10 julio 2013

La memoria de lo irreparable. Jorge Jinkis





La memoria de lo irreparable

Entrevista a Jorge Jinkis


-Sobre las leyes de Obediencia debida y Punto Final usted escribió: “Una ley promulgada se puede derogar, pero no se puede derogar las consecuencias de haberla promulgado”. ¿Considera que la política que instrumentó a partir de 2004 el gobierno kirchnerista, con la anulación de estas leyes y la restauración de los juicios a los genocidas indultados, operó como una reparación eficaz sobre esas consecuencias?


-Las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, en tanto leyes (y no opiniones o posturas políticas), exculpaban con argumentos psicológicos de crímenes cometidos en nombre del Estado e instauraban entonces un fundamento jurídico en el funcionamiento de nuestra sociedad basado en la falta de responsabilidad. Eso quedó inscripto en nuestra historia. No se puede construir una sociedad sobre esa base. La derogación de esas leyes y los juicios a los genocidas pueden ser considerados como la obra del Estado argentino que es quien tiene la obligación de honrar sus deudas. Eso permitió escuchar las voces sostenidas por múltiples actores sociales, organismos de derechos humanos, Abuelas, Madres, Hijos, y los testigos en los juicios que, más allá de su alcance jurídico, trabajan para la Historia. Hacer lo que se debía es invalorable, pero no habría que buscar su eficacia en el plano de una posible reparación.



-Pero, ¿es factible tal reparación?


-No creo que pueda haberla. Un historiador estadounidense ha dicho que el antónimo de olvido es justicia. Me parece cierto y sin duda indispensable. Pero si tuviera que buscar una eficacia diría que hacerse cargo de las consecuencias de la tragedia es un acto que devuelve cierta dignidad a nuestro país.


-¿Cuáles serían a su entender los rasgos centrales de la política de la memoria política argentina que se instrumenta a partir de 2004?


-No pienso que haya “una” política de la memoria. La memoria, múltiple, es un modo de nombrar los modos diversos de retorno de lo que se quiere olvidar. La memoria transmite una tradición y también los quiebres de una cultura. Es un campo de luchas políticas donde el pasado juega en el presente. Se puede renegar de él omitiendo, tergiversando, callando, negando. Se construyen así los agujeros de nuestra historia. También, aunque es más difícil, se puede reconocer la responsabilidad altamente diferenciada que nos cabe en la devastación sufrida. Si lo que importa es la verdad del pasado, se vuelve evidente la jerarquía que adquiere la memoria como modo de reintegración y subjetivación de nuestra historia. Sin esa apropiación, que incluye hasta lo que más nos avergüenza, el pasado retorna como síntoma y amenaza.




En Violencias de la memoria, el psicoanalista Jorge Jinkis (Bs. As., 1943) reúne los ensayos con los que, a lo largo de más de dos décadas, ha intervenido en el debate intelectual en torno a las diversas perspectivas sobre la construcción de la memoria política argentina en los años posteriores a la última dictadura, indagando sobre la posibilidad de una neutralidad en la recuperación del pasado y desbrozando, entre muchos otros conceptos, aspectos como la responsabilidad colectiva ante los crímenes del Terrorismo de Estado o la amenaza de la pérdida de eficacia de la memoria política a partir de un efecto de saturación derivado de sus modos de instrumentación. 




-Para usted, la decisión del por entonces presidente Néstor Kirchner de ordenar que se descolgaran los cuadros de los dictadores Videla y Bignone en el Colegio Militar supone un instante memorable en la conciencia política argentina. ¿Cree que el ánimo detractor de muchos intelectuales que vieron en esto un gesto de oportunismo político les impide valorar en toda su dimensión el impacto de ese cambio en las políticas de la memoria?


-La palabra “oportunismo” tiene una connotación peyorativa, pero la política es una práctica que se define por construir las oportunidades. Los críticos a los que hace referencia descuidan lo esencial: que la significación de un acontecimiento no se reduce a los motivos o intenciones de una persona. No se descolgaron unos cuadros como se puede tirar abajo una estatua. El presidente de la Nación, más bien, dio una orden a un subordinado en vez de ceder a sus presiones, y eso tiene una gravitación simbólica en un país gobernado durante tantos años por dictaduras militares y sus socios. Esos intelectuales podrían tranquilizarse si les preocupa la manipulación. El escritor inglés George Orwell decía que quien controla el pasado controla el presente. Es posible, pero es más seguro decir que quien controla el presente no controla el pasado. No se puede olvidar o recordar por decreto.


-Usted rechaza la idea de que la sociedad argentina haya sido cómplice de los genocidas de la última dictadura militar y prefiere hablar de “responsabilidad histórica” frente al Terrorismo de Estado. ¿Por qué considera que la idea de complicidad es un lugar común de los discursos que se despliegan en torno al tema de los derechos humanos y prefiere hablar de responsabilidad?


-Por supuesto que hubo cómplices activos y beneficiarios directos en partidos, en corporaciones económicas, en instituciones confesionales, etcétera. Pero también es cierto que asesinaron a políticos, empresarios, curas, no solo a militantes de causas populares. Generalizar borronea todo con el trapo de la culpa. Un “nosotros” que no discrimine disuelve en un anonimato que tranquiliza las conciencias, asegura la impunidad y disuelve la responsabilidad, que es de cada uno. Hay una inclemencia intrínseca de los lazos sociales: ¿cómo no se habría de exasperar en tiempos de terror hasta alcanzar a veces el extremo del “sálvese quien pueda”? Pero también hubo actos de resistencia, de solidaridad generosa y arriesgada. Digo entonces que la pasividad de la población no fue asentimiento.


-¿Por qué no?


-Como cualquier otra sociedad, la argentina conoce los pliegues sombríos de la existencia humana, pero nunca creyó haber encontrado en la catástrofe su destino nacional. La acusación masiva de complicidad es irresponsable y algo altanera: resulta impropio culpabilizar a las víctimas del terror de uno de sus efectos.


-Usted también señala sus reparos ante la función de los museos, a los que percibe como preservadores de un pasado que no está muerto pero que ellos matan. En cuanto a los museos de la memoria plantea que el emplazamiento de estas instituciones en los mismos lugares donde se consumaron las masacres supone el peligro de que esos espacios terribles se vuelvan invisibles. ¿Qué indicios le permiten advertir esa amenaza?


-No se trata de rescatar el pasado, sino de facilitar el advenimiento de su verdad en el presente. De ningún modo se hace taxidermia; al contrario, los museos de la memoria son parlantes y bastante bulliciosos. Y está bien. Mi reparo se refiere a los lugares materiales donde se cometieron los crímenes, ellos mismos testimonios, loci de nuestra memoria, lugares de dolor que merecen el trato sobrio que se reserva a nuestras heridas más íntimas.