04 abril 2010

Guadalupe Miles (Bs. As. 1971)












Tomo su sombra y queda allí también la mía 



Trascender la mirada antropológica- etnográfica es un gran desafío para quienes, desde el arte, se acercan a las comunidades indígenas, tanto aquí como en el resto de América Latina, lejos ya de las experiencias de descubrimiento que los viajeros europeos construían a través de sus fotografías y de los posteriores usos científicos, documentales y políticos que se dio a las imágenes obtenidas. Guadalupe Miles convive con las comunidades aborígenes del Chaco salteño desde hace muchos años. Fruto de viajes reiterados y estadías muy prolongadas, ella, “la dueña de la sombra” (como se traduce al español el término nopeyiakwo, o peliuk, que los wichi usan para nombrar a la fotógrafa), concibe esta obra a partir de un vínculo profundo, de un “estar” compartido. Iniciada en 2001, la serie Chaco participa tanto de un espíritu ritual performático como de la práctica ficcional del retrato. Si bien no hay una construcción deliberada de la escena, se establece una ligadura entre el sujeto fotografiado y quien lo fotografía, en una relación empática que evidencia el deseo de ser reconocido, reconocer y reconocerse mediante la imagen. En esta franja afectiva donde la presencia se debate entre la representación y el olvido, Guadalupe Miles opta por la afirmación, haciendo uso de códigos visuales emparentados con la provocación del lenguaje publicitario occidental. Para Miles esta “sombra” deviene espacio propiciatorio de otros lazos, zona franca donde ejercitar nuevos patrones de convivencia a partir del contacto honesto y desprejuiciado entre personas, más allá del avasallamiento pero también del corsé cultural que el respeto a la diferencia nos ha impuesto. Sus imágenes, de un esteticismo exacerbado y portadoras de erotismo natural, y sin embargo refinado, se sitúan más allá de cualquier statement y responden al proceso personal de la artista, cuyos intereses coinciden con los grandes temas humanos: el amor, el placer y el dolor, los ciclos de la vida y de la muerte.
Adriana Almada. Curadora


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En Chaco encontramos una de las más potentes posibilidades estéticas de la fotografía, por esa profundidad esencial que inexorablemente surge en trabajos donde se conjugan la potencia del sentido significante con una evidente preocupación por las problemáticas más acuciantes del arte contemporáneo. Guadalupe Miles supo correrse del lugar previsible de cierta mirada colonizada, pintorequista y superficial dedicada a los actores y parajes que pueblan sus imágenes. Es allí donde radica la fuerza subversiva que fisura el estándar de la placidez adormecedora para proponernos senderos más inquietantes y reveladores. En las fotografías de Miles la sensualidad y lo siniestro conviven, aparecen o se ocultan, pero siempre están presentes, tal como en el escenario de la vida. En esa dialéctica de lo que se extingue y lo germinal reside una de las claves que posibilitan develar el sentido de la obra de una de las más prometedoras figuras del panorama fotográfico argentino actual.
Eduardo Gil. Fotógrafo


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Las imágenes de Guadalupe Miles son producto de una experiencia personal. No buscan el documento periodístico, que indefectiblemente mostraría una mirada externa o costumbrista. Envuelta en el afecto de quienes poco a poco la recibieron como a una más, Guadalupe aprendió de ellos la conexión vital que mantienen con la naturaleza, de sus silencios, de la libertad para el goce, de la aceptación del dolor. De su comprensión sabia del ciclo de la vida-muerte-vida. Las imágenes de este ensayo, de magnífica belleza, conjugan la presencia de una dualidad mítica: la vida y la muerte. Una dualidad que, según el momento histórico, se ha citado como el cielo y el infierno, el bien y el mal.La sensualidad y el deseo presentan en estas imágenes el instinto de las fuerzas de la vida, de lo orgánico. Tendencias instintivas que luego, en el lenguaje que nace con el psicoanálisis, se mencionan como oposición entre las pulsiones de vida (Eros) y muerte (Tánatos).Los paisanos llaman sombra a las fotografías. Para Guadalupe son una forma de asir aquello que ama. En un pequeño texto, ella dice: ‘Hago fotografías, tomo su sombra y queda allí también la mía.
Juan Travnik. Fotógrafo.