11 mayo 2015

La educación de Borges. Alberto J. Pérez




La educación de Borges

Alberto J. Pérez


Lo que llama la atención en la actitud de Borges hacia la investigación y el estudio, que él tomó muy seriamente a lo largo de toda su vida, es su desconfianza hacia un aprendizaje autocondescendiente, crédulo, como suele ser el aprendizaje bastante pasivo de la universidad, donde el estudiante acepta autoridades intelectuales y voceros supuestamente legítimos de las modas académicas reinantes. Borges llegó a acumular un saber envidiable, a pesar de las limitaciones de las bibliotecas rioplatenses y de no estar directamente en contacto con la buena cantidad de información bibliográfica que circulaba en las aulas universitarias. Obviamente no creía en verdades preestablecidas, sino en que él, como investigador, tenía que buscar su verdad y de alguna manera ir "más allá", lograr algún tipo de síntesis personal.Estaba muy lejos de proceder como el intelectual "colonizado" que muchas veces se lo acusó de ser. Recordemos que los personajes de Borges en sus "ficciones" siempre se encuentran con otra "cosa", con la verdad inesperada, inquietante, desestabilizadora, que les demuestra la inviabilidad de su saber y sus expectativas, y les abre la gran puerta metafísica hacia el ser.


Borges creyó en su intuición  para formular sintéticamente juicios relevantes sobre complejos problemas literarios y filosóficos. Esa habilidad de Borges contribuyó a conformar su propio tipo de pensamiento sobre la cultura, lo que le da su dimensión de "pensador" latinoamericano. Sus constantes reflexiones sobre la metáfora, por ejemplo, lo llevaron formular su tesis, hoy muy comentada, delas que figuras del lenguaje pueden incidir no solamente en la escritura de la historia sino en la estructura misma del pensamiento histórico: "Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas -dice en su ensayo 'La esfera de Pascal'- Bosquejar un capítulo de esa historia es el fin de esta nota" Sobre el estilo aparentemente desorganizado de Miguel de Unamuno, explica que su culto a la libertad y la anarquía y su "desdén de la retórica" crearon una nueva retórica "de ritmo atropellado y discursivo", que aparenta descuido para demostrar la libertad de que hace gala su autor. Pero va más allá de la mera observación lingüística, tratando de prefigurar la base "estructural" del pensamiento de Unamuno, que se identifica como una figura lógica y que anticipa lo que sería durante la década del sesenta un lugar común del pensamiento estructuralista francés. Dice Borges:


Lo propio puede asentarse cerca de la configuración hegeliana del espíritu de Unamuno. Ese su hegelianismo cimental empújale a detenerse en la unidad de clase que junta dos conceptos contrarios y es la causa de cuantas paradojas ha urdido. La religiosidad del ateísmo, la sinrazón de la lógica y el esperanzamiento de quien se juzga desesperado, son otros tantos ejemplos de la traza espiritual que informa sus obras.


En el pensamiento original de Unamuno subyace una antítesis lógica, una especie de oxímoron, que el autor parece explotar repetidamente para su provecho. Notamos cómo en estas observaciones Borges insiste en la preeminencia del lenguaje sobre el pensamiento, lo cual no significa que negara al pensamiento su esfera de autonomía. Lo que Borges tempranamente indica es el sentido arbitrario del signo lingüístico y su incidencia en el mundo de la literatura y de las ideas, que muchas veces creemos de entero dominio voluntario del yo autorial.


La interpretación de Borges sobre el papel del lenguaje, que tiene un notable grado de originalidad filosófica, está íntimamente asociado a su experiencia con el Ultraísmo y el papel que la metáfora tuvo para las literaturas de vanguardia en la década de los veinte. Como joven escritor ultraísta, Borges pensó que la metáfora era "inagotable" y capaz de crear siempre nuevas combinaciones y se sorprender y admirar a los lectores. Entre los diversos artículos de Inquisiciones, su libro de 1926, dedicados al estudio de la poesía, dos de ellos en particular, "Después de las imágenes" y "Examen de las metáforas", tratan la cuestión técnica de la imagen y la metáfora y celebran su poder generativo. 


Pero a pesar del éxito, Borges, inquisidor de sí mismo, poco años después cambia radicalmente su posición respecto de la metáfora. En "Otra vez la metáfora" de El edioma de los Argentinos (1928) afirma:


La más lisonjeada equivocación de nuestra poesía es la de suponer que la invención de ocurrencia y de metáforas es tarea fundamental del poeta y que por ellas debe medirse su valimiento. Desde luego confieso mi culpabilidad en la difusión de ese error (...) Ayer he manejado los argumentos que la privilegian (...); hoy quiero manifestar su inseguridad, su alma de tal vez y quien sabe.


Más tarde pensó que su concepto de metáfora se había basado en el error de creer que la imágenes eran infinitamente renovables y que había, por lo tanto, que buscar la novedad, dictaminó, no tenía que ver nada con la literatura; estaba equivocado y demostraba la profunda ignorancia de los nuevos escritores. Ya los modernistas -Lugones, Herrera y Reissig-,antes que ellos, habían agotado todas las combinaciones posibles de metáforas. Si la metáfora tenía un valor, éste no podía ser su simple novedad: el valor de la metáfora radicaba en su habilidad para evocar los problemas fundamentales de la existencia: el paso del tiempo, la fragilidad de la identidad personal, que habían estado siempre en el centro de la reflexión metafísica.


La metafísica en sí era la fuente legítima fundamental de todo pensamiento y la literatura no podía, en rigor, diferenciarse de la filosofía. Para Borges, el hombre es un animal metafísico. El pensamiento conceptual no estaba en sí separado o alejado de los sentimientos; el pensamiento metafísico para él estaba lleno de pasión. El problema central estaba en vivir uno, a través de las grandes emociones metafísicas, independientemente de su discutida conveniencia o "modernidad". Por eso tenemos su admiración hacia Blas Pascal y Miguel de Unamuno, dado que estos pensadores vivieron sus perplejidades metafísicas de manera apasionada e íntima, como el hecho central de sus vidas. Por eso también el valor que le asignan a su confesión de "sentirse en muerte", porque entonces él sintió la eternidad y su presencia lo dejó estático. Y poder percibir en el paisaje de los suburbios de Buenos Aires una visión de la eternidad era realmente un don especial para un escritor e indirectamente, una prueba de que, si había una gran literatura por escribirse en su país, su generación era la elegida para llevarla a cabo y transformarse en la gran protagonista de la cultura nacional.


En El tamaño de mi esperanza (1926), anuncia, en el ensayo que da título al libro, su deseo de crear una literatura local "criolla", pero de un "criollismo" que "sea conversador del mundo y del yo, de Dios y de la muerte". La metafísica era la clave para vincular ala literatura argentina con la gran literatura universal. Esto no implicaba que los escritores argentinos tuvieran que transformar en "creyentes" de la metafísica ; el mismo se consideraba escéptico, pero ser escéptico para Borges no significaba "negar" el mundo sino afirmarlo en su totalidad, creer que todo es posible. En los ensayos que escribió durante su juventud, desarrolló un estilo que alternaba términos abstractos y conceptuales con expresiones coloquiales. En su ensayo autobiográfico, dice que estaba tratando de imitar a escritores barrocos españoles como Quevedo y Saavedra Fajardo. Sus expresiones combinaban el uso de metáforas sutiles con coloquialismo "criollos" y de color local con una actitud intelectual agresiva y arrogante. De Sarmiento, por ejemplo, dice en El tamaño de mi esperanza: Sarmiento (norteamericanizado indio bravo, gran odiador y desentendedor de lo criollo) no europeizó con su fe de hombre recién venido a la cultura y que espera milagros de ella" A pesar de la irreverencia de la afirmación, uno no puede dejar de notar la verdad innegable del comentario. Borges exhibe ya un aspecto sarcástico y burlón que siempre estará presente, con distintos grados, en sus escritos.


Borges demostró que poseía un nivel profundo de conocimiento y comprensión de los textos que comentaba y explicaba en sus ensayos. Pasados sus treinta y dos, y especialmente a partir de Discusión (1932),su estilo en prosa se volvió lacónico. Notamos en este libro una gran maduración intelectual en los tópicos que discute: teología, metafísica, poesía, la lectura,de oficio de escritor. Son las meditaciones de un escritor que ya está en posesión de una voz propia. Sus comentarios van más allá de lo que esperamos de un investigador y crítico erudito. Muestran un grado de reflexión y comprensión profunda y original. En "La supersticiosa ética del lector" fechado en 1930, defiende la validez y eficacia del estilo directo contra el estilo florido (que él mismo había practicado en épocas anteriores). Ha meditado, notamos, sobre el valor de la lectura en la formación del estilo personal y cómo esta puede jugarle una mala pasada al escritor si encubre sus emociones. Dice:


La condición indigente de nuestras letras (...) han producido una superstición del estilo (...) Los que adolecen de esa superstición entienden por estilo, no la eficacia o infeficacia de una página, sino las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y su sintaxis. Son indiferentes a la propia convicción o propia emoción: buscan tecniquerías (...) no se fijan en la eficacia del mecanismo,sino en la disposición de sus partes. Subordinan la emoción a la ética (...) Se ha generado tanto esa inhibición que ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales.


Exhibiendo su ya famoso escepticismo concluye el ensayo haciendo un comentario sobre sus propias quejas y negaciones, en una meditación que se ha transformando en el corazón de su pensamiento estético, donde presagia el fin, la muerte de la literatura:


Releo estas negaciones y pienso: ignoro si la música sabe desesperar de la música y si el mármol del mármol, pero la literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de su propia disolución y cortejar su fin.


En este ensayo el escritor autodidacta ha dejado de ser simplemente un estudioso aplicado de literatura y filosofía es un escritor y pensador original, que combina en su literatura el aprendizaje y el placer estético, el cual lo colocaría en el centro de la problemática de ese género especial que él iba a crear, mezcla de ensayo y de narración, que denominaba sus "cuentos"









Tomado de:
PÉREZ, Alberto J. (1999): "La educación de Borges". En: Pregón Literario, 2º Sección. S. S. de Jujuy, 12 de setiembre. 

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