10 julio 2013

Del espíritu a la carne. Sonia Melara




Del espíritu a la carne


Homoerotismo en la obra de Sonia Melara


Sonia Melara replantea en su obra la belleza, el sufrimiento, las insatisfacciones  y las confrontaciones míticas religiosas con la moral occidental , condicionadas a los demás elementos de la vida cotidiana. Sus primeras obras son una relación con el pasado con el presente, en ellas reivindica los conceptos académicos de la belleza, la razón y la naturaleza idealizada. Sonia centra su atención en sistemas de valores metafísicos en los que el cuerpo se convierte mas que en un tema, en una forma de arte, apta para entrelazar el amor, la pasión, la belleza, el éxtasis y la experiencia de lo divido. Estos cuadros no necesitan texto no necesitan texto ni contenido. La mayoría de ellos busca un lugar en el mundo como seres realmente existentes capaces de motivar emociones diversas en quien lo observa. Son imágenes ingenuas y naturalmente bellas, sutiles estrategias de desinhibición, cifradas en la virilidad, en el poder cultivador de la figura femenina o en la habilidad erótica de los sujetos traducidos por la mano del artista, es el boceto de lo aceptable, sin entrar en confrontaciones exhaustivas: tímidas peor sensualmente sugestivas. Poco a poco se irán volviendo mas complejas con las múltiples manifestaciones de lo corpóreo: brutalidad, voluptuosidad, confrontación y sarcasmo, solo por citar algunas.


El carácter radical de su propuesta pictórica pone de manifiesto una marcada angustia existencia, el espíritu. Sonia convierte al hombre en el punto de foco desde el que debe considerarse el mundo. Su obra adquiere un carácter profundamente introspectivo. El verdadero tema en sus cuadros no se centra en la apariencia externa de sus lienzos, sino en la vida psicológica que cada uno de ellos refleja: por eso, el espacio psíquico se hace cada vez mas profundo y abismal para navegar por los terrenos del inconsciente colectivo, escudriñando un mundo narcisista, jactancioso, en ocasiones caprichosamente hiriente y confrontativo, lleno de emociones encontradas que cuestionan la conciencia natural del hombre y evalúa sus códigos sociales y morales.






Sin embargo, al recorrer sus otros lienzos se puede ver cierta agresividad que linda entre la sensualidad masoquista y una pasión aberrante, adoptando poses afectadas, movimientos bruscos con efectos preciosistas de claroscuro. El desnudo va adquiriendo un valor secreto, perturbador. Ha perdido la inocencia de la explicación figurativa de un hecho natural y se va vistiendo de contenidos que trasgreden las concepciones morales y religiosas, como un intento por ostentar la potencia de la humanidad dominante y dominada. Es el descubrimiento de la fuerza del cuerpo, de la intensidad vital que se asoma de mover y contradecir ideas. En efecto el cuerpo es espíritu y es carne, una carne hecha como transgresión a ciertos códigos sociales. Lo sorprendente es que algunos espectadores se ven seducidos y paradógicamente aterrados o asqueados de ver su propia forma o cuerpo enfrente. La autonomía del paisaje corporal, proyección de fuerzas indómitas como síntoma de la potencialidad del cuerpo humano. Son imágenes llenas de metáforas visuales y recursos simbólicos de una iconografía personal que, como señala Astrid Bahamondo: "se sustentan en una solida referencia a la historia del arte, de la literatura clásica, de la hagiografía religiosa y la psicología" donde la intención creadora nivela técnica y contenido


En pro de esta búsqueda, la figuración del cuerpo adopta una calidad escultórica con tendencias hercúleas y en ciertas figuras femeninas, andróginas. Se observa aquí una confesión del nuevo pensamiento del hombre: un gigante de actitudes bruscas, con una tensión formidable en sus músculos que alcanza los limites de lo posible; como indicando que en su nueva concepción, el canon figurativo se encuentra en lo excepcional. Pero contradictoriamente, no es el dibujo donde se encuentra el valor total de estas pinturas. La magnitud real se dibuja en la capacidad significativa. Sus personajes, tan férreos como están constituidos, se manifiestan plagados por actitudes igualmente ambiguas y atormentadas. Son frecuentes en este momento, escenas de tortura, exaltaciones, pasiones, indicios claros de una insatisfacción existencial, mezcladas de una pasividad agresiva dibujada en rostros tranquilos y serenos.


En esta paulatina emersión del mundo erótico y sensual se configuran seres de apariencia cotidiana, revestidos de actitudes ciertamente estrafalarias y decadentes, con fuertes alegorías a un placentero martirio. Parece que se interna configura una lógica de lucha interna, de un espíritu inmortal oprimido por la existencia mortal, la tragedia del eterno conflicto de las ataduras "concupiscentes" de la carne que no dejan de desarrollar el espíritu por encontrar la salida que le permita romper las ataduras que le impiden reconocerse. El héroe de Sonia se manifiesta dispuesto a experimentar niveles poco comunes de la existencia, con el deseo de suprimir marcos morales y conceptuales propios de una visión maniqueísta y, como consecuencia, abrirse a experimentar situaciones no dualistas de máxima simetría.






Esta mezcla de formas que se funden o se complementan testifican la semejanza compartida del sufrimiento, cualidades similares en sujetos de historias distintas que desencadenan reacciones contradictorias. El drama que se presenta es el de la vida mortal atormentada por sus limitaciones y que llaman la atención de un forma cruel y desdeñosa sobre temas moralizantes. La alteración libre del espacio (modificando la coherente tridimensión) y de los atributos, al no presentar todos los estigmas sino exclusivamente el del costado, fusionándolo con el signo de la Cruz, con el que comparte el mismo plano de ubicación, contribuyen en forma estilística a completar este hecho.


Este fuero interno lleva a que su figuración sea ruda, brusca e hiriente, y agrega deliberada y escandalosamente, aquellos elementos iconográficos perfectamente conocidos por una sociedad religiosa y conservadora. La dualidad del espíritu y la carne se observa como provocación de la piedad popular, ya que las imágenes corresponden a elementos cristianos, pero la traducción que de ellos se hace alude a la visión subjetiva de la aritista: el tema del martirio divino, que conjuga el sufrimiento de Cristo con el de San Sebastián.


Finalmente, la tercera fase de la obra, abordara una concepción menos caótica y ultrajante pero igualmente atrevida, aunque buscando otros ámbitos de significación. El desnudo, ahora, atrae las miradas como contenido de belleza, autoestima, naturalidad e incluso romanticismo. Es la expresión propia de los nuevos códigos visuales como reflejo y ejemplo del prototipo social, siendo el cuerpo el mejor signo de comunicación para la cultura narcisista y pan sexualista; de ahí, la nueva inquietud artística.





A través de las imágenes de este momento, Sonia dibuja un escenario de poder atractivo, de seducción, de androginia, logrados con la mas diversas atribuciones sexuales, "voyeurismo", ambigüedad sexual, connotaciones fálicas, contactos corporales, y todo un repertorio de formas eróticas clásicas donde las insinuaciones de seducción son explicitas y abiertas. Esto repercute indirectamente en la obtención de un segundo fenómeno. Estas obras tienden a despertar un sentimiento de admiración con su innegable poder de atracción en la limpieza visual y la idealización de las formas anatómicas. Los cuerpos ahora erotizados a conciencia se transforman en estereotipos de belleza, pero, al mismo tiempo, en objeto de miradas y de admiraciones. Esta obra da énfasis a la idea de cuerpo sin alma, o si se prefiere, "cuerpo sin rostro". El significado se centra en la conciencia y la naturaleza significante del cuerpo, no hay otra forma de ver o explicar la idealización del cultivo oculto de lo corporal como objeto deseado.


El paisaje se centra ante todo en la cobertura de la corporeidad, ya sea femenina o masculina, aunque en ese momento, se presenta una especial atención sobre el cuerpo masculino, el cual, al liberarlo de sus ataduras sociales es admirado sensualmente, mostrándolo en su total desnudez. 


En la desnudez de sus imágenes, Sonia encubre la ansiedad plena por mostrarse a sí misma y mostrar la dualidad del espíritu humano, esa conciencia de ser y parecer, que limita las acciones del hombre y no le permiten desarrollarse plenamente. Su confesión espiritual encarna el deseo de arrastrar las represiones, mostrar irónicamente la doble moral de la sociedad, haciendo que cada uno se conozca a sí mismo frente a uno de sus cuadros, se retrate, se desnude de conceptos y cuestione los juicios y mitos heredados socialmente. No se puede obviar por lo mismo, el grado proyectivo que estas pinturas tienen, tanto en el momento de la creación como en la contemplación. La idea vestida de forma sensible se convierte en un astuto recurso para llegar hasta el inconsciente y desatar un conjunto de sensaciones y sentimientos paradójicos, mediatizados y convencionalizados por el correctivo social o nuestra conciencia judeo-cristiana; este hecho nos empuja a leer la obra de Sonia como un reflejo del desde lo colectivo, es decir, como imagen de una subjetividad generalizadora y no específicamente como una autorrepresentación individual que testimonie exclusivamente su mundo personal.