28 abril 2012

Estructura constitutiva del juego. Johan Huizinga


¡A jugar!
                                                                        
Estructura constitutiva del juego

Johan Huizinga


En Homo Ludens (1938), Huizinga sostiene la tesis de que el juego puede ser el fundamento de la cultura. En su opinión las ocupaciones de la convivencia humana están impregnadas de juego. En particular, el juego comienza desde el lenguaje, pues a través de él se levantan las cosas al ámbito del espíritu, en el simple hecho de nombrar las cosa: “Jugando fluye el espíritu creador del lenguaje constantemente de lo material a lo pensado” Es a través de las metáforas como la humanidad se crea una expresión de su existencia, un segundo mundo inventado, paralelo al mundo de la naturaleza: “En el mito encontramos una figuración de la existencia. Mediante el mito trata el hombre primitivo de explicar lo terreno y mediante él, funda las cosas en lo divino”


A mí me parece que el juego a través del lenguaje y la metáfora es una forma de conquistar el azar, una forma de apropiarse del mundo en un conocimiento. Esa es una de las implicaciones: el juego del lenguaje nos da una comprensión del mundo. Según Huizinga, en el mito juega un espíritu inventivo, que reencuentra al borde de la broma. Mito y culto son las fuerzas impulsivas de la vida cultura: derecho u orden, tráfico, ganancia, artesanía, arte, poesía, erudición y ciencia. El juego auténtico es el fundamento de la cultura, me parece que de esta manera Huizinga estaría considerando al juego como lo serio de la existencia, pues a través del juego, en su forma lingüística o en cualquier otra forma, es como le doy forma a mi propia existencia. Huizinga descubre ciertas características del juego, una de ellas es el de la libertad, pues “el juego es libre”. Una segunda característica es que el juego nos es la vida corriente o la vida propiamente dicha, sino que el juego es un “como sí”.


Huizinga nos quiere dar a entender que en el juego se dan dos fenómenos: el de la broma (no serios) y lo serio del juego. Como broma ocupa un lugar inferior, pero como serio ocupa un lugar superior. Me parece que ambos serían los límites del juego y su ambigüedad constituyente. Una tercera característica del juego es su “carácter desinteresado”, en tanto que lo que se juega es un “algo” que no pertenece a la vida, es decir, se halla fuera del proceso de satisfacción y de necesidades y deseos. Me parece que es gracias a este desinterés que el juego posee una autonomía y una pureza propia, pero además nos estaría posibilitando un presente permanente y continuo, pues en el mundo de la necesidad el hombre siempre tiene la ansiedad del futuro, de asegurar su existencia. En el juego estos menesteres se suspenden, no se van a ninguna parte, el juego es un presente pleno de sentido en donde el tiempo es suspendido. Si el juego fuese desinteresado y estuviese ligado a la necesidad estaría del lado de la mera negatividad, en el sentido de algo (un satisfactor) que nos es negado y tras el cual siempre va nuestro instinto de conservación. En cambio, creo que el juego es siempre positivo en el sentido de ser una experiencia en plenitud, que podríamos ligar con la endemonia de la que nos habla Euden Fink en su Oasis de la Felicidad.


Una cuarta característica del juego es la de convertirse en un “intermezzo” de la vida cotidiana, como un complemento de la vida: “como ocupación en tiempo de recreo y para recreo. Pero, ya en esta su propiedad de diversión regularmente recurrente, se convierte en acompañamiento, complemento, parte de la vida misma en general. Adorna la vida, la complementa y es, en ese sentido imprescindible para la persona, como función biológica, y la para la comunidad por el sentido que encierra, por su significación, por su valor expresivo y por las conexiones espirituales y sociales que crea, en una palabra como función cultural”


Aunque la diferencia con el juego de los animales es que los juegos humanos, nos dice Huizinga, estamos en la esfera de la celebración, del culto que trasciende la mera necesidad biológica de los juegos de los animales, y el cual es imprescindible a la cultura y no por ello pierde el juego su carácter de desinterés. En su carácter “intermezzo” de la vida cotidiana, el juego se aparta de la vida por su espacio y por su tiempo, la de su “limitación temporal” :“Se juega dentro de determinados límites de tiempo y espacio. Agota su curso y su sentido dentro de sí mismo. Mientras se juega hay movimiento, un ir y venir, un cambio, una seriación, enlace y desenlace. Pero a esta limitación temporal se junta directamente otra característica notable. El juego cobra inmediatamente sólida estructura como forma cultural. Una vez que se ha jugado permanece en el recuerdo como creación o como tesoro espiritual, es transmitido por tradición y puede ser repetido en cualquier momento. Esta posibilidad de repetición del juego constituye una de sus propiedades esenciales”



Johan Huizinga (1872-1945)


Así como el juego tiene una delimitación temporal, caracterizada por la repetición, también posee una delimitación espacial, pues siempre se juega “dentro de un campo”, este puede ser material o ideal: “así como por la forma no existe diferencia entre un juego y una acción sagrada, es decir, que ésta se desarrolla en la misma forma que aquél, tampoco el lugar sagrado se puede diferenciar formalmente del campo de juego. El estado, la mesa de juego, el círculo mágico, el templo, la escena, la pantalla, el estrado judicial, son ellos por la forma y la función, campos o lugares de juego; es decir, terreno consagrado, dominio santo, cercado, separado, en los lugares que rigen determinadas reglas”


Por ellos es que Huizinga puede afirmar que en el campo de juego rige un orden propio y absoluto, ello me parece que lo haría independiente y lo aislaría dela cotidianidad, la cual quedaría suspendida y sería el lugar dela puesta en cuestión de la necesidad del mundo. Me parece que este campo de juego con reglas propias es lo que daría al juego su carácter de libertad y autonomía, en el sentido de que sus reglas no le viene dadas de fuera del campo, por otro campo distinto del juego. Pero Huizinga va más allá y nos dice que el juego crea un orden, y tiene razón porque es una conquista de la realidad, la cual logra ser aislada a través del campo de juego.


Huizinga logra enlazar ese orden con el campo de lo estético, pues todo orden y armonía fue considerado belleza en la concepción occidental. En mi opinión esta característica del juego como creadora de un orden, tendría implicaciones tanto epistemológicas y estéticas como políticas, pues el campo del juego y de lo estético podría ser considerado el espacio de la reflexión y puesta en cuestión del mundo de la necesidad, del tiempo de lo cotidiano, del juzgarlo como contingente y no necesario, de pensarlo e imaginarlo distinto, libre, desde una idea de productividad distinta, la de la creación pero sin ligarla a la ganancia y a la utilidad, sino bajo una concepción de productividad espiritual-. Cuando Huizinga dice que el juego lleva el mundo imperfecto a un perfección provisional, es justo que el nivel de la imaginación donde esto es posible, es la facultad más productiva del hombre, el lugar de la apertura a las posibilidades de pensar una cultura menos represiva como creía Herbert Marcuse, la de imaginar al hombre liberado. Es el lugar de la poiesis hegeliana, que corrige el prosaísmo del mundo, es un el tiempo mesiánico de Walter Benjamín, es el tiempo de la revolución que destruye un orden para reconstruir otro potencialmente mejor.


Además del carácter del orden que posee el juego como ritmo y armonía, Huizinga descubre una cualidad de tensión en el juego, de incertidumbre e irresolución, pero también nos dice que en el juego existe esta tendencia hacia la resolución: “entre las calificación que suelen aplicarse al juego mencionamos la tensión… quiere decir incertidumbre, azar, es un tender hacia la resolución. Como un determinado esfuerzo algo tiene que salir bien… Este elemento de tensión presta a la actividad lúdica, que está más allá del bien y del mal, cierto contenido ético. En esta tensión se ponen a prueba las facultades del jugador: su fuerza corporal, su resistencia, su inventiva, su arrojo, su aguante y también sus fuerzas espirituales, porque en medio de su ardor por ganar el juego, tiene que mantenerse dentro de las reglas , de las reglas de lo permitido en él”


Huizinga descubre este carácter dual dentro del juego como liberación y tensión, en tanto que por un lado posibilita la expresión de nuestras fuerzas espirituales, pero también nos deja inciertos en cuanto a su resultado, ante la espontaneidad del azar que el juego de orden y tensión le permiten a nuestro autor plantear la consideración de las reglas propias del juego, pues en el juego no todo es válido; éste se debe regir por ciertas reglas que son autónomas en tanto no le vienen dictadas desde un campo distinto del juego, como podrían ser las que imperan en la ética o en la religión. Por ello Huizinga acierta en afirmar que el juego está más allá del bien y del mal. Sin embargo, eso no quiere decir que la actividad de los jugadores sea ilimitada, pues ellos siempre actúan dentro de ciertos límites, y eso es justo lo que me parece estaría delimitando el campo de juego y el círculo mágico que lo envuelve. Huizinga sostiene que el que no sigue las reglas del juego es un aguafiestas porque desbarata el mundo de los jugadores, rompe su círculo mágico y la ilusión que lo envolvía.








Tomado de:
RÍOS ESPINOSA, María Cristina (2008): “Johan Huizinga (1872-1945): Ideal caballeresco, juego y cultura” En Revista Casa del Tiempo 9, UAM, pp. 75-77