18 abril 2013

Cuerpo, goce y saber. Eduardo De la Vega





Cuerpo, goce y saber 

Eduardo De la Vega


Es posible pensar la forma en que el deporte pudo convertirse en un instrumento de control social, tan importante como el resto de los dispositivos disciplinarios que se generalizaron en Occidente a partir, aproximadamente, del siglo XVIII.


La transformación de los juegos medievales se inició en un contexto social dominado por la relación profundamente desigual entre un campesinado relativamente libre y los nuevos terratenientes del capitalismo pre-industrial. En el seno de esta nueva clase se articuló por primera vez una relación particular entre los campesinos y sus Señores, a propósito de los juegos populares, cuando la superioridad de clase estaba asegurada y una tecnología de control –elaborada en los exclusivos reductos del ocio burgués– comenzaba a desplegarse sobre las capas rurales y urbanas.


Las carreras de caballos, algunos juegos de pelota, el boxeo y otros pasatiempos populares comenzaron durante el siglo XVIII a ser organizados, promovidos y patrocinado por la burguesía, dando origen, incluso, a las primeras formas profesionales de la práctica del deporte. Así fue como se introdujo en los juegos campesinos y urbanos el dispositivo utilizado por las elites. Aparece en primer lugar el patrocinador quien utilizará sus influencias para crear formas organizadas y reglamentadas de juego, pero que funcionará también como controlador de los deportistas que patrocina. Aparecerán también las primeras reglamentaciones que transformarán los juegos en prácticas menos violentas y cada vez más codificadas.


La práctica de los antiguos juegos medievales fue progresivamente transformada por toda una serie de reglas escritas, instituciones de control, controladores, adiestradores que cambiaron radicalmente su naturaleza y función social/política.


El deporte inventado y practicado por las elites inglesas, y transferido luego a las clases populares no puede concebirse como una forma de represión, ni de las pulsiones sexuales ni de las luchas sociales. Los efectos de dominación inducidos por el deporte –como también por otras prácticas modernas– toman a los cuerpos y sus placeres para proliferar, especializar, anexar, multiplicar sus fuerzas, más que para prohibir sus intensidades.


Si los juegos medievales eran -como sostienen Elias y Dunning- formas institucionalizadas y rituales que ponían en escena una especie de catarsis social, las formas modernas del juego –reglamentadas, institucionalizadas y controladas– inducen efectos que deben ser pensados no tanto por la negatividad de sus restricciones sino por la forma positiva de lo que produce. Es decir, no se trata de hacer el elogio al juego libre y salvaje –perdido a partir de su reglamentación e institucionalización–, ni tampoco de plantear globalmente la función homeostática del deporte moderno. Se trata de ver, en la invención de éste, la aparición de un nuevo y sofisticado dispositivo de producción del goce, así como también de nuevas formas de articulación entre el saber, el cuerpo y el poder.


En los juegos antiguos, el placer principal estaba centrado en el desenlace de los mismos, en su conclusión. En la caza, la persecución del animal era un placer secundario con relación al verdadero placer: el de matar al animal. En los juegos con pelota cualquier recurso podía utilizarse para desequilibrar la balanza y alzarse con la victoria. La introducción de los reglamentos y controles permitieron equilibrar las fuerzas, prolongar el enfrentamiento, hacer menos fácil la victoria, al mismo tiempo que se aumenta la emoción. La codificación introduce un cambio significativo en la estructura misma del deporte: coloca en el centro del dispositivo el desarrollo del juego, no su clímax; y es hacia aquél hacia donde confluye ahora lo fundamental del goce.


El énfasis puesto en el juego más que en su conclusión, se expresa también en la ampliación de las competencias a niveles que trascienden el espacio local. El club, la asociación, la federación, etc., surgen como los soportes institucionales de un dispositivo en rápida expansión. La tendencia a constituir ámbitos de competencia cada vez mayores y más especializados no disminuye la creatividad o el placer del juego, ni destruyen su ludismo, como sostienen algunos análisis. En el deporte actual, más allá de todos los mecanismos que lo codifican, el placer –ya sea como práctica o espectáculo– está amplificado a un nivel jamás antes alcanzado. El mundial de fútbol, los play–of finales de la NBA, como la mayoría de los espectáculos del deporte son la ocasión para el despliegue de un virtuosismo creador y gozoso que disfrutan tanto los protagonistas como los espectadores que siguen dichos eventos.


Otro elemento del nuevo dispositivo que merece nuestra atención lo constituye el surgimiento de una nueva forma de placer asociado a la mirada. Cuando el cazador se prohibió matar al animal, el goce quedó desplazado del acto a su contemplación. Se trata ahora del placer de contemplar el espectáculo que está ligado también al de adiestrar, cuidar, vigilar y controlar al animal. No es difícil situar en este movimiento el nacimiento del entrenador y del deseo que lo anima. Pero también del placer que sostiene el progresivo despliegue, dispersión y generalización del espectáculo del deporte moderno.


El espectador se constituye de esta forma en el apasionado voyeur que encuentra en el estadio, la TV o los periódicos los medios apropiados para la satisfacción de su goce. La burguesía inventó con el deporte nuevas, elaboradas y masivas formas de gozar. Junto a ellas vemos anudarse múltiples mecanismos locales, específicos de implantación de poder y producción de saber.


Las nuevas relaciones que se configuran en el deporte –entre el cazador y el animal, el patrocinador y el patrocinado, el entrenador y el jugador– establecen no sólo un vínculo de sometimiento sino también de especialización. El ejercicio del cuerpo progresa cada vez más hacia la reproducción de las fuerzas, la perfección de los movimientos y la eficacia en los rendimientos.


Dichas relaciones posibilitan también la constitución de un saber sobre el cuerpo deportivo, sus técnicas, sus tácticas y sus estrategias; sobre las prácticas alimentarias, médicas, psicológicas que contribuyen también a su cuidado y especialización. Los saberes técnicos (propiedad de los entrenadores y demás especialistas en adiestramiento) configuran la trama reticular de un poder microfísico que aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos de rendimiento y eficacia), a la vez que las disminuye (en términos políticos de obediencia).


Las disciplinas toman al cuerpo y lo constituyen como objeto de conocimiento, al mismo tiempo que lo expulsan como sujeto del saber que produce. La naturaleza de los mecanismos disciplinarios ha hecho posible que los saberes corporales construidos en el proceso histórico de desarrollo del deporte se hallan disociados del sujeto que los produjo y del poder que le concierne. Allí está lo esencial de las sujeciones disciplinarias: escinden el saber del cuerpo, a la vez que aumenta la energía y capacidad del mismo. En una palabra: anudan el poder al cuerpo y al goce, neutralizando a través de una sujeción estricta la potencia que tal anudamiento induce.








Tomado de:
De la Vega, Eduardo: “La función política del deporte. Notas para una genealogía”. (Fragmento) IIº Encuentro de Deporte y Ciencias Sociales Facultad de Filosofía y Letras – UBA, 1999.