04 febrero 2015

Etimología de la retórica. Raúl Dorra



Etimología de la retórica

Raúl Dorra


La palabra “clásico” (classicus) designó originalmente a los ciudadanos de primera clase, los que pagaban tributo al Estado y, por estar asociados al poder, imponían su forma de vida como un modelo. Más adelante, Quintiliano comenzó a llamar “clásicos” a los poetas que servían de modelo en la clase de gramática y, por extensión, la palabra clásico pasó a designar a todos los autores que se estudiaban, o eran digno de estudiarse, en clase. De modo que este vocablo, utilizado en principio para designar a los miembros de una clase social, se desplazó hacia un campo semántico relativo al saber y abastecido por términos como “áulico”, “académico”, “culto” y otros semejantes.


Pensada como fruto de un aprendizaje cuyo espacio es el aula, la retórica según Quintiliano y la tradición en que él se apoya es el ejercicio de un habla excluyentemente artística, esto es, cultivada con un criterio normativo. Tal normatividad se expresa en secuencias programáticas de cuya conducción se hace cargo el magister, quien es el responsable no sólo de un adiestramiento en el hablar sino también de la difusión de valores y de una visión del mundo social fuerte y verticalmente escolarizada. Sin embargo, los pensadores de la antigüedad conocían que cualquier sociedad es asimismo proclive a la difusión horizontal de valores y opiniones que se engarzan entre sí para formar los lugares comunes (topoi) del creer. Dichos lugares comunes no podían ser menospreciados por el orador pues era a partir de ellos que se construían los argumentos y se establecían las conclusiones. Aristóteles, como ya se dijo, sostuvo que el orador, si quería ser convincente, debía regirse no por lo verdadero sino por lo que se presentaba como tal a la mayoría de sus escuchas. El espacio propio del discurso retórico sería, según ello, el de la doxa: es allí donde el orador tiene asegurada su cosecha.


Igualmente se reconocía la proclividad, diríase natural, de los hablantes comunes a introducir en sus conversaciones figuras que estaban en circulación y que constituían en cierto modo ellas también una retórica, no una retórica de escuela sino una retórica de uso (rethorica utens), una práctica del hablar en muchos casos más eficaz, más persuasiva que la enseñada por el magister. El habla de las nodrizas, y en general de los sirvientes, que Quintiliano quería mantener alejada de los oídos del niño, sin duda estaría sembrada de figuras y formas de argumentación y por lo tanto tendrían su peso en la vida cotidiana aunque se tratara de desvíos de la razón analítica o, por qué no, precisamente por tratarse de desvíos. Dado que de los autores de la antigüedad –incluidos los autores cristianos– casi no quedan sino las obras “clásicas”, todo lo que alcanzamos intuir de estas hablas y de estos hábitos mentales alejados de las aulas puede deducirse de las sátiras, comedias y fábulas que han llegado hasta nosotros; obras como el Arte de amar de Ovidio y sobre todo El asno de oro de Apuleyo parecen anticipar lo que será visible varios siglos más tarde, cuando el bajo latín, o el latín vulgar, en sus transición a lo que serán las lenguas neolatinas, muestre la riqueza y variedad de una cultura que, como suele ocurrir, ofrece en la conversación callejera sus aspectos más dinámicos.


¿Es aceptable hablar de una retórica desarrollada de manera más o menos espontánea en espacios que se nutren del habla coloquial? Recordemos que, ya hacia el Renacimiento, el vocablo retórica se fue desprendiendo de su sentido etimológico debido a un uso que progresivamente lo asoció con el discurso literario. A partir de entonces era sobre todo el poeta el que tenía como especialidad y distinción el hablar “por figuras”. Desde luego, se trataba de las llamadas “figuras de invención”, destellos verbales con el sello de un estilo mientras más personal más valorado. Tales figuras, inventadas no sólo por razones de ornatus sino por la incesante necesidad de dar nombre a lo inefable, eran felices hallazgos de una palabra que se alejaba de los usos comunes de una lengua. De ahí, entonces, que tales figuras fueran concebidas, y aun definidas con frecuencia como formas alejadas del uso coloquial, formas que reunían la disciplina del arte con la inspiración personal del artista. Pero esta manera de ver las cosas no dejó de confrontarse con la otra, la que veía en las figuras un resultado del libre discurrir del lenguaje. 


Cabría hablar acaso de una retórica natural y de una artificial, o de una retórica en sentido restringido y otra en sentido generalizado (porque el propio poeta también recurriría al uso de figuras naturales actuando ya no como poeta sino como un hablante común en sus intercambios verbales distendidos) o, si se quiere, de una retórica canónica y otra extracanónica. Desde cierto punto de vista, esta última división parece preferible puesto que las figuras que utiliza el orador o el poeta aunque las pensemos como de invención por razones taxonómicas, raramente lo son en sentido estricto, es decir, figuras que ningún otro poeta hubiera usado antes pues en realidad aun las figuras más celebradas suelen responder a la sensibilidad de una época y a convenciones de estilo ya que los poetas, aparte de haberse formado como tales en la lectura de otros poetas que los antecedieron, están siempre en contacto con los de su generación, ya sea en las cortes, en las aulas, en los certámenes que periódicamente los reúnen y confrontan, por lo cual necesariamente se produce una suerte de emulación o contagio, o lo que se ha llamado la influencia: así, una figura verdaderamente única, sin antecedente alguno, o bien no sería comprendida o bien no sería valorada como tal. La producción de figuras está siempre sometida a restricciones y a juicios de autoridad y en última instancia son esas restricciones y esos juicios los que determinan la canonicidad de tales usos del lenguaje. Nada quizá ilustra mejor lo que estamos diciendo que la poesía del barroco español, tan adicta a las figuras pero a la vez tan sometida a un canon retórico que terminó por llevar a los poetas a una no disimulada crispación, o a la autoparodia cuando no al lamento: “Oh siglo desdichado y desvalido / donde todo lo hallamos ya servido / y no hay voz, equívoco ni frase / que por común no pase / y digan los censores: / ¿Eso? ¡Ya lo pensaron los mayores!” expresa Sor Juana en un largo poema que puede leerse como una crítica a ese estilo que ella cultivó con tanta y tan versátil maestría. Siempre obligados a moverse dentro de los límites impuestos por una normativa que dictaba los temas así como la codificación y decodificación de las figuras (cristal luciente = agua; arcos de Cupido = cejas femeninas; juventud del prado = rosa) y sin dejar de recurrir a las fórmulas usadas (“Llamo al mar cielo de peces, / Peine del viento a la nave”, bromea Jacinto Polo), no fueron poco los poetas para los cuales esta fiesta verbal era en el fondo una cárcel monótona.


Habla de arte, habla artificial. Sin embargo, no podemos decir que las figuras del habla coloquial sean naturales pues se trata de hechos de la cultura, y tampoco que en todos los casos estemos ante figuras espontáneas porque con frecuencia el que las dice, por ejemplo en el mercado, tiene plena conciencia de que está modificando el habla en busca de un efecto. Otros críticos del discurso literario prefieren hablar de una retórica culta y una retórica popular, lo cual suele crear algunas dificultades pues los poetas cultos no han dejado de recurrir a un léxico popular por la necesidad de introducir variantes mientras los piropeadores callejeros (los que hasta hace poco seguían una tradición para la cual el piropo es una forma del arte verbal) siempre cuidaron de reproducir un léxico ingeniosamente culto.


También para el tipo de figuras que se construyen e intercambian cuentan los espacios discursivos donde los hablantes actúan. Un mismo hablante modifica su tono y el registro de voz, su léxico, incluso su sintaxis de acuerdo al escenario de su habla: un bar, una peluquería, un salón de clases, la intimidad del hogar. ¿Pero es posible dialogar sin construir figuras? Esta pregunta nos lleva inevitablemente de un extremo a otro: de la figura de ornatus cultivada con esmero y siguiendo una disciplina constructiva con el fin de hacer más eficaz la ejecución de un discurso que responde a un género preciso, a la figura que puede construir, y de hecho construye, cualquier hablante en circunstancias y contextos variables. Detenernos en esa pregunta significaría correr el riesgo de alejarnos del itinerario previsto para este trabajo. Baste decir (puesto que la formulación de esta pregunta, si bien en un sentido desviante, no deja de gravitar) que una lengua está en continua transformación porque, convertida en habla dialogada, queda sometida a la actividad de varios principios concurrentes. Mucho se ha hablado del principio de economía verbal al que suelen recurrir los hablantes, principio que conduce a una contracción de la sintaxis y también a una reducción léxica, en cuyo extremo está el reemplazo de la palabra por un simple movimiento de cabeza. Pero en el otro extremo encontramos el uso dispendioso del lenguaje con fines lúdicos, uso que comienza ya en la infancia con el gusto por la reiteración de sonidos (que es también un ejercicio de aprendizaje) en la búsqueda de un ritmo que encontrará su más completo desarrollo en el verso métrico donde las virtudes del sonido alcanzan su mayor potencia semiótica en tanto forma de la expresión. Hay variadas manifestaciones de este principio lúdico – aunque nunca puramente lúdico– que conduce a la palabra expansiva donde concurren factores como las ritmicidad verbal y la ritmicidad respiratoria asociadas a procesos cognitivos, la construcción de una identidad social o la adhesión a representaciones colectivas. Pero también, y esto nos interesa decir, hay en los procesos de intercambio verbal una continua producción de figuras motivadas por la necesidad de adecuar la palabra a las siempre renovadas maneras de inteligir y sobre todo producir formas de la realidad material, social, científica o tecnológica, para lo cual necesitamos proceder a la resemantización de –citando a Mallarmé– “las palabras de la tribu”, o apelar a préstamos de otras lenguas. Estos préstamos se incorporan con suavidad o violencia a nuestros modos de hablar, aprovechando la elasticidad, y aun la porosidad semiótica, del sistema lingüístico, un sistema que requiere de continuos reacomodos y que por lo mismo está siempre en situación de rebasar su propio límite. A este fenómeno de acelerada construcción de figuras de la necesidad (de catacresis) y a la pregunta acerca de si es o no legítimo tratarlas como verdaderas figuras, he dedicado un ensayo al cual remito al lector.


Todos, inconscientemente, usamos de cierta retórica infusa.


Esquematizando, entonces, podríamos pensar en tres tipos –o más bien tres niveles– de figura: figuras de invención (ornatus), figuras de uso (en proceso de lexicalización) y figuras necesarias (de índole catacrética). Decidir si lo  propiamente retórico se detiene en el primero, si cubre también el segundo, e incluso si abarca los tres niveles, depende del punto de vista que se adopte: el de la eficacia estética, el de la continua movilidad de los paradigmas, el de la necesidad de una adecuación de los usos verbales a las transformaciones de la realidad en un proceso de resignificación que muestra esa extraña, y por momentos vertiginosa, capacidad de la lengua para moverse entre lo finito y lo infinito. Por ahora, y pensando en la relación en que cada uno de estos niveles afecta a la gramática, diríamos que en el primero, más bien conservador en la medida en que tiene de académico, su valor consiste en que las figuras, por más proliferantes y aun tortuosas que ellas sean, dejan siempre a salvo la norma gramatical; por su parte en el segundo nivel –que incorpora el habla que proviene de diversos espacios discursivos, así como formas regionales o jergales del habla– afecta básicamente el aspecto lexical de la lengua, esto es el más superficial y, por decirlo así, blando del sistema; en consecuencia no altera de manera importante su núcleo duro, esto es, la sintaxis: el lunfardo, por ejemplo, que en ciertos tangos o milongas parece recurrir a una especie de terrorismo verbal, en realidad descarga sus baterías en el léxico (galicismos o variedades dialectales del italiano a los cuales modifica siguiendo procesos en general metonímicos o sinecdóquicos, así como inversiones, contracciones, etc.) pero en general no quiebra ni la línea argumental ni las estructuras sintácticas. Finalmente, en el tercer nivel es donde se sitúa la mayor amenaza para el sistema sobre todo en las formas contemporáneas del habla, tan impactadas por las transformaciones tecnológicas que obligan a importaciones del inglés que se adoptan sin un adecuado procesamiento lingüístico pues al hecho objetivo de la necesidad de dar cuenta de tales transformaciones, se le suma un desplazamiento que se localiza en el ámbito ideológico: en tanto reconocemos que las innovaciones tecnológicas provienen de áreas geográficas dominadas por el inglés, esa supremacía parece trasladarse de la tecnología a la lengua. 



Volviendo, ahora de manera puntual al etymon de la palabra “retórica” tendremos que recordar que en su origen está el término griego rhétor (el que habla), término que en latín se traduce como orator. De modo que la retórica sería el estudio del hablar, entendido éste a la vez como arte y ciencia: “ars bene dicendi” y también “bene dicendi scientia”. De modo que en principio podemos entender por retórica, en sentido amplio, la práctica y el estudio del hablar, y en sentido restringido: el estudio y la práctica del hablar sometido a reglas o, aun más estrictamente, la oratoria como arte y como ciencia de la palabra. Es en este sentido estricto que se suele entender de manera más inmediata el término retórica, del mismo modo que se suele entender que el orador no es en sentido lato el-que-habla sino un virtuoso del hablar cuya elocuencia se basa en un modo de producir discursos que tienen como pilares la argumentación y la figura. De hecho, los estudios dedicados a la retórica, en su inmensa mayoría, la entienden de este modo. No por ello, sin embargo, queda anulada la concepción según la cual la retórica es un saber-hablar, o incluso un querer-saber-hablar, esto es, saber argumentar y poder recurrir a modos figurativos capaces de convencer al otro de lo que el hablante dice. Entendida de este otro modo, la retórica sería, como pensaba Descartes del buen sentido, la cosa mejor repartida entre los hombres. Precisamente, es a este otro modo al que alude Alfonso Reyes cuando sostiene: “Todos,  inconscientemente, usamos de cierta retórica infusa. Vivimos defendiendo y objetando puntos de vista y tratando de convencer al prójimo”.


Esta retórica infusa a la que el hablante recurre como algo que de hecho está en su haber, es acaso la estrategia a la que apela el sujeto para consolidar su identidad, o, más básicamente, su estructura psíquica. Nada desarma más al sujeto que sorprenderlo en contradicción pues es como ponerlo ante un espejo en el que su íntimo rostro, su mismidad se muestran como fractura. ¡Cómo! ¿Yo dije eso? ¿Yo hablé así y obré en contra de lo que dije? Todo proceso argumentativo se hace en defensa de una coherencia en la que nuestra identidad se sostiene, y para dejar en claro que, en los dichos y/o en los hechos, nos asiste la razón; en suma, que hemos seguido sin interrupción la misma conducta en el hacer y en el decir. Con ello implicamos que lo verdadero, o al menos lo razonable, sería mirar las cosas desde la perspectiva en que nosotros las vemos, hacer o decir como hacemos o decimos nosotros. El mundo es eso que vemos y lo que de él predicamos, es la conciencia que de él tenemos: lo que está interiorizado en nuestra palabra. Por todas estas razones llevarnos o, hablando más rigurosamente, llevar al sujeto hasta el reconocimiento de que él no tiene la razón nunca es tarea fácil porque implica ponerlo al borde de una crisis para salir de la cual se requiere de un esfuerzo moral que, como la confesión, tiene un valor dolorosamente terapéutico. Los estudios de las formas de la argumentación, que se han desarrollado tan profusamente a partir de la recuperación de la retórica por parte de la lingüística, han mostrado cómo en el fondo de nuestros intercambios verbales –bajo la forma de preguntas o respuestas– hay una incesante actividad argumentativa. Se trata, pues, de una disposición tan primaria, tan “infusa”, como lo es la disposición para la defensa y el ataque que tienen los seres vivos, disposición que se activa ante el peligro. Se trata de una instancia radical. Pensar a la retórica como algo infuso en el sujeto es pensarla no sólo como anterior sino como motivadora de un “arte de hablar” cuya finalidad es sostener la existencia del sujeto. Es probable que Reyes no haya tratado de llevar las cosas tan lejos pero si somos consecuentes con lo que él ha expresado no podemos, por nuestra parte, dejar de hacerlo.


Y siguiendo la deriva que ha tomado el presente trabajo, la observación de Alfonso Reyes se asocia, diríase naturalmente, con aquella otra de Gómez Hermosilla que hemos citado hacia el comienzo de este trabajo. Como se recordará, Gómez Hermosilla habíaafirmado que “nadie comunica a otro sus pensamientos sino con algún motivo y proponiéndose algún fin” y que por ello resulta necesario conocer y dominar la gramática. ¿Es que entonces aprendemos a hablar –a hablar bien, según quiere Gómez Hermosilla– para poder argumentar eficazmente ante el otro, ante los otros? En mi libro La casa y el caracol, refiriéndome a la adquisición de la voz por parte del niño, subrayaba lo siguiente: “Debemos tener en cuenta que si el niño aprende a hablar no es porque tenga interés en la gramática sino en la comunicación. Él quiere existir ante los demás, ser un tú ante el otro –digamos la madre– y para ello necesita plantarse como un yo, ser reconocido, convertirse en un sujeto pleno” Pensadas las cosas de este modo podría decirse que la retórica –esa retórica infusa de la que habla Reyes– está antes que la gramática, y que se llega a ésta por necesidad de hacerse de la otra. Aunque una aproximación mayor nos convencería de que no se trata, todavía, de la retórica, sino del deseo de la retórica, algo que sería lícito pensar como una pulsión retórica que está en el fondo de la palabra aún no organizada en frases, en la pronunciación todavía deficiente, en el balbuceo del cuerpo, en el llanto o la caricia. Esa pulsión retórica existiría antes de la gramática, esto es: antes del dominio del habla, pero persistiría una vez adquirido su dominio, atravesándola en todas sus instancias. Así, ubicados ahora en el otro extremo de la retórica entendida como una disciplina rigurosa e imprescindible para la formación del orador, primero, y luego para la formación del poeta, diríamos que la retórica a la que se refiere Alfonso Reyes se expande en todas las instancias del habla bajo la forma de una pulsión. 






Tomado de:
DORRA, Raúl (2011): "La pulsión retórica" En Revista Retor Vol 1 n°1, junio de 2011, pp. 1-23

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