08 mayo 2014

El lector y su doble. Alberto Manguel




El lector y su doble 


Alberto Manguel 


El arte de leer es una actividad muy curiosa, una empresa que se confunde con otra que lleva el mismo nombre. Leer y leer no son la misma cosa.

En primer lugar, leer es una de las técnicas básicas de todo ciudadano activo en una sociedad llamada letrada. Para cumplir con ciertas responsabilidades cívicas y disfrutar de ciertos derechos sociales, un ciudadano necesita saber descifrar el código a través del cual la sociedad formula reglas, instrucciones, advertencias y anuncios de todo tipo. Esto es bien sabido. El conocimiento de las letras del alfabeto y de las reglas de sintáxis son necesarias tanto para el ciudadano como para su sociedad: si el ciudadano no las aprende, éste se ve disminuido en sus funciones; si la sociedad no las enseña, ésta pierde un obrero más diestro, un pagador de impuestos más lucrativo, un consumidor más dispuesto a consumir. Leer, en este caso, es equivalente a adiestrar. 


Pero leer tiene también un significado más complejo. Leer, en este otro sentido, es el arte de dar vida a la página, de establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, el vocabulario propio y la literatura de otro, convergen y se entremezclan como las aguas de dos ríos, y se funden en un sólo caudal en el cual ya no podemos distinguir si una frase cualquiera –“no perdono a la muerte enamorada”, por ejemplo, que nos viene a la mente cuando la pérdida de un amigo—es nuestra o de un cierto Miguel Hernández. Esa incorporación del texto, este sentirlo en carne propia, este vivir a través de la crónica de vivencias ajenas a la suya propia, este ver el mundo a través de los iluminados ojos de un poeta, de un narrador, de un artesano de palabras -- es lo que llamo yo el arte de leer.


El escritor inglés Edmund Gosse, en su admirable autobiografía Padre e hijo, explica la diferencia entre lectura instructiva y lectura imaginativa. Su padre, riguroso victoriano para quien la religión y la ciencia bastaban para explicar el mundo, le enseñó a Gosse las letras pero nunca permitió que leyese obras de ficción. “Nunca, durante toda mi primera infancia,” cuenta Gosse, “alguien se dirigió a mi con el conmovedor preámbulo ‘Érase una vez’. Me contaban de misioneros, pero nunca de piratas. Sabía de picaflores, pero nunca había oído hablar de hadas. Pulgarcito y Robin Hood no me eran conocidos, y aunque tenía información sobre los lobos, de Caperucita Roja no sabía ni el nombre. En cuanto a mi ‘devoción’, pienso que mis padres se equivocaron al excluir lo imaginario de mi visión de la realidad. Querían hacer de mí alguien veraz; me volví en cambio categórico y escéptico. Si me hubieran envuelto en los blandos pliegues de la fantasía, mi mente se hubiera contentado por más tiempo a seguir sus tradiciones sin ánimo de cuestionarlas.” Para Gosse, educar no es sólo adiestrar; es permitir que, a partir de una cierta base de conocimientos, cada uno pueda crear una versión de la realidad que su razón y su imaginación le inspiren. 


Exemplum docet, dice el lugar común latino, y es cierto que, en el campo de la lectura, si las estrellas nos son favorables, el ejemplo enseña. Es cierto que un maestro apasionado puede despertar esa pasión en el joven que lo está escuchando. Pero es cierto también que, hoy en día, el maestro que quiere dar un lúcido ejemplo debe hacerlo en un mundo cuyo propio ejemplo predica todo lo contrario, un mundo en el cual esa otra lectura –-la generosa, la inquisitiva, la que por sobre todo se hace por avidez de inteligencia y de placer intelectual—es denigrada como mero entretenimiento, ocio superfluo, actividad prescindible y tediosa o difícil. 


Para alentar a nuevos lectores frente a tales inmensos obstáculos, los defensores del arte de leer tratan de fortificar y promover la literatura que llamamos infantil. Comparto sus deseos, pero me gustaría proponer que ese rótulo no se limite a los libros escritos específicamente para niños. La categoría “literatura infantil” no se inventó hasta el siglo diecisiete, y durante muchos años fue meramente instructiva. Nuestros antepasados en Babilonia y en Grecia, en India y en China, leyeron en sus remotas infancias libros escritos para sus padres, pero, porque eran niños quienes los leían, esos mismos libros se transformaron en otros, distintos. La epopeya de Gilgamesh, la historia de la amistad entre un rey civilizado y un hombre salvaje, que para los adultos de Sumeria narraba entre alegoría e historia los orígenes de su civilización, era sin duda para los pequeños sumerios una primera versión de lo que, dos mil años más tarde, sería el encuentro del niño Elliot con E.T., el extraterrestre. 



La fábrica de avispas. Ian Banks


En el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita? 


Como lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las súplicas de los críticos ni las lágrimas de los autores que nos han precedido. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se creían a salvo. Por puras razones de gusto, en el paraíso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. ¿Nuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. ¿Melville fue despreciado y Kafka vendía apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville está sentado a la diestra de Dante y una primera edición de La Metamorfosis de Kafka vale una pequeña fortuna. Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.


El lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum. “De gustos no se discute”, o, como se dice en castellano, “Sobre gustos no hay nada escrito”. El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres? 


El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta, como si nos dividiéramos en un sinfín de dobles. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No todos soñamos de la misma manera, no todos hacemos el amor de la misma manera, tampoco todos leemos de la misma manera. 


Para ese doble del lector que somos secretamente, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que creamos cada cual con su libro, no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. De niño, Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, “muy respetuosos de la lectura” que “hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente.” Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir “Así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?” lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, “No gracias,” con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura es para nuestro doble, y no admite terceros. 


Luego sí. Todo lector sabe que, después de leer un libro, la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de aquella intimidad. Acabo de leer un párrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra página, quiero leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: “Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo.” Es así como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, el novelista francés Hervé Guibert cuenta que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke, para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que éste se había llevado de viaje. 


Intimidad solitaria y compartida. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado “terrorismo intelectual”. Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. “El arte alcanza una meta que no es la suya” escribió Benjamin Constant hace más de un siglo. Lo mismo puede decirse de la lectura. 


Leyendo carta. Thomas Benjamin


Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos el Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el México de Rulfo, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Juan José Arreola, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto, muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo. 


Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también. Que un libro nos parezca pésimo, no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El inglés Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Sudamérica, se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como por ejemplo el sapo de Bahía, repugnante criatura que el Dr Waterton cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espléndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo diría que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastretta. O ante este verso de Díaz Mirón que imita o tal vez parodia a Baudelaire: “Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo.” Tales abominaciones tienen la marca de un genio. 


Tom Stoppard escribió que para saber si un escritor es bueno o malo, no hay que preguntarles a sus críticos sino a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Elijo una frase al azar, de los poemas de Jorge Esquinca: "El desierto es una distancia del alma." 


Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. Cualquiera que haya visto el desierto sabe que su dimensión ya está en nosotros, que existe porque sabemos que debe existir. Pero no sabemos cómo decirlo. El lector sabe que, en tales casos, como en los poemas de Esquinca, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau –“Étonnez-moi!” “¡Sorpréndame!”—es el deseo de un empresario, no el de un auténtico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso –descubrir, después de un primer encuentro, que el ser amado toma café en lugar de té, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea “La violetera” en la ducha—pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. “Cuando diseño un jardín,” dice un pedante personaje del novelista inglés Thomas Love Peacock, “distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado.” “¿Ah sí? Entonces dígame,” responde su interlocutor, “¿qué nombre le da usted a esa misma calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?” 


Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos “actes per longitud de temps envellits” sino también “los actes frescs de nostres dies”. No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino también la nuestra, la de nuestro doble, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Stevenson, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.


Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras) imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mi mismo, gracias a las páginas de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la llamó Incola Chiaromonte) denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nuestro doble, es decir, de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.







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Tomado de: 
MANGUEL, Alberto: "El lector y su doble". Conferencia impartida el 30 de marzo del 2007 en el Auditorio Silvano Barba del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad de Guadalajara, México. 

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