08 agosto 2026

El atril luminoso. Ángel Gabilondo

 



El atril luminoso


Ángel Gabilondo


Hacernos compañía.


No siempre es fácil relacionarse. Ni siquiera con uno mismo. La lectura es un modo privilegiado de hacerlo. Por eso no es infrecuente que hallemos alivio a nuestra soledad con un libro en las manos. No porque con él dejemos de estar solos, es que nos encontramos, con independencia de cómo estemos. Y, en efecto, no es infrecuente que en este supuesto modo de huir demos con nosotros mismos. Nos fugamos pero no solamente de cómo estamos, sino de quiénes somos, y esto suele ser menos llevadero. 


Huida o fuga, lo que sí es cierto es que el libro nos saca de nuestros adentros para aproximarnos a nuestra interioridad, e incluso intimidad, que acostumbra a ser más literal y que, en ese sentido, no pocas veces se nos ofrece al pie de la letra. Es hermoso ver a alguien que lee para varios, o a dos que leen juntos, tal vez el mismo libro o libros diferentes. Es misterioso y atractivo lo que enlaza a quienes han leído o leen una misma obra, el libro que nos vincula a quienes durante quizá siglos han pasado por las mismas páginas siendo para cada quien distintas. En definitiva, el vínculo de escuchar juntos es tanto como el de tener que ver con alguien. Mientras compartamos libros habrá comunidad, algo común que nos abrace o que abracemos, y será posible la comunicación. 


Nos regalamos libros también para procurarnos ciertas complicidades. Y no es infrecuente que deseemos compartir el placer de algunas lecturas con otros a quienes apreciamos. Porque, en definitiva, el aislamiento que nos procura leer no es necesariamente el de un ensimismamiento. Al leer nos brota lo vivido con una nueva realidad, la de la memoria, y en ella irrumpen tantos con quienes componerla y narrarla. Todo se puebla del juego, que es también el de la vida, entre las personas y los personajes, que recreamos y a nuestro modo amamos. O quizá no, pero que en todo caso no siempre nos resultan indiferentes. Los afectos, las emociones y los sentimientos tejen la escritura como texto y pueden producirnos excitación, convulsión, sin que valga consolarnos con la consideración de que se trata «solo de un libro».


Los libros nos entrelazan incluso con quienes quizá no llegaremos a compartir sino lo que esos textos nos ofrecen. Basta mirarlos para que se ponga en acción toda una cohorte de lectores que en definitiva forman parte del texto mismo. Tomarlos entre las manos es saberse ya miembro activo, partícipe de algo que se viene diciendo. Sentirse así convocado, llamado, implica una suerte de pertenencia que no es necesario saborear en cada ocasión, como tampoco es imprescindible recordarlo a cada momento. Somos lectores entre lectores, lecturas con lecturas, porque, quizás en última instancia, en cada uno de nosotros anida una necesidad, la de afecto, la de compañía. Y no es simplemente una carencia sentimental. Se trata de una cuestión vertebral del pensar, que no se reduce a una acumulación de ideas o a la posesión de determinados conocimientos.


Por eso, incluso llegar a estar solo, a sentirse solo, implica toda una tarea, una relación. No es un mero estado de ánimo inmediato, aunque en ocasiones lo reducimos a eso. Y acceder a esa soledad, no precisamente infecunda, exige todo un proceso, un procedimiento. Y no faltan textos que producen ese fruto, el de aproximarnos tanto a nosotros mismos que seamos capaces de establecer relaciones inauditas con alguien a quien no siempre tratamos bien: aquel en quien consistimos, quienes somos. Es extraordinario que un libro pueda llegar a ser la distancia más corta de uno consigo mismo. Tanto que, en cierto modo, quien no esté dispuesto a que esto le suceda debería saber el riesgo que comporta leer, el de encontrarse. Desde luego, con los otros y, si se persiste, consigo.


Ahora bien, ni esto sucede siempre en grado extremo ni sería aconsejable que así ocurriera, pero no deja de pasar en cada lectura, por una sencilla razón, porque la palabra siempre dice, y hace lo que dice. Y ningún libro, ni siquiera el menos desafortunado, nos deja en el mismo lugar que antes de su lectura, ni en el mismísimo momento. Todo es ya otro. Y, más o menos, hemos estado con alguien. Tal vez con nosotros mismos.


Leer de memoria 


Hablamos de aprender de memoria, pero no es frecuente oír decir que hemos leído de memoria. Más bien parecería que eso es otra cosa que, o no es leer, o no es de memoria. Sin embargo, para leer no basta con recordar. También en cierto modo es imprescindible olvidar. Y este juego del recuerdo y del olvido sostiene la memoria. Suele decirse que si fijamos la vista sosteniéndola en una palabra, no podemos propiamente leer un texto. El exceso de fijación, como el exceso de luz o de oscuridad, impide ver. Por eso no es fácil aprender a leer bien, ya que si quedamos prendados por lo visto, no avanzamos en la línea, si olvidamos lo que acabamos de ver no enlazamos ni anticipamos lo que viene, si miramos lo que tenemos más inmediatamente delante sin recordar lo recientemente visto, no lo comprendemos, pero si nos detenemos sin proseguir preludiando lo que ya nos espera, no seremos capaces de leer literalmente una frase. Solo olvidando en cierto modo lo ya visto, fijándonos de alguna manera en lo que está enfrente y avistando lo que llega, podemos leer. Es imprescindible olvidar, sin hacerlo del todo y recordar sin recordarlo todo para que la lectura se nos haga presente.


Saber elegir lo que cabe olvidar y recordar no significa que siempre lo consigamos, pero en algún sentido es necesario que pervivan en el modo de lo olvidado y de lo recordado, para que la memoria sea viva y, por tanto, pueda revivirse y rememorarse. La lectura es, en efecto, una rememoración, que no consiste en el simple recuerdo de algo ya sucedido. La rememoración abre posibilidades, es una mimesis que no imita lo ya dicho, sino que  reactiva su decir hasta el punto de potenciar que se diga lo que nunca se dijo. De ahí que cada lector sea una nueva lectura, no necesariamente del todo otra, pero sí la que brota de su propia experiencia y coyuntura personal, de su tiempo, de su vida. Y eso es más que un mero contexto. Y de ahí, asimismo, que uno pueda tener lecturas diferentes en similar medida en que su vida es una pluralidad de formas, de modos, de circunstancias. Por eso cabe decir que, en definitiva, la memoria es la gran escritora y la gran lectora.


La memoria no es un depósito ni un recipiente en el que se acumulan hechos y sucesos, que podemos ir paulatinamente desgranando o utilizando como recurso. Ella es ya siempre un relato en el que consta no solo el pasado, sino que incorpora el porvenir. Hace sus elecciones y selecciones para elaborar un relato soportable que una y otra vez puede reescribirse. Tenemos memoria de numerosos textos y libros antes de leerlos. Es más, en ocasiones es lo que nos anima a acercarnos o no a ellos. Y no se trata solo de alguna información previa. Es algo otro. El libro ya ha sido leído con anterioridad, siquiera por el autor, su primer lector, y leer es ya reinscribirse en lo que se viene diciendo y rediciendo por una comunidad de lectores y de lecturas. La lectura es, por tanto, una conmemoración, una memoria conformada conjuntamente y compartida.


Si Nietzsche nos señala que es preciso aprender los textos de memoria, incluso llega a indicar que es preciso rumiarlos, es porque subraya la necesidad de proceder como lo hace la Filología, que es el arte de leer despacio. Deletrear es algo diferente a limitarse a pasar letra por letra, se trata de leer al ritmo de su pronunciación, hacer que las palabras atraviesen la boca. Alguien clásico nos transmitió que al decir «carro» las ruedas pasan por nuestra boca. Y por nuestro corazón. Es indispensable leer con toda esa corporeidad y proceder a una efectiva incorporación. Aquello que los franceses nos recuerdan al decir que aprender de memoria es aprender par coeur y que nos hace ver que la memoria es también un acuerdo, un pacto. Esta reunión y reconciliación otorga a la lectura una raíz y una dimensión determinantes para configurar una comunidad, la de la memoria. También la de quienes están de otro modo, o no están ya, o están por venir.


En este leer de memoria hay un afecto y un respeto a lo que nos es transmitido y una responsabilidad para otorgarlo y ofrecerlo. La lectura es también una donación, no una forma de posesión que anula y aniquila todo conocimiento. La memoria es entrega, y leer exige compartir y comunicar siquiera desde la experiencia de la soledad convivida.

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 Imagen de Pulp fiction  (Tarantino 1994)


El  gusto por las palabras. 


La mejor manera de llegar a hablar bien es leer. Así piensa Cicerón y es evidente que se trata de un camino extraordinario para lograrlo. No nos detenemos en considerar qué puede llegar a significar «decir adecuadamente», pero está claro que no se reduce a expresarse con corrección, algo en todo caso necesario. No faltan quienes le restan importancia a ser cuidadoso con las palabras, desde la errónea percepción de que lo único que interesa es que nos entiendan. También merecería atención qué puede llegar a significar eso, pero en todo caso las palabras no son meros instrumentos, ni el lenguaje un simple medio de transmisión de noticias. Necesitamos cultivar las palabras y gozar dichosamente con ellas. No es cuestión de usarlas, sin más, para procurarnos satisfacción, se trata de saborearlas, que es un modo singular de saberlas. Sapere nos lo dice con claridad. Es cosa también de paladar y de sentido del olfato. Las palabras no solo se ven y se oyen. Lo más decisivo es llegar a ser alcanzado, tocado por ellas. También es posible y necesario acariciar con ellas. Con razón repetimos que las palabras hacen, las palabras aman, las palabras matan. 


En definitiva, eso es Lógos, un decir que hace lo que dice, un decir que hace ser. Y desde luego légein es leer y elegir, como subrayamos. La consideración de un texto tiene diversos niveles y puede atenderse desde diversas perspectivas, pero es decisivo no ignorar su belleza. Está claro que no se reduce a su aspecto. Y, como en todo, y como con todo, también hemos de aprender a apreciarla y a valorarla desinteresadamente, sin rendirnos a criterios de utilidad. El trato que la lectura comporta va familiarizándonos con un modo de apreciar cada palabra, de distinguir y de preferir, de sorprendernos, de detenernos, hasta llegar a pronunciar sonidos y sílabas entonadas musicalmente con ese oído interior que resulta tan literal. Esta comunión de sonidos y sentidos, que alcanza su esplendor en el decir poético, y no exclusivamente en la poesía, nos permite no tener que salir del texto para encontrar la referencia placentera, como si las palabras no fueran reales. La realidad y la verdad de las palabras potencian nuestra satisfacción. Hasta el punto de que cuando vamos cultivando el gusto por ellas, este nos procura un modo de acceso, un procedimiento privilegiado, para encontrarnos con su materialidad, donde el espíritu de la letra se disfruta, en efecto, literalmente.


Por eso es tan importante dar con las palabras adecuadas, construir bien las frases, ordenar bien el discurso y por ello la Retórica no se reduce a la elocución, a la léxis, sino que resulta determinante la construcción de lo que se dice y la argumentación. La belleza es también la de los motivos, la de las buenas razones. Eso nos mueve y moviliza. El gusto no es una simple autosatisfacción que se agota en el efecto inmediato que la palabra nos ha procurado. Nos convoca a un modo de proceder que se comunica con nuestro comportamiento. Leer con esta perspectiva nos hace cuidadosos y detallistas, rigurosos y amigos de los buenos argumentos. En efecto, este gusto es cuidado, de uno mismo y de los otros, y en gran medida nos llama a leer y a dar importancia a lo que en cada caso decimos o se nos dice. Incluso hasta la seducción de sentirnos cautivados. Pero lo que nos importa es ser persuadidos, llegar a estar persuadidos por el juego en el que se dice la palabra, un juego bien serio que en esta ocasión denominamos lectura.


Algunos confunden la atención a la palabra, a lo que hace, a su modo de aparecer, de brillar y de ocultarse, con un artificio de simulación. Es más, les resulta exigente sostenerse en la intensidad que ciertos textos requieren. Y llaman juegos de palabras a lo que no es sino el juego de la palabra, el juego en el que la palabra consiste, en el que ella misma se lo juega todo. Ahora, en nuestra acción de leer. Quien ha hecho la experiencia de leer en el modo en el que la propia escritura se produce, en los titubeos de la elección y la preferencia, sabe gozar de cada adjetivo, de cada verbo, de cada frase. Pero, más aún, de cada letra, de cada sílaba, de cada sonido.


Este gusto cultivado tiene asimismo su precio. Disfruta más pero sufre también su exceso con lo que le resulta desagradable. En muchas ocasiones, oírse a sí mismo y no ser capaz de decir justa y ajustadamente. Sin embargo, nuestra propia limitación no ha de ser una coartada para no apreciar el resplandor de ciertas palabras que brillan en un texto que parece abrirse a su paso. Hay en la buena lectura un magnífico exceso de atención, de consideración, que hemos de llamar contemplación, que más que un ver, es algo otro. Ciertamente comporta admiración, pero en definitiva es una agudeza de la sensibilidad, de los sentimientos y de los afectos, que permite ver lo nunca visto, lo que hace ver, decir lo nunca dicho, lo que hace decir, y encontrar en las palabras el gusto y el placer de la palabra que destella en la lectura.


Léeme un rato. 


A veces necesitamos que alguien nos lea un texto, una carta, un libro, otras, deseamos leérselo nosotros. Hay algo extraordinario en esta mediación, en esta relación que establece un vínculo que pone en evidencia lo que es el acto de leer. Leer a través de un modo singular de escucha, leer de oído, también con el oído interno, oyendo a otro, es, en última instancia, partir de otra manera de ver.


Y de una irrupción muy particular de los afectos, en la que los sonidos se perfilan como letras nuevas por una voz. Este juego de la voz tan determinante cuando alguien lee o nos lee, cuando leemos a alguien, es un juego entre la voz y la palabra. La voz se inscribe en el ritmo, en la entonación, en las pausas… y nos convoca a una sensibilidad. Quien lee también se da al hacerlo. Y al oír el texto, le oímos a él, a ella. Nos dice lo que dice, pero asimismo quien nos lee dice mucho de sí. Tal vez no falten quienes consideren que lo ideal es que el lector desaparezca. Pero quién sea en este caso el verdadero lector merece nuestra atención. Leer un libro que nos lee otro es una buena muestra de lo que ocurre en más ocasiones de lo que parece. Nuestras primeras lecturas bien pudieron ser hechas por otros, para nosotros. 


Parecería excesivo que llamemos «lecturas nuestras» a las que en rigor han efectuado otros. Han sido, sin embargo, tan por nosotros, tan para nosotros que, en verdad, ocurren en nosotros y con nosotros. Luego, aunque estrictamente las hayamos leído en otra ocasión, más bien resulta que las releemos. Nuestras primeras lecturas ante otros, junto a quienes aprendían con nosotros, nos hicieron comprender que leer es mucho más que entender a nuestro modo. Incluso, en tal caso, habría de ofrecerse algo que fuera para los demás y, en buena medida, universal. Sin embargo, cada cual tuvo que hacer su lectura. Era la misma y no produjo igual resultado. En última instancia, la acción de leer no fue, una vez más, un simple acto. Luego, en no pocas ocasiones, hemos asistido a lecturas en público, y siempre se ha producido esta realidad de una singularización de lo común.


Hay, sin embargo, un modo de lectura a alguien, para alguien, que por su alcance personal, afectivo, ofrece incluso más que lo leído. También ocurre con los primeros textos, aquellos en los que, ojalá en la infancia, la emoción, el sentimiento, la pasión, la incertidumbre o la aventura, que tanto los incluye, nos alcanzaron de modo decisivo con cordialidad. Pero viene a ser muy especial cuando determinada imposibilidad, algún impedimento, nos alejan del placer de leer, y la mirada, la voz, el gesto, todo el cuerpo y toda la vida de otro se ofrecen para darnos de leer, como se ofrece sustento, alimento, cobijo, siquiera para la capacidad de soñar, de imaginar, de luchar. Leer a alguien es siempre una acción decisiva. No resulta inocuo cuando efectivamente se produce una lectura. Leer al lado del lecho, respirar junto a alguien armoniosamente palabras elegidas, compuestas, puede procurar aliento y, a su modo, vida .


No siempre es un requisito para leer un texto a otro el que haya algún impedimento para que él o ella pueda hacerlo. Es, más bien, un modo distinto de leer. La fijación que la escritura es, cuando se ofrece como texto, pide, en correspondencia, fijación, pero esta vez otra. Las letras silabean y muestran sus sonidos, sonidos que no pertenecen a un mundo diferente de ellas. Es también suyo. Y aquel sueño de Platón, el de lograr que los sonidos expresen la esencia de las cosas, se hace de un modo especial, verdad. Oír leer es otra forma de lectura. Y comprender lo que otro nos lee obedece a esta sintonía, la primera y fundamental, la de sonidos compartidos. No solo sonidos. Quizá también necesidades. No solo necesidades. Tal vez asimismo afectos. Y en gran parte se trata de eso. En efecto, la mayor sintonía de los afectos es la sintonía del pensamiento.


Cuando pensamientos se encuentran, se tocan explícitamente, lo que sucede en la acción de leer. No pocas veces necesitamos ideas. Y ellas no fluyen sin más de una mera actividad mental o de una externalización de algún supuesto interior. La mediación de los otros, la confrontación con lo que hacen o dicen, confirma que diálogo significa que el lógos, la palabra que hace de verdad, se dice a través (diá) de lo que decimos. Por eso, al leer encontramos y nos encontramos, creamos otra realidad. Cuando alguien lee a otro, lee con él. Y el alivio es mutuo y lo escrito se teje, y el texto, ahora el texto, hace su labor, su acción, que llamamos lectura.


Al lado, cerca, sentimos el aliento de la palabra que llega convocando, desafiando, acompañando. Y las historias, los relatos, las narraciones, los poemas, las reflexiones nos desplazan de la mala fijación, la de una claudicación o resignación. Y quizá la mano de quien nos acerca un texto es una mano que se nos ofrece, que remeda la mano de quien escribió y nos lo reescribe con su voz. Si no sabemos qué decir, si nos hemos quedado sin palabras porque suenan disecadas, carentes de fuerza de vida, la palabra nos viene y nos llega del otro. Él mismo nos adviene. Y es lo que más necesitamos. Así, al leernos, alguien se nos ofrece en su tiempo de vida y lo hace para una nueva posibilidad. Agradecidos, y no por ello menos perdidos, carentes en ocasiones de vista y de fuerzas para acceder al texto requerido, o de ánimo, la imagen del lector, de la lectora, cuidando el decir para que lo escrito tenga voz, reposado cerca y leyendo afectuosamente es, en sí misma, un ejemplo de lo que buscamos. Por eso, aunque no resulte claro quiénes somos, cómo estamos, o mejor, precisamente por ello, léeme un rato.


Deseo de escribir. 


Una de las consecuencias de leer consiste en que si uno se descuida acaba escribiendo. No es solo que conviene que algo esté escrito para poder ser leído, a pesar de nuestra insistencia en que escribir es leer un texto no escrito, es que si uno no ha leído es menos probable que se ponga a escribir. A veces escribir se desprende de leer. Roland Barthes, ocupado en estas variaciones, señala que «una pura lectura, una lectura que no llama a otra escritura es para mí algo incomprensible… solo me interesan, pero entonces violentamente, las obras que me han dado ganas de escribir… quiero completarlas y suplantarlas, y en este movimiento de amor y de realidad se forma un deseo de escribir». Ya se sabe, empieza uno dándose a la lectura y entre los efectos más inmediatos podrá producirse una fijación, la de elaborar textos. Hay, en todo caso, más personas que saben leer que quienes saben escribir, pero una íntima relación liga esos saberes en un único saber, el del lógos, que tanto afecta a lo uno como a lo otro.


Es cierto que los buenos libros no solo generan la necesidad de continuar o de leer otros, sino que provocan el deseo de escribir. Tal vez ello obedezca al hecho de que escribir es una forma de incidir en la escucha en que consiste leer, hasta el extremo de producir nuevos textos. Lo que ahora nos importa es este tipo de lectura tan eficaz, de efectos tan desconcertantes, que provoca el deseo de emulación, incluso de creación, que consiste en hacer que el decir venga mientras va adelante. Pero seguir es también acompañar, observar atentamente, ir en busca de algo o de alguien. Desde luego, con cierto retardo, a destiempo, un ir después o detrás. En este sentido, la escritura sigue a la lectura, pero gracias a ella prosigue. Incluso aunque físicamente no lo plasmemos, leemos en cierto modo escribiendo. En definitiva, no podríamos hacerlo bien de no ser así. 


La lectura libera posibilidades del texto que no siempre están explícitamente expuestas, lo que no significa que no se den, que no se ofrezcan. Esta liberación no se limita a traer a la luz algo previamente existente, sino que lo hace brotar y surgir, lo alumbra. Lo hace aparecer no solo ante la vista sino ante sí mismo, porque escribir no es simplemente presentar lo ya pensado con antelación. En el gesto mismo de seguir emerge. La lectura tiene raíz escritural. A veces leemos con algo que nos permite escribir entre nuestras manos. Subrayamos, hacemos anotaciones, tomamos apuntes y no pocas veces se produce una radical imbricación entre lo leído y lo escrito, que se ofrece como glosa, paráfrasis, acotación o apertura del texto. Tanto que ya no es tan fácil distinguir, en el acto de leer y en nosotros mismos, qué es fruto de lo uno o de lo otro. Una mano pasa las páginas mientras la otra escribe a partir de ellas.


Aprendimos al dictado a escuchar el decir de las palabras. Tomamos nota de lo oído y nos esforzamos en reproducir por la mediación de la oralidad lo que va de escritura a escritura. Antes, quizás en no pocas ocasiones, copiamos, reprodujimos, letras, sílabas, palabras, frases. Y siempre con la mediación de la lectura, hecha por nosotros mismos o por alguien otro. Y se encontraba digno de consideración el hacerlo correcta y pulcramente. E incluso se valoraba el hacerlo con distinción, con estilo, con elegancia, para merecer que se alabara la buena letra, la bonita letra. No era indiferente. Y quizá no lo es. Se muestra así que se aprecia, que se valora, que se cuida, que se ofrece al placer de la comprensión, de la aceptación, de la lectura de los demás.


Leer es escribir en el alma. Entendamos con Platón que ella es la que nos permite conocer y nos procura la vida buena, la que nos alimenta la actividad vital y consideremos por tanto que así nos referimos a cuanto nos sostiene y dinamiza. Baste recordar, como ya señalamos, que la escritura en el alma florece en quien es capaz de memoria. Cada vez que nos entregamos a la lectura nos inscribimos en lo que se viene diciendo y las letras y las sílabas perfilan sonidos que preludian sentidos. Así la corporalidad vela, vigila y cuida de estos sonidos y de estos sentidos.


Aprender a leer bien no es menos complejo que aprender a escribir bien. Es tarea de toda una vida, en tanto en cada lectura siempre iniciamos un nuevo modo de leer. Las grandes obras no solo nos ofrecen otra escritura, nos reclaman una manera distinta, específica, singular de lectura que implica a todo cuanto leamos. Ya no podremos hacerlo nunca como hasta ahora. Leer bien nos enseña a leer mejor. Y si esto sucede sentimos una atracción, quizás un deseo, el de escribir.













Tomado de:

GABILONDO, Ángel (2012): Darse a la lectura. Madrid, RIBA. .

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