08 septiembre 2014

Montaigne hedonista. Michel Onfray


Michel de Montaigne (1533-1592)

Montaigne hedonista

Michel Onfray


De baja estatura, torpe, dotado de un sexo pequeño y muy pronto inoperante, Montaigne se describe sin complacencia. Cuando, en una digresión confiesa la coincidencia de su metafísica y de su física, es posible afirmar, sin extrapolar demasiado, que este cuerpo que piensa convive con un cuerpo que pesa... La carne de Montaigne hace las veces de genealogía de su pensamiento. Sus confidencias íntimas , anatómicas, fisiológicas, médicas, dietéticas, deportivas,y libidinales, sitúan los Ensayos entre los documentos excepcionales en la historia de las ideas para quien desee abordar los misterios de ls producción de un pensamiento y de la constitución de una visión del mundo. Nunca como aquí se asiste a la construcción de una filosofía que intenta transformar las debilidades  en fuerzas, condición imprescindible de toda superviviencia y, luego, de toda existencia.


Por tanto, el cuerpo es la gran razón. El cuerpo, es decir, algo distinto de un superficial unión del alma inmaterial y la carne, en la que ésta es concebida como la prisión del espíritu. La concepción que Montaigne sostiene del cuerpo es más refinada, más radicalmente poscristiana de lo que cabe imaginar: una materia corporal recorrida por flujos, fuerzas, energías, una materialidad cruzada por determinismos que escapan a la conciencia, a la razón, pero que, sin embargo, no obedecen a Dios.


El cuerpo no es portador de la inmortalidad. El alma, si existe, da nombre a lo que escapa a la razón razonable y razonante. No hay en los ensayos nada que permita imaginar un espíritu etéreo destinado al paraíso o al infierno. Esta alma de la que habla  Montaigne se aloja en el cerebro. (¡Cuando alguien se pretende preocupado por la ortodoxia, la define con menos localización y menos materialidad!). Además, este cuerpo evoluciona en el tiempo, sometido a la entropía, sujeto, como todo el mundo, a existir tan solo un instante. El ser para la muerte y la conciencia de no ser sino para la muerte: esto es lo que define al hombre.


Desde los veinte años Montaigne dice experimentar corporalmente el trabajo de la muerte en él: comienzo de la decadencia, anuncio del final. Jamás este problema ha sido resuelto en su vida. Seguramente no en el momento en que más cerca se halla de la muerte, como lo afirma la mayor parte de sus biógrafos. Tener que morir, saber que uno va a desaparecer, vivir con ese pensamiento, ése es el problema. Pensemos la muerte en vida, cuando todavía estamos a tiempo de hacerlo; no vivamos como si nunca fuéramos a morir; evitemos creer que la muerte sólo afecta a los demás, más tarde, no a nosotros, o sólo de lejos; abordémosla en plena forma,en plena salud, voluntariamente, y no obligados por la enfermedad, la edad, la vejez o la agonía; dejemos de creer que la muerte se piensa con los argumentos de la religión y la teología y abordémosla con las armas de la filosofía.


Montaigne lo dice en cada una de las páginas de los Ensayos: por doquier hay deseo. A menudo agrega: y sin cesar se nos invita a renunciar a él, a no transformarlo en placer. Sin razón fundada, precisa... Montaigne no defiende el goce  sin freno, sin límite, inmoderado, permanente y obsesivo. Lo considera conveniente cuando es medido, lo que equivale a decir cuando no afecta la libertad, la autonomía ni la independencia, sus bienes más preciados... como para Epicuro.


La medida que permite evitar la ansiedad, que da lugar al hastío. Tener demasiado, tenerlo todo, no permite una satisfacción simple ni serena. Dos tensiones definen al hedonismo: odio al dolor y amor a la voluptuosidad. Un cálculo de los placeres permite evitar la negatividad y buscar la positividad útil para escapar a las aflicciones y para encaminarse luego a al satisfacción, los dos movimientos constructores de toda alegría.





En el origen de esta invitación a no gozar, Montaigne coloca claramente la religión, o mejor dicho las religiones. En una extraña paradoja, estas ficciones añaden miseria a las que pretenden curar. El cristianismo habla de falta, cuenta la historia de Adán y Eva, insiste en el pecado original y sus transmisión de generación en generación y enseña la genealogía de la negatividad a partir de ese momento fatal: trabajar penosamente, sufrir y después morir, parir con dolor y otras tantas maldiciones que derivan de la funesta voluntad de la primera mujer.


Allí donde el cristianismo celebra la muerte como ocasión de liberar el alma del cuerpo y el sufrimiento como ocasión para imitar al Crucificado y obtener por esa vía la salvación que se ofrece en forma de anticuerpo celeste, Montaigne enseña la alegría, la voluptuosidad, el placer, la vida, la felicidad. No se trata de transformar nuestro paso por la tierra en expiación, ni de justificar las sevicias que uno se impone a sí mismo: ¿para qué? ¿con qué finalidad?. Vivir exige una sabiduría alegre, nada más. Desde la primeras páginas de los Ensayos y hasta las últimas, Montaigne declara la guerra al dolor. Ningún dolor es bueno, no defiende ni justifica ninguno. El dolor es lo peor que puede ocurrir, dice. ¡Querer dolor, como si el que existe no fuera ya suficiente!


El odio al dolor va a la par del deseo del placer, que es invitación a hacer lo necesario para crearlo, suscitarlo, solicitarlo. Y allí donde se encuentran los dos movimientos propios de todo pensamiento hedonista: expulsión de lo negativo, del dolor, y elección de lo positivo, el placer. El mal no cura el mal, sólo el bien actúa como cordial eficaz. El remedio no debe ser peor que la enfermedad, por tanto, prefiramos el goce, aun cuando todo y todos se coaliguen contra esta idea.


Este placer no es únicamente cerebral, espiritual: el goce del monje en su celda, el del asceta que renuncia... a los placeres, he ahí una paradoja inhallable en los Ensayos. El júbilo no atañe al alma separada del cuerpo, sino a la carne en su totalidad, con su parte espiritual: recuérdese que ambas instancias están unidas por una estrecha relación y una íntima costura. La voluptuosidad concierne a los cinco sentidos: beber y comer, ver, mirar, oler, degustar, tocar el mundo, exige del cuerpo la experiencia plena de la totalidad de esas posibilidades.


Todo el hedonismo de Montaigne se encierrra en esta lógica: el tiempo que fluye invita a la eternidad de un presente intensificado por el júbilo; la fluidez de todo lo que pasa llama a la inmovilidad en todo lo que permite la voluptuosidad; la muerte, operativa en nosotros desde el nacimiento mismo, obliga a la construcción de resistencias alegres. El morir no tiene más que un tratamiento posible: vivir. ¡Y para un buen morir no hay nada mejor, mientras se espera, que un buen vivir!










Tomado de: 
ONFRAY, Michel (2006): El cristianismo hedonista. Contrahistoria de la filosofía II. Barcelona, Anagrama, pp.192,  247, 248, 250, 252-255 y 258.

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