11 agosto 2013

Cautivas. Libertad Demitrópulos


Monumento a las cautivas en Corrientes

Cautivas

Libertad Demitrópulos



Uno de los problemas sociales y políticos que tuvo por escenario la frontera interior con el indio durante el siglo pasado es un campo de gran riqueza para la persona que investiga la literatura, fundamentalmente la narrativa, aunque también el tema haya interesado a la poesía. El origen del cautiverio de la mujer como prenda de canje, rescate o como objeto del deseo debe buscarse en la secular disputa por la posesión de la tierra desde la llegada de los conquistadores. Fue una experiencia límite vivida por miles de mujeres de la campaña argentina, también un campo de observación del comportamiento femenino en relación con un hecho de violencia en su más alta expresión ya que se trataba del cautiverio físico, mental, cultural, religioso y moral de mujeres que fueron arrancadas de su contexto histórico y social y abandonadas a su suerte, verdadera muerte en vida. Ese comportamiento puede ser seguido en diversas obras literarias donde las cautivas, salvo alguna excepción, llevadas por la desilusión que les produjo el abandono en el desierto por su propia sociedad de origen prefirieron seguir soportando la vida en las tolderías antes que volver avergonzadas, sin los hijos habidos con el indio, a integrarse a la comunidad que tan poco hiciera por recuperarlas.


Antecedentes

El problema de mujer cautiva quedó planteado desde el momento de la llegada de los españoles y sedujo desde el comienzo a escritores coloniales. Martín del Barco Centenera, en su poema La Argentina, permite leer un drama tensional protagonizado por la doncella blanca española y la mujer guaraní, víctimas ambas de la lucha por el poder y la tenencia de la tierra. Así describe a “aquesta Ana Valverde / de dorados cabellos maldiciendo / las flechas y los dardos, la crudeza / del indio Mañuá que así ha robado / al mundo de virtudes un dechado”. Pero también los blancos cautivaban a indias y del Barco Centenera aconseja que para apresar al indio “prenderles las mujeres que prendidas / darán en trueque de ellas dos mil vidas”. Hace observaciones sobre la intimidad del indígena con respecto a sus mujeres: “Es cosa de notar de aquesta gente / en cómo a su mujer ama el marido / que ni hijos ni padres, ni pariente / venir tras su mujer muy diligente / el indio con tristeza lastimera / por verse sin su dulce compañera”. Ruy Díaz de Guzmán, relata la historia de Lucía Miranda, mujer blanca proveniente del mundo llamado “civilizado” y Siripo su captor “bárbaro”. María, de La cautiva escrito por Esteban Echeverría es vista con los ojos de un romántico, pues ella no es solamente cautiva de los indios, de los cuales consigue liberarse, sino también de la tierra, de la extensión, del desierto y de su bárbara soledad. También José Hernández tiene su cautiva y en su poema Martín Fierro asoma una expresión nueva: la intervención de la identidad hispano-mestiza, puesto que esta cautiva es salvada por el gaucho Martín Fierro.




Cautivas de Marie Claire


Las cautivas de carne y huesoa


Hemos de circunscribirnos a la época de la Confederación Argentina que es cuando el problema se agudiza y las cautivas dejan de ser idealizaciones para transformarse en mujeres concretas, identificables, con nombre y apellido, originarias de lugares también concretos llamados Río IV, 25 de Mayo, Pergamino, Santa Fe, Bahía Blanca, Santiago del Estero, Córdoba, etc. El país se ha divido en dos áreas enfrentadas: la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires. Desatada la lucha entre porteños y federales, ambas políticas dieron como resultado la conformación de una tercera fuerza que había estado contenida, representada por la marejada de malones. El centro de operaciones de la embestida indígena era la hegemonía de Calfucurá. Dos políticas diferentes se delinearon: la de Buenos Aires que enfrentó los ataques con la misma intensidad y por medio de las armas, y la de la Confederación que buscó la negociación a través de hábiles intermediarios a fin de asegurar la paz con los caciques y sus tribus y afirmar la línea de frontera que había retrocedido donde se encontraba varias décadas atrás. Buenos Aires y la Confederación se acusaban de la responsabilidad de la guerra del malón. Los indios, por su parte, aprovechaban la coyuntura para intensificar sus ataques sin dejar de acordar con ambos bandos tratados beneficiosos para su política territorial y comercial, especialmente subvenciones en dinero y especies. Es entonces cuando una cautiva desde el desierto escribe una carta. Se trata de un valioso documento escrito por Paulina Belascuen dirigido a su hermano residente en Córdoba. La carta fue llevada a su destinatario por un amigo del indio en cuyo poder estaba prisionera. Dice: “Tierra adentro. Paulo Belascuen. Hermano: Te aviso la desgracia que hemos tenido, nos han llevado los indios de Baigorria a mí, a Micaela, Pepa, Sinforosa, Manuela, Alustiza, Hilaria y Secundina Pereyra. Te suplico, hermano, que te valgas del señor gobernador Díaz para que nos pida a Urquiza, y harás saber a mi tata cuanto antes para que se empeñe con el señor Taboada. Paulina Belascuen”. Esta carta hizo un largo y azaroso recorrido. Desde Tierra Adentro fue a San Luis, de allí a Córdoba, luego a Santiago del Estero y de allí a Paraná para llegar finalmente a San José, residencia de Urquiza. Pero Paulina Belascuen nunca fue rescatada. El historiador Juan Severino López dice que la invasión a 25 de Mayo significó el cautiverio de más de quinientas mujeres. “Lo más precioso de su botín era un lote de cautivas que habían apresado a orillas del pueblo aunque también capturaron algunas pertenecientes de familias principales”.


Los caciques Catriel y Calcufucurá habían derrotado a las huestes porteñas en Sierra Chica y el joven cacique Yanquetruz aniquiló por su parte a otro grueso de tropas dirigidas por el coronel Nicolás Otamendi. A continuación Calcufurá derrotó al general hornos en San Jacinto, lugar próximo al arroyo Tapalqué. Estos brillantes triunfos dieron tal prestigio a Calfucurá que la Confederación India por él organizada llegó a cubrir un área de más de 60.000 km2. Buenos Aires cambió entonces su política de guerra y entró en tratados de paz con los caciques Catriel y Juan Manuel Cachul, luego con Yanquetruz. Una maniobra para quebrar la gran Confederación India. Las cautivas se encontraban dentro de la política acordada por los gobiernos blanco e indígena. Si lograban entrar en alguno de los tratados de paz eran, no obstante, retenidas en el desierto para poder negociar ante cualquier fisura o mayor exigencia indígena. Y así envejecían en el cautiverio. Donde no había tregua –o sea, en las tribus de Calfucurá– imposible soñar con un rescate. Los gobiernos y la sociedad olvidaban a las cautivas. En su libro Del Plata a los Andes cuenta el escritor Arnold Mayer que al pasar por la desolada llanura de Santa Fe en un paraje llamado La Candelaria descendió en una posta. Allí “una vieja mujer, único habitante del bello sexo que habían perdonado del cautiverio los indios y dos hijos suyos, nos recibieron. Esta pobre mujer que había sido despojada de dos hijas suyas, inútilmente rogó a los salvajes la llevaran a las tolderías junto con ellas pero los bárbaros la despreciaron por su vejez. En cada invasión que hacen por allí, ella sale a preguntarles por el malogrado fruto de sus entrañas y a suplicarles de rodillas la lleven de esclava, pero en vano”.




Las Cautivas de Evariste Luminais


Cuando Lucio V. Mansilla visitó –para firmar un tratado de paz– la Tierra Adentro de los ranqueles y penetró hasta las mismas tolderías allí se encontró con numerosas cautivas pertenecientes a distintos caciques y capitanejos. Habló con ellas, les preguntó sus nombres y el lugar de origen. Muchas le contaron sus sufrimientos y cuando Mansilla interrogó a una de ellas cómo le iba, ésta le dijo: “Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las otras mujeres y las chinas me mortificaban mucho; en el monte me agarraban entre todas y me castigaban. Ahora, que ya el indio no me quiere, me va muy bien, todas son amigas mías”. La madre del cacique Baigorrita fue una cautiva natural del Morro, por eso Baigorrita tenía una fisonomía de tipo español. Al visitar el toldo de Epumer, Mansilla observó que este cacique tenía una sola mujer y varias hijas con ella. En el mismo toldo encontró otras cautivas y conversó con ellas: “¿Cómo les va, hijas? Muy bien, señor, contestaron. ¿No tienen ganas de salir? No, contestaron y se ruborizaron. Epumer dijo entonces: Si tienen hijos y no les falta hombre! Las cautivas añadieron: Nos quieren mucho. Una de ellas agregó: Ojalá todas pudieran decir lo mismo, gúeselencia!” Echeverría y Hernández hablan con compasión de la mujer cautiva, pero Mansilla, que convivió con ellas, que las conoció y trató a lo largo de su itinerario, informa sobre un número considerable presentándolas siempre como mujeres realistas descreídas del mundo llamado “civilizado”, superando la frustración y la esperanza de salir del desierto, dueñas de una gran capacidad de adaptación al medio en el que tuvieron que sobrevivir. En el entrevero de una lucha a sangre y fuego entablada entre las fuerzas del poder, ellas quedaban en medio del campo desvalidas, disponiendo apenas de sus cuerpos como único recurso de expresión y transacción. El desierto es el escenario donde la literatura, pero fundamentalmente la narrativa, capta una grieta del fenómeno bélico, un flanco donde la mujer es la víctima y el precio a pagar en el conflicto de poderes. Marginal de ambas fronteras, ella prefiere finalmente plantarse en la realidad y olvidar el mundo que la había olvidado.










Tomado de:
DEMITRÓPULOS, Libertad: “La mujer cautiva en la literatura argentina”. En FLECHER, Lea (1994): Mujeres y culturas en la Argentina del siglo XIX. Bs. As. Feminaria Editora, 159-165p.

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