18 julio 2020

Del monstruo bestia al monstruo individuo. Leda Rodríguez Jiménez




Del monstruo bestia al monstruo individuo


Leda Rodríguez Jiménez



Por ser intermediaridad entre dioses y humanos, el monstruo ha sido representado siempre de forma anamórfica: “sus cuerpos juntan, sin reducirlas a una, dos cosas imposibles de reunirse de otro modo: el reptil y el ave, la mujer y el león, el toro y el hombre (…), su ser es una torsión paradójica, una imagen perversa” (Molina, 1998) que se resiste al atributo, pues su identidad, además de la carencia de prosopolepsia (no es sujeto) registra la imposibilidad de definición; o sea, no es una cosa u otra, de modo que -agrega Molina- “su cuerpo es el equivalente gráfico de lo que en términos de discurso es un enigma”. 


Molina advierte que la traducción al latín de teras propuesta por Cicerón interpreta el signo como monstro, que quiere decir “muestra” y a partir de ahí la idea sagrada empieza a desvirtuarse de forma vertiginosa dejando al margen los motivos que la originaron. El concepto monstro no va a aludir únicamente a la idea de mostrar algo, sino que aparece intrínsecamente ligado a verbos como señalar, indicar o enseñar, acciones que en alguna medida permiten conservar los rasgos esenciales de su sentido original, así como esa alusión clara y directa al plano de la representación visual. Sin embargo, al verterse el signo en el campo de la imaginería, el carácter de efímero y de sacro trasmuta a símbolo del mal, desatino o figura fantasmagórica, entre otras. Esto quiere decir que teras, ahora convertido en monstro, se hace depositario del peso adjetival moralizante de “lo malo”. Será la Edad Media la época que se apropie de tal característica y empiece a poblar sus textos de representaciones consideradas monstruosas o, para ser más precisos, a construir relatos atestados de encarnaciones del pecado, entendido este como algo monstruoso. 


A este respecto, Michel Foucault (2007) señala que en el Derecho romano se distinguían con toda claridad dos categorías relacionadas con lo monstruoso. Por un lado la deformidad, la lisiadura y el defecto (deformes, lisiados y defectuosos se conocen como portentum u ostentum) y los monstruos. ¿Qué es lo que distingue a esta segunda categoría? Para Foucault, desde la Edad Media hasta el siglo XVIII un monstruo es esencialmente la mezcla de dos cosas: 


"La mezcla de dos reinos, animal y reino humano: el hombre con cabeza de buey, el hombre con cabeza de pájaro (…) Es la mixtura de dos especies (…) el cerdo que tiene cabeza de carnero es un monstruo. Es la mixtura de dos individuos: el que tiene dos cabezas y un cuerpo, el que tiene dos cuerpos y una cabeza, es un monstruo. Es la mixtura de dos sexos: quien es a la vez hombre y mujer es un monstruo. Es una mixtura de vida y muerte: el feto que nace con una morfología tal que no puede vivir, pero que no obstante logra subsistir durante algunos minutos o días es un monstruo. Por último, es una mixtura de formas: quien no tiene brazos ni piernas, como una serpiente es un monstruo. Transgresión, por consiguiente, de los límites naturales, transgresión de las clasificaciones, transgresión del marco, transgresión de la ley como marco: en la monstruosidad, en efecto, se trata realmente de eso ".

 
Nótese que el estudio que propone Foucault está acentuando que ese paso del griego al latín significó no solo despojar al concepto monstruo del atributo sacro, sino también convertirlo en figura jurídica, de modo que, además de representar una transgresión a las leyes naturales -manifiesta desde luego en el plano visual- el monstruo es también un transgresor de las leyes de la cultura o, para decirlo con mayor exactitud, de lo que se considera la Norma. El monstro es, para Foucault, combinación de lo imposible con lo prohibido. Su sola presencia en el mundo es ya una violación de las leyes naturales y sociales; por tanto, es la marca de la diferencia. 


Ahora bien, Jesús P. López (En: Piñol Lloret, 2015) observa que la Edad Media fue y sigue siendo en la imaginería textual y visual, el periodo por antonomasia de “lo maravilloso, de los prodigios y de lo extraordinario”. Literatura y arquitectura y, en general, casi toda actividad creadora están atestadas de seres fantásticos y monstruosos. Pero es, sin duda, Plinio el Viejo en el Siglo I d. C., quién con la enciclopedia Naturalis Historia realiza una descripción detallada de una serie de criaturas particulares de la animalística de su época, que servirán de modelo y referencia para los estudiosos del tema en los siglos posteriores. Autores como Isidro de Sevilla, en el Libro X de Las Etimologías propondría, a partir del estudio de textos antiguos –entre ellos el de Plinio- toda una taxonomía de las criaturas según el “canon de la normalidad”. Lo interesante del texto de Sevilla, según sugiere Marta Piñol LLoret (2016), no es tanto la clasificación que establece, como su advertencia de que si bien el monstruo subvierte las leyes naturales, “ello no implica una separación de la naturaleza pues no deja de formar parte de los designios divinos”. Esto puntualiza, a su vez, que si la naturaleza implica Orden, un error natural significaría Desorden, de modo que, “Orden y desorden asociados a la representación monstruosa serán clave para la mentalidad medieval (suscitando) un gran placer visual a los espectadores. De ahí que no deje de llamar la atención de estudiosos contemporáneos del medioevo la riqueza imaginativa respecto de seres sobrenaturales que poblará, por ejemplo, toda su cartografía. Océanos y tierras inhóspitas y desconocidas serán los escenarios por excelencia para la mostración de seres con anatomías del “desorden”. Las formas narrativas, que se presentan desde la Prehistoria misma como una constante entre los seres humanos y que de una u otra forma configuran nuestro pensamiento, se convierten en el terreno más fértil para el advenimiento de estos seres. 


De modo que, los “prodigios” medievales, ya sea como descripción en textos escritos, con presencia en representaciones ornamentales en capillas, iglesias, claustros y capiteles, en la pintura, en la cartografía y, desde luego en el relato oral, punto de partida de la institución literaria, encuentran su justificación estética, simbólica o alegórica en el deseo mismo del ser humano de mirar o imaginar aquello que subvierte el orden. Lo fascinante es que, algunas de esas formas monstruosas tienen su origen en o proceden de una metamorfosis. 


El hombre-lobo, figura arquetípica y tópico de las narrativas.


Si bien es cierto que toda la mitología grecolatina es fecunda en relatos sobre metamorfosis que llevan a los humanos –y también a los dioses, desde luego- a mudar sus carnes a todo tipo de animales y viceversa, interesa en este trabajo el abordaje de la licantropía como la mutación fantástica de mayor recurrencia en el folclore y la mitología de casi todos los pueblos del mundo occidental. Atañe, especialmente, la observación de las peculiaridades y los matices que desde esta se van a derivar a futuras representaciones de lo monstruoso. 


En su exhaustivo análisis y seguimiento del tema de la licantropía en Occidente, Jorge Fondebrider (2004) nos recuerda que: 


"Desde la Arcadia a la que cantaron Teócrito y Virgilio hasta el Norte helado de las sagas islandesas, desde la Irlanda de los santos hasta la lobreguez de los bosques bálticos, pasando por la Ucrania del príncipe Vseslav de Polock, la intolerante Suiza de Calvino, la violenta Alemania de Lutero, la Francia de las luchas religiosas, Galicia y Portugal; en síntesis, de uno a otro extremo del mundo occidental y desde mucho antes de esa Antigüedad que nombramos clásica, siempre ha habido hombres lobo….-Y agrega- Son una idea monstruosa, son el fruto de la imaginación, del miedo, de la noche y la ignorancia. Su realidad se apoya en una enorme variedad de ideas curiosas –y, en más de una oportunidad, absolutamente descabelladas–, que Occidente ha ido acumulando, a lo largo de más de dos mil quinientos años, en cientos de historias que, con justicia, merecen calificarse de maravillosas" .

 
La relación entre el ser humano y esta bestia en particular aparece mediada, en prácticamente todos los relatos, por aspectos que proceden del irrecusable poder de las fuerzas naturales sobre el ser humano o por el dominio de una maldición hecha sobre una estirpe, que generalmente es transmitida en relaciones de consanguinidad. En unas u otras siempre se produce una metamorfosis zoomórfica: el humano se transforma en lobo. Ese proceso -doloroso y terrorífico- se constituye como el fruto de la maldición y a la vez el don que le permitirá al humano salirse del ajustado corsé de la contención cultural para volcarse hacia su lado más salvaje y primitivo o, lo que es lo mismo, para convertirse en figura del desorden. 


Es, por cierto, en la mitología griega donde se suele registrar el origen de la leyenda con Lycaon, Rey de Arcadia que intenta engañar a Zeus para hacerle comer carne humana y el dios le castiga transformándolo en lobo. En el libro primero de Las Metamorfosis (Siglo VIII d.C) el poeta Ovidio retoma la historia poniendo la narración en boca del mismo Zeus y énfasis en el castigo y las implicaciones de la transformación: 


"Yo con mi justiciera llama sobre unos penates dignos de su dueño torné sus techos. Aterrado él huye y alcanzando los silencios del campo aúlla y en vano hablar intenta; de sí mismo recaba su boca la rabia, y el deseo de su acostumbrada matanza usa contra los ganados, y ahora también en la sangre se goza. En vellos se vuelven sus ropas, en patas sus brazos: se hace lobo y conserva las huellas de su vieja forma. La canicie la misma es, la misma la violencia de su rostro, los mismos ojos lucen, la misma de la fiereza la imagen es". 

 
Como bien se advierte en la elaboración discursiva del texto de Ovidio, la metamorfosis de Lycaon de todas luces aparece enmarcada únicamente en el aspecto formal, pues el discurso subraya que de sí mismo -y no de una bestia- extrae su boca de rabia, el deseo de matanza contra los ganados, la violencia, la fiereza, es decir, convertido en bestia, la esencia de Lycaon es la misma pues él es el paradigma de la bestialidad humana. Al igual que ocurre con los personajes que se construyen en otros relatos fundacionales –como Adán y Eva o Prometeo, por ejemplo- Lycaon se rebela a las ordenanzas desafiando al poder divino y, como corresponde a toda narrativa fundacional, la ley recae sobre él infligiéndosele la sanción punitiva. Lo curioso en este caso es que la némesis no hace sino liberar a la bestia porque, más allá del dolor físico, también exacerba los atributos presentes en su naturaleza salvaje. 


Observa Félix Bourquet (citado por Mar Llinares, 2014), que en la mayoría de los relatos sobre metamorfosis que se encuentran en las tradiciones mitológicas y folklóricas de diversas procedencias, a punto fijo el lobo es el animal más recurrente. Y es que este animal, por su misma naturaleza sangrienta y depredadora, ha representado para el ser humano, desde siempre, un grave obstáculo en la conquista de territorios. Además de ser un cazador habilísimo con capacidad de trabajo en equipo en la consecución del alimento, el lobo es un animal nocturno y gregario, por lo que resulta en extremo lógico que fuera incorporado a los relatos que expresan los temores más profundos del ser humano. Para decirlo en términos antropológicos, transformarse en aquello que se sitúa en las antípodas de todo lo que representa el Orden, la cultura, tendría en verdad una fuerte connotación moral que en la Edad Media serviría de justificación para castigos y suplicios que, paradójicamente, no van a hacer sino poner en evidencia la bestialidad misma de los humanos. 


Salvo algunas pocas excepciones, dentro de las leyendas de hombres-lobo que se registran, por lo menos en las tradiciones europeas antiguas, hay tres atributos que en conjunto o por separado parecen concurrir en la construcción de este personaje. El primero refiere a la importancia del ropaje del hombre para el retorno a la forma humana, además de anotar que en las metamorfosis a la inversa, las heridas infligidas al lobo van a aparecer también en el cuerpo del hombre. El segundo rasgo toca de lleno al lenguaje como condición humana. Esto es, pese a que aún convertido en lobo el personaje conserva rasgos humanos e incluso puede mostrar signos de consciencia, hay en los lobos-hombre una notable pérdida del lenguaje, que será sustituida, desde luego, por el consabido aullido. Por último, el mayor peligro que va a traer el hombre-lobo a los humanos es el mordisco, pues a través de éste mata, practica antropofagia y, sobre todo, contagia su condición de bestia. 


Sobre el primer rasgo, el Bisclavret imaginado por Marie de France (Siglo XII) en sus Lais, así como la narración que hace el personaje Niceros a Trimalción en el Satiricón de Petronio (recopilación de textos publicada en Italia en 1482) son dos ejemplos paradigmáticos. El conocimiento del que goza la mujer infiel sobre la importancia de las ropas del marido que se transforma regularmente en lobo –Bisclavret- es la chispa que enciende el brillo a su deseo de sacudirse de él. La mujer esconde sus ropas y el hombre queda convertido en lobo hasta que, con ayuda del Rey, la mujer es obligada a devolverlas y el lobo muda su semblanza en hombre. Algo similar pone en escena Petronio cuando Niceros narra a Trimalción que un soldado se desnudó y poniendo sus ropas a lo largo del camino se dispuso a orinar en círculo alrededor de ellas. Acto seguido vino la transformación. Al acercarse Niceros a recoger tales ropas se percató de que se habían vuelto piedra. “El círculo es el talismán –apunta Lecouteux (2005) sobre ello- cuyo poder se ve todavía aumentado por las virtudes apotropaicas de la orina. Así el soldado emplea todo lo necesario para proteger sus ropas” que serán nuevamente conditio sine qua non podrá retornar a su forma humana. De tal manera, se construye en estos relatos una relación estructural e imaginaria vestimenta-humanidad-cultura o, en su defecto y por oposición desnudez-animalidad-salvajismo. 


"En el desdoblamiento -agrega Lecouteux- el cuerpo queda como muerto, todos los textos lo repiten una y otra vez, es imposible despertarlo y, si nos referimos a la literatura de las visiones, esta “defunción” parece tan real que se enterraría el pseudodifunto si no hubiese un signo divino que hace que los presentes duden de la realidad. De este coma a la muerte entendida como petrificación no hay más que un paso (…) La transformación de las ropas en piedra es una forma de sustitución en la que predomina la semejanza del cuerpo abandonado por el alter ego con un cadáver". 


Esto quiere decir que, si en las metamorfosis del hombre lobo lo que se da es una especie de abandono del cuerpo humano y, por tanto la fusión de su “ánima” con la del cuerpo lupino, asistimos también a una imaginería que conecta de lleno la transformación con el miedo a la muerte. Una reflexión similar se encuentra en El libro de los símbolos (Kathleen y Ronnberg: 2011) donde se advierte que posiblemente “ninguna otra criatura nos haya incitado a establecer una comunión más mística con la naturaleza o un terror más abyecto de sus oscuras realidades que el lobo”, pues su aullido conjura no solo las vitales e instintivas energías propias del animal sino también paisajes oníricos que recuerdan que en ellos proyectamos “el anhelo por una (re) conexión con nuestra propia alma animal y el terror que sentimos de que el encuentro ocasionará la desmembración del yo”.
 

El segundo de los atributos recurrente en las narraciones de este tipo en alguna medida emparenta al hombre-lobo con la leyenda de los cinocéfalos. Para Paolo Vignolo (2007): 


"Entre todas las razas monstruosas que pueblan el ‘allá lejano’, los cinocéfalos ocupan un lugar destacado en el imaginario europeo, gracias a su relación privilegiada con el lenguaje. Ya en la Grecia antigua los humanos-cánidos representan los intermediarios míticos entre la palabra humana y el verso animal. Esa tradición se desarrolla en dos direcciones diferentes: por un lado el cristianismo medieval (influenciado también por leyendas chinas y mongolas) fomenta la visión de los habitantes de las fronteras remotas de la tierra como pueblos bárbaros –en cuanto incapaces de elaborar un idioma propiamente humano- y demoniacos, bandidos de la humanidad. Por el otro lado el humanismo renacentista, siguiendo la escuela cínica, retoma el sujeto de seres mitad perros y mitad humanos para abordar las paradojas del lenguaje...".


Estas leyendas que, según el autor, también armonizan las tradiciones occidentales con otras ubicadas más hacia el “lejano Oriente” (como pueden ser Siria e India o las tradiciones tártaras y chinas), deben sobre todo a los extensos catálogos de poblaciones fabulosas que conforman el Historia Naturalis de Plinio el Viejo, su transmisión a la Edad Media y el Renacimiento. En ellas estos seres aparecen representados como una especie de eslabón entre humanos y animales y se reconocen, ante todo, por “esa relación ambigua entre el acto de hablar y el de ladrar”. 

 
Vignolo insiste en recordar que en los imaginarios, los cinocéfalos son, a su vez, considerados justos y llegan a vivir hasta 200 años. Es decir, la raza de los hombre perro, seres a caballo entre la cultura -porque la reconocen- y la animalidad -porque la practican- establecen un puente entre dos mundos, dos espacios, dos imaginarios. Lo notable es que, al ser tomados como modelos para la vida cotidiana por la escuela cínica, que considera que los verdaderos sabios son aquellos que viven en los márgenes de la cultura, los cinocéfalos tuvieron una doble lectura por parte de la tradición cristiano-occidental: por un lado fueron un pueblo monstruoso -“cuyo aspecto físico abominable no es sino el reflejo de su comportamiento contra natura”- y, por otro, “un ser profundamente sabio (que puede cruzar las fronteras entre lo humano y lo animal, entre la vida la muerte)”.


Vignolo sugiere entonces que no se puede olvidar que para los griegos –y para prácticamente toda la epistemología occidental- el atributo que separa a los humanos de los animales es precisamente el lenguaje. “Dicho en otros términos, la frontera entre civilización y barbarie en la cultura griega es, ante todo, una frontera lingüística. Y los cinocéfalos, mitad hombres y mitad perros, son los habitantes de esa frontera”, que se comunican ladrando. El autor examina las investigaciones de Jurgis Baltrušaitis sobre las influencias orientales en la iconografía del fantástico medieval que revelan el miedo colectivo que invade toda la cristiandad europea a partir del Siglo XIII por la expansión de los mongoles. Ansiosos a su vez por conocer ese Alter Orbis que ha ejercido desde siempre una morbosa fascinación entre cristianos, se inician viajes y expediciones que traerán a Europa “el eco de mitos y leyendas aún desconocidas” que darán cuenta de pueblos caninos, de “hijos de lobos” que hablan lenguas guturales, “de idolatría, antropofagia y perversiones sexuales”.

 
Como puede apreciarse, salvajismo, antropofagia y, sobre todo, imposibilidad de proferir palabra alguna, son elementos que convergen en las narrativas y que, como se subrayó en párrafos atrás, están contenidos en el poema de Ovidio, un texto que, vale recordar, combina mitología e Historia, y es reconocido como obra cumbre y de referencia no solo dentro de la literatura latina, sino como verdadero clásico entre las narrativas occidentales. 


Respecto del tercer rasgo, es remarcable que aquello de que se valió el discurso científico para explicar racionalmente la sintomatología padecida y las características de los hombres que fueron vistos, juzgados y castigados por convertirse en lobos, cristalizaría a su vez en el atributo más representativo de los monstruos de esta estirpe en los relatos posteriores: su capacidad de contagio a través del mordisco. 


No son pocos los curiosos contemporáneos que han observado que junto a las leyendas sobre hombres-lobo aparecen escritos que tratan de informar sobre la forma de protegerse, evitar la “enfermedad” y hasta volverlos a la forma humana. Otros más bien intentan apartarse de la explicación sobrenatural para acercarse a una especie de comprensión pseudoclínica del problema, y ahí es donde aparecen tratadistas como el demonólogo Johan Weyer o posteriormente el neurólogo británico L. Illis, entre otros. En primer lugar se habla de la hipertricosis, una enfermedad asociada a la relación del ser humano con los lobos pues se caracteriza por producir en los cuerpos una vellosidad excesiva. Asimismo, las llamadas lesiones cartilaginosas y de médula ósea, que obligaron a los pacientes a desplazarse a cuatro patas, podría tomarse como una de las afecciones reales que pudieron alentar la aparición de relatos de este tipo. La porfiria congénita, otro malestar procedente de un gen recesivo que provoca, entre otras cosas, alucinaciones psicóticas e hipersensibilidad a la luz que obligaba a quiénes la padecían a hacer sobre todo vida nocturna, pudo igualmente estar relacionada con la leyendaiv. Por último, en algunas explicaciones se decía que la ingesta de cornezuelo, un hongo altamente tóxico que crece en las cosechas de centeno y de donde se derivaría el LSD, provocaba serias alucinaciones, histeria colectiva y paranoia, que hicieron que muchas personas experimentaran, a través de una especie de viaje lisérgico, la sensación de haberse convertido en lobos. 


El nacimiento del monstruo-individuo. 


El despunte de la ciencia moderna a lo largo de todo el Renacimiento aportó la curiosidad científica al tema de las monstruosidades y convirtió sus representaciones más pintorescas en materia viva para los futuros museos y las ficciones narrativas. Conforme la ciencia avanzó de la mano de la tecnología, el mundo se nutrió de artefactos que permitirían un acercamiento más “veraz” y “realista” en la construcción de nuevas modalidades de control sobre los “otros”, los “anormales”, los “monstruos”, tal fue el caso de la fotografía. 


Sin duda, la fotografía dermatológica, iniciada en 1864 por Alexander Balmanno y desarrollada posteriormente por los franceses Alfred Ardí y Aimé de Montméjá, vino a sentar las bases visuales para una cartografía de las lesiones cutáneas destinada a facilitar el diagnóstico de enfermedades futuras. “Significativamente –apunta Guixá Frutos (2016)- a popularidad de estas, a menudo escalofriantes, fotografías fue mucho mayor de lo habitual para el resto de las imágenes científicas, gracias al morboso interés de la sociedad decimonónica por lo raro y lo monstruoso (…) generando una nueva imaginería de la diferencia”. Guixá Frutos observa, asimismo, que con las posibilidades de la técnica, el otro dejó de ser un personaje exótico imaginable solo más allá de los límites trazados por los territorios conocidos para convertirse en un ciudadano más, cuyas deformidades lo situaban en el terreno de lo grotesco, por lo que pronto se convertiría en protagonista de ferias y espectáculos circenses de donde se desprendería toda una teratología de los born freaks. Las mujeres barbudas, los hombres elefante, los enanos o los gigantes se integraron a la modernidad “superando una tradición secular al trascender el mundo de la mitología y la imaginación (…) para convertirse en una persona enferma real y tangible”. El debate sobre los aspectos legales y morales en torno a estos sujetos caracterizados por infringir las leyes de Dios y de los humanos fue adquiriendo de a pocos una dimensión tan seria que puso a dudar tanto a legisladores como a figuras de orden religioso. En este sentido, los análisis de Foucault sobre Los anormales (2007), no pueden ser más certeros, pues, como sabemos, el filósofo arguye que la caracterización socio-cultural del monstruo responde a un problema jurídico-biológico.

 
A este respecto, resulta en extremo interesante prestar atención a cómo, más allá del tratamiento del monstruo en tanto corporalidad deformada, el alma monstruosa va sufriendo también sugestivas transformaciones a lo largo de los siglos y en estas el estudio de la Fisiognomía tuvo un papel estelar. No puede olvidarse que ya desde la antigüedad, médicos como Hipócrates o posteriormente Galeno habían aportado estudios y establecido taxonomías de los temperamentos de las personas a partir de aspectos físicos como la piel o los músculos, sin que esto respondiera necesariamente a una anomalía física. Y es ya desde el escrito más antiguo conservado sobre la materia: Physiognomonica, atribuido no sin cuestionamientos a Aristóteles, donde se podía rastrear la procedencia del uso de la analogía ser humano-animal. En el texto se define la fisiognomía como el “estudio de las disposiciones naturales del temperamento así como las adquiridas” y se observa que el examen fisiognómico “se lleva a cabo, en efecto, estudiando los movimientos, las posturas, los colores, los rasgos faciales, el cabello y su lisura, la voz, la carne, las partes del cuerpo y el aspecto de todo él”. El texto, con todo y las dudas que suscitó y sigue suscitando respecto de su autoría, serviría de senda para que futuros estudiosos como el italiano Giambattista della Porta (De humana physiognomonia) conocido como el más popular e influyente fisiognomista del Renacimiento, aportara nuevas y forzadísimas analogías entre el cuerpo humano y las plantas o entre cabezas animales y humanas. Además de tratar de sostener la correspondencia de las vicisitudes del alma y del cuerpo, della Porta practica abiertamente su pseudo “método deductivo” para referirse, entre otras cosas, a las supuestas características físicas y, por tanto, diferencias temperamentales entre italianos, franceses y españoles que, por descabelladas que parezcan, no están tan lejos de las formas estereotipadas de construcción de la alteridad en el mundo de hoy. 


Otros estudiosos como el francés Charles Le Brun o el suizo Johann Kaspar Lavater, conocido como el fundador de la morfopsicología, se servirán también de los datos provenientes de la observación de rostros y de la inferencia semiótica de (pseudo) Aristóteles y de della Porta para mantener hipótesis particulares sobre la analogía entre el ser humano y el animal. No obstante, ninguno de estos estudiosos pudo contar con la herramienta técnica que otros, como el galeno Guillaume Duchenne du Bologne tuvo a su alcance. Resulta claro que la fotografía, que aparece completamente al servicio de la ciencia y la documentación de la realidad, le sirvió a Duchenne para un estudio fisiognómico completo, pero ahora documentado con imágenes, en teoría más vivas y fidedignas que las ejecutadas por los pintores y dibujantes en el pasado, bajo el título Mecanismos de la Fisiognomía humana (1862). El estudio ejerció tal fascinación en su tiempo que impulsó al mismo Charles Darwin a escribir el ensayo The expression of Emotion in Man and Animals (1872) donde asocia emociones y estados de humor a la función de ciertos mecanismos musculares del rostro. Estamos aquí, pues, ante un dispositivo tecnológico que nace e inicia su desarrollo como dispositivo garante de “la verdad” de las cosas, los fenómenos y los acontecimientos. 


Esta promesa dada por la aleación de las leyes de la óptica y de la química que representó la fotografía, capaz no solo de atrapar la realidad sino de vencer los límites de la mirada, y justo en pleno auge del positivismo, abrió nuevos espacios para el registro metódico y científico de las perturbaciones, desórdenes y patologías de la psique, que espolearía el interés hacia nuevas modalidades para la construcción de lo monstruoso.


Lo paradójico aquí es que, incluso para tratar las aberraciones del alma, se hizo necesario poner en evidencia los signos visibles de la desviación en los cuerpos de los sujetos. Lo monstruoso no es pensable, ni decible, ni audible, pues para ser necesita ser visto, necesitó más del registro técnico fotográfico que de cualquier estudio científico para calar en los imaginarios sociales decimonónicos. Así como en épocas medievales fue necesario el testimonio de personas que juraban haber visto transformaciones de hombres en lobo o a mujeres brujas en estado de ingravidez para desencadenar la imaginación de la gente, después del daguerrotipo la “captura de la realidad” por la técnica certificaría la existencia real y tangible de lo monstruoso que, aunque estuviera anidado en el alma de las personas, tendría que ser legitimado de una u otra forma en el plano de lo visual.
 

Como contraparte a ello, resulta fascinante observar que el mismo contexto histórico también proporcionó las condiciones de posibilidad para que, siguiendo en el plano de la imagen, los románticos aportaran otra mirada sobre los enajenados. Es precisamente el artista romántico Théodore Gericault quien, bajo las órdenes de Etienne-Jean Georget, considerado uno de los fundadores de la psicología social, realiza una serie de retratos de modelos internados en la Salpêtrière, considerados representativos de alguna enfermedad mental. El trabajo, tan conmovedor como inquietante, muestra al individuo más allá del juicio social descalificador y fue considerado por el mismo Georget como una alianza entre el romanticismo y la ciencia empírica. 


Ahora bien, vale la pena considerar que la fotografía también empujó el nacimiento de lo que se va a entender como la identidad del monstruo moral, pero esta vez desde la clasificación policial y con miras al reconocimiento y control estatal de los individuos, especialmente los criminales. Es un policía con amplios conocimientos de medicina, estadística y demografía -Alphonse Bertillon- quien idearía todo un procedimiento de composición fotográfica que consideraba tanto el frente como el perfil del rostro y estaba destinado a producir la imagen más fiable para reconocer a los sujetos retratados. Paralelamente, el médico y criminólogo italiano Cesare Lombroso, representante del positivismo criminológico y también conocido como el fundador de la antropología criminal, publica en 1876 su Tratado antropológico experimental del hombre delincuente, en el que deduce, siguiendo un pseudo método deductivo-empírico bastante precarioix, que los criminales graves tenían en común una serie de rasgos genéticos manifiestos en la anatomía, más específicamente en los que definen su rostro. De hecho, Lombroso partía de una hipótesis drástica que afirmaba que el Homo delinquens era un individuo hipoevolucionado cuya criminalidad respondía a tendencias biológicas innatas, por lo que crea toda una tipología a partir de la cual se podían ligar los delitos con ciertas morfologías presentes en los rostros. Convencido de que el rostro es espejo del alma, estudió cientos de cráneos de criminales apegándose a las pautas de formato (encuadre, luz, fondo…) de Bertillon para dar un anclaje científico a su trabajo, que pronto tendría una importante difusión mundial y un peso considerable en la condena de cientos de supuestos criminales. Asimismo, la propuesta del criminólogo consideraría la posibilidad de detener “preventivamente” a los sujetos con apariencia delictiva antes de que cometieran los crímenes. 




Referencias.

FONDERBRIDER, J. (2004): Licantropía: Historias de hombres lobo en Occidente. Buenos Aires, Adriana Hidalgo. 

FOUCAULT, M. (2007): Los anormales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

GUIXÁ FRUTOS, R. (2016):  “Engendros humanos: la importancia del retrato científico del siglo XIX en la configuración iconográfica del monstruo moderno”. En: PIÑOL LLORET, M. (Comp.) (2016): Monstruos y monstruosidades: del imaginario fantástico medieval a los X Men. Buenos Aires, Sans Soleil.
 
LECOTEUX, C. (2004): Hadas, brujas y hombres lobo en la Edad Media (Historia del doble). Palma de Mallorca, El Barquero. 

LLINARES GARCÍA, M. (2014): “Lobishome. Las metamorfosis en lobo en las tradiciones europea y gallega”. En: Memoria y Civilización 17.  

MOLINA, V. (1998): “Idea del monstruo”. En: Escenes de l’imaginari: Festival Internacional de Teatre Visual i de Titelles de Barcelona. XXV aniversari. Barcelona, Diputació de Barcelona e Institut del Teatre. 

PIÑOL LLORET, M. (coord.) (2015): "La imagen del monstruo a través del tiempo: la representación visual de la creación singular". Revista Sans Soleil –Estudios de la Imagen- Vol 7. Universidad de Buenos Aires, Centro de Estudios de la Imagen Sans Soleil (CEISS). 

VIGNOLO, P. (2007). “Una nación de monstruos: Occidente, los cinocéfalos y las paradojas del lenguaje" En: Revista de Estudios Sociales No. 27. , Bogotá.


 

Tomado de:
RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, Leda (2020): "Del monstruo bestia al monstruo individuo: Un estudio genealógico de la monstruosidad en las tradiciones narrativas" En: Revista Estudios. Universidad de Costa Rica.
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Leda Rodríguez Jiménez es doctora, profesora Asociada en la Sección de Comunicación y Lenguaje de la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.


21 junio 2020

La ficción del testimonio. Ana María Amar Sánchez





La  ficción del testimonio


Ana María Amar Sánchez



Los relatos de no-ficción -testimoniales- no son simplemente transcripciones de hechos más o menos significativos; por el contrario, plantean una cantidad de problemas teóricos debido a la peculiar relación que establecen entre lo real y la ficción, lo testimonial y su construcción narrativa. Si bien está claro que tienen como premisa básica el uso de un material que debe ser respetado (distintos registros como grabaciones, documentos y testimonios comprobables que no pueden ser modificados por exigencias del relato), el modo de disponer ese material y su narración producen transformaciones: los textos ponen en escena una versión con su lógica interna, no son una "repetición" de lo real sino que constituyen una nueva realidad regida por leyes propias, con la que se denuncia la "verosimilitud" de otras versiones.


El texto de no-ficción se juega así en el cruce de dos imposibilidades: la de mostrarse como una ficción puesto que los hechos ocurrieron y el lector lo sabe (además sería imposible olvidarlo en casos como La noche de Tlatelolco u Operación Masacre) y, por otra parte, la imposibilidad de mostrarse como un espejo fiel de esos hechos. Lo real no es describible "tal cual es" porque el lenguaje es otra realidad e impone sus leyes a lo ficticio; de algún modo lo recorta, organiza y ficcionaliza. El relato de no-ficción se distancia tanto del realismo ingenuo como de la pretendida "objetividad" periodística; produciendo simultáneamente la destrucción de la ilusión ficcional -en la medida en que mantiene un compromiso de "fidelidad" con los hechos- y de la creencia en el reflejo exacto e imparcial de los sucesos, al utilizar formas con un fuerte verosimil interno como la novela policial o el nouveau roman. 


En el modo en que el relato de no-ficción resuelve esta lucha entre lo "ficcional" y lo "real" creo que está lo especifico de sus textos: el encuentro no da como resultado una mezcla (aunque sea posible rastrear el origen periodístico o literario de muchos elementos), sino que surge una forma nueva cuya especificidad se halla en la constitución de un espacio intersticial de choque y destrucción de los límites entre distintos géneros. Esta perspectiva es la que explora Rodolfo Walsh a partir de Operación Masacre y es la que durante los '60, junto con otras formas de vanguardia, intenta la ruptura con la narrativa anterior. En la Argentina el proyecto de Cortázar -su reflexión sobre la escritura y la experimentación sobre el lenguaje- es alternativo con el de Walsh y quizá se encuentre aquí el verdadero corte en la medida en que fue Walsh quien pensó en un cambio radical de las formas, en un nuevo modo de producir, construir y leer la literatura. Las dos posturas, los dos programas, quieren definir una propuesta alejada del realismo; por ese motivo no es sorprendente que en un autor como el mexicano Vicente Leñero confluyan ambas líneas simultáneamente. En efecto, la conexión entre formas narrativas muy formalizadas y la no-ficción se vuelve necesaria en tanto que los relatos con una fuerte legalidad interna desmienten toda posibilidad de pensar el lenguaje como pura transparencia. 


Por otra parte, la condición renovadora del género no se encuentra sólo en el uso de códigos marginales o poco prestigiosos, sino especialmente en el modo en que ponen en práctica las reflexiones de autores como Benjamin y Enzensberger; ellos vieron las posibilidades que proporcionan los nuevos medios técnicos para adecuar la obra artística a las actuales condiciones de producción: por eso puede pensarse ala no-ficción como un uso de las formas de reproducción mecánica y de sus técnicas (periodismo, fotografia, reportaje, grabaciones, etc.) no masivas entendiendo este término en el sentido de repetición convencional de clisés, consumo alienado y recuperación despolitizada de toda diferencia. Si en los medios se trata de construir un sistema de estrategias que produzca un "efecto de verdad" -una tranquilizante verosimilitud-, el relato de no-ficción, por el contrario, organiza un espacio "desmitificador", fracturado en la medida en que se juega siempre en los bordes, en los márgenes de las formas, de lo literario y lo politico, de lo imaginario y lo real. Planteado como un espacio de confluencia de diversas líneas, nunca es neutral porque trabaja la lucha y la contradicci6n: muy determinado por la escritura ya que señala continuamente su condición de testimonio y de investigación escrita, sin embargo la fuerte presión de lo fáctico no hace más que negar su autonomia literaria y remarcar su dependencia de y su conflicto con lo real.


En tanto se plantea  la no-ficción como un espacio de equilibrio inestable, sigue sin explicarse su especificidad y, sin embargo, tiene rasgos propios que lo definen y evitan la falsa antinomia de plegarlo a la novela o al reportaje; esta oscilación no reconoce ningún mecanismo formal común a todos los textos de no-ficción ni tampoco explica las diferentes inflexiones que adquiere el género en la producción de cada autor. La crítica, presa en este vaivén que mantiene la vieja distinción entre forma y contenido -técnicas y material testimonial-, no puede pensar el espacio de la no-ficción como un campo donde se constituye una diferencia, y sólo atina a describirla y clasificarla.


Creo, sin embargo, que dos elementos la definen y señalan su ambigua posición intersticial: uno es la interdependencia formal que existe entre los textos de no-ficción y el resto de la producción de un mismo autor. Los mecanismos de escritura de cada uno de ellos configuran una cierta unidad y provocan una "contaminación" textual y una elección de códigos que explica cómo dos rigurosas investigaciones sobre crímenes producen un relato policial en el caso de Walsh y una narración con las ambigüedades del nouveau roman en Leñero.


El otro elemento delinea -también formalmente- lo que tienen en común todos los relatos de no-ficción y es índice de su especificidad y de su diferencia con la crónica o Ia historia: se narrativizan o ficcionalizan las figuras provenientes de lo real que pasan a constituirse en personajes y narradores. Se los lleva a primer plano, se los "enfoca de cerca", individualizando y volviendo sujetos a aquellos que en un informe periodístico quedarían en el anonimato. Las categorías narrativas de personaje y narrador están aquí profundamente contaminadas de elementos referenciales que se "literaturizan" en el texto, son ejes que permiten el pasaje de lo real a lo literario y participan de ambos al mismo tiempo. Puede verse entonces cómo también en la organización formal interna se constituye un espacio de confluencia, porque esta subjetivización de los personajes y de los narradores los sitúa tanto en el campo de lo real (al que pertenecen y de donde provienen) como en el narrativo; es en ellos, por lo tanto, donde se genera la verdadera ruptura de los límites entre ambos campos. En verdad, más que un oscilante tratamiento que haría de ellos unas veces seres ficticios y otras "retratos" de personas reales, se produce un encuentro simultáneo de los dos componentes en la construcción de esas figuras que hay que leer como pertenecientes a los dos espacios. La posibilidad de una alternancia entre un punto de vista interno y otro externo en la narrativa queda transformada en la no-ficción por la superposición coincidente de ambos en los sujetos del texto.


Si esta simultaneidad es entonces el rasgo especifico de la no-ficción y se condensa privilegiadamente en la u6construcción de los sujetos, el género se distancia en esto del periodismo, cuya supuesta imparcialidad se traduce en la desaparición de la figura del sujeto y en una perspectiva alejada, niveladora y uniforme de los protagonistas que suelen reducirse a nombres y quedar privados de su palabra, sometida por el lenguaje convencional del código.


En los relatos de no-ficción se mantiene el compromiso con lo testimonial, pero los hechos pasan a través de los sujetos: ellos son la clave de la transformación narrativa; su participación en los sucesos este respetada pero se expanden tanto sus actos y sus palabras que concentran toda la acción. Frente a la generalización distanciadora del periodismo y la historia, la no-ficción trabaja metonímicamente enfocando de muy cerca fragmentos, personajes, narradores, momentos claves y provocando esa "ficcionalización" que establece el puente entre lo real y lo textual. Un fragmento de El entierro de Cortijo, relato de no-ficción de Rodriguez Juliá, resume de modo ejemplar esta diferencia: "Por acá los muchachos de la prensa ya abordaron cámara en mano el pick up que les ofrecerá una perspectiva privilegiada, aunque impotente para captar en toda su plenitud la diversidad humana del entierro. Las tomas panorámicas niegan las individualidades [...] mala cosa esa". "Pero ocurre que la multitud resulta incapaz de posar [...] No, es imposible, tendrá que volver a los rostros, a los individuos, para que esto signifique algo". 


Significar, construir sentido, contar se hace desde adentro, en el espacio de los hechos y el narrador diferencia a la prensa, subida -distanciada- en una camioneta, de él mismo mezclado, empujado, viviendo con la multitud el entierro. El cronista "se ficcionaliza" y "ficcionaliza" a los asistentes y a Cortijo en la medida en que todo el relato pasa por él, por su posición de sujeto que escribe, por su perspectiva en la que cobran importancialos gestos, las actitudesy los recuerdos de los otros sujetos. De este modo el texto funciona como una instancia transformadora que actúa entre los sucesos y el lector: lejos de ser un informe escueto, objetivo, lo lleva al centro de lo ocurrido, le permite acompafiar al periodista que lucha por no ser aplastado por la muchedumbre, que ve de cerca a todos y que se siente implicado en los acontecimientos. Por otra parte, este proceso de subjetivización que se ejerce sobre el narrador y el personaje incide en el enfoque de los sucesos que se vuelve más cercano y "personal"; en este sentido pueden pensarse Fuerte es el silencio y La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska: los hechos -en su mayoria muy conocidos a través de la prensa- llegan al lector reconstruidos por la experiencia de los protagonistas.


Vicente Leñero: los trabajos de un periodista.


Los tres relatos, Los periodistas, Asesinato y La gota de agua, dan cuenta de diversos modos de la expansión de los sujetos en la no-ficción. En el primero cobra importancia el periodista narrador hasta el punto de constituir una entidad casi ficcional: su perspectiva y su participación en el conflicto del diario Excelsior son el hilo conductor del relato al que se anudan los sucesos. Las circunstancias personales y sus proyectos literarios se unen al episodio con el que este profundamente comprometido, de modo tal que no sólo funciona como un narrador personaje, sino que también diluye toda pretensión de objetividad acercándose cada vez mas a lo novelístico. El capítulo "Farsa" dramatiza y condensa este fuerte acercamiento a lo ficcional porque está construido por dos líneas contrapuestas: el testimonio (memorandos y documentos citados textualmente) y un diálogo imaginario y paródico entre algunos implicados en los hechos.


El procedimiento se exaspera en La gota de agua, donde un episodio de la crónica diaria -la falta de agua en la ciudad de Mexico en enero de 1982- este contado exclusivamente a través de la experiencia subjetiva del narrador, convertido en personaje protagónico. Vicente Leñero, su vida privada y su profesión de escritor y periodista están en primer piano y de este modo el relato se convierte en un ejemplo extremo de la condición metonímica de la no-ficción: todo el problema de la ciudad pasa por un episodio individual, por las dificultades personales del narrador que sufre un proceso mayor de "ficcionalización" cuanto más se torna el centro del relato. Sin embargo, aun transformada se mantiene la intención periodística de denunciar e informar sobre un estado de cosas intolerable; incluso puede pensarse, a partir del relato mismo que éste surgió como una alternativa desplazada -y opuesta- a un proyecto anterior: "Propuse por tercera vez la elaboración de un reportaje sobre la escasez de agua en la metrópoli ...", dice el narrador y se extiende en un informe riguroso y objetivo de la situación. En realidad, no hace más que exponer, como en una puesta en abismo, el núcleo -invertido- de su relato, el extremo contrario de esa narrativización obtenida por medio de la subjetividad más absoluta del periodista narrador.


Por el contrario, Leñero ha trabajado en Asesinato -también extremándola- la otra posibilidad del discurso no-ficcional: la subjetivización de los personajes; desde el prólogo, en que plantea el texto como una investigación objetiva basada en material de entrevistas y documentos, evita el yo y se menciona como "el autor de este libro", es aquí el periodista investigador que mantiene "la postura neutral de un simple relator". Crece de este modo el espacio de los protagonistas convertidos casi en personajes de ficción. Asesinato pone en escena y dramatiza -al reunirlas y enfrentarlas- las diferencias entre el periodismo y la no-ficción, porque distingue entre "historia periodistica", informe objetivo y lineal de los sucesos y sus antecedentes en el que se los expone escuetamente junto con la documentación y "a novela del crimen" donde todo se vuelve a narrar "novelizado"; el relato contaba otra vez lo mismo desde otro lugar -el de la no-ficción- llevando "a escena" a los protagonistas y sus contradictorias versiones de lo ocurrido: todo se organiza sostenido por el suspenso y el texto se demora en diálogo y detalles que multiplican el espacio de los "personajes".


Entre Los periodistas y Asesinato Leñero explora las posibilidades máximas de ficcionalización de los sujetos desde el narrador alos protagonistas; en este sentido la comparación de los prólogos resulta explicita: el del primero está escrito por un sujeto que reitera la forma pronominal yo, firma V.L. y "se siente obligado a asumir con plenitud su relato", mientras que en el de Asesinato domina una forma neutra e impersonal que se empeña en "mantener el máximo grado de objetividad". Sin embargo, los dos prólogos insisten en la condición novelística del relato como también en su rigurosa sujeción a los acontecimientos: hay una conciencia clara de que los textos se producen en ese cruce de lo documen tal y su "ficcionalización" y de que ambos términos gravitan y se afirman en mayor o menor medida para construir "novelas sin ficción". 


Jorge Semprún: ¿Autobiografía o biografía no-ficcional?


Uno de los relatos de no-ficción que produce un efecto mayor de subjetivización es posiblemente Autobiografia de Federico Sanchez porque se constituye -gesto característico del género- por el encuentro de varios códigos: el testimonial, el novelístico y el autobiográfico y el peso de este último determina que la transformación del material se realice a través del narrador testigo protagonista. De este modo el proceso de subjetivización se produce simultáneamente en los dos términos: el narrador y el personaje en la medida en que ambos desdoblan -y unifican- al autor real; el "yo" (narrador J. Semprun) y el "t" (personaje F. Sanchez) ejercitan todo unjuego de repeticiones y desdoblamientos.


En consecuencia, el texto no hace más que dramatizar y extremar la constante ambigüedad característica de la autobiografía (ya sea contada por un yo o una "tercera persona")": ¿Quién es yo?, ¿Cómo se relaciona con el autor real? En este caso pasan a primer plano el yo y el tú ya "ficcionalizados" en la medida en que son un material textual transformado de un Jorge Semprún, autor real, quien fue protagonista y testigo de los hechos narrados protegido por una doble identidad -la de Federico Sánchez- utilizada en su actividad política clandestina. La red que entreteje esa figura, que es uno y dos al mismo tiempo, reconstruye la crónica política del partido, su modo de operar, sus disensiones internas, pero esa historia este trabajada también metonímicamente porque se filtra a través de las escenas y recuerdos individuales del narrador personaje, convirtiéndose en su historia con y en el Partido Comunista español.


Se acentúa así la subjetivización por el peso que ejercen las marcas del discurso autobiográfico: los personajes históricos, los hechos, los testimonios se contaminan de "ficcionalidad" como el mismo texto lo señala en un leitmotiv con el que también se abre y cierra el relato: "Si estuviera escribiendo una novela, podría terminar contando [...] Pero no estoy escribiendo una novela [...] estoy retratando seca y escuetamente lo que ocurrió". Sin embargo, la escritura contradice sistemáticamnte esto porque la narración no es seca ni escueta, trabaja la memoria, los racontos, el placer de los detalles, las anécdotas mínimas y porque además hace aquello que le niega al testimonio y que le atribuye a lo escrito: "Si estuvieras en una novela, si fueras un personaje novelesco, seguro que ahora te acordarías [...] no estás en una novela. Estás cerca de Praga", pero el recuerdo se extiende y no hace otra cosa que afirmar su condición de relato, minar y mezclar los márgenes que separan lo real de lo textual. Autobiografia podría pensarse como un caso extremo de desarrollo de esa subjetivización que narrativiza el testimonio y en este sentido estaría en una relación de diferencia y complementariedad con un texto como La noche de Tlatelolco, armado exclusivamente con fragmentos testimoniales. Sin embargo, a pesar de esta diversidad de sus modos de subjetivizar, ambos reiteran un trabajo metonímico sobre el material, recortan de una historia más general y despersonalizada zonas que amplian, acercan y sobre las que concentran la actividad de transformación textual.


Rodolfo Walsh: un detective de novela. 


Walsh construye en Operación Masacre, Caso Satanowsky y ¿Quien mató a Rosendo? a un narrador detective periodista que duplica y "ficcionaliza" al autor real; especialmente en el primer texto a partir del prólogo (que es casi un pequeño relato en sí mismo) la figura de ese narrador se expande y cumple todas las funciones: narra, entrevista, denuncia y sostiene como un hilo conductor su búsqueda de "una verdad oculta".


Para constituir este sujeto textual se superponen elementos provenientes de un Walsh real y de un detective literario en la medida en que sus "aventuras", éxitos y fracasos en la investigación señalan su parentesco con Marlowe, ese héroe -o antihéroe- que Chandler delineó para la novela dura. A su vez, el relato se concentra permanentemente sobre los protagonistas, el narrador se ocupa de ellos, de sus pequeñas acciones cotidianas mientras atomiza y fragmenta los episodios fundamentales al seguir a cada personaje en particular: la narración de los fusilamientos en Operación Masacre, por ejemplo, se focaliza sucesivamente en cada víctima "Giunta camina a los tumbos, mirando hacia atras, con un brazo a la altura de la frente [...] Livraga se va abriendo hacia la izquierda, sigilosamente [...] Rodríguez camina pesadamente por el terreno accidentado y desconocido [...] La tricota de Brian brilla, casi incandescente de blanca"; en este último caso, el tejido funciona como un signo privilegiado, paradigmático del relato porque como elemento mínimo asume la representación del todo: la tricota blanca del inocente Brian es el blanco perfecto y más representativo del conjunto de las víctimas. Del mismo modo en Caso Satanowsky la narración logra el suspenso porque se demora en los momentos previos al asesinato vistos a través de los diferentes testigos.


Walsh produce una permanente articulación entre el material documental -reportajes, testimonios, informes policiales- y la "reconstrucci6n de los hechos"; su narrativización a través de la figura múltiple del narrador periodista detective "ficcionaliza" a los protagonistas y al Walsh escritor cuyas investigaciones "en la realidad" también se duplican en el campo textual: aquel detalle aparentemente insignificante puede dar una clave y permite enfrentar lo increíble y efectivamente acaecido (de esto se ocupa su no-ficción) con lo verosímil falso (que se registra en la información oficial y en la prensa); de este modo se encuentran otra vez cuestionadas por el género las categorías de "verdad" y "realidad".


La subjetivización, ya sea de personajes y narradores (Semprún, Walsh, Leñero) o de los protagonistas en particular (Poniatowska), es siempre el rasgo constitutivo esencial que permite el juego entre lo ficcional y lo real. Es decir, un similar mecanismo constructivo determina su pertenencia a una forma discursiva -la no-ficción-, sin embargo son notorias las diferencias entre estos relatos; que sostiene, entonces, la diversidad entre los textos para producir tal disparidad entre Asesinato y Operacidn Masacre, por ejemplo, ambos centrados en la investigación de un crimen y la búsqueda de los culpables.








Tomado de:
AMAR SÁNCHEZ, Ana María (1990): "La ficción del testimonio". En: Revista Iberoamericana Vol. LVI, N° 151. University of Pittsburgh, pp. 447-461.

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Ana María Amar Sánchez es Ph.D. por la Universidad Nacional de Buenos Aires y profesora de literatura latinoamericana y teoría literaria en la Universidad de California-Irvine. Es autora de El relato de los hechos.

06 junio 2020

Revisar el canon literario. Genara Pulido Tirado




Revisar el canon literario


Genara Pulido Tirado

 

Una de las consecuencias más directas de la revisión del canon ha sido la publicación en las últimas décadas del siglo XX de importantes estudios sobre la literatura colonial, de cronistas—se trata de explorar las etapas fundacionales del imaginario americano—y de figuras importantes del barroco—las polémicas entre al barroco y el neobarroco siempre han puesto de manifiesto el difícil dilema que se produce a nivel crítico cuando se trata de reconocer la deuda con el poder colonial y reivindicar lo propio como específico—. Todo ello ha conducido, además, al debate sobre las literaturas nacionales y a la reivindicación y estudio de la cultura y la literatura de diversas comunidades indígenas, negras o mestizas.


El texto literario no es un ente aislado. En tanto que está en permanente contacto con otros discursos y formas culturales, se altera la visión tradicional de los géneros literarios. En primer término, se produce la irrupción en el campo de estudio de manifestaciones desdeñadas hasta época reciente como las fotonovelas, las revistas, las tiras cómicas, el cine, la música y los bailes populares. Por otra parte, la tríada genérica tradicional se ve renovada en tanto que la narrativa presenta nuevas características y nuevas manifestaciones —como el cuento o el microrrelato—, la poesía se manifiesta tanto en su vertiente lírica como prosaica, y el teatro asiste a una serie de cambios que lo convierten en una manifestación postmoderna por excelencia puesto que se adapta al apasionante mundo del espectáculo.


La entrada en escena de la cultura en el ámbito de los estudios literarios es un factor que actúa de forma decisiva en el cuestionamiento del canon literario latinoamericano. Este cuestionamiento es positivo siempre que se actúa con criterios y no de forma indiscriminada reivindicando todo lo marginado por las instituciones y la crítica literaria y académica por el mero hecho de haberlo sido y no por sus valores estético-literarios. Los estudios sobre el canon se pueden dividir en tres ramas: los descanonizadores, esto es, aquellos que han pretendido desmitificar obras concretas o bien la institución literaria misma; los canonizadores, que son los que han llamado la atención sobre manifestaciones olvidadas como las literaturas regionales, indígenas, negras, o escritas por mujeres; y estudios sobre el canon actual ya que, una vez que se ha cobrado conciencia de que todo canon es una imposición social generada por un grupo dominante y por intereses ideológicos concretos, la responsabilidad del estudio de la literatura aumenta de forma considerable.

  

En América Latina el interés por esta cuestión tiene unas raíces hondas puesto que la dependencia colonial conlleva el cuestionamiento de los modelos canónicos que se imponen desde la metrópoli, los cuales, ya en un primer momento, aplican violentamente un modelo supuestamente universal (europeo) despreciando la tradición oral de las literaturas indígenas. Pero, por otra parte, hay que destacar que dentro del mismo subcontinente se producen marginaciones que tardarán en ser rectificadas como el abandono y posterior reconocimiento de la literatura de Centroamérica. Cuando se empieza a hablar de crisis de la crítica literaria se comienza a contemplar también la crisis del concepto de literatura. La nueva literatura que surge de este contexto exige una nueva relación con el lector debido a que ya no se considera que el fenómeno literario esté constituido única y exclusivamente por el lenguaje.

  

Walter Mignolo, latinoamericano afincado en Estados Unidos, ha abordado la cuestión del canon de forma exhaustiva y en relación a América Latina. Partiendo de la idea de que una de las funciones principales de la formación del canon, literario o no, es asegurar la estabilidad y adaptabilidad de una comunidad de creyentes, considera oportuno diferenciar, cuando el problema del canon se relaciona con actividades disciplinarias, los aspectos vocacionales y los aspectos epistémicos o disciplinarios de la formación del canon. En Latinoamérica el canon oficial se forma basándose en la lengua y en los valores de las culturas colonizadoras más importantes, la española y la portuguesa, e ignorando las culturas amerindias, lo que se puede observar fácilmente en las primeras historias literarias del subcontinente americano. Ahora bien, los debates sobre la formación del canon se desarrollan en tres niveles:

 

“A nivel vocacional, un canon literario debería verse en el contexto académico (¿qué debería enseñarse y por qué?). A nivel epistémico, la formación del canon debería analizarse en el contexto de los programas de investigación, como un fenómeno que debe ser descrito y explicado (¿cómo se forman y se transforman los cánones?, ¿qué grupos o clases sociales esconde el canon?, etc.). A nivel de las fronteras culturales, un canon debería considerarse como relativo a la comunidad y no como una relación jerárquica respecto a un canon fundamental, ni tampoco dentro de un modelo evolutivo en que los ejemplos canónicos se convierten en el paraíso al que aspiran las literaturas y en medida de la organización jerárquica” (Mignolo, 1991).

  

Diferenciar estos niveles es importante ya que deben permitirnos evitar proyectar los valores del llamado primer mundo sobre el llamado tercer mundo así como minusvalorar los criterios del tercer mundo comparándolos con los del primero, lo que se puede lograr acudiendo a descripciones epistémicas de la literatura que puedan diferenciarse claramente de las definiciones vocacionales. La literatura, desde esta perspectiva, debería entenderse como una práctica discursiva regional, y la formación y transformación del canon como un subsistema dentro del sistema.

 

La enseñanza de la literatura del tercer mundo (América Latina) que se da en el primer mundo (Estados Unidos) se produce en términos de colonizado y colonizador, hecho que sólo puede corregirse reconociendo que existen otras alternativas a la integración de la periferia en el centro y que enseñar la habilidad de leer es distinto a la habilidad de leer un conjunto de textos canónicos, esto es, textos seleccionados por ser portadores de determinados valores estéticos, étnicos o tradicionales.

 

Entendida la formación del canon en los estudios literarios como una manifestación de «la necesidad de las comunidades humanas de estabilizar su pasado, adaptarse al presente y proyectar su futuro» (Mignolo, 1991), nos seguimos encontrando con el hecho de que en una sociedad plural el canon, para los que representan el poder, es distinto al canon de las comunidades marginadas. Pero la crítica literaria debería estudiar no sólo la vertiente epistémica del canon, sino también la vocacional, lo que conduciría a sustituir los problemas normativos relativos a la formación y transformación del canon por explicaciones que contemplen las condiciones en las que se forman y transmiten los cánones, esto es, «Preguntas como quién decide por quién y por qué debería leerse un grupo de textos determinado tomarán el lugar de preguntas como qué se debería leer» (Mignolo, 1991).

  

Pocos años después, Mignolo vuelve a abordar el tema atendiendo ahora al auge de los estudios sobre la cultura, en los que se produce un proceso parecido al que se detecta en los estudios literarios: las «esencias» culturales no están representadas por un canon, sino que son «creadas» y mantenidas por él. A la preocupación por la noción de lo literario se une la del límite de la noción de lo latinoamericano, puesto que Latinoamérica sobrepasa la América Hispana y Portuguesa e incluye el Caribe español, francés e inglés, e incorpora también las literaturas fronterizas de Estados Unidos escritas tanto en español como en inglés. En cuanto a la literatura, no puede entenderse ya según viejas concepciones de orden estético o estructural puesto que el campo de los estudios literarios se concibe más como un corpus heterogéneo de prácticas discursivas y de artefactos culturales.

 

Algunas de las consecuencias de esta ampliación de horizontes han sido señaladas por el mismo Mignolo:

“La apertura del campo de estudios del canon al corpus trajo dos consecuencias ligadas, la una, a la diversidad de prácticas discursivas involucradas en el corpus y, la otra, ligada a la diversidad lingüística de América Latina y a la movilidad social que produjo zonas fronterizas y productos lingüística y culturalmente híbridos, como es el caso de la literatura «latina» en Estados Unidos. La primera se manifestó en estudios interdisciplinarios, en los que los literaturólogos crearon alianzas con antropólogos, historiadores y socio-lingüistas, fundamentalmente. La segunda se manifestó en un paulatino crecimiento del interés por los estudios comparativos” (Mignolo, 1994-1995).

  

La rebelión contra un canon heredado de la colonia ha tenido distintas manifestaciones en tanto que diferentes investigadores han llamado la atención sobre elementos excluidos arbitrariamente de ese canon. Así, Ángel Rama, al hablar en su Ciudad letrada de la violencia con que los colonizadores imponen la letra frente a la voz, idea que desarrolla Martin Lienhard en La voz y su huella. Escritura y conflicto étnico-social en América Latina (1991), donde a los estudios de distintas prácticas discursivas, orales y escritas, une el análisis de la obra de Arguedas, autor bilingüe y bicultural para mostrar que existen múltiples manifestaciones en el canon de las prácticas discursivas coloniales que destacan por su carácter plurilingüe y multicultural y que llegan hasta el presente. De aquí se deduce que si existen identidades coexistentes también pueden existir cánones que coexisten, por lo que las relaciones entre el canon y el corpus se reconfiguran:

 

Mientras el canon pareciera implicar una relación de tipo sustancial entre prácticas y paradigmas culturales, el corpus necesitaría sólo de una manejable delimitación espacial y temporal. Mientras el canon implica cuestiones de identidad (¿qué es lo latinoamericano?), el corpus necesita de parámetros locativos (¿dónde y cuándo se relacionaron las prácticas discursivas en cuestión?). No obstante, la posibilidad de pensar en cánones paralelos, coexistentes y mutuamente alternativos incluye una movilidad del canon en el corpus que depende, en última instancia, de las identidades individuales y grupales y del poder ejercido por los sujetos del discurso y la institución que los apoya y los promueve en el espacio social” (Mignolo, 1994-1995).

 

Jean Franco anota a principios de los ochenta la íntima relación existente entre la crisis de los estudios literarios, la reevaluación de la crítica cultural y el cambio de concepto de lo literario:

 

“La crítica literaria no es lo que era, en parte porque un grupo heterogéneo de filósofos, antropólogos y pensadores políticos (Derrida, Foucault, Althusser y Lévi-Strauss) han afectado sus categorías básicas, y en parte también porque la lectura de textos dirigidos a entender el cómo de su significado, es hoy del interés lo mismo para los filósofos, políticos, antropólogos e historiadores que para los críticos literarios. De hecho, estamos viviendo la emergencia de una crítica cultural y un análisis del discurso que van mucho más allá del estudio y evaluación de un pequeño número de textos literarios canonizados y que cuestiona las razones por las que ciertos textos llegan a ser evaluados como «literarios»” (Franco, 1981).

 

Para esta investigadora, que se inscribe a sí misma en una nueva sociocrítica, las áreas a las que hay que atender y que cobrarán gran notoriedad a partir de los cambios señalados son tres: 1) el análisis de la vida cotidiana, que implica el estudio del control del estado y la disciplina familiar, actividades que se realizan en el tiempo libre, modas en el vestir o conducta; 2) el análisis de los medios con la consecuente consideración de las diferencias existentes entre una cultura oral y otra basada en nuevas tecnologías de la comunicación que producen nuevos productos (fotonovela, folletín, etc.) acorde con la ideología del capitalismo avanzado que no se pueden ignorar por cuanto nos enseñan que el concepto de lo literario es histórico y por tanto puede cambiar a lo largo de la historia; 3) y la crítica feminista, poco desarrollada entonces en Latinoamérica, a cuyo desarrollo contribuirá notablemente Jean Franco. Su libro de 1989 Plotting Women, en el que estudia las implicaciones del género discursivo por lo que tiene de fundamental en la lucha de la mujer por el poder discursivo, tomando a Méjico como punto de referencia, marca toda una línea de investigación.

 

En un ámbito geográfico y cultural como el latinoamericano, marcado por la pluralidad de manifestaciones literarias y culturales, la publicación del libro de Bloom, El canon occidental (1994), constituyó un motivo excelente para centrar las reflexiones que se estaban produciendo sobre este tema. En 1998 Susana Cella edita un volumen colectivo, Dominios de la literatura: acerca del canon, en el que pone a repensar la cuestión a destacados críticos de la zona.

 

También en el año 2002 Ignacio M. Sánchez Prado publica El canon y sus formas: la reinvención de Harold Bloom y sus lecturas hispanoamericanas. Se centra en su visión del canon y contempla las aplicaciones de este concepto a Latinoamérica. En este ámbito plural, como en pocos, el canon se forma sobre la noción de «literatura culta» —e ignora, por tanto, las literaturas indígenas, la tradición oral, la cultura popular y manifestaciones literarias escritas no consideradas cultas—, noción lógicamente heredada de la colonia. La fundación de este canon se produce, a juicio de Sánchez-Prado, en la llamada Generación del Ateneo, cuyos principales representantes son Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, autores que, inscritos ambos en la escuela del americanismo literario, pretenden definir una identidad regional en la que el lector hispanoamericano pueda ver reflejadas sus propias inquietudes.

 

En la siguiente generación, Roberto Fernández Retamar reivindica la autonomía cultural y la especificidad literaria como resultado de una especificidad histórica y la literatura como una práctica ideológica relacionada con la constitución de la cultura continental. Ángel Rama, al cuestionar la cultura letrada y reivindicar la transculturalidad como elemento definidor de la narrativa latinoamericana, da un vuelco al viejo concepto de canon. El concepto de heterogeneidad cultural de Antonio Cornejo Polar y sus estudios de las literaturas indígenas son decisivos también en este sentido. De todo este proceso se desprende una serie de hechos que señala Sánchez-Prado:

 

“En años más recientes, y quizá como consecuencia de lecturas de la obra de Rama y de Cornejo Polar desde una perspectiva postmoderna, el concepto de canon ha sido objeto de una revisión constante. Sin embargo, las discusiones ya no han girado en torno a nuevas maneras de constituir un canon, sino que se ha puesto en entredicho aún incluso la posibilidad de que éste exista en realidad o tenga una validez más allá de su función como legitimador de un proyecto cultural de élites ilustradas. Esos cuestionamientos tienen dos fuentes teóricas, que van desde la incorporación de los estudios culturales y postcolonialistas al ámbito de la literatura latinoamericana hasta la reevaluación de géneros literarios poco tradicionales, como el testimonio” (Sánchez-Prado, 2002).

 

Ni que decir tiene que estos cambios operados no son del agrado del joven investigador, que convencido de que el canon es una de las formas que tiene la cultura de representarse a sí misma, cree que el canon no debe verse como imposición, sino como un elemento que nos ofrecen las culturas para que podamos estudiarlas y comprenderlas, por lo que no puede ser eliminado.

 

Sánchez Prado elogia el carácter elitista que confiere Bloom al canon, lo que le lleva a rechazar cualquier uso del canon como instrumento extraliterario. El diagnóstico de Bloom, además, se califica de «exacto» en el sentido de que los cánones y contracánones utilizan la literatura para enmascarar intereses políticos y académicos que se plantean detrás del privilegio de que gozan algunas manifestaciones culturales y sus formas de estudio.

 

El libro de Susana Cella, Dominios de la literatura: acerca del canon, se organiza en torno a tres secciones temáticas: «El devenir de una palabra», en la que se estudia el concepto e implicaciones de la teoría de Bloom; «El ámbito continental», en la que se pretende ver las consecuencia de la aplicación del concepto a América Latina; y «Canon y literatura nacional», dedicada sólo a escritores argentinos. Los trabajos críticos no habían sido elaborados a propósito y en relación exclusiva al libro de Bloom; están acompañados, además, de fragmentos de obras literarias que ilustran las tesis que se defienden y se recoge una encuesta realizada a cincuenta escritores con el objetivo de que eligieran las diez novelas argentinas más importantes a su juicio. El propósito es demostrar, primero, que el tema del canon existía antes de Bloom y, segundo, que afecta, por un lado, a ámbitos regionales y, por otro, universales, que están al margen del anglocentrismo bloomiano, de ahí que la consideración de un elevado número de teóricos y pensadores (Auerbach, Eco, Kermode, Calvino, Freud, Adorno, Benjamín, Rodríguez Monegal, etc.) cobre sentido en tanto que pone de manifiesto la complejidad de la cuestión. Si bien es cierto que la obra no da soluciones ni visiones programáticas en torno a la problemática, no se puede negar el carácter inquietante que se desprende de una colección desigual de escritos que bucean en el complejo campo de los estudios literarios latinoamericanos del siglo XX.



Referencias

BLOOM, H. (1994). El canon occidental. Barcelona: Anagrama.

CELLA, S. (1998). Dominios de la literatura: acerca del canon. Buenos Aires:Losada.

FRANCO, J. (1981). «Tendencias y prioridades de los estudios literarios latinoamericanos». Escritura (Caracas) 11, enero-junio.

MIGNOLO, W. (1991). «Los cánones y (más allá de) las fronteras culturales (o ¿de quién es el canon del que hablamos?)». En: SULLA´, E. (ed.). El canon literario. Madrid: Arco-Libros

..................(1994-1995). «Entre el canon y el corpus. Alternativas para los estudios literarios y culturales en y sobre América Latina». En: RINCÓN, C. y SCHUMM, P. (eds.). Crítica literaria hoy. Entre las crisis y los cambios: un nuevo escenarioNuevo Texto Crítico 14/15.

SÁNCHEZ-PRADO, I. M. (2002). El canon y sus formas: la reivindicación de Harold Bloom y sus lecturas hispanoamericanas. México: Secretaría de Cultura / Gobierno del Estado de Puebla.


 

Tomado de:

PULIDO TIRADO, Genara (2009): “El canon literario en América Latina”. En: Revista de la Asociación Española de Semiótica 18. Madrid.

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Genara Pulido Tirado es catedrática en la Universidad de Jaén.


23 mayo 2020

El folklore literario y su funcionalidad social. Gloria Chicote





El folklore literario 
y su funcionalidad social


Gloria Chicote



Cada grupo social posee características propias que lo diferencian y conectan con el resto de las comunidades del planeta. Entre los elementos constitutivos de una sociedad podemos señalar, por un lado, los que pertenecen desde tiempos remotos y están asentados en sus hábitos ancestrales, y por otro, los impuestos en épocas más recientes por culturas generalmente dominadoras del orden social y económico. Ese primer grupo de elementos que pueden ser autóctonos o procedentes de otras culturas pero que están firmemente enraizados en el alma de cada pueblo, y se mantienen al margen de lo que podemos llamar la "cultura institucionalizada", constituyen el acervo folklórico. En cambio, los componentes culturales impuestos requieren de un factor esencial para insertarse en el nuevo grupo social: el hallazgo indispensable de una función, de un espacio real que sólo encontrarán en un proceso temporal de decantación, en el que sobrevivirán los que se asimilen a la idiosincrasia del pueblo. De esta manera establecemos que cualquier hábito cultural puede convertirse en folklórico, no importa cual fuera su origen, si encuentra un función auténtica para desarrollar en la sociedad en que aparece, y además, si esa funcionalidad de mantiene en un período temporal considerable para dar lugar a que se interrelacione y se enraíce con los restantes elementos folklóricos.


Definiremos entonces a los fenómenos folklóricos en su conjunto, como expresiones culturales “populares” (propias de la cultura tradicional del folk, del pueblo), colectivizados (socialmente vigentes en la comunidad), empíricos, funcionales, tradicionales, anónimos, regionales y transmitidos por medios no escritos ni institucionalizados. Entre estas expresiones que testimonian los más diversos aspectos de la vida de un pueblo, como sus costumbres, vestimentas, comidas, creencias, etc., el folklore literario comprende las expresiones en prosa y verso, que se transmiten de generación en generación, en infinidad de versiones y variantes, y cuya funcionalidad varía con en transcurrir del tiempo.


No debemos extrañarnos de la validez universal o de la raigambre culta de la mayoría de los motivos de la literatura folklórica latinoamericana o argentina, para restringirnos al ámbito nacional. El pueblo, ha sido la fuente donde han bebido los poetas de la antigüedad, el agua decantada y purificada ha dado las grandes obras de la literatura grecolatina, oriental o europea, pero esos frutos regresaron al pueblo, y éste los modificó imponiéndoles nueva vida.


A través de la historia de la cultura se producen distintas tendencias de acercamiento o alejamiento entre la literatura culta y popular. Estas oscilaciones hacen que los objetos se interrelacionen de modo tal que se toma muy difícil distinguir su origen. Un objeto tradicional avanza, como ya hemos dicho, temporal y espacialmente; en el caso de los objetos literarios este viaje de oralidad se cumple pleno de transformaciones, hasta que el artista culto lo capta porque descubre en él la posibilidad de elaborar un nuevo discurso. En ese momento el objeto tradicional se ha desfolklorizado, se ha fijado en un momento de su trayectoria, y se le suman una serie de modificaciones que ha incorporado el intelectual culto. Pero el proceso de desfolklorización concluye en el instante en que el artista ha elaborado el nuevo texto, porque éste se inserta nuevamente en la maraña de textos folklóricos y puede retradicionalizarse.


Este enigmático juego de relaciones difíciles de esclarecer de hace visible en los diferentes modos de transmisión de la lírica y la narrativa  que hacen posible la supervivencia de coplas españolas de los grandes poetas de la Edad Media o del Siglo de Oro, en los gauchos del siglo XIX y aun en comunidades  campesinas de nuestros días. La ley folklórica que establece el valor universal de los productos culturales, tiene especial asidero en los pueblos de nuestra América, nacidos de la conjunción de la cultura indígena e hispánica. Así, es curioso observar como versos del romancero medieval sobreviven, modificados y adaptados en nuestra poesía tradicional o en la literatura gauchesca. Cada vez que la literatura tradicional se manifiesta, es posible hallar lazos que la unen a la literatura culta o tradicional española; más aún, los poemas de temas nacionales, que indudablemente se han compuesto en estas tierras , imitan formas métricas y rasgos de estilo que las composiciones españolas que los inspiraron.


Las sociedades modernas, tal como están estructuradas, tienen signos específicos que atentan día a día contra el acervo folklórico de las naciones. El frenético ritmo de las grandes ciudades resta un espacio muy reducido al contacto con las tradiciones, la naturaleza, al reencuentro con las costumbres y los hábitos antiguos. Por su parte, los medios de comunicación masiva, como el cine o la televisión, en lugar de subsanar estas faltas, representan el principal factor de penetración cultural, inundados  de personajes, modas y costumbres foráneas. La función noticiera de los poemas épico-líricos medievales o la recreativa de cuentos y consejas, están casi perdidas en las sociedades evolucionadas del siglo XX.


En toda América Latina nuevas formas sociales día a día van ganando terrenos a esa sociedad medieval que, según Sarmiento, habitaba las pampas, los llanos y las montañas en el siglo pasado. La transmisión folklórica se ha debilitado mucho en los ámbitos urbanos, y en nuestro país podríamos decir que está relegada a grupos urbanos minoritarios o a comunidades campesinas muy conservadoras, apartadas del mundo del asfalto y la radio-difusión. Los cambios socio-económicos de las funciones del folklore literario, ya sea lírico o narrativo que tendremos que esbozar en estas páginas.


La poesía tradicional ha tenido una larga trayectoria en nuestro país, glosando tanto los hechos de la historia nacional como los aconteceres cotidianos de cada región. También Sarmiento en su Facundo describirá al gaucho cantor como “el trovador de la Edad Media… (que) anda de tapera en galpón, cantando sus héroes de la Pampa perseguidos de la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios les robaron sus hijos en un malón reciente… la catástrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo a Santos Pérez. Este bagaje de poesía folklórica se propagó rápidamente en el siglo XIX y, aun viva en la memoria del pueblo, en la primera mitad de este siglo, se volcó en los cancioneros regionales que proliferaron hasta el año ’40.


Pero, ¿qué ocurre en la actualidad? A pesar de la necesidad de volver a realizar nuevas recolecciones sistemáticas en el marco de modernas corrientes metodológicas, la observación de áreas parciales nos permite llegar a algunas conclusiones. En este momento la poesía tradicional ha disminuido su caudal ; ya en los últimos cancioneros se percibe una gran mayoría de informantes ancianos o niños, y la ausencia de generaciones intermedias. Este proceso se ha ido agudizando y en nuestros días podemos decir que los poemas tradicionales están relegados al mundo de la infancia.


La cuentística folklórica, en cambio, ha tenido una evolución muy diferente, y se conserva muy arraigada en toda América Latina. Rastreando en el folklore americano la trayectoria de los motivos de la narrativa universal, percibimos que, mientras algunos desaparecieron, muchos otros han perdurado modificados o incorporados a una nueva circunstancia temporal-espacial. Tal es el caso de Pedro Urdemales, personaje de procedencia europea, que en América continúa sus trampas de pícaro vendiendo palomas de oro y sombreros mágicos que no son más que una burla del pueblo hacia los factores de poder.


¿Por qué este motivo, como la serie de cuentos que narran las astucias del zorro, o el de los falsos tejedores, gozan de tanta difusión entre nuestros campesinos?. Seguramente porque el cuento tradicional siempre reivindica al humilde, su justicia poética obliga a los malos a pagar sus pecados y recompensa a los buenos por sus sacrificios. Así, por ejemplo, es habitual que hallemos en estas narraciones a Cristo disfrazado que viene a probar la caridad humana.


En el cuento tradicional se produce una identificación del campesino que cuenta o escucha el cuento, con el astuto que burla al poderoso, cumpliendo así la catarsis de la realidad social que le permite a la especie literaria su supervivencia. Podemos decir que la función del cuento popular, vigente aún en nuestras comunidades campesinas, es, primordialmente de crítica social o través de relatos realistas, fantásticos o humorísticos.


















Tomado de:
CHICOTE, Gloria: “El folklore literario y su funcionalidad social” En: Pregón Literario. Suplemento. San Salvador de Jujuy, 23 de mayo de 1999.

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Gloria Chicote es profesora de Literatura Española de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), Investigadora Principal del CONICET y directora del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS). 

13 mayo 2020

Margarite Duras: La escritura como acto.


Margarite Duras (1914-1995)


La escritura como acto


José Ioskyn



Tal vez Marguerite Duras haya pasado de moda. A algunos lectores de ahora no les gusta tanto, la encuentran demasiado siglo XX, un poco afectada en su modo de endurecer las frases o hacerlas contundentes, o no les cuadran las situaciones extremas en las que se introduce sin mediación. La plenitud existencial que plantea ya no causa la misma impresión. No es nuestra sensibilidad. Estamos apegados a lo tangible, lo inmediato. Los saltos al vacío que Marguerite Duras practica requieren hoy una prudencia especial. Nuestra época está escrita por relatos más sencillos, plausibles, recorridos por frases legibles de inmediato. Escribimos en una especie de réplica del lenguaje comúnmente hablado. Tendemos a la sencillez, quizás animados por el sueño de que despojarnos de artificios nos haría más accesible la verdad. ¿Cuál verdad sería esa, que no va acompañada de la particularidad de un estilo?


En el relato actual se trata de lo mínimo, aunque no del minimalismo. Este último requería un artificio que simulara un despojamiento, una limpieza extrema, dejando solo aquello que era en realidad un poco menos que lo imprescindible. Esto, que fue una reacción al neobarroco, ya es historia también. Ahora resulta exagerado. El gesto debe ser el de la falta de gesto. El estilo es no tenerlo. La estrategia, si la hay –siempre la hay– sería la de disimularse, camuflarse, de hombre común, aunque no haya hombre común. Dado cierto estado de la lengua, el de hoy y ahora, se parte desde allí, tratando de no gritar demasiado ni hacerse notar, sin estridencias, ni alardes, ni desesperación.


Tranquilidad, perfil bajo. No es un gran ideal, pero es una guía, tan válida como cualquier otra. En las antípodas de la sencillez, Duras, desde este punto de vista, incurre en el pecado de ser aquella escritora increíblemente buena en la que su estilo, tan reconocible de inmediato, tal vez repugne en una era de sobriedad sin sobresaltos. Su estilismo tan personal introduce al lector en el mundo durasiano ya desde el primer párrafo. Desde las primeras páginas hay que tomar la decisión: quedarse adentro, o salir. Muchas generaciones estuvieron adentro, se quedaron. Mi sensación es que esta elección disminuyó muchísimo.


Para los psicoanalistas sigue siendo una autora especial por el escrito que Lacan le dedicó, que es uno de los pilares de la conexión entre el mundo del psicoanálisis y el de la literatura. En él Lacan denosta sin piedad a los analistas que hacen interpretaciones salvajes de un autor a partir de sus textos, que aventuran conclusiones acerca de la persona que escribió un relato a partir de la lectura de un libro. Lacan propone un ejercicio difícil: tomar al pie de la letra un escrito, sin imponerle nuestro aparato de saber previo, sin engrillarlo en un discurso, ni interpretarlo en distintos sentidos. Justamente, lo más complicado sea tal vez resistir a la tentación de no aplicar sobre la obra un sentido previo, sino continuar con la propuesta del autor.


Como cuestión preliminar, planteo la siguiente consideración: en los textos de Duras algo que no se sabía se termina sabiendo ¿Qué es? No se trata de un saber articulado, no es un saber del orden de la represión y el retorno de lo reprimido. Esto las histerias lo hacen mucho y muy bien. Acá, sin embargo, es otra cosa. No es el mismo procedimiento. No hay trucos, no hay el efecto sorpresa característico del inconsciente. Es otra cosa ¿Cómo definirla? Para saberlo se podría partir de un texto inmenso que tiene tan solo unas pocas páginas, y que se llama –justamente– Escribir. Duras se sale de los procedimientos del inconsciente, de la literatura del Otro y sus retoños: la neurosis “común”, el descubrimiento de toda una zona a la cual se accede por el sentido oculto que el autor (o el analista, o el analizante) proporciona. El terreno de Duras es el de la oscuridad en la cual se derrumba lo sólido, la labilidad de la que un sujeto pende. Algunas de sus novelas transcurren en una zona en la que la subjetividad se puede perder de manera definitiva. Esto que no se sabe a veces se presenta ¿Qué sucede cuando no se sabe nada? ¿Cuándo eso que no se sabe invade, trastorna, enloquece? ¿Cuándo eso mismo aspira hacia su vacío, lleno de inquietud y horror? Respuesta provisoria: para no hundirse el sujeto interpone una barrera. Eso que se traza a modo de baliza, de muro, de límite, es la escritura.


Esto vale para un escritor, o para cualquier sujeto, aunque no use lápiz, papel, o computadora, aunque sea iletrado, aunque no sea afecto a escribir ficciones o crónicas para un medio. ¿Cómo se vive esa escritura para el sujeto? ¿Cuál es la vibración subjetiva que la acompaña, o que es el signo de la escritura, cuando ocurre? Este signo, el de la escritura, es el de la certidumbre de que eso que se traza es necesario. Es la única posibilidad de seguir existiendo. No hay duda, no hay inconsistencia neurótica, vacilación, división. La escritura es del orden del acto. Se hace. El litoral se marca y construye con palabras. Se sale de la inermidad, la invasión, el derrumbe, y se sabe que ese recurso es el único, el último.


No es un saber articulado a la manera del inconsciente. Se sabe con el cuerpo, con el ser. Eso que se hace es la posibilidad de continuar y salvar la subjetividad, como Lol V. Stein, como la amante de la china del norte, como Anne Desbaresdes en Moderato Cantábile. La certidumbre en la ejecución de un acto. La escritura de una letra que hace barrera a la anulación del sujeto no se transmite, no se enseña; como todo acto se hace sin saber nada que se pueda decir. Pero sí testimoniar, que es lo que sucede con este libro, Escribir. La escritura no es un acto en el cual se construye una defensa frente al goce, es el intento de ponerle nombre a lo que es innombrable. Si se tratara de una construcción “frente a”, sería una defensa. La escritura constituye un límite, pero no es “frente a”, sino “con” el goce ¿Quedaremos en una de nuestras paradojas nuevamente? En Duras no hay paradoja, escribir salva de la nada, pero se trata de escribir esa misma nada. No es cuestión de aludirla, no es conocerla. Es escribir para no perderse. El riesgo es la nadificación, la anulación. Si no existiese la escritura se perdería, se vería arrastrada hacia la muerte, tal vez voluntariamente, o al alcoholismo, o al vacío de la existencia que se llena cada vez con un goce que es una autopista hacia lo ilimitado. La escritura, la que merece llamarse así, es la escritura de este vacío que la aterroriza y a la vez la aspira.


Escribir es un libro errático, recorre su vida, su casa fuera de París, donde está sola, algunas de sus relaciones, recortes de escenas al azar –la precisión del azar, dice en su Moderato cantábile–, historias mínimas cuyo eje es la escritura: los hábitos de escribir, los ritual que la circundan, la imposibilidad de escribir y de no escribir, el valor que emerge de la escritura, como un tablón de madera en el océano. 


Ese es el contexto temático del libro, que es breve, y que va tanteando su materia al avanzar. De a momentos roza el núcleo de la cuestión, para luego desviarse por alguna vía anecdótica y volver a comenzar. Esta modalidad presta una trama deshilachada para un tema duro y en parte inabordable, haciendo sentir en el esfuerzo de acercamiento la dificultad misma del objeto que trata. Su particularidad es la de hacerle sentir al lector la cuestión ardua que está trabajando, tanto que se hace difícil su lectura. No se lee de un tirón, es necesario, como le ha sucedido a Duras al escribirlo, tomarse pausas en la lectura. Duras obliga a pausar la lectura y a detenerse en cada palabra: poesía Ese es el paradigma de muchas situaciones, como el episodio de la mosca. En esa ocasión, ella estaba esperando a la cineasta que le haría una entrevista filmada; Duras la espera en la despensa, un lugar “tranquilo y vacío” de su casa en el que le gusta estar, sin hacer nada. Mientras espera, ve a una mosca común, aferrada a la pared, enredada en la tierra y el cemento que se han acumulado en el muro, sin poder volar. Duras transmite el patetismo del momento: la muerte de la mosca es la muerte. No hay chiste, ni minimización. Es la muerte que la mosca seguramente percibe: su llegada, la toma de posesión de su cuerpo, el abandono de sus fuerzas y de su resistencia. Aferrarse lo más posible a la pared es un drama. Duras percibe que darle esa relevancia a la mosca es un gesto de locura común y se resiste. Se lo cuenta a la cineasta, que cree que es una broma, y se la festeja con una risa. La mosca cae muerta.


¿Qué hace con ese drama completo, la muerte de una mosca en la despensa de su casa? Lo escribe. Al escribirlo, lo registra, lo anota, y ya no se pierde en el mar de los hechos, de las circunstancias volátiles del mundo cotidiano. El texto adquiere una gran precisión en este punto:


"La muerte de una mosca: es la muerte. Es la muerte en marcha hacia un determinado fin del mundo, que alarga el instante del sueño postrero. Vemos morir a un perro, vemos morir a un caballo, y decimos algo, por ejemplo, pobre animal... Pero por el hecho de que muera una mosca no decimos nada, no damos constancia, nada. Ahora está escrito. Es esa clase de derrape, quizá –no me gusta esa palabra, es muy confusa– en el que corremos el riesgo de incurrir. No es grave, pero es un hecho en sí mismo, total, de un sentido enorme: de un sentido inaccesible y de una amplitud sin límites. […] Está bien que el escribir lleve a esto, a aquella mosca, agónica, quiero decir: escribir el espanto de escribir. La hora exacta de la muerte, consignada, la hacía ya inaccesible. Le daba una importancia de orden general, digamos, un lugar concreto en el mapa general de la vida sobre la tierra" (Escribir: 43).


El episodio evita recalar en el tópico de la finitud. Por una vía distinta, lleva a la muerte como una analogía de lo que tiene un sentido inaccesible –es decir, un sentido que es a la vez un sinsentido en sí mismo. El sentido no puede hacer de límite, salvo que contenga un sin sentido entrelazado. Dentro del sentido se halla lo que no tiene nombre ni posibilidad de ser nombrado. Es entonces, un real. ¿Qué se hace con eso? Aquí viene la solución durasiana: se lo escribe. Pero no en el discurso corriente, que implicaría una degradación, y a la vez se perdería la posibilidad de atrapar y solucionar el problema. La escritura es la “alusión exacta” –un oxímoron–, o la “precisión del azar” –otro oxímoron– que puede brindar una localización y una ubicación precisa, la posición de ese real en relación al sujeto, y eso mismo, ese acto, el trazo de esa marca, pacifica. Estemos alertas los psicoanalistas con respecto a la solución durasiana. 


La escritura, podría decirse, es. Aunque tal vez no signifique. Duras despliega en un hermoso párrafo el hallazgo al que ha arribado de la mano de su amiga la mosca: 


Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca, la mosca escribe, en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz de la sala, reflejada por el estanque. La escritura de la mosca podría llegar a llenar una página entera. Entonces sería una escritura. Desde el momento en que podría ser una escritura, ya lo es. Un día, quizás, a lo largo de los siglos venideros, se leería esa escritura, también sería descifrada, y traducida. Y la inmensidad de un poema legible se desplegaría en el cielo" (Escribir: 47).







Tomado de:
IOSKYN, José: "Margarite Duras: la escritura como acto" Revista Conclusiones analítícas.Año 2, n°2, SeDICI-UNLP, pp.147-153.