa un bien o un mal por venir". El sueño es, entonces, por definición profético. La ciencia onírica se funda de este modo, en primer lugar, sobre la capacidad de distinguir sueños de ensueños, y en segundo lugar se ocupa de interpretar apropiadamente los sueños. Según Artemidoro hay dos tipos de sueños, los especulativos y los alegóricos. Los primeros se refieren a la inmediatez y no requieren de interpretación: un hombre se queda dormido durante un vuelo y sueña con que el avión cae al mar; el hombre se despierta sobresaltado por la pesadilla y se da cuenta de que la nave está, en efecto, cayendo en picada sin esperanza. Los sueños alegóricos, en cambio, no dicen lo que parecen decir y requieren de una mente avezada que los sepa develar. La obra de Artemidoro es, precisamente, una guía para la interpretación de los sueños alegóricos, de aquellas visiones proféticas que nos dicen una cosa por otra. Soñar que uno tiene pelo de cerdo, dice por ejemplo Artemidoro, significa estar en grave peligro, o soñar que le entran a uno hormigas en las orejas predice la muerte porque simboliza un hijo de la tierra que vuelve a la tierra. Como estos hay decenas de disparatados y arbitrarios ejemplos de interpretación alegórica de todo tipo de sueños, incluyendo un excursus sobre la significación de los sueños referidos al coito con la propia madre o con el padre.


También en el siglo II vivió otro hombre para quien el reino de los sueños, las aventuras oníricas y la interpretación de los oráculos habrían de convertirse en una obsesión. Orador itinerante y célebre exponente de aquel gris movimiento conocido como la "segunda sofística", Elio Arístides fue un hombre frágil, enfermizo y egocéntrico. En el medio del camino de la vida, viajando a Roma desde Asia Menor se enfermó y descubrió en la enfermedad un poderoso combustible para su creatividad ya agotada por años de plásticos discursos. Elio no se enfermó de algo, se enfermó de todo: males intestinales, respiratorios y musculares, entre otros, lo atormentaban alternativa y simultáneamente, razón por la cual decidió cambiar de rumbo y dirigirse a Pérgamo a pedir ayuda a Asclepio, el dios de la salud. Se instaló entonces en el templo y en las noches, en sueños, se le empezó a aparecer el dios salvador para revelarle tratamientos de lo más diversos contra sus muy diversas dolencias. Pero Asclepio también le ordenó que llevase un registro de sus sueños, un diario de noche, un "noctario", y Elio Arístides cumplió al pie de la letra.


Artemidoro, intérprete de los sueños.


Los Discursos Sagrados son el registro de cientos de sus sueños, la mayoría referidos a apariciones de Asclepio y a las recetas que le confiaba el dios. Abundan también los sueños paranoicos en los que Elio se ve perseguido por pandillas de bárbaros que lo quieren apuñalar y los sueños delirantes y egotistas en los que al soñador se le aparece Platón o el dios Hermes, augurándole éxito y venerándolo. Elio se consideraba un elegido, un hombre excepcional que tenía una relación íntima y personal con Asclepio, por lo que no sólo creía que los sueños eran proféticos, sino que consideraba que eran epifanías del dios destinadas a él y a nadie más que él. Un sueño en especial amerita ser reproducido pues en él la divinidad le revela al sofista el misterio inefable del universo. Se alzaba el lucero del alba en el cielo, estaba amaneciendo, cuando Elio soñó que estaba en un campo de su propiedad e iba por un sendero siguiendo el lucero del alba, que se levantaba guiándolo hacia Oriente. Junto con él iba Piraliano, un gran amigo suyo, habitué del templo y muy versado en los diálogos de Platón.


Bromeando, para hacer más amena la caminata, Elio dice a su docto amigo: "En nombre de los dioses, me puedes decir —¡estamos completamente solos!— por qué ustedes los platónicos son tan fanfarrones y quieren siempre dejar a todos estupefactos?" Piraliano ordenó a su amigo que lo siguiese hasta que en un momento le indicó un lugar en el cielo con la mano y le dijo: "Aquel que ves ahí es a quien Platón denomina el Alma del Mundo". Elio levantó sus ojos y vio a Asclepio. De más está decir que Elio se despertó estupefacto.


A comienzos del siglo V dC. Sinesio de Cirene escribió un magnífico y muy bello tratado acerca de los sueños, conocido por la tradición como el De Insomnis. Sinesio había sido discípulo de la infortunada filósofa platónica Hipatía de Alejandría, lapidada y desmembrada por una caterva de cristianos en 415, y su obra sobre los sueños es decididamente de corte teórico. De acuerdo con la tradición que lo precede, Sinesio no duda de que los sueños puedan ser proféticos y de que deban ser interpretados, la novedad de su obra es que se trata de una exhortación al lector para que no dependa de intérpretes o magos a la hora de dar sentido a los sueños.


Todos recibimos el regalo profético de los dioses en sueños, dice Sinesio, todos poseemos la capacidad de desvelar el enigma de las imágenes alegóricas que nos asaltan durante el estado de sueño profundo. Nadie nos puede quitar ese don, ningún tirano nos puede prohibir que soñemos, ninguna ley nos puede impedir que interpretemos nuestros sueños, pues la facultad adivinatoria es innata, es un tesoro invaluable que todos poseemos. Esta facultad, según Sinesio, se funda en la simpatía universal, aquel principio según el cual todos los seres del universo están en conexión los unos con los otros como partes de un mismo cuerpo. Dado que estamos ligados a las cosas por una fina armonía, el arte de dilucidar los secretos del mundo no nos es ajeno, sólo hay que cultivarlo.


Quien se ocupa de purificar el alma de las cosas materiales tiene más posibilidades de recibir oráculos en sueños; quien vive abrumado por los asuntos del mundo soñará nimiedades salidas por la puerta de marfil. Para Sinesio todas las cosas que son, han sido y serán —también el futuro es una fase de la existencia— proyectan imágenes, como un árbol proyecta su sombra. Las imágenes de cosas pasadas —aunque el tiempo las va desdibujando— y presentes son claras y distintas, pero las que proyectan las cosas que serán, dice con gran poesía Sinesio, "son más indefinidas e indistinguibles pues son las ondas anticipatorias de algo que aún no es presente, eflorescencias de una naturaleza prematura, acertijos de semillas rigurosamente almacenadas que vuelan como dardos hacia fuera". Al dormir estamos abiertos al mundo y el mundo nos susurra los secretos del devenir. La oniromancia es el arte de interpretar las imágenes portentosas que proyectan las cosas que aún no han sucedido. El camino al autoconocimiento al que exhortaba la máxima de Delfos —"conócete a ti mismo"— y al que convoca toda la tradición intelectual helénica no puede emprenderse con seriedad si se ignora aquel otro yo dormido y aquel otro mundo que habitamos en sueños. 









Tomado de:
MAURETTE, Pablo: "No sólo Freud leía los sueños". En Ñ, Revista de Cultura n°181. 17-3-2007, p. 12,13.