Identidades:
demarcación de diferencias
Joost Smiers
¿Por qué es importante recuperar espacios para el desarrollo de identidades culturales fuertes compartidas por personas que habitan en un lugar determinado, o que están vinculadas entre sí de alguna otra manera? ¿Por qué habría que restaurar ese espacio en el que conviven personas con gustos diferentes que no se toleran del todo? En un mundo en el que la tendencia es que todo se parezca, en que los textos se copian y la música es menos diferenciada que antes, esos interrogantes no son fáciles de responder. ¿Tenemos que ser nostálgicos? No. Entonces, ¿qué?.
Hasta el magnate Rupert Murdoch cree que la idea de un mundo homogéneo sin espacio para las culturas locales no es la mejor. ¿Por qué piensa así? Porque, según él, «habrá menos diferencias». Y las diferencias dan lugar a productos que Murdoch puede distribuir. Los pocos Murdoch de este mundo tienen más para ofrecer que únicamente más de lo mismo, porque el mercado también pide diferencias. En términos generales, la mayor parte de la gente está de acuerdo con Murdoch en que la diversidad no tendría que perderse. Y también en términos generales, la mayoría de los expertos está de acuerdo en que el mundo todavía no ha alcanzado una homogeneidad cultural, situación a la que probablemente no se llegue nunca.
Abram de Swaan considera que, desde una perspectiva local, hay una tendencia al aumento de la variedad cultural pero que, al comparar distintos contextos locales, la diversidad está volviéndose cada vez más parecida. «La globalización lleva a la heterogeneidad y a la homogeneidad general». Aun asi, habría que contextualizar ese interesante concepto. En muchos países pobres, la población carece de los medios económicos para aprovechar las diversas ofertas de las industrias culturales globales. Entonces, por ejemplo, la «única» música disponible es la del mercado local. Podríamos preguntarnos por qué es un problema que ésa sea la «única» opción. Hay una tendencia creciente a considerar que la diversidad cultural es un bien valioso, pero cuando la diversidad se equipara con enormes cantidades de distintas formas de arte y entretenimiento surgen los malentendidos, porque la conceptualización proviene del lado de los proveedores. ¿Las opciones culturales en oferta tienen la variedad necesaria para satisfacer distintos gustos? Y, desde el punto de vista comercial, ¿alcanza a despertar tal entusiasmo como para que estimule a comprar, a leer, a mirar o a escuchar?
Hay otra conceptualización posible de la diversidad en la que se hace hincapié en la diferencia cultural. Lo que está en juego no es solamente si los bienes y valores artísticos son variados en lo estético, sino si eso ayuda a individuos, grupos y colectivos a construir identidades culturales estables que pueden presentar diferencias sustanciales con las identidades que otros piensan que les pertenecen .
Veamos el caso de los funerales. El sonido «apropiado» para un funeral varía enormemente. El tema es quién debería elegir la música para el momento, si el responsable de la funeraria o la familia del muerto, que es la que sabe cuál es la música más adecuada para él según su cultura. ¿El ritual es el de la familia o el que la funeraria tiene en oferta?
En este sentido, una identidad cultural desarrollada comprende el sentimiento profundo de que ciertas expresiones artísticas contribuyen a nuestra forma de ser y, al mismo tiempo, que otras expresiones nos molestan, no nos pertenecen o nos hacen sentir incómodo . En esos procesos, las elecciones siempre están influidas hasta cierto punto por fuerzas externas. ¿Quién decide el tipo de música, las imágenes teatrales, las fantasías literarias y las estructuras fílmicas o visuales que forman parte de nuestra identidad cultural? Está claro que no hay nada ideal en e! proceso de toma de decisiones, pues siempre ha habido toda una gama de influencias que contribuyen a construir los gustos de las personas. Si no era e! rey, era la Iglesia, o un trovador, y ellos también estaban influidos por otras personas y otras fuerzas, y así sucesivamente. El advenimiento de la democracia fue un reflejo del deseo de construir identidades culturales -y políticas-, de tener una menor dependencia de las autoridades y otras fuentes externas. Las expresiones artísticas deberían tener mayor correspondencia con lo que la gente considera bello, placentero o valioso.
La opción democrática trae consigo diferencias reales en la apreciación que en parte son personales, pero en gran medida están vinculadas con e! clima social y cultural reinante. Si la vida social y cultural es floreciente, la opción será provechosa. ¿Pero qué ocurre si las fuerzas comerciales tienen mucha influencia en los complejos procesos en los que las personas construyen su identidad cultural y toman decisiones artísticas? La manipulación completa es imposible: siempre hay modos de expresar las preferencias.
No obstante, hay algo que está desapareciendo: e! proceso activo de comprometerse con la cultura, es decir, la construcción de una identidad cultural por parte de los miembros de la comunidad; es la curiosidad por lo que hacen los artistas; e! rechazo de lo que es inhumano, banal o muy simple; la aceptación de la duda sobre qué es de verdad valioso; el reconocimiento de que esos procesos, por definición, no conducirán a que los individuos o los grupos saquen conclusiones idénticas; asumir e! desafío de convivir con esas diferencias porque el arte no es, de ninguna manera, un campo apacible.
Peter Manuel subraya que las canciones que se interpretan en las películas indias tienden a promover un sentido de identidad amorfo, homogéneo y desarraigado en lugar de una afirmación de los valores de la comunidad local y de las culturas regionales: «Es impaetante el contraste entre el rango limitado de temas a los que aluden las canciones de esas películas y la riqueza de los motivos que presentan las canciones folclóricas. Además de usar dialectos regionales, las letras de las canciones folclóricas hablan de usos y costumbres, nombres y acontecimientos sociopolíticos locales».
En cuanto a la reducción del alcance cultural cubierto por la industria cinematográfica, la ecóloga india Vandana Shiva comenta que «la intolerancia a la diversidad es la mayor amenaza a la paz en nuestros días. Cultivar la diversidad es, en mi opinión, la contribución más significativa a la paz: la paz con la naturaleza y entre los pueblos». Shiva habla de «cultivar» «porque tiene que ser un acto consciente y creativo> tanto en e! plano intelectual como en la práctica». Los que tienen objetivos comerciales llegan, casi por definición, a un punto ciego cuando se trata de temas complejos como el cultivo de la diversidad. Su especialidad es conocer el poder adquisitivo de los distintos públicos y son expertos en todo lo referente a la provisión de bienes y valores culturales. Esta especialidad no constituye una gran contribución al desarrollo continuo de la vida cultural fundamentalmente democrática. No se trata de que e! público sea e! artista. Sin embargo, en este contexto «democrático» se refiere a un clima cultural en e! que se desarrollan distintas formas artísticas, se elige lo que se corresponde con las necesidades y los deseos profundos de obtener placer y se habla sobre los impulsos que despiertan los artistas al exponer su obra.
Marta Savigliano ofrece una definición de la verdadera cultura popular usando e! caso del tango:
La identidad es la demarcación de diferencias mediante luchas para establecer para qué «pueblo» y en nombre de qué «cultura» se realizan las prácticas culturales. El tango,en tanto cultura popular, es el campo de batalla/pista de baile y el arma/paso de baile en el que y por el cual la identidad argentina se redefine de continuo. Quiénes son los bailarines de tango, dónde bailan, qué estilo de tango representan y frente a qué tipo de público lo hacen son temas que tienen que ver con el género, la raza, la etnia y el imperialismo, con frecuencia en términos de sexualidad, y siempre en términos de poder.
La identidad argentina es, entonces, plural, y las identidades son las demarcaciones de las diferencias.
Rustom Bharucha no está muy de acuerdo con la desordenada mezcla cultural que se observa en la India. Según él, dentro de las fronteras de cada Estado, hay culturas con diferencias muy marcadas que se ponen de manifiesto en las distintas lenguas, gestos, tipos de representaciones y tradiciones épicas, y que no están «deformadas» ni son arcaicas sino que están vivas en su contexto particular. Entonces, asegura Bharucha, «lo que necesitamos en la India es tener más conciencia de nuestras afinidades intraculturales. Sólo mediante e! respeto a las especificidades de nuestras culturas "regionales" podremos comprender cuánto tenemos en común».
En opinión de Peter Manue!, ha ocurrido lo contrario. Manuel afirma que muchas veces se ha dicho que la industria del cine de Bornbay ha servido para promover en el vasto y diverso público indio el hindi-urdu como lengua franca, gustos cinematográficos y musicales comunes y quizá hasta una visión del mundo compartida. «En efecto, podría decirse que el gusto por el cine hindi y la música que se interpreta en esas películas es quizás el único valor que cuenta con un consenso amplio entre los habitantes del norte de la India, dados la debilidad del sentimiento nacionalista, la diversidad de las culturas regionales y religiosas tradicionales y la violencia creciente de los antagonismos». Y agrega: «un consenso que legitima un orden social desigual, sin embargo, no es un bien verdadero. El cine comercial indio (y la industria del entretenimiento capitalista en general) ha sido acusado de promover el consenso principalmente desviando la atención del público con productos cuyo denominador común es el escapismo y embotando las facultades críticas y creativas».
Cuando hablamos de climas culturales como los de los ejemplos mencionados por Marta Savigliano, Rustom Bharucha y Peter Manuel, ¿nos referimos a situaciones locales o nacionales que se desarrollan en territorios delimitados por fronteras? No necesariamente. En primer lugar, debemos reconocer que una de las características de la democracia es que existen climas y ámbitos culturales completamente distintos. Además, la gente que vive en distintas partes del mundo puede sentirse cercana a determinados artistas o movimientos artísticos y, por esa razón, compartir intereses con otras personas a las que les gustan los mismos artistas o tendencias. Muchas personas son miembros de varias comunidades, algunas de las cuales no tienen delimitaciones geográfica.
Uno de los aspectos a que debe hacer frente la sociedad moderna es que nuestra identidad cultural se ha nutrido de más expresiones artísticas que nunca, algo que puede traducirse en enriquecimiento o sobrecarga. ¿Es posible otorgar el reconocimiento que merece a una obra de arte que expresa esa complejidad? La gran cantidad de estímulos culturales que, al menos en los países ricos, invaden nuestros sentidos a diario no facilita la apreciación o comprensión de una obra de arte de ese tipo. Después de todo, el lector, el espectador o el oyente es el que permite dar a luz a las obras por segunda vez, yeso requiere que se les preste atención y no que se las devore como si se tratase de comida rápida. El público debe dedicarles tiempo y esfuerzo.
Hablar de la necesidad de diversidad cultural es hablar de un tema atravesado por contradicciones y dificultades, aunque la idea de convivencia de culturas pueda parecer tan democrática y atractiva. Muchas veces el arte es un campo de batalla donde disputan valores conflictivos y a veces irreconciliables. Ellen Shohat y Robert Stam advierten que un multiculturalismo policéntrico, que podría ser un sueño agradable, «no puede ser simplemente "agradable", como una comida al aire libre a la que se invita a algunas personas de color. Un multiculturalismo verdadero debe reconocer las realidades existenciales del dolor, la ira y el resentimiento, pues las culturas múltiples aludidas en la palabra "multiculturalismo" no han convivido históricamente en relaciones de igualdad y respeto mutuo». Los autores concluyen diciendo que «el multiculturalismo debe reconocer las diferencias, incluso las diferencias amargas e irreconciliables ».
Claro está que ese tema apremiante no figura en la agenda de las industrias culturales, que dejan de lado todo lo que incomoda: olvidémoslo y dediquémonos a entretener. Sin embargo, nuestro tema de debate es que la globalización provoca grandes discrepancias entre ricos y pobres, que a su vez llevan a guerras y olas migratorias. Muchas personas sienten que los aspectos más sagrados de su vida están bajo amenaza y reaccionan en consecuencia. La olla a presión del neoliberalismo promueve el egoísmo en quienes no quieren contarse entre los fracasados. En un mundo conectado más que nunca por las exigencias de la comunicación electrónica, el comercio, los viajes, los conflictos ambientales y regionales que se extienden a velocidades inusuales, la reafirmación de la identidad no es una simple cuestión de ceremonias.
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Hibridación ubicua: ¿por qué?
Algunos especialistas sostienen que la diversidad es una característica típica del arte, y le dan el nombre de hibridación. Según ellos, ninguna cultura es una entidad herméticamente cerrada ni está restringida a una única localización; por lo tanto, el arte de todos los lugares del mundo se une, se fusiona y se mezcla. Entonces, qué hay de novedoso en el fenómeno? El imperialismo ha consolidado la mezcla de culturas e identidades a escala mundial. Si nos remontamos al pasado encontraremos muchos entrecruzamientos y fusiones artísticas. La diferencia sería que la multiplicidad de influencias que se observan en la actualidad es fuente de un cambio cualitativo.
En este sentido, se nos dice que nuestra existencia puede explicarse por el mestizaje, una red de tiempos y espacios, memorias e imaginaciones. Todas las culturas fluyen constantemente. Nos llegan imágenes, sonidos y textos de todas partes del mundo. Hasta la historia se fragmenta en un conjunto de formaciones discontinuas. Nuestra percepción de la realidad se ha desenfocado. Hoy en día no es lo más normal que escuchemos una pieza musical de principio a fin. Vivimos en círculos policéntricos de identidad que se superponen. La pureza de la forma y el contenido es un no concepto; todas las formas culturales son híbridas en esencia. En 1991, en el Centro Pompidou de París se montó una exposición llamada Capitales européennes du nouveau designo. En la entrada había un texto que decía que una de las características del nuevo diseño era «ser la expresión de una cultura híbrida con "equilibrios contradictorios", donde todo puede ser lo opuesto de todo».
El proceso en el que los géneros se desdibujan, sostiene Mike Featherstone, implica una postura pluralista frente a la variabilidad del gusto. «Hay menos interés en construir un estilo coherente que en jugar con los estilos conocidos y expandirlos». Dicho autor observa que se desdibujan los límites entre el arte y la vida cotidiana y que aparece una promiscuidad estilística que favorece el eclecticismo y la mezcla de códigos. La parodia, el pastiche, la ironía, la picardía y la celebración de la superficialidad de la cultura están a la orden del día. La noción de originalidad de la producción artística está en decadencia; en cambio, se extiende la idea de que el arte no es más que una repetición, fenómenos que podrían definirse como posmodernos.
Pero si nos remontamos unos años atrás, también veremos numerosos entrecruzamientos culturales. La música que llegaba a través de radios extranjeras, combinada con tradiciones locales, parece haber sido el catalizador para el desarrollo del blue beat, el ska y el reggae. La música popular de Indonesia comprende un conjunto de formas modernas dinámicas, desde híbridos de rock aculturados y occidentalizados hasta géneros autóctonos puros por su origen y estilo. En Tailandia, los siameses tienen una capacidad asombrosa para asimilar y sintetizar elementos foráneos, sean indios, chinos u occidentales, mediante formas de expresión propias.
La música rebetika griega ha sido desarrollada por una clase empobrecida, sin derechos políticos y socialmente marginada cuya creatividad no provenía de las convenciones acotadas de la clase media. La música tradicional del campo le era extraña, no así las nuevas formas de expresión cultural. El músico senegalés Youssou N'Dour fue «descubierto» por el músico occidental Peter Gabriel. Algunos critican a N'Dour por la superficialidad y el carácter comercial de su música. Él se defiende diciendo que «en Dakar escuchamos distintas clases de música. Estamos abiertos a muchos sonidos. Cuando la gente dice que mi música es demasiado occidental, debería recordar que nosotros también escuchamos esa música. Escuchamos música africana y moderna».
Jan Nederveen Pieterse se pregunta cómo podemos entender fenómenos tales como el de las mujeres marroquíes que practican boxeo tailandés en Ámsterdam y Leo Ching presenta la cuestión de cómo se puede definir el origen de un vestido creado por un diseñador japonés que vive en Francia y confeccionado en Hong Kong. En Tanzania los artistas makonde han descubierto que los occidentales apreciaban las referencias espirituales de su arte. Algunos han exagerado ese costado místico y han inventado historias extravagantes para complacer a sus clientes. El estilo expresivo del arte makonde se asemeja a los clásicos modernos como Picasso, Braque, Moore y Giacometti, yeso le ha abierto el mercado de los compradores occidentales.
En un principio, Néstor García Canclini condenaba la influencia que tenían los gustos de los turistas y los consumidores urbanos en la artesanía. Sin embargo, durante un viaje al pueblo de tejedores de Teolitán del Valle, entró en una tienda en la que un hombre de unos cincuenta años y su padre estaban viendo la televisión y hablando en zapoteca.
Cuando les pregunté acerca de las imágenes de Picasso, Klee y Miró colgadas en las paredes, el artesano me dijo que había comenzado a hacer telares con esos diseños en 1968 por sugerencia de un grupo de turistas que trabajaban en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Luego tomó un álbum con recortes de periódicos que contenían reseñas y análisis en inglés de sus exposiciones en California. Durante la media hora en que conversé con él, yo noté que pasaba del zapoteca al español y al inglés con facilidad y hablaba tanto sobre arte y artesanía, como sobre su cultura étnica y la cultura de masas, sobre su propia artesanía y la crítica cosmopolita. Tuve que admitir que mi preocupación por la pérdida de la tradición no coincidía con la visión de ese hombre que se movía con comodidad a través de tres sistemas culturales distintos.
Quizás ese tipo de cosas ocurra a menudo. Y a veces, los resultados estéticos de todas esas combinaciones pueden ser interesantes. No obstante, la concepción y la práctica de la hibridación no dejan de ser problemáticas. Tendríamos que poder distinguir las fuentes de esas hibridaciones tal como se presentan. La más simple es que los artistas viajan, se inspiran en lo que ven y oyen en otros lugares y, en alguna medida, lo incorporan a su trabajo. En este caso, deberíamos reconocer que los artistas de los países occidentales tienen más dinero y, como consecuencia, más oportunidades de viajar. Cuando los artistas de países más pobres van a otros lugares, normalmente visitan países más ricos cuyas instituciones financian el viaje y seleccionan a quién van a invitar.
No es común que artistas de Vietnam, por ejemplo, tengan la oportunidad de ir a Chile o a Zimbabue, mientras que la mayoría de los artistas occidentales pueden elegir dónde ir a buscar inspiración. Para otros Occidente es la referencia clave, como es el caso de Youssou N'Dour. También hemos visto que los artistas de países no occidentales que son vistos como prioritarios por los mercados internacionales deben cumplir con estándares impuestos por las industrias culturales. Esos estándares se originan en decisiones tomadas por los ejecutivos de los grupos culturales respecto a qué agradará al público consumidor de Occidente.
La hibridación, sin embargo, puede recurrir a fuentes más dolorosas, como el desplazamiento y la dispersión. Muchos artistas de África, Asia, América Latina, el mundo árabe y la ex Unión Soviética no cuentan con mercados reales en su propio país. Muchos de ellos sólo pueden trabajar cuando van a Europa o Estados Unidos, pero así sus países sufren una pérdida. Su aportación a la vida cultural de los países ricos puede ser muy valiosa y enriquecer la calidad de la producción artística local, pero para sus sociedades de origen su ausencia representa una mutilación. Debemos pensar en los trabajadores inmigrantes de todos esos países, que al irse se llevan toda una paleta de culturas, que no siempre gozan de reconocimiento en los sitios donde se establecen. También debemos considerar la gran cantidad de artistas refugiados que dejan atrás escritorios, estudios, teatros y trabajos inconclusos; la comunicación con su público y sus lectores se corta por obra de las amenazas, el espionaje, la prisión, la tortura y el asesinato. "Por lo tanto, la hibridación nos remite al análisis de los términos en que ocurre la mezcla como una recodificación de las relaciones de poder". ¿Cuál es la fuente de la combinación de culturas diferentes y quiénes toman las decisiones? ¿Cuál es el precio que pagan los artistas y su cultura? ¿Qué tipo de dolor y angustia trae aparejados y quiénes son los que sufren?
Los autores de The Empire Writes Back. Theory and Practice in Post-Colonial Literatures proponen que, en el contexto del racismo, el neocolonialismo y los ciudadanos que se van de su lugar por circunstancias económicas, culturales o políticas, "la percepción válida y activa de uno mismo puede haberse erosionado por la dislocación que es inherente a la emigración, la experiencia de la esclavitud, el traslado o el trabajo "voluntario" para otra persona. O quizá haya sido destruida por la denigración cultural, la opresión consciente e inconsciente de la personalidad y la cultura indígenas por parte de un modelo racial o cultural supuestamente superior».
Cuando se habla de hibridación, existe el peligro de no tomar en cuenta su contexto histórico. Elizabeth Fox-Genovese afirma que «las elites blancas masculinas de Occidente proclamaron la muerte del sujeto en el momento preciso en que probablemente tuvieran que compartir su estatus con mujeres y pueblos de otras razas y clases que comenzaban a enfrentarse a su supremacía". Cuando nada es seguro, cuando todo puede desaparecer, cuando las creencias más profundas no son más que un accidente de la historia, cuando no se respeta ni se protege ningún valor, y cuando toda obra de arte sólo es un suceso efímero que puede reemplazarse por otro, entonces el individuo en tanto sujeto es el que pierde. ¿Qué le queda a una persona para aferrarse a la vida, para desarrollar su autoestima y para proclamar sus propios valores como ser humano? Ya no hay un yo presente para sentir eso.
En el Festival de Aviñón de 1996, un grupo de teatro llamado Champ d'expériences cavó un laberinto de pasajes subterráneos por los cuales el público caminaba y veía una serie de representaciones, imágenes y textos diversos. Uno de los textos decía: "Reflexionemos sobre la razón por la que la palabra alienación ha desaparecido del vocabulario cotidiano y ha dado lugar al término virtual. En esa trampa desaparecemos todos, y nuestra existencia es la que se vuelve virtual".
¿Cuál es la relevancia de esos comentarios en el campo de la creación, la producción, la distribución y la promoción artística? Las obras de arte, sean cuales sean, son una guía para la vida. Y esa afirmación no es exagerada, La música, las imágenes y los textos que nos agradan contribuyen al desarrollo de la identidad personal y colectiva. Crean un campo emocional en el que las personas se sienten a gusto, al tiempo que abren la posibilidad de comunicación con el resto del mundo, como si uno dijera: esto es lo que me caracteriza y esto otro, en cambio, no es santo de mi devoción. El arte crea oportunidades para compartir, pero también traza líneas divisorias entre las distintas áreas de la vida. Cuando la importancia de cualquier forma de arte se invalida y se vuelve efímera, los seres humanos pierden algo esencial: un pilar sobre el que construir su vida emocional.
En todo este capítulo hemos tratado, básicamente, del concepto de deslocalización en contraposición con la noción democrática de que la gente tiene derecho a comunicarse. El arte entraña importantes modos de interacción y expresión humana que no deberían ser organizados únicamente desde lugares remotos con propósitos puramente comerciales. El hecho de que el trabajo de muchos artistas aún forme parte de su entorno local o regional es un signo de salud. Aun así, en muchos lugares la infraestructura en la que se realizan la creación, la producción, la distribución, la promoción y la recepción del arte (incluidas todas las formas de entretenimiento y diseño) ha ido a parar a manos de los grupos culturales. Esa situación trae consecuencias de peso para el entorno cultural en el que las personas viven, crían a sus hijos, se enfrentan a sus problemas, se divierten y mueren.
Además, las variadas formas del arte tradicional cambian considerablemente bajo un conjunto de presiones e influencias: el impacto económico y social de las medidas de ajuste estructural implementadas en muchos países, el aumento de la pobreza, el turismo y otras formas de modernización. Las culturas locales se debilitan con el hecho de que un canal primario de comunicación de significados comunes está convirtiéndose en una especie de entretenimiento masivo empaquetado, que si bien puede conservar la forma del medio artístico tradicional, pierde la esencia y el contexto que hacen que, por ejemplo, la música sea una forma poderosa de expresar emociones, como explica Jeremy Rifkin. También nos hemos referido al concepto de hibridación como algo que puede ser contraproducente para el desarrollo de una vida artística local variada y estimulante.
Tomado de
SMIERS, Joost (2006): Un mundo sin copyright, Artes y medios en la globalización. Barcelona, Gedisa, pp. 168-179.