24 julio 2012

Maradona by Kusturica (2005) Fabricio Borja





Maradona, mito

Fabricio Ernesto Borja




La heterogeneidad de los ídolos es explicable porque sus adoradores encuentran en ellos más de lo que son, a veces incluso creen ver en ellos lo contrario de lo que son o de lo que ellos mismos quisieron ser. Todos los personajes míticos tienen distintos significados para distintos adoradores, y el ídolo reúne en su personalidad una pluralidad de aspectos varios y aun opuestos. Es preciso analizar los distintos mitos que entremezclados componen el mito único de Maradona. Para el nacionalismo populista, Maradona encarna el mito de la identidad nacional; para las clases bajas sin conciencia política, el mito del mendigo que se transforma en príncipe; para los intelectuales de izquierda, el mito del rebelde social; y para la juventud contracultural, el mito del transgresor.


Kusturica prefiere mostrar al hombre que está detrás del mito que conjuga al dios idolatrado, al héroe nacional y al rebelde de izquierda. Cada aspecto tiene una imagen identificatoria: el dios tiene su propia iglesia, el héroe su proeza histórica (el gol del siglo repetido hasta el hartazgo) y el rebelde social, el encuentro con Fidel Castro y su larga residencia en Cuba. Sobre éste último Kusturica afirma que Maradona “es un revolucionario por dentro”


El ídolo es a la vez admirado y amado; para admirarlo debe ser un ser distinto y distante, inaccesible al común de la gente; para ser amado debe parecerse al adorador, debe reunir en un delicado equilibrio las características contrarias del ser lo suficientemente distinto y lo suficientemente parecido, distante y cercano a la vez. Como ser lejano en quien se proyecta nuestros deseos incumplidos, el ídolo vive en el Olimpo de los ricos y famosos; como ser cercano y parecido con el que adorador puede identificarse, sufrió las mismas humillaciones y necesidades que el más desfavorecido. Los orígenes oscuros forman parte de la mitología de los ídolos populares, y es una característica de los héroes mitológicos haber sufrido en su infancia un instante fatal que los marcó. Maradona de chico se cayó en un pozo buscando una pelota, y se salvó porque mantuvo la cabeza fuera de los excrementos; muchas veces en su vida volvió a repetir, en el sentido freudiano del término, esa situación, y aunque no pudo mantener la cabeza afuera, siempre creyó que podría salir.


En la película, Maradona vuelve a su pequeña casa de Villa de Fiorito después de 15 años para evocar su niñez de pobreza y sacrificio. Kusturica reflexiona sobre la moral de los pobres, “la pobreza es sufrimiento, no deshonra”, dice en off. Esta secuencia revela la profunda humanidad del ídolo, lo rescata de ese producto de consumo construido por los medios masivos, los cuales le han corrompido hasta su vida privada, y de la devoción irracional de la gente que todo le ha perdonado. Kusturica sabe que refuerza al mito al tocar los costados del sufrimiento.






Pero el mito de los orígenes oscuros no es válido sin la otra cara de la medalla que es el triunfo, sólo se puede reivindicar la cueva de la infancia cuando se ha salido de ella y se exhibe con insolencia la riqueza conquistada. En el ascenso vertiginoso del ídolo se proyectan los sueños incumplidos por la mayoría, compensación simbólica para la masa que no podrá elevarse jamás de su condición de miserable. El triunfo sobre los ricos y poderosos no consiste en la creación de una sociedad de mayor equidad, sino en transformarse a la vez en rico y poderoso. Para que fueran auténticos defensores de los intereses del pueblo sería preciso que los ídolos populares dejaran de serlo; he ahí la paradoja.


La película no muestra la ostentación de riqueza que Maradona solía hacer, con sus tapados de visón, las joyas, los autos, etc., ni sus agresiones a periodistas, ni sus vínculos con la dictadura y el menemismo, ni a sus amigos de la noche, ni sus relaciones con la mafia napolitana. A Maradona se lo ve enteramente aferrado a su familia y constantemente perseguido por culpas sólo en referencia a la cocaína. Al respecto dice: “nadie está dentro mío, yo sé las culpas que tengo”. Fuera de este reconocimiento, sus desgracias pueden explicarse por la persecución de los poderes, la “Mano negra” que “le cortó las piernas” en el mundial del ’94, que le puso un revólver para que se matara, que le enfermó al padre, le quiso secuestrar una hija, que le introdujo droga sin que el se diera cuenta. Siempre fueron los otros los culpables de sus errores y males, nunca él mismo.



Para los argentinos pobres, Maradona sigue siendo una inspiración, lo sienten propio a su manera. Yo mismo he visto pósteres firmados por Maradona exhibidos y enmarcados en el comedor de las casas humildes como un trofeo magnánimo. Y esto está muy lejos de la ridiculez inventada por un grupo de fanáticos de clase media llamada “Iglesia Maradoniana”, la cual es una pésima sátira de los rituales católicos. La identificación con el ídolo traduce más bien las vicisitudes de un pueblo permanentemente traicionado por sus gobiernos, que encuentra en las transgresiones de Maradona, una forma de resistir al sistema. Kusturica debería haber investigado un poco más los entramados de la cultura argentina, y no solo leer a Borges o visitar Caminito para elaborar esta figura de poderosa resonancia sociológica que tiene el mito de Diego Maradona.