02 septiembre 2013

La lista de Schindler (Spielberg, 1993)





Acontecimiento de lo inhumano

Fabricio Ernesto Borja



En abril de 1944, los hombres, las mujeres y los niños salvados del exterminio por Oskar Schindler son trasladados desde Chujowa Gorka, Polonia, a Zwittau-Brünlitz, el pueblo natal del benefactor en Checoslovaquia. Pero el tren que transporta a las mujeres es desviado hacia Auschwitz. El fragmento de la película que representa la breve estadía de las mujeres en Auschwitz muestra cómo ingresan a una cámara de gas. La mirada del espectador ingresa con ellas probablemente a presenciar sus muertes, hay demasiado terror en todo esto, pero es un terror diferente porque aquí es la memoria histórica la que nos perturba con una de sus peores pesadillas totalitarias: la muerte por la muerte misma, burocrática, concentracionaria.


Primo Levi y Paul Celan, escritores que padecieron la experiencia concentracionaria en su cuerpo, han insistido en la particular percepción del tiempo que se instala en los recluidos. Hablan de él como de un presente continuo, donde el pasado sólo asalta en los sueños y el futuro no existe. Ese presente continuo que se construye con meras repeticiones hasta el momento de la muerte, se despliega en movimientos que han perdido todo sentido salvo el de la supervivencia más inmediata. Movimientos que no son causa de ningún efecto, ni efecto de ninguna causa. Movimientos, por lo tanto, que nunca podrán ser representados por un discurso construido con los despojos del cine clásico que por otra parte, despliega esta película, subordinando las articulaciones entre sus planos a la relación causa-efecto. Al afirmar una concepción del cine que sin duda es válida para pensar un mundo que ya no existe, los personajes centrales del film de Spielberg no padecen la experiencia temporal del campo porque la estrategia narrativa elegida impide representarla. La viven o la sienten desde afuera, y junto a ellos, el espectador es uno más, obligado por la construcción del discurso cinematográfico.


Cómo observar las acciones del exterminio si no es con la incoherencia de quien se encuentra directamente con la muerte. Un judío manco de avanzada edad es ejecutado por los nazis, y poco después de ello, la cámara egresa al cadáver, aún con los ojos abiertos, y luego se aleja junto con la sangre. Luego, Goeth manda ejecutar a la capataz judía que avisa de los malos cimientos de un futuro edificio. Aquí la mirada se vuelve fría, no tiene planos contemplativos, sino la pura crudeza del horror (igual en las escenas de los balazos despiadados a los judíos concentrados, la cremación de los cadáveres exhumados y el paseo de las mujeres por Auschwitz)


Explica Joan-Carles Mèlich que el campo no sólo es lugar de negación de la vida, sino también un espacio de negación de la muerte. No se muere en él, no hay víctimas sino figuras y donde no hay víctimas tampoco hay verdugos. La muerte en el campo es la muerte moderna, industrial, técnicamente avanzada. El asesino está programado tecnológicamente. La muerte se ha vuelto trivial, cotidiana, burocrática. El fragmento que observamos en la cámara de Auschwitz alcanza la máxima expresión de este sistema de fabricación de cadáveres en serie. Todo está listo para el exterminio y este horror asentado en los testimonios de los que han sobrevivido nos hace pensar en una lección para el futuro.






Reconocer una lección significa acoger una palabra que viene de lejos, y responder a la apelación de un ausente. Una lección es aprendizaje de un acontecimiento en la lectura de un relato, significa rememorar para intervenir sobre el presente, y significa también luchar por un futuro que sea contemporáneo del pasado. El campo de extermino nos da la experiencia del acontecimiento de lo inhumano. Reconocemos en él a los operarios de la fábrica de la muerte, y toda la inhumanidad de esos hombres frente a los no tienen lenguaje ni derechos: los esclavos, los infrahombres. Después de este fragmento sabemos lo que es el mal. A diferencia del paraíso, del que nadie ha vuelto para contarlo, el mal ha sido experimentado por muchos que han regresado y nos han podido transmitir su experiencia. Por ello resulta vital para la memoria histórica cada testimonio que surja de las experiencias del horror, su transmisión, su narración y su lectura. Con el paso de los años, los sobrevivientes desaparecerán y sólo quedará el testimonio escrito, el relato. Por eso, creo en una ética de la experiencia de lo inhumano. Esta inolvidable secuencia del paso de las mujeres por Auschwitz no sólo es un acontecimiento histórico sino sobre todo un símbolo.