08 septiembre 2013

La seducción o los abismos superficiales. J. Baudrillard





La Seducción o los abismos superficiales

Jean Baudrillard



El desafío, y no el deseo, aparece en el corazón de la seducción. Es aquello a lo que no se puede dejar de responder, mientras que sí es posible no responder al deseo. Nos arrastra más allá de cualquier contrato, más allá de la ley del cambio, más allá de las equivalencias, en una puja que puede no tener fin. El desafío, la seducción, son lo que, mucho más que el principio del placer, nos arrastran más allá del principio de realidad.


La seducción no es lo que se opone a la producción, sino lo que la seduce; de la misma manera que la ausencia no es lo que se opone a la presencia, sino lo que la seduce, el mal no lo que se opone al bien, sino lo que lo seduce, o lo femenino no lo que se opone a lo masculino, sino lo que lo seduce. Cabe imaginar una teoría que trate de los signos, de los términos y los valores en su atracción seductora, y no en su contraste u oposición regulada. Que rompa definitivamente la especularidad del signo, y en la que todo se juegue ya no en términos de distinción o equivalencia, sino de duelo y reversibilidad. En suma, una teoría seductora del lenguaje.


Jamás nos seducen los signos distintivos, o los plenos. La seducción aparece en signos vacíos, ilegibles, insolubles, arbitrarios, fortuitos, que pasan ligeramente de lado, que modifican el índice de refracción del espacio. Signos sin sujeto de enunciación ni enunciado, signos puros, en tanto no son discursivos ni sustentan un intercambio. Los protagonistas de la seducción no son ni locutor ni interlocutor, permanecen en una situación dual y antagonista; de la misma manera que los signos de la seducción no significan, sino que son del orden de la elipsis, del cortocircuito, de la agudeza.


El psicoanálisis ha fracasado en explicar el carácter típico de seducción de una neurosis, de un sueño, de un lapsus, de la propia locura, porque justamente la seducción no es del orden de la fantasía ni de la inhibición, ni del deseo. El psicoanálisis sólo ve en todas partes síntoma; es la conciencia infeliz del signo. Así, en La Gradiva de Jensen, recuperada y analizada por Freud, el pie de la joven es el rasgo de seducción, la actitud de ligereza que le confiere el ángulo vertical del pie con el suelo. Ese signo funciona como seducción pura, como signo puro, y es un contrasentido pretender atribuirlo a la infancia, o al inconsciente inhibido, para así convertirlo en el simple medium de las fantasías de Harold. El signo cae de la seducción a la interpretación, y al mismo tiempo cae también el propio Harold de la esfera encantada de la seducción a la esfera de lo real y lo matrimonial. Bonito ejemplo del desencanto de la interpretación, de la malversación que puede ejercerse en nombre de cualquier disciplina, incluso el psicoanálisis, sobre el rasgo de seducción.


El rasgo de seducción es más que un signo. Igual que la mirada, cuya fuerza procede justamente de no ser un intercambio, sino un momento dual, un rasgo dual, instantáneo, sin desciframiento. La seducción sólo es posible por este vértigo de reversibilidad (también presente en el anagrama) que anula cualquier profundidad, cualquier operación de sentido en profundidad: vértigo superficial, abismo superficial.


La superficie y la apariencia son el espacio de la seducción. Al poder como dominio del universo del sentido se opone la seducción como dominio del reino de las apariencias. Nos empeñamos en escapar de las apariencias y mimamos la profundidad del sentido. Así es la ley: todo ser, toda cosa debe mimar celosamente su sentido, y alejar las apariencias como maléficas. La seducción es maldita (aunque éste no es el menor de sus encantos).


En tales condiciones, sólo ciertas cosas excepcionales, y en momentos excepcionales, acceden a la pura apariencia, y sólo ellas son seductoras. Toda la estrategia de la seducción consiste en llevar las cosas a la apariencia pura, en hacerlas brillar y vaciarse en el juego de la apariencia (juego que tiene sus reglas, su ritual eventualmente riguroso). Literalmente estamos sometidos a la necesidad de "pro-ducir" las cosas, pues han caído, bajo el peso del sentido, a la profundidad. Por tanto, es preciso rescatarlas y devolverlas al orden de lo visible. De pronto, el secreto no es nada para nosotros, y sólo importa lo visible. Así que podemos imaginar un mundo en el que basta con seducir las cosas, o hacerlas seducir entre sí.


En todas partes se intenta producir sentido, hacer significar el mundo, hacerlo visible. Sin embargo, el peligro que corremos no es su carencia: al contrario, el sentido nos desborda y perecemos en él. Cada vez caen más cosas al abismo del sentido, y cada vez hay menos que mantengan el encanto de la apariencia.


Las apariencias tienen algo de secreto, precisamente porque no se prestan a la interpretación. Permanecen insolubles e indescifrables. La estrategia inversa, la de todo el movimiento moderno, es "liberar" el sentido y destruir las apariencias. Acabar con las apariencias ha sido siempre la tarea esencial de las revoluciones. No expreso aquí ninguna nostalgia reaccionaria. Simplemente intento recuperar un espacio del secreto, al ser la seducción lo que hace circular y moverse la apariencia como secreto.


¿Qué hay más seductor que el secreto? Ya he dicho lo mismo del desafío y de la agudeza, pero, precisamente, todas estas cosas forman parte de la constelación de la seducción. Así como la seducción es un desafío al orden de la producción, el secreto es un desafío al orden de la verdad y el saber.


No se trata aquí de algo guardado en secreto, pues esto no haría más que exacerbar la voluntad de saber, e incesantemente intentaría aparecer bajo las especies de la verdad. Ahora bien, la verdad no tiene nada de seductor. Sólo es seductor el secreto que circula no como sentido oculto, sino como regla de juego, como forma iniciática, como pacto simbólico, sin que ninguna clave interpretativa, ningún código, acuda a resolverlo. Por otra parte, nada hay por revelar -nunca lo repetiremos suficientemente: JAMÁS HAY NADA QUE PRO-DUCIR-. Pese a todo su esfuerzo materialista, la producción sigue siendo una utopía. Por mucho que nos empeñemos en materializar las cosas, en hacerlas visibles, jamás resolveremos su secreto -ahí está la paradoja de una producción que ha errado su finalidad, y que, por consiguiente, sólo consigue exacerbarse a sí misma en una extraña impotencia-. Los mismos protagonistas del secreto no podrían traicionarlo, ya que sólo constituye un acto ritual de complicidad, de reparto de la ausencia de verdad, de reparto de las apariencias. En la seducción, reencontramos el ejercicio de este reparto y el profundo placer que lo acompaña.


Cabe imaginar, por tanto, que, en la seducción amorosa, el otro es el lugar de nuestro secreto -el otro es quien posee, sin saberlo, lo que jamás nos será dado saber-. No es, por consiguiente (como en el amor), el lugar de nuestra semejanza, ni el tipo ideal de lo que somos, ni el ideal oculto de lo que nos falta, sino el lugar de lo que se nos escapa, por el cual nos escapamos de nosotros mismos y de nuestra verdad. La seducción no es el lugar del deseo (y por tanto de la alienación), sino del vértigo, del eclipse, de la aparición y la desaparición, del centelleo del ser. Es un arte de la desaparición, en tanto el deseo siempre es un deseo de muerte.


El secreto jamás es lo inhibido. Jamás es "todo lo que no sabes y te gustaría saber sobre ti mismo y sobre el sexo" (Woody Allen), sino lo que ya no pertenece al orden de la verdad. Lo que, por exceso de sí mismo, se retira de sí, se sume en el secreto y absorbe lo que le rodea. Vértigo inmediatamente contagioso: la seducción pasa por el goce sutil que experimentan los seres y las cosas en permanecer secretos en su propio signo, mientras que la verdad pasa por la pulsión obscena de forzar los signos a decirlo todo.


La seducción no se limita a girar en torno a la regla fundamental, es la regla fundamental, y sólo existe si jamás es dicha. Pensemos en la provocación, contrario y caricatura de la seducción. Dice: «Sé que quieres ser seducido, y te seduciré» Traiciona la principal regla secreta. Nada menos seductor que una sonrisa o un comportamiento provocativo, ya que suponen que no es posible ser seducido naturalmente y que hace falta un chantaje o una declaración de intenciones: "Déjame seducirte..."


Estrategia de la ausencia, de la esquiva, de la metamorfosis. Virtualidad de sustitución ilimitada, de encadenamiento sin referencia. Desconcertar, colocar trampas que dispersen las evidencias, que dispersen el orden de las cosas y el orden de lo real, que dispersen el orden del deseo... Desplazar libremente las apariencias para llegar al corazón vacío y estratégico de las cosas.


Lo mismo ocurre con el deseo en la seducción: no tomar jamás la iniciativa del deseo, así como tampoco la del ataque. El primero en atacar está perdido, el primero en desear está perdido. No oponer nunca su deseo al del otro, sino apuntar al lado, a falta de la apariencia, o también atraparle en su propia trampa. Para la seducción, el deseo no existe. Así como tampoco el azar para el jugador. En el mejor de los casos, es la que permite jugar: una baza. Es lo que debe ser seducido, como el resto, como Dios, como la ley, como la verdad, como el inconsciente, como lo real. Tales cosas sólo existen en el breve instante en que se las desafía a existir, sólo existen por el desafío que les formula precisamente la seducción, que abre ante ellas una sima sublime, a la que acudirán sin cesar a precipitarse, en un último resplandor de realidad. Pensándolo bien, nosotros mismos sólo existimos en el breve instante en que somos seducidos, sea lo que sea lo que nos arrastre: un objeto, una cara, una idea, una palabra, una pasión.





Tomado de:
BAUDRILLARD, Jean: “El Otro por sí mismo”. En:
http://www.temakel.com/texfilotrosimismo.htm