27 marzo 2021

Nelly Richard y la deconstrucción de lo discursos dominantes

 



Nelly Richard y la deconstrucción de los discursos dominantes


Mabel Moraña


Fuertemente influida por la teoría de Pierre Bourdieu y por el pensamiento post-derrideano, la obra de Nelly Richard constituye uno de los más efectivos aportes en el campo de la teoría cultural que se consolida en América Latina en las últimas décadas del siglo XX, coincidiendo en Chile con los procesos postdictatoriales que siguen a la caída del pinochetismo. Al tiempo que el corpus crítico que produce esta autora desde la década de los '80 es uno de los más representativos ejemplos de trabajo transdisciplinario enfocado en los procesos de producción del saber y las formas simbólicas, su reflexión desmonta la propia práctica crítica, sus pilares ideológicos, sus lenguajes, sus metas y estrategias. Las preocupaciones que articulan el pensamiento de Richard y que se plasman en el proyecto de la Revista de Crítica Cultural (1990-2008) que ella dirige, incluyen la revisión de los paradigmas teóricos utilizados para el análisis e interpretación del conflicto y del cambio social, el problema del género, las formas de representación de la memoria, la relación estética/política, las vinculaciones entre espacio público y esfera privada, los procesos de redemocratización, el papel de la izquierda en los escenarios políticos de la postdictadura y los flujos teórico-ideológicos que recorren el campo transnacionalizado del latinoamericanismo.


Desde uno de sus primeros libros, Márgenes e instituciones. Arte en Chile desde 1973 (1986) se percibe en la obra de Richard la voluntad de ofrecer diseños comprensivos del campo de producción simbólica enfatizando las compartimentaciones y los vínculos entre distintos proyectos culturales que responden a los desafíos de la escena política con bien diferenciados protocolos estéticos y representacionales. La percepción de los campos y de las luchas que los atraviesan está siempre referida a la escena total que define la cultura nacional y la crisis política por esos años. En Masculino/Femenino. Prácticas de la diferencia y cultura democrática (1993), libro que precede en cinco años la publicación del ya aludido estudio La dominación masculina de Pierre Bourdieu, la autora franco-chilena se dedica al estudio de las relaciones entre género sexual, escritura y políticas de la cultura, preguntándose cómo textualizar la diferencia genérico-sexual. 


Es interesante notar que aunque la cuestión del género y la atención al debate cultural desde la perspectiva feminista impone un ángulo específico a la teorización de lo social, no por eso Richard deja de enfatizar la importancia subversiva y descentralizante que la cuestión del género plantea como perspectiva desde los márgenes, capaz de ayudar a desmontar las bases del poder cultural y político, asentado sobre certezas, lugares de privilegio y ordenamientos del patrimonio cultural que permiten la perpetuación de estructuras de dominación en las que lo político y lo cultural se afirman a partir de una complicidad práctica y discursiva.


Richard ve en las formulaciones del género y en su manifestación literaria formas de afiliación a modelos de comprensión y de definición de lo social que superan las limitaciones tradicionalmente atribuidas a la dicotomía masculino /femenino. Tal distinción se proyecta hacia la definición de posicionamientos frente al poder que exceden la simple oposición hombre/mujer, abarcando más bien la escena política, las posturas que se asumen frente al orden existente y las formas de subjetividad y representación que se despliegan para desafiarlo. Se concentra, así, en los elementos simbólicos y en las prácticas que caracterizan proyectos deconstructores y emancipatorios respecto a la represión autoritaria en cualquiera de sus formas de implementación socio-política. Richard percibe que en el análisis del género sexual lo esencial es la posicionalidad oblicua, descentrada, desfamiliarizada, del performance simbólico, como vía de acceso para el cuestionamiento de posicionamientos hegemónicos: Lo residual —como hipótesis crítica— connota el modo en que lo secundario y lo nointegrado son capaces de desplazar la fuerza de la significación hacia los bordes más desfavorecidos de la escala de valores sociales y culturales, para cuestionar sus jerarquías discursivas desde posiciones laterales y descentramientos híbridos. 


Empeñada en una redefinición del campo de la crítica, de sus métodos, objetivos y lenguajes, la crítica de Richard se encamina, siguiendo a Foucault, hacia una “insurrección de los saberes sometidos” que la crítica cultural, a diferencia de los cultural studies, perseguiría sin una preocupación prioritaria por la rearticulación de programas pedagógicos, sino más bien como intervención directa en lo social, la cual recorre transversalmente la escena de la cultura, donde se juega la lucha por los significados y por el predominio de protocolos representacionales de fuertes implicancias político-ideológicas.


Junto a las influyentes propuestas de Derrida, Kristeva, Benjamin, Foucault y otros, la teoría de Bourdieu aporta al proyecto deconstructor de Richard un modelo que permite materializar el estudio de lo social/ cultural/político/ideológico en sus interacciones y procesos, dinamizando conceptos del marxismo con propuestas relacionadas a los desafíos presentados por la postmodernidad. Desde las últimas décadas del siglo XX tanto el descaecimiento de paradigmas y certezas del período anterior como el advenimiento de nuevas problemáticas y de nuevos contextos políticoeconómicos obligan a repensar categorías teóricas y metodologías en las áreas de la humanística y las ciencias sociales y a reflexionar sobre las interrelaciones entre estos dominios del saber. 


Fenómenos como los de la fragmentación comunitaria, la pérdida de vigencia de los modelos totalizadores, las transformaciones que se registran a nivel de subjetividades colectivas y los cambios que afectan las relaciones entre Estado, intelectuales y proyectos emancipadores encuentran en la obra de Bourdieu una serie de apoyaturas teóricas que sugieren formas libres de aplicabilidad en distintos contextos y niveles. 


El libro titulado La invención y la herencia. Crisis de los saberes y espacio universitario en el debate contemporáneo (1995) publicado por Nelly Richard, Tomás Moulián y otros, se abre con el estudio de Pierre Bourdieu “Por una internacional de los intelectuales” (1989) en el cual el sociólogo francés aborda el tema del compromiso, las relaciones entre tecnocracia y comunicación, y la situación de “autonomía amenazada” que los intelectuales enfrentan en sus relaciones con los campos de poder político. La inclusión del conocido artículo de Bourdieu en este volumen es significativa ya que demuestra el grado de identificación con sus propuestas y el modo en que el capital simbólico de sus obras circulaba a esta altura en América Latina. Según Bourdieu señala en este artículo, el intelectual es un personaje bidimensional, que por un lado existe y subsiste sólo cuando existe y subsiste un mundo intelectual autónomo, y por el otro, cuando la autoridad específica que se elabora en este universo a favor de la autonomía se compromete con las luchas políticas. 


Bourdieu analiza las transformaciones que se registran en las funciones de mecenazgo que auspician la labor intelectual a través de las épocas, confrontándolas con los cambios que ha impuesto el avance empresarial y tecnocrático al incidir tanto en los procesos que sustentan el desarrollo de los campos como en el interior mismo de éstos, dominando instancias de financiamiento y de consagración de productores y de productos culturales. El “regalo envenenado” del mecenazgo encierra siempre, advierte Bourdieu, el peligro de co-optación de la autonomía que es imprescindible para el ejercicio de la crítica y la producción de conocimiento. Bourdieu propone aquí “sacrificar de una vez el mito del ‘intelectual orgánico’” dejando el campo libre para que el intelectual trabaje por sí mismo “afirmándose como un poder de crítica y de vigilancia, e incluso de propuesta, frente a los tecnócratas”. “‘Realpolitik’ de la Razón” es vista por Bourdieu como un “corporativismo de lo universal”, un esfuerzo conjunto capaz de unificar el campo de producción del saber afirmando la distancia y autonomía entre campo intelectual y campo de poder, asegurando así la independencia del pensamiento crítico y creativo. 


En polémica con algunas corrientes sociológicas de la época, el pensamiento de Richard consolida rápidamente su propio perfil y su propio lenguaje. Desde la Universidad Arcis, que constituye durante y después de la dictadura un espacio alternativo de conocimiento y acción intelectual y a la que se asocia buena parte del equipo de trabajo de Nelly Richard, se reacciona contra la práctica sociológica encabezada por José Joaquín Brunner y alineada en las filas de FLACSO y otras instituciones similares, educativas e investigativas. De fuerte tradición en la escena chilena, la sociología se perfila como un campo amparado, al menos en cierto grado, por las instituciones estatales y entronizado en la enseñanza universitaria, mientras que la crítica cultural tal como es definida por Richard busca desarrollarse en un espacio paralelo, de mayor autonomía metodológica e ideológica, sin pasar por los aparatos ideológicos del Estado ni ceder a los privilegios y regulaciones que acompañan la labor pedagógica.


En el capítulo del libro La insubordinación de los signos. (Cambio político, transformaciones culturales y poéticas de la crisis) (1994) titulado “En torno a las ciencias sociales: líneas de fuerza y puntos de fuga”, Richard parte de la opinión de Bourdieu de que “la sociología y el arte no se llevan bien” ya que existiría un desacuerdo sustancial entre la visión idealista que considera el arte una práctica sagrada, informada por las ideas de inspiración, soledad y trascendencia, y el racionalismo científico, que enfatiza la importancia de criterios objetivos y utilitarios. Apartándose de la dicotomía presentada por el sociólogo francés, Richard plantea que los desacuerdos entre producción artística y sociología se registran incluso con mayor profundidad cuando la primera ha superado la visión idealista y se inserta socialmente como práctica beligerante y desautomatizadora de los saberes establecidos. 


La “tensión crítica” que se registrara entre el arte de avanzada y la sociología chilena durante el período dictatorial ilustra esa problemática. Según Richard, mientras que la producción artística y la crítica cultural que la acompaña apuntaban a una desarticulación de los significados y de los procesos y protocolos de racionalización dominantes, las ciencias sociales buscaban “mantener el control del sentido apoyado en reglas de demostración objetiva y en el realismo técnico de un saber eficiente reorganizado en función del mercado científico-financiero que iba a decidir de su aceptación internacional.” Siguiendo implícitamente los lineamientos de la teoría de Bourdieu, Richard analiza los arraigos institucionales de las ciencias sociales en la academia, los vínculos interdisciplinarios y la relación del trabajo sociológico con los mercados internacionales, así como la remodelación de los habitus y las redes de interés sectorial. Este panorama da lugar al surgimiento de nuevas formas de sensibilidad que conectan con cambios sustanciales a nivel de las macro-estructuras político-económicas y que cristalizan en una nueva corriente de “humanismo crítico” que permea las ciencias sociales. Éstas, sin embargo, mantienen su reticencia respecto a las propuestas de la escena de avanzada, movimiento cuyo significado pleno no habría sido captado por los sociólogos, quienes se habrían sentido amenazados por la activación de formas periféricas de acción artística y social, por la fragmentación de los campos y por la emergencia de formas inéditas de significación que eran correlativas al rápido vuelco de la economía nacional hacia el neoliberalismo. Según Richard, la sociología de la cultura le reprochaba a la “nueva escena” su reivindicación del margen como no lugar que la excluía del juego de reordenamiento institucional y de mercado que comenzaba a dinamizar —bajo la retórica de la modernización— ciertas regiones del paisaje cultural del autoritarismo.  


El modo en que el análisis de Richard va compartimentando el contenido, habitus y estilo disciplinario en los distintos campos intelectuales/creativos del Chile de la época remite directamente a la metodología de Bourdieu. Según la autora, “las tensiones producidas entre las macroracionalizaciones de la sociología y las micro-poéticas narrativo-visuales de la ‘nueva escena’” diseñan un mapa complejo de comportamientos disciplinares y de relaciones con el poder institucional y, en última instancia, con los saberes y metodologías más establecidos dentro de los límites de la cultura nacional. Richard explica esos desencuentros entre sociología y creación siguiendo los lineamientos de la sociología reflexiva, aunque agregando un particularismo analítico que le permite apropiar críticamente el modelo teórico para su aplicación concreta a la comprensión de las divergencias entre “el minimalismo de la rotura y del fragmento sintáctico” y “las abstracciones totalizantes, la desorientación y el extravío de las perspectivas generales basadas en puntos fijos o en líneas rectas”. Richard apunta a la tensión entre formas artísticas descentralizadoras de los poderes representacionales dominantes y los protocolos interpretativos de la crítica sociológica, apegada a sus modelos de funcionamiento y regulación de lo social. Ya no se trata de que el arte entendido como una práctica idealista, como Bourdieu señala en Sociología y cultura, genere resistencia por parte de disciplinas que se conciben a sí mismas como racionales e instrumentales, sino que incluso un arte comprometido con el cambio y la denuncia, que se propone no como un producto inspirado y trascendente sino como intervención política y social, no logra reconocimiento social debido a las luchas por el monopolio de los saberes y el “control del sentido” por parte de las disciplinas que cuentan con más arraigo institucional y mayor tradición a nivel nacional. 


La tensión entre sociología y crítica cultural no está exenta en sí misma, de problematicidad, ya que implica no sólo la construcción de respuestas disciplinariamente diferenciadas a la desarticulación política y social operada por el autoritarismo pinochetista, sino también una lucha por el predominio interpretativo y por el control del campo intelectual. Ana del Sarto ha analizado estas pugnas entre el campo de la sociología y el de la nueva crítica cultural nucleada en torno a la Revista de Crítica Cultural, refiriéndose a ellas como una paradójica batalla por la hegemonía cultural e ideológica en la cual se registra, por un lado, la valorización del margen como posición privilegiada para el desmontaje de mecanismos de poder cultural, y por otro, el deseo de reconocimiento de la importancia y sentido de esas prácticas marginales por parte de los campos establecidos en la cultura nacional. 


Analizando la escena intelectual de Chile en ese tiempo, Richard sitúa el problema en el espacio de las pugnas entre campos de poder en el que su propia obra se inscribe, dejando al descubierto intereses, cuestiones de prestigio y reconocimiento, estrategias defensivas y voluntades de conquista del campo cultural a nivel nacional e internacional. Además del reconocimiento de la existencia de luchas ideológicas, metodológicas y filosóficas entre las disciplinas, el trabajo de Richard expone la presencia de distintas formas de comportamiento cultural y performance social de los saberes, es decir, de tensiones ideológicas que atraviesan el campo cultural y se enraízan en lo social y en lo político. Se concentra en el estudio de políticas culturales, políticas del género, políticas de la identidad, es decir, prácticas resultantes de la acción coordinada de intereses, disposiciones y filiaciones que revelan historias no oficiales, memorias otras, en las que se proyectan formas de subjetividad que por no hablar los lenguajes dominantes no traspasan el umbral que las hace perceptibles y reconocibles a nivel colectivo.


Richard construye así desde el campo de la crítica esa escucha social e ideológica que aunque se vincula con la recepción, la rebasa. En efecto, su crítica llama la atención acerca de los modelos mismos de análisis y de interpretación, lo cuales están naturalizados en las prácticas de consumo del material cultural. Según Richard, son las bases mismas de esos modelos interpretativos las que es necesario revisar y cuestionar para inaugurar nuevos paradigmas epistemológicos que remuevan la inercia del sentido y promuevan formas inéditas de comprensión de la subjetividad y de sus relaciones con el poder político, académico e intelectual. A partir de estas nuevas plataformas de análisis se producen interpretaciones innovadoras del material simbólico, se generan saberes no-alineados y nuevos modos de lectura de lo social, es decir se construyen lenguajes y sentidos inéditos, apropiados para una recuperación de las tramas colectivas que permita conceptualizar las rupturas profundas producidas por la crisis política y cultural de la dictadura.


Tal panorama no podía estar completo sin una más amplia reflexión acerca de las modificaciones de la labor intelectual y el impacto de las lógicas de mercado a nivel de las culturas nacionales. En “Escenario democrático y política de las diferencias” Richard registra el paso de la política como antagonismo a la política como transacción haciendo referencia al escenario de negociación y búsqueda de formas de consenso capaces de sustentar el proceso de vuelta a la legalidad post-dictatorial. Percibe el abandono de las formas oposicionales de intervención cultural y el descaecimiento del intelectual mesiánico que comunicaba, desde una función/misión de liderazgo cultural y político que comienza con la Independencia, una “visión del mundo” y un programa de acción social. 


Desde la ya aludida noción de intelectual orgánico de Gramsci, donde ciertas formas de trabajo cultural hacían del crítico y del creador, un “representante de la hegemonía” que tenía como función específica promover formas de conciencia homogéneas y autónomas, se pasa a la idea de intelectual sectorial de Foucault: “un intelectual que sitúa su crítica al poder en el interior de la multiplicidad dispersa de sus redes de enunciación y circulación buscando hacerlas estallar mediante tácticas oblicuas de resistencia local a las jerarquías del sistema”. El problema que se presenta hacia el final del siglo XX particularmente en el caso de Chile es el de analizar la función intelectual de cara a las exigencias del mercado y a los procesos de negociación comunicativa (complacencia del público, transparencia de los mensajes, eliminación de la política o de la cultura como intervención capaz de antagonizar el precario status quo de la post-dictadura) evitando convertir paulatinamente la cultura en burocracia (es decir, en defensa del orden institucional) o en espectáculo.


Mabel Moraña


El repertorio semántico de que se vale la crítica de Richard constituye en sí mismo una introducción elocuente al espíritu de su análisis ideológico: residuo, fuga, márgenes, intersticios, quiebres, descalces, bordes, insubordinación, travestismos, líneas de escape, puntos de fuga, forman el andamiaje de un lenguaje desesencializador y desfamiliarizante, que apunta a la deconstrucción de los discursos dominantes y obliga a repensar relaciones, lógicas y secuencias de una racionalidad que, de cara a la catástrofe política y social de la dictadura, ya no representa ninguna forma de verdad ni de ética. Como Richard observa, las lógicas del “orden” y del status quo se han anquilosado en los lugares comunes de un consenso anacrónico y academicista que ha sido rebasado por los desfases y excesos de lo real. Es necesario desautomatizar la mirada, establecer nuevos puntos de observación, nuevos lenguajes y nuevas formas de significar los datos de la realidad para restablecer en sentido de lo social. Richard indica, reflexionando sobre esos desafíos y analizando el desenvolvimiento de los campos más allá de los límites de lo nacional: Ni los estudios culturales (como proyecto de reorganización académica del saber universitario) ni la crítica cultural (como diagonalidad del texto crítico que recorre los intersticios de diversas formaciones de discurso) cancelan la pregunta de cómo resolver las tensiones entre trabajo académico y práctica intelectual, es decir, entre la delimitada interioridad de la profesión universitaria y los bordes de intervención extra-disciplinarios a partir de los cuales ampliar socialmente la crítica a los ordenamientos burocráticos y mercantiles del neocapitalismo. La relación entre los campos acotados de la enseñanza y la investigación autónoma, así como entre los dominios del saber disciplinario y del conocimiento “nómade” que atraviesa impunemente esas fronteras, constituye un desafío intelectual y articula, de por sí, una agenda de trabajo. 


Muchos de estos desafíos y problemas son abordados por Bourdieu en Homo Academicus y en escritos anteriores, en los que se plantea la reflexión sobre las relaciones entre trabajo pedagógico, labor intelectual y militancia política. En convergencia con el sociólogo francés, Richard sostiene un compromiso firme con la vigilancia epistemológica y metodológica de sus propios postulados. La suya —la de ambos— es una tarea reflexiva que se observa a sí misma, siguiendo la idea de que la crítica debe operar como “objetivación del sujeto objetivante”. (Homo Academicus) Como en Bourdieu, la preocupación de Richard es la de ubicar la crítica en el intersticio entre las estructuras sociales objetivas y las disposiciones mentales subjetivas, poniendo al mismo tiempo en la mira la operación misma de la observación crítica, que pertenece, ambiguamente, a ambos niveles.


Richard teoriza justamente el sentido contracultural y subversivo de estas prácticas representacionales que desafían los campos de poder y las disposiciones naturalizadas en el sistema existente de producción/recepción de productos culturales. Eludiendo los grandes planos, las cuantificaciones y la apelación a nociones y procedimientos conocidos dentro de los cotos disciplinarios tradicionales, el proyecto de Richard enfoca lo social en sus micro-relatos. Se concentra en expresiones marginales, narrativas insertas y mimetizadas en lo cotidiano, prácticas diarias, metaforizaciones que eluden las formas previsibles de racionalidad y apuntan a la tematización de elementos residuales, invisibilizados por los actores y agendas dominantes que tienden a la totalización y a la solidificación del sentido. Su pensamiento crítico apunta a la transversalidad, es decir, a la realización de cortes oblicuos en la escena social que puedan revelar las entrelíneas del sentido. Es aquí que los procedimientos de Bourdieu resultan oportunos y altamente eficaces para identificar intereses sectoriales, habitus y disposiciones que definen el acercamiento a la cultura y la relación entre lo real y lo simbólico. Tales estrategias demuestran, además, que la escena cultural se encuentra atravesada por campos de poder, proyectos y prácticas múltiples, algunas ni siquiera relevadas por el análisis disciplinario, las cuales impiden toda forma de totalización o de generalización conceptual o teórica. El trabajo de Richard empuja más allá los límites de la crítica al analizar lo que cae fuera de los campos: las formas no institucionalizadas que apuntan a la vivencia misma de lo social. Sin temer los efectos diluyentes de la fragmentación, su obra teoriza el margen, la contaminación, la copia, el reciclaje, los desfases y descentramientos de contenidos, agentes y formas de subjetividad que reivindican el valor del afecto, el deseo y los instintos por encima del disciplinamiento, la racionalización y la resistencia a la teoría. En este aspecto complementa aspectos que se consideran no cubiertos por la obra de Bourdieu, quien se concentraría en niveles más visibles y más obviamente significativos del movimiento de producción simbólica. Como indica uno de los críticos de Bourdieu:


La teoría de los campos consagra mucha energía a iluminar las grandes escenas en las que se juegan desafíos de poder, pero poca a comprender a aquellos que montan las escenas, ponen en su sitio los decorados o fabrican la utilería, barren las tablas o las bambalinas, fotocopia documentos o tipean cartas (Lahire). De este modo, a pesar de su gran diversidad temática, a la hora de considerar los planos en los que realmente se juegan los posicionamientos sociales, culturales y políticos, Bourdieu dejaría afuera, según algunos de sus críticos, todas aquellas prácticas “que no son asignables a campos sociales particulares, porque dichas actividades no están organizadas sistemáticamente en forma de espacios de posiciones de lucha entre diferentes agentes que ocupan tales posiciones. La teoría de los campos muestra entonces poco interés por la vida fuera de escena o fuera de campo de los agentes que luchan en el seno de un campo”.


Contrariamente, Richard quiere señalar la relevancia de lo simbólico emprendiendo un análisis a veces minimalista de lo social, para impulsar al primer plano del conocimiento los saberes y los deseos ocultos, negados y desautorizados por la modernidad y por el autoritarismo, actuando como quien trae a luz los cuerpos desaparecidos por la dictadura y los rostros de los responsables. La crítica es en procesamiento de la visibilización, el lugar de la denuncia, la desautomatización y la interpelación colectiva. Política, crítica, cultura y proyecto político resultan inseparables: los une un propósito común y los cohesiona una intrincada red metafórica a través de la cual se quiere restablecer el sentido de lo social y la relación del sujeto con el mundo de los significados. Si la crítica de Richard constituye una requisitoria contra la ideología del autoritarismo y sus políticas de represión y exterminio de la ciudadanía durante el período dictatorial, no lo es menos respecto a los modelos que considera anquilosados de la izquierda tradicional la cual no logra, en algunos casos, liberarse de sus propia rigidez doctrinaria para captar los desbordes de una realidad que rebasa los canales previstos y requiere nuevas miradas y nuevas prácticas de reconstitución y de emancipación colectiva. La escena chilena es así interpretada como una arena de lucha y definición constante de posicionamientos, alianzas y antagonismos sectoriales. Su crítica tiene una deuda profunda con la experiencia, que es el plano en el que se registra la performatividad colectiva y a través del cual se expresa lo social y se elabora lo político. Pero está atenta también a las fisuras y reconfiguraciones que se registran en el mismo campo del poder político y que permiten vislumbrar la posibilidad de transformaciones que surgen de las contradicciones mismas de los discursos y prácticas dominantes. De todos modos, aunque valora el margen por la posibilidad de una mirada no comprometida con intereses dominantes sino, por el contrario, con la desigualdad, la exclusión y el descentramiento, Richard no aboga por la auto-marginación del trabajo intelectual, aunque sí por la distancia que permite la autonomía del juicio crítico, como el mismo Bourdieu señala en distintos momentos de su obra. De la misma manera, Richard alega en contra del poder paralizante de un duelo que pueda llegar a impedir o a retardar la reconstitución de las tramas sociales. Memoria, duelo y recuperación de lo social y lo político deben ser acciones convergentes que conduzcan al restablecimiento de la sociedad después de la catástrofe de la dictadura.


La crítica de Richard tiene particular incidencia en el campo de la literatura. Si en La ciudad letrada Ángel Rama había iluminado diacrónicamente las instancias fundacionales de las culturas nacionales y los procesos de institucionalización cultural, la obra de Richard se centrará en las dinámicas de des-institucionalización: en el desgajamiento de las redes modernas del saber y en el derrumbamiento de las certezas apoyadas en el juego excluyente de las culturas oficiales que terminan convirtiendo a la sociedad en un Panóptico. No interesan prioritariamente a Richard los transcursos históricos ni las narrativas englobantes y totalizadoras de lo nacional o de lo occidental ni las categorías conocidas (alienación, lucha de clases, proletariado) que no alcanzan a penetrar en la complejidad de la circunstancialidad (post)dictatorial y en la diferencia que enfatiza la condición postcolonial en América Latina. Más bien, su crítica observa los desfases y contravenciones del presente, las formas intuitivas a veces, generalmente discontinuas y con frecuencia inorgánicas a partir de las cuales se expresa lo popular en su instinto de supervivencia y regeneración colectiva


El concepto de violencia simbólica es uno de los ejes articuladores de su crítica. De la misma manera, la noción de campos y la percepción de la cultura como un espacio multipolar donde los distintos componentes (sujetos, mensajes, proyectos, acciones, habitus) se recomponen y resignifican de manera constante, conecta con el modelo de Bourdieu sobre todo en cuanto a la visión de lo social como campo de lucha sujeto a la constante negociación entre agentes y agendas sectoriales sometidos al cambio permanente de posicionamientos y estrategias. Así es que analiza, por ejemplo, la pérdida de centralidad del discurso letrado y las requisitorias en contra del valor universalizante de la alta cultura, particularmente de la literatura, campo abocado para entonces a la ampliación y crítica de los registros canónicos: 


La pérdida de centralidad de la literatura y de las humanidades como articuladoras de una relación entre ideología, poder y nación en el imaginario cultural y político latinoamericano afecta también el lugar y la función de los intelectuales hasta ahora encargados de interpretar dicha relación. La crisis de lo literario sería entonces uno de los síntomas de la globalización massmediática que interpretan los estudios culturales al incluir dentro de su corpus de análisis aquellas producciones de consumo masivo que habían sido desechadas por el paradigma de la cultura ilustrada, y al reivindicar para ellas nuevas formas de legitimidad crítica que ya no le hacen caso al viejo prejuicio ideológico de su supuesta complicidad con el mercado capitalista que las organiza y distribuye. El deseo de los estudios culturales de ampliar el “canon” de la institución literaria para introducir en ella producciones tradicionalmente desvalorizadas por inferiores, marginales o subalternas, contribuyó a disolver los contornos de lo estético en la masa de un sociologismo cultural, que se muestra ahora más interesado en el significado anti-hegemónico de las políticas minoritarias defendidas por estas producciones que en las maniobras textuales de su voluntad de forma (Globalización académica). 


Richard reconoce no solamente las tensiones creadas por el mercado en el nivel de la circulación de mercancías reales y simbólicas, sino la competencia misma de saberes y los lugares de enunciación de los discursos críticos como centros en disputa por la validación epistemológica. Su crítica analiza lo que Bourdieu define como el microcosmos literario a través del desarrollo del pensamiento relacional que analiza los posicionamientos, estrategias, orientaciones e intereses que guían a los diferentes productores y proyectos culturales vinculándolos siempre a las condiciones materiales de producción, la cual incluye la relación con el Estado y con los proyectos emancipatorios que desafían las lógicas oficiales. Como Bourdieu indica, cada proyecto implica la potencialidad de una desviación diferencial con respecto a las estructuraciones dominantes, y ahí es donde radica su capacidad de subversión de discursos oficiales y su posibilidad de propuestas alternativas. Existe así una interrelación inescapable entre posicionamientos, proyectos representacionales y determinaciones del contexto.


Cada autor, en tanto que ocupa una posición en un espacio, es decir, un campo de fuerzas que asimismo es un campo de luchas que trata de conservar o de transformar el campo de fuerzas, sólo existe y sólo subsiste bajo las coerciones estructuradas del campo pero también afirma la desviación diferencial que es constitutiva de su posición. Por grande que sea la autonomía del campo, el resultado de estas luchas nunca es completamente independiente de los factores externos (Razones prácticas).


La noción de campo de poder y campo intelectual informa todos sus desarrollos, aunque su crítica está mucho más afincada que sus modelos teóricos en la experiencia directa de lo social y en los intrincados movimientos que se registran en los espacios diferenciados de la producción simbólica latinoamericana y de las percepciones e interpretaciones de que ella es objeto en la academia norteamericana. El trabajo de Richard es fundamental como superación del dependentismo y del mecanicismo internacionalista que dicotomiza(ba) los flujos culturales bajo las formas de penetración de aportes exteriores vs. producción cultural in situ, legitimando automáticamente los segundos como los únicos válidos, auténticos y portadores de una verdad incuestionable, desautorizando sin más aportes exteriores y viceversa. Richard llama la atención, sin embargo, sobre las desigualdades y asimetrías profundas entre las condiciones de producción cultural en América Latina y los centros de producción teórica a nivel internacional, en los que se controlan recursos fundamentales para la generación de conocimiento. Lejos de todo fundamentalismo, su crítica defiende los derechos de la producción latinoamericana a establecer un diálogo igualitario con discursos centrales, haciendo del lugar de enunciación un concepto que alude no ya —o no solamente— a la arbitraria localización geocultural de los críticos o de los creadores de cultura sino a los posicionamientos ideológicos que cada uno asume en su trabajo.












Tomado de:

MORAÑA, Mabel (2014): Bourdieu en la periferia. Capital simbólico y campo cultural en América Latina. Santiago de Chila, Cuarto propio.

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