13 septiembre 2013

Fantasmas (2007) Federico Lorenz


FANTASMAS
Federico Lorenz




Nada más inútil ni patético que el tubo oxidado del cañón. Me pregunto cómo se habrá sentido entonces, en los últimos días






De repente, allí estaban. Las fotografías en gris y sepia de la tierra de nadie. Los cráteres de la artillería como señales de que todo lo leído y escuchado, o sea vivido, era cierto. Cavados por topos de hierro, cada uno encerrando su secreto de muerte y salvación, intactos, fundidos ya en un paisaje del que sólo son un instante, tan efímero como eterno en las memorias de los que esquivaron las explosiones. Esa tarde la luz jugó con ellos






Dudamos en plantar el borceguí sobre la roca para hacer la foto. Los ejércitos fantasmales son uno de los motivos literarios más antiguos. Parecía un sacrilegio. No es exagerado. No pude en ningún momento sacarme esa idea de la cabeza. Visitar un campo de batalla es darse un baño de atavismo





El día que fuimos al cementerio de Darwin, después de visitar la primera fosa común argentina, ahora vacía, se nos aparecieron unos caballos que se restregaron contra nosotros. Un rato antes, el viento feroz había hecho rechinar estas hamacas en Darwin, y pensé en soldados niños jugando un juego eterno lejos de la guerra que los había tronchado. Malvinas, sobre todo, es esa sensación de que no hay límites estrictos ni entre el pasado y el presente, ni entre los vivos y los muertos





Bien british, la señora McCallum, la dueña del jardín, ponía todas las mañanas un rollo de papel higiénico celeste y otro blanco en el baño para nosotros. Era cordial y amable. Recordaba muchas cosas de la guerra, pero no era fácil sentarse a hablar con ella al respecto. Para los isleños, más allá de nuestros estereotipos, la guerra es una herida de una profundidad que desconocemos, no sólo en relación con los argentinos, sino porque cavó trincheras también entre ellos






“POW: Prisioners of War.” Prisioneros de Guerra. Las grandes letras eran para que los aviones de la Fuerza Aérea no atacaran a sus compatriotas. Pensé que había terminado de leer esta fotografía cuando empecé a trabajar en la ESMA, en 2008. Los hierros en ángulo, los remaches son los mismos que se ven en el altillo del antiguo campo de exterminio. Pero tampoco es así. Hay estructuras como éstas en tantos lugares del país, en cualquier páramo patagónico, en las instalaciones abandonadas de La Forestal, marcas de hierro de una historia mayor. Los prisioneros albergados en el mismo lugar que las ovejas, una mala metáfora precisamente por ser eficaz






Cuesta arriba, alejándose de la Ross Road, la costanera, la muestra del Victory Bar se burla de nosotros. ¿De qué se burla? ¿De los argentinos que perdieron la guerra? ¿De los ingleses anacrónicos que sostienen un reducto imperial? ¿De los humanos que intentan poblar lugares como ése? ¿De los que tenemos que seguir caminando sin poder entrar a tomar algo? ¿De los muertos? “Victory” resuena sólo de un modo en la cabeza de algunos argentinos. Pero qué diferentes recuerdos puede convocar en un hijo del imperio; victorias en las dos guerras mundiales, en 1982, en rincones de nombres difíciles de pronunciar aprendidos en los libros de aventuras en la niñez, hasta que una muestra, tal vez, diga La venganza de Gunga Din. “Se burla de nosotros.” ¿Qué quiere decir nosotros? En Malvinas, remite fundamentalmente a individuos forzados a la introspección


Las élites argentinas construyeron una historia nacional a su medida, en las que el culto a los héroes y los muertos por la patria, esos santos laicos, desempeñó un lugar central. La guerra de Malvinas entra en esa lógica conmemorativa, pero esto no quiere decir que lo único que se pueda o se deba decir sobre la guerra abreve en ese imaginario, construido antes de que el terrorismo de Estado y la derrota ignominiosa dejaran sus marcas en las memorias argentinas. Sin embargo, la inercia de ciertos relatos, la inacción crítica de algunos actores, la acción consciente de otros, está llevando la discusión política sobre Malvinas, de la mano de los protagonistas de la guerra y sobre todo de sus muertos, al terreno de lo sagrado e intangible. Lo vimos en los desfiles del Bicentenario. Soldados marchando que, tras una explosión, se transformaron en un túmulo cubierto de cruces. Subyacente a esa escena emotiva hay una imposibilidad de emplazar a los muertos de Malvinas en un lugar políticamente claro. No debería alcanzar con decir que murieron por la patria, porque esa patria, en 1982, era una madre genocida. 









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