14 agosto 2013

El reino, modelo para armar. Fabricio Borja


El gato, arquetipo onírico, es un motivo recurrente en su obra.
El erotismo está del lado del símbolo

El reino, modelo para armar

Fabricio Ernesto Borja



¿En qué modo se hace presente el erotismo en la basta obra de Julio Cortázar?. La pregunta surgió hace un tiempo, mientras imaginaba cómo serían esos juegos solitarios que Julio niño definía como mágicos, aquellos juegos dónde él fabricaba un reino imaginario en el jardín de su casa, y de ahí que él sabía que era el jardín, pero sabía que los grandes no sabían que también era el reino, una visión en que las cosas dejaban de tener sus funciones establecidas para asumir otras muy diferentes, funciones inventadas, como decía él. El hombre que fabrica un mundo lúdico es un hombre metido en un mundo combinatorio, de invención combinatoria, que está inventando continuamente formas nuevas. 


Lo erótico, por tradición o añadidura, ha tenido que ver con ese pasaje hacia formas nuevas, todavía sin revelar. Pensar el erotismo en la literatura requiere tener clara consideración de que las transformaciones culturales y de percepción fueron profundizándose y diferenciándose en el tiempo, casi tanto como los tipos de público que tuvo la literatura. Aquel lector que Cortázar definía en su intimidad como un mirarse a sí mismo, fuera de la comprometida noción del trabajo para otro, hoy se rige por ciertas pautas de comprensión y de lectura para masificar adeptos y fortalecer cierto producto. En acuerdo con Umberto Eco, creo que, en estos tiempos, es el código el eje del mensaje y no el clásico medio Mclughaniano. 


Pero en la Argentina el erotismo literario no fue paradigmático como pudo ser en Francia, y en ese sentido fue más esquivo y sinuoso. Actualmente podemos encontrarlo tal vez en autores disímiles o redescubiertos como Dalmiro Saenz o Federico Aldahazi, entre muchos, siempre ejerciendo una distinción entre el erotismo en la literatura y el erotismo propio del mercado literario, clarificando sus objetivos y diferentes maneras de trabajar el concepto. 



Hasta que se dejó la barba y el bigote,
Cortázar pareció siempre en hijo de sí mismo:
en esta foto tenía casi cuarenta años


El fundamento crítico sienta las bases para la definición de la escritura, la obra creada y la recreación por parte del lector. Sin duda, la visión de la crítica literaria también  puede convertirse en factor determinante para que la literatura erótica tome la fisonomía de un género. Pero no olvidemos que lo erótico se define desde muchos ángulos y es sobre todo es en el lector donde se deposita buena parte de su significación. En la literatura erótica el sexo es un pretexto para anclarnos en otros asuntos, se trata de un terreno multiforme donde la escritura toma una relación de distancia con el objeto y cuanto más intensa y menos distante es esa relación, lo erótico se disuelve y aparece lo pornográfico. El erotismo implica un instrumento de suspensión, de negación del acontecimiento sexual (sexual en el sentido de lo explícito y a la vez secreto), y cuando ese instrumento represivo se ablanda, aparece una especie de género diferente, lo pornográfico. Dependientes de la sexualidad, el erotismo y la pornografía, están dominados por la idea que transfiere una imagen visual, sin embargo, la escritura se inserta también en esta cuestión sin límites precisos.


Tal vez podamos acercar el concepto a la relación que establece el cuerpo humano con otras claves del texto, como lo social, lo político, o lo familiar. La idea es determinar cómo se narra una circunstancia del cuerpo en relación con su serie de contextos. Si el erotismo sondea estas pautas, puedo afirmar que en la literatura de Cortázar el erotismo nunca está solo, nunca es esencial. La noción de pasaje, que el autor atribuía a esa insatisfacción ante las cosas dadas, nos permite realizar ese desplazamiento, a veces imperceptible, que nos lleva a otra realidad; Como dije, él sabía que era el jardín, pero sabía que los grandes no sabían que también era el reino. Eso se repite después, muy amplificado, en la noción de la ciudad en 62 Modelo para armar, ya en un escenario donde esta permeabilidad se abre paso inevitablemente. Aquí el espacio barroco es de sobreabundancia y desperdicio, contraría al lenguaje comunicativo, económico, austero, reducido a su funcionalidad. El lenguaje se complace en el suplemento, en la demasía y en la pérdida parcial del su objeto, o mejor: en la búsqueda, por definición frustrada, del objeto siempre parcial. De esta comunión entre búsqueda insatisfecha y realidades secretas por descifrar nace la fortaleza semántica y el placer estético que encierra la obra de Julio Cortázar.




Ni él ni el arbolito son los protagonistas de esta foto sino la sombra
sobre el muro, en la que ambos se parecen más de lo que difieren


El erotismo está del lado del símbolo –estructurado en el juego de la presencia y de la ausencia–, y como tal no está dado sino creado. El velo de las nuevas formas puede tener la forma del vestido, pero no es ello lo importante: el erotismo puede permanecer aún cuando cae todo vestido si el cuerpo permanece velado, si sigue habitado por un cierto misterio. Participa de una relación sagrada con el sexo, la misma que hace posible el amor, es decir, el reconocimiento del otro como diferente, como no especular, como alguien que, por diferente, puede dar y recibir. La pornografía, en cambio, se reconoce en la irrupción de una mirada profanadora: inscrita toda ella en el ámbito de lo imaginario, en esa pulsión de ver hasta el final –de devorar con la mirada– , no acepta pues ningún límite, no reconoce ningún misterio, nada sagrado ante lo que la mirada debe cesar, pues no acepta diferencia alguna entre el objeto de su mirada. El otro, pues, no es conocido como ser diferente sino tan sólo como objeto de apropiación especular. En Cortázar no es posible un relato que tenga al sexo por objeto. Sin duda, el encuentro sexual de dos cuerpos puede construir alguno de los núcleos del relato, pero siempre a condición de que ese encuentro informe de cualquier otra cosa que no sea él mismo, y a condición de que el relato encadene otros encuentros que no sean, o no sean tan solo, sexuales. En otros términos, es necesario que esos cuerpos no sean sólo cuerpos, sino también, y sobre todo, personas, personajes. De lo contrario el relato no es posible porque el sexo, por sí solo, no conduce a ningún sitio. El deseo, cuando no puede ser inscripto en una perspectiva simbólica, cuando sólo moviliza cuerpos en el espejo, solo puede rebotar insensatamente. Dice Severo Sarduy que el erotismo en tanto que actividad siempre lúdica, no es más que una parodia de la función de reproducción, una transgresión de lo útil, del diálogo natural de los cuerpos. Aclara que en el erotismo la artificialidad y lo cultural se manifiestan en el juego con el objeto perdido, juego cuya finalidad está en sí mismo y cuyo propósito es usar su abundancia (y desperdicio) en función del placer. Como la retórica barroca, el erotismo se presenta como la ruptura total del nivel denotativo, directo y natural del lenguaje, como la perversión que implica toda metáfora, toda figura. Estas son las líneas que pretendo recorrer en algunos textos narrativos de Julio Cortázar, buscando la manera de llevar el concepto de lo erótico en la literatura a nuevos campos de interpretación.