13 septiembre 2013

El infierno estético. Karl Rosenkranz





El infierno estético

Karl Rosenkranz



Grandes conocedores del corazón humano se han sumergido en los abismos terroríficos del mal y han descrito las espantosas figuras que surgían de aquellas tinieblas. El infierno no es solo ético o religioso, también es infierno estético. Estamos inmersos en el mal y en el pecado, pero también en la fealdad. El terror de lo informe y de la deformidad, de la vulgaridad y de la atrocidad lo tenemos a nuestro alrededor representado por una gran cantidad de figuras, desde los pigmeos hasta deformidades gigantescas cuya maldad infernal nos observa rechinando los dientes.


Es a este infierno de lo bello a donde queremos descender ahora, y es imposible hacerlo sin introducirnos al mismo tiempo en el infierno real, porque lo feo más feo no es aquello que nos repugna por naturaleza, sino el egoísmo que manifiesta su locura en los gestos pérfidos y frívolos, en las arrugas de la pasión, en la mirada torva del ojo y del crimen.


No es difícil entender que lo feo, como concepto relativo, solo es comprensible en relación con otro concepto. Este otro concepto es el de lo bello: lo feo solo existe porque existe lo bello, que constituye lo presupuesto positivo. Si no existiera lo bello, no existiría de ningún modo lo feo, porque solo existe en cuanto negación de aquello. Lo bello es la idea divina originaria y lo feo, su negación, tiene, precisamente como tal, una existencia tan solo secundaria. No en el sentido de que lo bello, en cuanto que es bello, pueda ser al mismo tiempo feo, sino en el sentido de que las mismas determinaciones que constituyen la necesidad de lo bello se convierten en su contrario.


Esta íntima conexión entre lo bello y lo feo como su autodestrucción es también la base de la posibilidad de que lo feo, a su vez, se niegue; de que, puesto que existe como negación de lo bello, resuelva de nuevo su contradicción con lo bello, volviendo a la unidad con este. En ese proceso lo bello se revela como la fuerza que vuelve a someter a su dominio la rebelión de lo feo. En esta conciliación nace una infinita serenidad, que suscita en nosotros la sonrisa, la risa. Lo feo se libera en este movimiento de su naturaleza híbrida, egoísta; reconoce su impotencia y se vuelve cómico. Lo cómico siempre incluye en si mismo un movimiento negativo hacia un ideal puro, simple; semejante negación resulta reducida este a apariencia, a nada.


Evidentemente, no en el sentido de que lo que es feo pueda ser en determinados casos dudoso. Esto es imposible, porque la necesidad de lo bello esta determinada por sí misma. Pero lo feo es relativo, porque solo puede hallarse a sí, su medida, en lo bello. En la vida ordinaria todo el mundo puede seguir su propio gusto, y puede juzgar bello lo que para otro es feo, y viceversa. Pero si se quiere elevar esta casualidad del juicio estético empírico por encima de su falta de seguridad y claridad, hace falta someterla a la crítica. El ámbito de lo bello convencional, de la moda, esta lleno de fenómenos que, si se juzgan a partir de la idea de lo bello, forzosamente se define como feos, y sin embargo se reconocen temporalmente como bellos. No porque lo sean en sí y por sí, sino tan solo porque el espíritu de una época halla precisamente en estas formas la expresión adecuada de su carácter especifico y se acostumbra a ellas.




















ROSENKRANZ, Karl (1852): "Estética de lo feo. Introducción". En Eco, Umberto (2010): Historia de la belleza. Barcelona. De bolsillo, p.135
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